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Opinión

Artículo de opinión

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En los últimos meses hemos visto un sinnúmero de interacciones entre la Fiscal General del Estado, Diana Salazar, y varias de las otras Funciones del Estado, incluyendo asambleístas que promueven un juicio político en su contra por razones que no se logran entender, o que quizá esos asambleístas no pueden explicar con claridad, ni con un sustento técnico ni legal en base a nuestro ordenamiento jurídico.

Ahora bien, el Ecuador es un país donde casi todo, lamentablemente, se mueve alrededor de la política y muchas iniciativas no necesariamente tienen un origen que no sea exclusivamente de índole político. Es claro que la Fiscal General del Estado no es cómoda para muchos grupos políticos y por esa razón se ha convertido en un blanco de ataque de esos mismos grupos políticos. Me impresiona y admiro la fortaleza, mental y física, de la Fiscal para soportar ataques diarios, vivir 24/7 con resguardo de varios miembros de la Fuerza Pública y seguir adelante con sus investigaciones en contra de la delincuencia organizada que ha tenido por mucho tiempo en zozobra a nuestro país. Sin duda, ese accionar demuestra una verdadera actitud de patriotismo y de su espíritu de poner al país adelante.

Lo que los asambleístas deben entender es que un Fiscal del Estado no debe ni tiene que ser un político, no debe ni tiene que ponerse a generar amistad ni enemistad con políticos, sino que tiene que dedicar su tiempo a hacer su trabajo. Efectivamente, ningún Fiscal tiene que ser querido por todos y ese no es su trabajo tampoco. Sin embargo, algunos grupos políticos no logran entender su rol e intentan convertir a la Fiscal en un elemento más de la disputa política que finalmente tiene sin cuidado a los ciudadanos comunes a quienes les interesan otras cosas como la seguridad, la lucha contra la corrupción, etc.

Por lo anterior, el evento sucedido hace unos días en la Asamblea Nacional fue realmente escandaloso al pretender la Comisión de Fiscalización poner frente a frente un ciudadano investigado y prófugo de la justicia con la Fiscal General del Estado. Qué error, qué mal cálculo o qué pobre estrategia deliberada. Me alegro, por el país, de que no resultó esa jugada por lo antes expuesto y por el rol que debe tener un Fiscal General del Estado. Es esperanzador ver que otros asambleístas y tiendas políticas cerraron filas en defensa no de una persona sino de una institución, de un debido proceso y de finalmente poder tener un país donde la política no dicte la agenda diaria de las otras funciones e instituciones del Estado.

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CENTINELAS DE LA VERDAD: El Eco del Periodismo en Cantzama y Santa Isabel

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ENSAYO / Por: Alonzo Cueva Rojas

El periodismo local se abraza con el corazón y el territorio. En las horas más oscuras, cuando la geografía ruge y la incertidumbre acecha, toda la red de periodistas, reporteros y comunicadores de Zamora Chinchipe se une en un solo tejido de valentía. Ellos se convierten en el primer frente de respuesta y en la voz que narra la historia en el mismo instante en que se quiebra la tierra.

La devastación de Cantzama y Santa Isabel nos recordó la crudeza de la naturaleza, pero también la fidelidad de la prensa local a la temporalidad oportuna. Mientras el peligro acechaba a la medianoche, los reporteros acudieron al epicentro del desastre. Su inmediatez al transmitir en tiempo real se convirtió en el único faro para advertir los cierres viales y guiar los rescates.

Esta entrega cobró el precio más alto en el altar del deber, otorgándonos verdaderos mártires. Con profundo dolor, la provincia atestiguó el fallecimiento de Víctor Hugo Arias Herrera, quien perdió la vida mientras ayudaba a proteger a las familias afectadas. Asimismo, vivimos con el corazón en un hilo ante el trágico diagnóstico de Marjorie Ortiz Tacuri, una talentosa comunicadora de 24 años que aún permanece desaparecida tras ser arrastrada por la corriente.

Su ausencia nos deja una pena profunda. A Marjorie tuve el agrado de tratarla de cerca; compartimos hace poco un viaje inolvidable durante una visita a los emprendedores piscícolas en la parroquia Tutupali. Fue un trayecto lindo, lleno de risas y complicidad. Aún la veo nítidamente al pie de la imponente cascada Santa Cleotilde, disparando su flash con entusiasmo, atrapando la magia del entorno. Recordar ese destello de luz hace que hoy su silencio en el fango duela el doble. Nos falta su sonrisa, su cámara y su vida.

El valor supremo de esta cobertura radica en la transparencia y objetividad de cada comunicador de la provincia. Frente a las narrativas imprecisas construidas desde escritorios lejanos, fueron los periodistas locales quienes, pisando la zona cero, defendieron los hechos reales. Con rigor y decencia, dieron el micrófono a los damnificados para aclarar la verdadera naturaleza de la catástrofe.

Hoy nos identificamos con este sentir valiente y herido del periodismo zamorano chinchipense. A quienes arriesgan su integridad bajo la lluvia, a quienes honran el legado de Víctor Hugo, a quienes mantienen viva la esperanza por Marjorie, y a cada periodista local que hace de la verdad su bandera cotidiana: nuestro respeto y gratitud eterna. Su labor nos une, su transparencia nos defiende y su sacrificio nunca será olvidado.

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OPINIÓN | Cantzama: La infamia oficial para encubrir la negligencia estatal

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Por: Alonzo Cueva

La madrugada del pasado 4 de julio, la naturaleza descargó su fuerza sobre la parroquia Guadalupe. Un desprendimiento masivo en la cima de la cordillera provocó un aluvión devastador que golpeó con dureza a Santa Isabel y Cantzama. Más allá de la crudeza del temporal, lo que llama profundamente a la reflexión es la inmediata reacción gubernamental de encasillar esta catálofe estrictamente geológica como una consecuencia de la actividad minera. Más que un error de apreciación técnica, este empeño discursivo parece responder a una calculada estrategia política.

Es necesario analizar el escenario regional con total objetividad para no caer en sesgos comunes. Nadie desconoce que, en sectores como Chamico, Nambija Bajo, las comunidades adyacentes a las cuencas de los ríos Zamora, Nangaritza, y algunas ubicadas en las márgenes del mismo río Yacuambi donde las inundaciones recurrentes guardan una relación directa con la minería aluvial y la falta de una planificación y regularización integral en el territorio. Sin embargo, el caso de Cantzama es radicalmente distinto. En esta zona no se realiza actividad minera; y este blindaje ambiental no obedece a un control estatal, sino a la firme y pacífica postura del pueblo guadalupano, que históricamente ha protegido este espacio como un santuario turístico de aguas cristalinas.

¿Por qué entonces el discurso oficial insiste en agitar el fantasma de la minería en un territorio libre de ella? La respuesta de fondo devela una doble intención política que busca evadir realidades complejas. Por un lado, culpar de forma generalizada a la minería funciona como la coartada perfecta para legitimar operativos de persecución y criminalización en contra de un sector que, lejos de ser el enemigo, ha sido el motor histórico que dinamiza la economía formal y popular de Zamora Chinchipe. Por el otro, esta narrativa busca blindar al centralismo de la fiscalización pública, construyendo un pretexto ideal para desviar la atención sobre las tareas pendientes en gestión de riesgos en laderas altas y sistemas de alerta temprana.

Adoptar una postura de confrontación total o de oposición ciega frente al Estado no soluciona los problemas estructurales de la provincia. Las autoridades tienen la responsabilidad técnica de investigar integralmente el territorio, pero no pueden utilizar el lodo y el dolor de una tragedia natural como una herramienta de castigo político o estigmatización gremial. Inventar causas mineras donde no existen solo para justificar agendas de control trunca los caminos hacia la regularización formal que miles de familias mineras legítimamente reclaman para trabajar en orden.

Los hechos en Cantzama son claros y los testimonios locales coinciden en que el desastre se originó por el colapso climático de la parte alta. El pueblo de Guadalupe merece respeto a su memoria organizativa y una reconstrucción real de sus comunidades. Asimismo, el sector minero de la provincia merece un debate serio, técnico y alejado de manipulaciones mediáticas que pretendan culparlo de la furia de la naturaleza para justificar su persecución. La reactivación y la seguridad de nuestra provincia no se construyen fabricando pretextos, sino afrontando la realidad del territorio con verdad y madurez política.

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La libreta de calificaciones: el espejo donde no solo rinden cuentas los hijos, también los padres

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La libreta de calificaciones no solo evalúa el aprendizaje de los estudiantes; también refleja el amor, el tiempo y el acompañamiento que reciben de sus padres. Así que cuando una libreta de calificaciones llegue a nuestras manos, hay una pregunta que todos los padres deberíamos hacernos: ¿qué nota me pondría hoy mi hijo como padre o como madre?

Porque cuando recibimos las calificaciones de nuestros hijos, solemos mirar con atención los números que aparecen en Matemática, Lengua, Ciencias o Inglés. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que detrás de cada nota también se refleja nuestra presencia, nuestro acompañamiento, nuestro interés y el tiempo que hemos decidido dedicarles.

La libreta de calificaciones no es únicamente un informe sobre el desempeño de los estudiantes; es también un espejo que refleja el compromiso de la familia con la educación. Cada buena nota, cada tarea cumplida, cada asistencia puntual y cada avance académico son el resultado de un esfuerzo compartido entre la escuela, el estudiante y sus padres.

Pero cuando las calificaciones no son las esperadas, antes de señalar, castigar o reclamar, vale la pena reflexionar. Tal vez nuestros hijos necesitan menos reproches y más conversaciones. Tal vez necesitan menos críticas y más confianza. Tal vez no les hace falta una sanción, sino un abrazo, una palabra de aliento o alguien que se siente a su lado para preguntarles cómo se sienten y qué les está pasando.

Los niños no solo necesitan útiles escolares, uniformes, alimentación o tecnología. Necesitan algo mucho más valioso: nuestro tiempo. Necesitan padres que escuchen sus historias, que conozcan sus sueños, que celebren sus logros y que los acompañen en sus dificultades. Necesitan sentir que no están solos en el camino.

Ningún hijo recordará dentro de veinte años cuántas horas trabajamos, cuántos negocios cerramos o cuánto dinero ganamos. Pero sí recordará si estuvimos presentes en sus momentos importantes, si asistimos a sus reuniones escolares, si jugamos con ellos, si les ayudamos con sus tareas, si escuchamos sus preocupaciones y si les demostramos cada día cuánto los amábamos.

A veces estamos tan ocupados construyendo un mejor futuro para nuestros hijos que olvidamos regalarles aquello que más necesitan en el presente: nuestra compañía. Y cuando nos damos cuenta de ello, el tiempo ya no vuelve.

Por eso, cada entrega de libretas debe ser mucho más que una revisión de notas. Debe convertirse en un momento de reflexión familiar. Un espacio para preguntarnos no solamente cómo está aprendiendo nuestro hijo, sino también cómo estamos acompañándolo nosotros. No solo qué tanto ha avanzado él, sino qué tanto hemos estado presentes en su proceso.

Si las calificaciones son buenas, felicitemos y motivemos. Si son bajas, acompañemos y ayudemos. Nunca humillemos, comparemos ni destruyamos la autoestima de nuestros hijos. Recordemos que detrás de cada niño hay un corazón que necesita amor, comprensión y apoyo para crecer.

Los padres no estamos llamados únicamente a exigir resultados; estamos llamados a caminar junto a nuestros hijos mientras construyen esos resultados. La educación no ocurre solamente dentro de las aulas. También sucede en la mesa del comedor, en una conversación antes de dormir, en una tarde de juegos, en una palabra de ánimo y en cada momento que decidimos compartir con ellos.

Cuando un hijo triunfa, no triunfa solo. Detrás de cada estudiante exitoso suele existir una familia que creyó en él, que lo acompañó y que nunca dejó de alentarlo. Y cuando un hijo tropieza, tampoco debe sentirse solo. Es precisamente allí donde más necesita sentir la mano firme y amorosa de sus padres.

Hoy los invito a mirar la libreta de calificaciones con otros ojos. No como un documento que juzga a nuestros hijos, sino como una oportunidad para evaluar cómo estamos cumpliendo nuestra misión de padres.

Preguntémonos con sinceridad: ¿Cuánto tiempo le dedico a mi hijo para conversar? ¿Cuánto tiempo comparto jugando con él? ¿Cuánto conozco de sus alegrías, sus miedos y sus sueños?

¿Cuánto lo acompaño en sus tareas y en su proceso educativo? ¿Cuántas veces le he dicho que lo amo esta semana?

Porque al final, las mejores calificaciones no serán las que aparezcan impresas en una libreta escolar. Las mejores calificaciones serán aquellas que nuestros hijos escriban en su corazón cuando recuerden la infancia que les ayudamos a construir.

Y ojalá que cuando llegue ese día, puedan decir con orgullo: “Mi papá y mi mamá estuvieron conmigo. Me escucharon, me acompañaron, creyeron en mí y nunca me dejaron solo.”

Porque el mejor legado que podemos dejarles no es una herencia material, sino la certeza de haber sido profundamente amados.

Los hijos crecen rápido. Las oportunidades de compartir con ellos no duran para siempre. Las notas pueden recuperarse; el tiempo perdido jamás. Por eso, acompañemos hoy, escuchemos hoy, juguemos hoy y amemos hoy. Mañana puede ser demasiado tarde.

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