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Opinión

El vuelo del cóndor sobre las máscaras

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Introducción 

Cada 31 de octubre, el Ecuador honra uno de sus más grandes símbolos patrios: el Escudo Nacional, emblema de soberanía, historia y unidad. Sin embargo, esta fecha (que debería llenarnos de orgullo y reflexión) ha ido perdiendo protagonismo frente a una celebración ajena a nuestras raíces: Halloween, una costumbre extranjera que, impulsada por los medios y la globalización, ha conquistado el entusiasmo de niños, adolescentes y jóvenes ecuatorianos.

Esta coincidencia de fechas nos invita a mirar más allá de lo evidente. No se trata solo de comparar dos celebraciones, sino de preguntarnos: ¿por qué lo ajeno nos emociona más que lo propio? ¿En qué momento dejamos de sentir orgullo por nuestros símbolos y comenzamos a celebrar sin memoria?

Este ensayo propone una reflexión necesaria: redescubrir el valor de nuestras raíces y de lo que verdaderamente nos define como nación. Analizaremos cómo la sociedad ha ido reemplazando lo trascendental por lo superficial, qué papel han jugado las generaciones adultas en este cambio, y cómo podemos inspirar a la juventud a reencontrarse con su identidad.

Porque más allá de los disfraces y las modas globales, el Escudo Nacional sigue siendo el rostro de nuestra historia, el reflejo de lo que somos y la promesa de lo que aún podemos ser como ecuatorianos.

Entre raíces y disfraces 

Cada 31 de octubre, los ecuatorianos conmemoramos el Día del Escudo Nacional, uno de los más altos símbolos patrios junto con la bandera y el himno nacional. Esta fecha recuerda el año 1900, cuando el Congreso de la República aprobó oficialmente el diseño actual, obra del ilustre artista e intelectual Pedro Pablo Traversari.

El Escudo Nacional del Ecuador no es solo una figura heráldica; es una síntesis visual de la historia, la geografía y los ideales del país. En él se representa el volcán Chimborazo, símbolo de la grandeza y fertilidad de la patria, y el río Guayas, que alude a la riqueza y al trabajo del pueblo. El cóndor andino, majestuoso y vigilante, extiende sus alas como emblema de soberanía y protección.

Cada elemento del escudo tiene un significado profundo que refuerza la identidad nacional y nos invita a valorar los ideales de unidad, independencia y libertad. Celebrar este día no solo implica rendir homenaje a un símbolo, sino también reflexionar sobre lo que significa ser ecuatoriano: reconocer nuestras raíces, respetar nuestra diversidad cultural y comprometernos con el desarrollo y bienestar del país.

En contraste, el 31 de octubre también ha cobrado relevancia en el calendario cultural moderno la celebración de Halloween, palabra que proviene de All Hallows’ Eve o Víspera de Todos los Santos. Su origen se remonta a las antiguas festividades celtas del Samhain, con las que se marcaba el fin de las cosechas y el inicio del invierno, un tiempo de transición que los pueblos consideraban místico.

Con la expansión del cristianismo y posteriormente con la influencia cultural de los Estados Unidos, Halloween se transformó en una festividad popular, caracterizada por disfraces, dulces, calabazas y representaciones de lo sobrenatural. Gracias a los medios de comunicación, el cine y las redes sociales, la celebración se ha globalizado, llegando también al Ecuador, especialmente entre niños, jóvenes y en los espacios educativos y urbanos.

Sin embargo, esta coincidencia de fechas nos invita a reflexionar sobre nuestra identidad y las influencias externas. Mientras Halloween representa una expresión pagana y cultural del mundo globalizado, el Día del Escudo Nacional nos recuerda la importancia de preservar nuestras raíces, valorar nuestros símbolos y fortalecer el sentido de identidad nacional.

Ambas fechas, aunque muy distintas en origen y significado, pueden convivir en un mismo espacio cultural si se las entiende desde el respeto y la conciencia. Halloween puede ser una oportunidad para la creatividad y la diversión, pero el Día del Escudo debe ocupar el lugar central como símbolo de la memoria histórica y la unidad del Ecuador.

La memoria que nos da identidad 

Vivimos en una época marcada por la inmediatez, el consumismo y el espectáculo, donde lo visual y lo inmediato tienden a imponerse sobre lo reflexivo, lo espiritual y lo esencial. En este contexto, las fechas trascendentales (aquellas que evocan la memoria histórica, la identidad nacional o los valores cívicos) suelen pasar inadvertidas frente a celebraciones de carácter comercial, mediático o extranjero que prometen diversión y entretenimiento instantáneo.

El olvido de las fechas patrias y de los momentos clave de nuestra historia no ocurre por casualidad, sino que responde a varios factores interconectados:

  • La globalización cultural, que ha difundido patrones de consumo y celebraciones ajenas a nuestras raíces. A través del cine, la televisión y las redes sociales, festividades como Halloween o San Valentín se han convertido en fenómenos globales, muchas veces desplazando tradiciones locales. La cultura del “like” y del “trend” prioriza aquello que es viral sobre lo que es valioso.
  • La falta de una educación cívica activa y significativa. En muchos casos, la enseñanza de la historia y los símbolos patrios se limita a la memorización de fechas y nombres, sin generar una conexión emocional o ética con su sentido profundo. Si las nuevas generaciones no comprenden por qué es importante una efeméride, difícilmente la valorarán o la defenderán. La educación debería despertar orgullo, sentido de pertenencia y conciencia crítica, no solo transmitir información.
  • El poder de la publicidad, los medios y las redes sociales. Las industrias culturales y comerciales invierten grandes recursos en promover celebraciones que generan consumo masivo: disfraces, regalos, decoraciones, productos temáticos. En cambio, las fechas históricas o cívicas no representan una oportunidad económica tan rentable, por lo que reciben poca difusión o se limitan a actos protocolares sin atractivo mediático. Así, lo comercial desplaza a lo cultural.
  • El debilitamiento de los valores comunitarios y del sentido de identidad nacional. La modernidad ha impulsado estilos de vida individualistas y competitivos, donde lo colectivo y lo simbólico pierden relevancia. Las fechas patrias, que antes unían a las comunidades en torno a la memoria y la esperanza común, hoy son percibidas por muchos como simples días de descanso.

De esta manera, lo superficial termina reemplazando a lo esencial, y el conocimiento histórico se sustituye por modas pasajeras. Cuando una sociedad deja de recordar sus orígenes, pierde también parte de su rumbo y su capacidad de construir un futuro con sentido.

Adultos sin ejemplo, jóvenes si  raíces 

Cuando observamos que las nuevas generaciones se interesan más por celebraciones superficiales que por las fechas cívicas o históricas, es fácil culpar a los jóvenes por su falta de compromiso o patriotismo. Sin embargo, la verdadera responsabilidad recae, en gran medida, en las generaciones adultas, que hemos fallado en transmitir con pasión, coherencia y ejemplo el amor por la patria y la valoración de nuestras raíces.

Durante mucho tiempo, los adultos (padres, maestros, líderes y comunicadores) hemos permitido que la tecnología, el consumismo y la cultura de masas ocupen el espacio que antes pertenecía a la conversación familiar, a los valores compartidos y a las conmemoraciones cívicas que fortalecían la identidad colectiva. Las comidas familiares, los actos escolares y las fechas patrias eran oportunidades para enseñar respeto, historia y sentido de pertenencia; hoy, con frecuencia, son reemplazadas por pantallas, modas globales y contenidos vacíos.

Además, hemos descuidado la educación emocional y simbólica de los jóvenes. Enseñamos los hechos históricos como datos, pero no les transmitimos la emoción que los acompaña: el orgullo por la independencia, el sacrificio de los héroes, el valor del esfuerzo colectivo. Sin contexto ni sentimiento, las fechas patrias se perciben como simples feriados o actos obligatorios, sin conexión con la vida cotidiana de los estudiantes.

También hemos caído en una falta de coherencia generacional. No se puede pedir a los jóvenes que valoren los símbolos nacionales si los adultos los tratamos con indiferencia, si no asistimos a los actos cívicos, si no conocemos nuestra propia historia, o si celebramos con más entusiasmo fiestas extranjeras que las nuestras. Los jóvenes no aprenden tanto de los discursos como del ejemplo; y cuando el ejemplo se ausenta, el mensaje pierde fuerza.

Otro aspecto importante es que, en muchos hogares y escuelas, la educación en valores se ha vuelto secundaria frente al rendimiento académico o al éxito material. Hemos enseñado a competir, pero no siempre a pertenecer; a admirar lo de fuera, pero no a cuidar lo propio. Así, sin una identidad sólida, es natural que las influencias externas (más atractivas, visuales y comerciales) ocupen el lugar que debería tener la cultura nacional.

En definitiva, las generaciones adultas hemos fallado en hacer del patriotismo una experiencia viva, significativa y emocionalmente atractiva. No basta con recordar las fechas patrias; debemos renovarlas, reinterpretarlas desde el presente y vincularlas con los sueños y desafíos de la juventud. Solo así lograremos que los jóvenes comprendan que la historia no es un pasado muerto, sino la raíz de su futuro.

El cambio comienza cuando los adultos volvemos a dar valor a lo nuestro, cuando encendemos el orgullo por nuestra identidad con la fuerza del ejemplo y la palabra. Porque solo quien ama su historia puede construir, con esperanza y dignidad, su propio porvenir.

Identidad antes que moda 

Sin desmerecer la libertad cultural y la diversidad de expresiones que caracterizan al mundo actual, la respuesta es clara y contundente: el Día del Escudo Nacional tiene un significado mucho más profundo y trascendente que Halloween para los ecuatorianos.

El 31 de octubre, fecha en que coincidencialmente se celebran ambas conmemoraciones, debería ser, ante todo, un día para recordar y honrar uno de los símbolos más sagrados del Ecuador. El Escudo Nacional, no es un adorno gráfico, sino un emblema que resume nuestra historia, nuestra geografía y nuestros valores más altos: la independencia, la justicia, la libertad y la soberanía. Cada elemento del escudo (el cóndor, el Chimborazo, el río Guayas, el sol, los signos del zodiaco) hablan de un país que ha luchado por ser libre y digno. Celebrar este día es reafirmar lo que somos, reconocer de dónde venimos y proyectar con orgullo lo que queremos ser como nación.

Por otro lado, Halloween es una festividad comercial, recreativa y popular. En Ecuador, su práctica ha sido adoptada principalmente por influencia de los medios de comunicación, las películas y las redes sociales. Esta celebración carece de raíces profundas en la identidad ecuatoriana. No pertenece a nuestra historia ni refleja nuestros valores colectivos.

El problema surge cuando lo foráneo eclipsa lo propio. Cuando el ruido del consumo y la moda global hacen que una fiesta ajena reciba más atención, promoción y entusiasmo que una fecha cívica nacional. Este fenómeno, conocido como alienación cultural, ocurre cuando una sociedad adopta costumbres externas sin reflexión, olvidando el valor simbólico de las propias. En este sentido, el auge de Halloween en Ecuador revela un proceso silencioso pero profundo: la influencia de la publicidad, la globalización mediática y las tendencias digitales ha desplazado las prioridades culturales hacia lo inmediato, lo vistoso y lo comercial.

Sin embargo, defender la importancia del Día del Escudo Nacional no significa rechazar lo extranjero, sino dar prioridad a lo que nos define como ecuatorianos. La apertura cultural es valiosa, pero debe ir acompañada de identidad y conciencia.

Recuperar el sentido de nuestras fechas patrias no es un acto de nacionalismo cerrado, sino un gesto de dignidad cultural y memoria colectiva. Una sociedad que honra sus símbolos fortalece su autoestima, su unidad y su sentido de propósito. Por eso, el 31 de octubre debería recordarnos que no hay futuro sin identidad, y que ningún disfraz o moda pasajera puede reemplazar el orgullo de portar con respeto y amor los símbolos que nos dan nombre, historia y destino.

Sembrar identidad 

Recuperar el valor de nuestras fechas trascendentales no es una tarea inmediata ni exclusiva de las instituciones educativas; es un compromiso colectivo, donde familia, escuela, comunidad y Estado deben actuar de manera coherente y constante. Si queremos que la juventud vuelva a valorar el significado de los símbolos patrios y de los momentos clave de nuestra historia, debemos ofrecerles experiencias vivas, emotivas y participativas, no simples discursos o ceremonias repetitivas.

Para lograrlo, se requieren cinco pilares fundamentales:

  • Educación con sentido y emoción: No basta con enseñar la historia de los símbolos patrios en los libros; hay que incorporarla en la vida cotidiana, mostrar su conexión con la realidad actual y con los valores que dan sentido a la nación: la libertad, la justicia, la solidaridad y la unidad. Cuando un estudiante comprende que el Escudo Nacional representa no solo un dibujo, sino una historia de lucha y dignidad, empieza a verlo con otros ojos. La educación debe despertar orgullo y pertenencia, no solo cumplir con un contenido curricular.
  • El poder del ejemplo: Los jóvenes aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan. Por eso, los padres, maestros y autoridades tienen la responsabilidad de mostrar con coherencia su amor por el país: izar la bandera con respeto, cantar el himno con sentimiento, participar en los actos cívicos con entusiasmo. Un gesto sincero vale más que mil palabras. Si los adultos se muestran indiferentes, es natural que los jóvenes también lo sean.
  • Creatividad para conectar con las nuevas generaciones: La juventud de hoy necesita motivaciones diferentes: aprenden a través de la experiencia, la imagen, la emoción y la participación. Por eso, es fundamental renovar la forma en que se celebran las fechas patrias. Actividades como concursos artísticos, murales, dramatizaciones históricas, ferias culturales, videos cortos, música o proyectos escolares pueden hacer que la conmemoración del Escudo Nacional, por ejemplo, sea una fiesta de identidad y creatividad, no un acto impuesto. Las redes sociales también pueden convertirse en aliadas si se las usa para difundir contenido positivo y educativo sobre la historia nacional.
  • Equilibrio cultural: Enseñar a los jóvenes a valorar lo nuestro no implica prohibir lo ajeno. Es posible disfrutar de festividades globales, como Halloween o San Valentín, sin perder el respeto por nuestras propias conmemoraciones. La clave está en el equilibrio y la conciencia cultural: saber que el intercambio es enriquecedor solo cuando no borra la memoria propia.
  • Motivar la investigación y el pensamiento crítico: Fomentar la curiosidad por el pasado nacional ayuda a construir identidad. Permitir que los estudiantes investiguen, analicen y presenten sus propias conclusiones sobre los símbolos patrios hace que se sientan protagonistas de la historia, no simples receptores de información. Un joven que descubre el significado del cóndor, del Chimborazo o del río Guayas en el escudo, no solo memoriza datos: se identifica con su país.

El amor a la patria no se enseña con obligación, sino con orgullo. Cada palabra, cada acción y cada iniciativa que despierte en los jóvenes respeto por su historia es una semilla de identidad. Solo cuando logremos que las nuevas generaciones sientan emoción al recordar una fecha nacional, habremos asegurado la continuidad de nuestra memoria y el fortalecimiento de nuestro espíritu ecuatoriano. En definitiva, influir en la juventud no es imponer, sino inspirar.

Conclusión 

El Día del Escudo Nacional es un recordatorio vivo de lo que somos como pueblo: la unión entre historia, esfuerzo y esperanza. En un mundo donde las modas cambian con rapidez y las tradiciones se diluyen entre tendencias globales, recordar nuestras raíces se vuelve un acto de resistencia y amor propio.

No se trata de prohibir Halloween ni de negar la diversidad cultural, sino de aprender a poner lo trascendental por encima de lo superficial. Podemos abrirnos al mundo sin perder el alma; celebrar lo ajeno sin olvidar lo nuestro. El verdadero equilibrio cultural no está en elegir entre disfraces o símbolos, sino en reconocer qué nos da identidad y qué solo nos entretiene por un momento.

Si dejamos que las modas pasajeras borren nuestros símbolos, también estaremos borrando parte de nuestra historia, de nuestra voz y de la memoria que nos da sentido como nación. Por eso, el llamado es urgente y profundo: recordemos, enseñemos y vivamos nuestras raíces con orgullo. Porque amar al Ecuador no es mirar al pasado con nostalgia, sino mirar al futuro con identidad.

Solo los pueblos que honran su historia pueden construir su destino con dignidad. Y mientras el Escudo siga ondeando en el corazón de cada ecuatoriano, nuestra patria seguirá teniendo rumbo, fuerza y alma.

Noticias Zamora

La victoria de la dignidad docente: Lecciones de lucha y conciencia de clase

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Por: Alonzo Cueva Rojas.

Lic. en Ciencias de la Educación.

Profesor. de Segunda Enseñanza y Profesor.

de Educación Infantil (UTPL)

La reciente Sentencia 120-26-IN/26, emitida por el Pleno de la Corte Constitucional, constituye un hito histórico para los trabajadores de la educación en el Ecuador. Al declarar la inconstitucionalidad de los artículos 1, 2 y 5 del Acuerdo Ministerial MINEDEC-2026-00045-A, el máximo organismo de control ratificó de forma definitiva que los sábados no son días laborables para el magisterio. Más allá de ser un logro técnico, este fallo representa el triunfo de la dignidad frente a la arbitrariedad, y una demostración contundente de la vigencia de la lucha y la conciencia clasista de la Unión Nacional de Educadores (UNE).

Durante meses, el MINEDEC y el Gobierno Central pretendieron normalizar la precarización bajo el pretexto de la recuperación del tiempo o la optimización institucional. La imposición de trabajar los fines de semana no solo vulneró el derecho constitucional al descanso, al desarrollo familiar y a la desconexión digital, sino que desnudó la conducta patronal, autoritaria y deshumanizante de las autoridades de turno. Con este fallido acuerdo, el Estado pretendió modificar la jornada laboral por una vía administrativa ilegal, demostrando que para el poder político el docente es visto como un recurso sobre explotable y no como el pilar fundamental del sistema social.

Sin embargo, la respuesta del magisterio organizado no se hizo esperar. La UNE, manteniéndose fiel a su tradición combativa, demostró que los derechos no se mendigan, sino que se conquistan y se defienden en las calles y en los tribunales. Esta victoria es el resultado directo de una profunda conciencia de clase: los profesores del sector público se reconocieron a sí mismos como trabajadores explotados por un Estado empleador negligente y, mediante la unidad, decidieron frenar el abuso patronal de raíz.

El trasfondo de este atropello devela una realidad alarmante: el Gobierno carece de toda autoridad política y moral para endosar al magisterio las falencias del sistema educativo. Mientras la Constitución ordena taxativamente destinar al menos el 6% del PIB a la educación, el Estado apenas programa presupuestos marginales, generando una brecha ilegal que asfixia a las aulas. Un régimen que incumple su propia Carta Magna no puede exigir «sacrificios» a quienes sostienen la educación pública con sus propios recursos.

La crisis actual de la educación fiscal es el retrato vivo del abandono: un agresivo congelamiento de salarios que pisotea los procesos de escalafón, precarización laboral institucionalizada y una infraestructura en soletas, con escuelas abandonadas y desmanteladas. Esta debacle no es accidental; responde a un colapso planificado por un Gobierno que prefiere priorizar de forma sumisa el recetario de austeridad fiscal del Fondo Monetario Internacional (FMI) en lugar de invertir en el desarrollo y la vida de los hijos del pueblo.

La lección que deja este episodio es clara para todo el movimiento obrero ecuatoriano: la organización colectiva sigue siendo la única herramienta eficaz contra la arremetida neoliberal y flexibilizadora. El magisterio nacional ha vuelto a dar una cátedra de dignidad y firmeza, recordando al país entero que cuando la base se moviliza con conciencia y dirección clara, hasta los decretos más dictatoriales del poder terminan doblegándose ante la fuerza de la justicia laboral.

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Moverse hoy para no pagar mañana las consecuencias de la inactividad: el desafío de un Ecuador saludable

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El sobrepeso y la obesidad ya no son solamente un problema de salud individual. Se han convertido en un desafío para toda la sociedad ecuatoriana. Detrás de cada cifra hay una persona, una familia, una historia y, muchas veces, años de sufrimiento que pudieron haberse evitado.

Dos de cada tres ecuatorianos viven con sobrepeso u obesidad (64% de la población). Este problema es mayor entre las mujeres llegando a un 67%, pero también alcanzan a la niñez, 35 de cada 100 personas tienen sobrepeso. Mientras las cifras continúan creciendo, también crece el impacto sobre nuestras finanzas, ya que al país le cuesta más de 2250 millones de dólares al año atender estas enfermedades y se proyecta que para el 2030 el costo para el estado subiría al 3% del PIB, que equivale aproximadamente a 4.146 millones de dólares.

Pero hay algo que debemos comprender con absoluta claridad: prevenir siempre será mejor que lamentar; y promover la actividad física siempre será mejor que pagar las consecuencias de la inactividad.

Millones de dólares que hoy deben destinarse a atender enfermedades relacionadas con el sobrepeso y la obesidad podrían utilizarse para construir escuelas, mejorar hospitales, crear espacios deportivos, fortalecer la educación, atender otras necesidades sociales y ofrecer mejores oportunidades para nuestras familias.

Por eso, hablar de actividad física no es hablar simplemente de hacer ejercicio. Es hablar de vida.

Caminar, correr, bailar, nadar, montar bicicleta, practicar un deporte, jugar con nuestros hijos, salir al parque, participar en actividades recreativas o simplemente dedicar unos minutos cada día a mover nuestro cuerpo son decisiones que pueden cambiar nuestro futuro. Porque cuando una madre sale a caminar, no solamente está cuidando su salud: está enseñando a sus hijos que cuidarse también es una forma de amarse.

Cuando un padre practica deporte con sus hijos, no solamente está haciendo ejercicio: está construyendo recuerdos, fortaleciendo vínculos y sembrando hábitos que pueden acompañarlos durante toda la vida. Cuando nuestros niños juegan, corren y disfrutan de actividades recreativas, no solamente están gastando energía: están creciendo, aprendiendo, socializando y desarrollando una relación saludable con su propio cuerpo.

Y cuando una comunidad abre sus parques, canchas y espacios públicos para que personas de todas las edades puedan realizar actividad física, no solamente está promoviendo deporte: está construyendo una comunidad más saludable, más unida y más feliz. La actividad física también tiene un enorme valor emocional y mental. Nos ayuda a liberar tensiones, combatir el sedentarismo, mejorar nuestro estado de ánimo, fortalecer nuestra autoestima y recuperar algo que muchas veces perdemos en medio de las preocupaciones cotidianas: las ganas de vivir plenamente.

Por eso, este no puede ser un llamado dirigido únicamente a las personas que tienen sobrepeso u obesidad. Es un llamado para todos. Es un llamado a las familias. Es un llamado a las escuelas y universidades. Es un llamado a las empresas públicas y privadas. Es un llamado a los municipios, prefecturas y gobiernos parroquiales. Es un llamado a la Asamblea Nacional y a todas las autoridades responsables de diseñar políticas públicas. Y, sobre todo, es un llamado a cada ciudadano.

Necesitamos pasar de las palabras a la acción. La Asamblea Nacional debe impulsar políticas y leyes que permitan que la prevención y el tratamiento del sobrepeso y la obesidad sean una responsabilidad efectiva de las instituciones del Estado.

Las empresas públicas y privadas deben promover programas que permitan a sus trabajadores incorporar la actividad física a su vida cotidiana.

Los Gobiernos Autónomos Descentralizados deben recuperar y multiplicar los espacios públicos, deportivos y recreativos, y desarrollar programas de masificación deportiva para niños, jóvenes, adultos y adultos mayores.

Pero ninguna política pública tendrá todo su potencial si nosotros, los ciudadanos, no asumimos nuestra propia responsabilidad. No podemos esperar a enfermarnos para comenzar a cuidarnos. No podemos esperar una advertencia médica para empezar a caminar. No podemos esperar que nuestros hijos tengan problemas de salud para enseñarles a jugar y practicar deporte.

Cada día tenemos una oportunidad para decidir. Podemos quedarnos quietos o podemos movernos. Podemos esperar a que aparezca la enfermedad o podemos trabajar desde hoy para prevenirla.

Podemos seguir gastando cada vez más recursos públicos en atender las consecuencias o podemos invertir con inteligencia en prevención, educación, deporte, recreación y estilos de vida saludables. El verdadero ahorro para el Ecuador no está solamente en gastar menos en hospitales. Está en tener menos personas enfermas que necesiten llegar a ellos.

Cada dólar invertido en prevención, actividad física y hábitos saludables puede significar más salud, más bienestar y una mejor calidad de vida para nuestras familias. Pero no olvidemos lo más importante: una vida saludable no se mide en dólares. Se mide en años compartidos con nuestros hijos; en abrazos; en momentos; en sueños cumplidos; en la posibilidad de llegar a la vejez con autonomía y dignidad.

Por eso, hoy necesitamos construir una nueva cultura. Una cultura donde caminar sea parte de nuestra rutina. Donde jugar con nuestros hijos sea una prioridad. Donde el deporte no sea visto únicamente como competencia, sino como una herramienta de salud. Donde los parques estén llenos de personas y no de maleza. Donde nuestras ciudades estén diseñadas para que podamos caminar, correr, pedalear y recrearnos. Y donde el Estado comprenda que promover ciudadanos activos y saludables no es un gasto: es una inversión en el futuro del Ecuador.

El cambio comienza hoy. Con una caminata. Con un partido. Con un baile. Con un paseo en bicicleta. Con una familia que decide salir del sedentarismo. Con una comunidad que se une para hacer ejercicio. Con una empresa que promueve la actividad física. Con una autoridad que entiende que prevenir es gobernar con responsabilidad.

Cada ciudadano que asume esta responsabilidad está ayudando a construir un Ecuador más saludable. Tenemos un cuerpo que cuidar, una mente que fortalecer, una familia que disfrutar y un país que necesita ciudadanos saludables.

Hagamos del movimiento un hábito. Hagamos del deporte una cultura. Hagamos de la recreación un derecho. Hagamos de la prevención una prioridad. Y hagamos de la salud una responsabilidad de todos.

¡Muévete por ti, muévete por tu familia y muévete por el Ecuador

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Noticias Zamora

Editorial: El colapso planificado de la educación en Ecuador

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Por: Alonzo Cueva Rojas

Licenciado en Ciencias de la Educación, Profesor de Segunda Enseñanza y Profesor de Educación Infantil (UTPL)

 

El último informe PISA desnuda una verdad incómoda: el sistema educativo ecuatoriano sufre un desmantelamiento estructural. Que apenas el 14,2% de nuestros estudiantes demuestre ser competente con sus conocimientos, entendiendo lo aprendido y sabiendo aplicarlo en la vida real, no es un accidente, sino el resultado directo del abandono fiscal crónico y la precarización sistemática de quienes sostienen las aulas.

Los profesionales de las Ciencias de la Educación formados para guiar desde la primera infancia hasta la enseñanza media, sabemos que esta crisis nace del desacato legal. Mientras la Constitución ordena destinar el 6% del PIB a la educación, el Estado programó en su proforma apenas USD 5.984 millones (4,3% de un PIB de USD 139.046 millones), abriendo una brecha ilegal de más de USD 2.350 millones que se agrava con una ejecución real que apenas roza el 3,8% del PIB.

Las consecuencias de este torniquete financiero destruyen el entorno escolar. PISA revela que el 51% de los estudiantes asiste a colegios con carencias de material educativo (textos, laboratorios e insumos) y el 47% sufre el deterioro de la infraestructura física (edificios, luz, sonido). Además, el 60,1% carece de recursos digitales adecuados; si el 52% de los jóvenes recurre a chatbots de IA, es por la resiliencia de una juventud que busca conectarse al mundo a pesar de la desconexión de sus escuelas. Esta asfixia económica profundiza la desigualdad: el 79,4% de los alumnos del estrato socioeconómico más bajo obtiene un rendimiento deficiente en ciencias (debajo del nivel 2), frente al 31,3% de los sectores más favorecidos, mientras que por género la brecha es del 61,5% en niñas y 59% en niños. El Ineval añade que apenas 2 de cada 10 alcanzan la competencia mínima en matemáticas.

El síntoma más grave se vive en la dignidad del magisterio. El Estado arrastra un déficit crónico superior a los 64.000 docentes, pero el sistema perdió 21.103 profesionales con nombramiento en el último quinquenio. Ese vacío fue parchado con contratos provisionales y de servicios ocasionales que estallaron de cifras marginales a más de 15.300 maestros (el 28,5% del magisterio fiscal). Estos profesionales de la enseñanza llevan muchísimos años bajo la zozobra de la renovación contractual, sin estabilidad, excluidos de los ascensos del escalafón de la LOEI y con salarios congelados.

Un maestro precarizado difícilmente puede contener el quiebre escolar. No es coincidencia que PISA reporte que el 53% de los alumnos llega tarde (frente al 20% en 2018), el 31% registre ausentismo (frente al 24% en 2018), el 21% declare que la indisciplina impide trabajar en el aula y el 27% que sus compañeros no escuchan, mientras 1 de cada 3 sufre privación social. Pese a esto, nuestros estudiantes superan el promedio de la OCDE en resiliencia, adaptabilidad y curiosidad (el 80% mantiene el deseo de aprender frente al 73% de la OCDE). Hay una juventud que quiere avanzar, pero un Estado que la empuja al rezago. Exigir el cumplimiento del 6% del PIB y la estabilidad docente es la última oportunidad antes de que las aulas se terminen de apagar.

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