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Entre la vida y la eternidad

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Introducción

Cada 2 de noviembre, en muchos países de tradición cristiana (y especialmente en el Ecuador) se celebra el Día de los Difuntos, una fecha en la que el silencio y la memoria se entrelazan con el amor y la fe. No es un día de oscuridad, sino de luz interior: un tiempo para mirar al cielo con gratitud y al corazón con esperanza.

Las familias visitan los cementerios, adornan las tumbas con flores, oran y comparten alimentos tradicionales como la colada morada y las guaguas de pan, símbolos de unión, vida y recuerdo. Pero más allá de la costumbre o la nostalgia, esta jornada nos invita a reflexionar sobre el misterio de la existencia: sobre lo que significa vivir, morir y trascender.

El Día de los Difuntos no es solo una cita con quienes partieron, sino también un llamado a reconciliarnos con el sentido de la vida. Nos recuerda que la muerte no es el final, sino el umbral hacia lo eterno; que el amor verdadero no se interrumpe con la ausencia y que la fe tiene el poder de transformar el dolor en esperanza.

Porque cuando recordamos a nuestros difuntos desde el amor, no los perdemos: los reencontramos en lo invisible.

Y comprendemos, entonces, que la muerte no separa, sino que une la tierra con el cielo, la memoria con la eternidad.

Más allá del último latido

La muerte física es una realidad ineludible: el cierre natural del ciclo biológico del ser humano. Es el instante en que el cuerpo se apaga, el corazón cesa su latido y la materia regresa al polvo de donde vino. Desde una mirada terrenal, parece el final de todo; sin embargo, para quien contempla la vida con los ojos de la fe, la muerte física no es una derrota, sino un tránsito, una transformación hacia una dimensión que trasciende lo visible.

El cuerpo muere, sí, pero el alma (esa chispa divina que habita en cada ser humano) continúa su camino. Desde la fe cristiana, la muerte no destruye al ser, solo cambia su forma de existencia. Como dice la Escritura:

“El cuerpo vuelve al polvo de la tierra, y el espíritu vuelve a Dios, que lo dio.” (Eclesiastés 12:7)

Por eso, aunque el cuerpo repose en la tumba, la esperanza de la resurrección mantiene viva la certeza de que la vida no termina con la muerte, sino que se transforma en eternidad. Quien vivió con amor, fe y bondad, no desaparece: su alma trasciende, y su recuerdo florece en quienes continúan el camino.

Sin embargo, existe otra forma de muerte más silenciosa y dolorosa: la muerte espiritual. No ocurre cuando el corazón deja de latir, sino cuando el alma se apaga por dentro. Es esa desconexión del ser humano con Dios, con el amor y con el sentido de la vida.

La muerte espiritual se manifiesta cuando dejamos de creer, de amar, de tener esperanza; cuando el egoísmo, la indiferencia o la falta de fe ocupan el lugar de la compasión y la luz. Es una existencia sin propósito, una vida vivida en automático, sin comunión con el Espíritu divino que nos da aliento.

La Biblia enseña que “el salario del pecado es la muerte” (Romanos 6:23), refiriéndose no a la muerte física, sino a esa separación interior que nos aleja de la presencia de Dios. Mientras la muerte física es inevitable y forma parte del orden natural, la muerte espiritual sí puede evitarse: basta con mantener encendida la llama del amor, cultivar la fe y obrar con bondad.

La verdadera vida, entonces, no depende de los latidos del corazón, sino de la luz del alma. Hay cuerpos vivos con almas dormidas, y también hay quienes, aunque su cuerpo haya partido, siguen vivos en la eternidad y en el amor que dejaron sembrado.

Por eso, más que temer a la muerte física, deberíamos temer a la muerte espiritual: a vivir sin amor, sin fe, sin propósito.

Porque quien vive en Dios, aun después de la muerte, nunca muere verdaderamente.

No tememos morir, tememos no haber vivido

El miedo a la muerte es, quizás, el sentimiento más universal del ser humano. Nadie escapa a esa sombra interior que nos recuerda que la vida es frágil, efímera, pasajera. Pero, ¿por qué nos causa tanto temor? ¿Por qué algo tan natural como morir (que forma parte del mismo ciclo que nos dio la vida) se convierte en el mayor de nuestros miedos?

Tememos morir, ante todo, por instinto. La vida defiende su existencia; nuestro cuerpo y mente están diseñados para sobrevivir. Pero más allá del instinto biológico, hay un miedo más profundo: la incertidumbre de lo desconocido. La muerte nos enfrenta a lo que no podemos controlar, a lo que no comprendemos plenamente, a ese misterio que ninguna ciencia ha logrado descifrar por completo.

También le tememos porque nos duele el desprendimiento. No queremos soltar lo que amamos: la familia, los amigos, los lugares, los bienes, los recuerdos, los proyectos que aún no terminamos. Nos aterra pensar en dejar de existir en el corazón de quienes amamos, o en ser olvidados con el paso del tiempo. La muerte nos confronta con la fragilidad de los lazos humanos, y con el silencio que queda cuando alguien se va.

En una sociedad que exalta la juventud, el éxito y la apariencia, hablar de la muerte resulta incómodo. Nos hemos acostumbrado a verla como un fracaso, como una pérdida sin sentido, cuando en realidad es la continuidad de un proceso natural y espiritual. Morir no es dejar de ser, sino trascender. Como decía el poeta Rabindranath Tagore:

“La muerte no es apagar la luz, sino apagar la lámpara porque ha llegado el amanecer.”

Desde la fe, la muerte se transforma en esperanza. La Biblia enseña que quien cree en Dios no debe temer, porque la vida no se interrumpe, sino que cambia de forma. Jesús dijo:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.” (Juan 11:25)

El miedo a la muerte se atenúa cuando comprendemos que no somos solo materia, sino espíritu; que la existencia no termina en la tumba, sino que se abre hacia una eternidad que no entendemos, pero en la que confiamos.

Hace poco, en una reunión, pregunté a los asistentes: Levanten la mano los que no le tienen miedo a la muerte. De cien personas, solo nueve la levantaron.

Luego pregunté: Levanten la mano los que quieren ir al cielo. Casi todos levantaron la mano.

Entonces les dije: Para ir al cielo, primero hay que morir.

Y ahí quedó un silencio. Porque, aunque anhelamos el cielo, seguimos temiendo el camino que nos lleva a él. Quizás el problema no está en la muerte, sino en cómo hemos vivido. Tememos morir cuando sentimos que no hemos amado lo suficiente, que no hemos cumplido nuestro propósito, que aún no hemos hecho las paces con Dios, con los demás o con nosotros mismos.

Superar el miedo a la muerte no significa desearla, sino aprender a vivir de tal forma que, cuando llegue, nos encuentre en paz. La muerte no se vence con poder ni con dinero, sino con sentido, con amor, con fe. Quien ha aprendido a vivir con propósito, puede morir con serenidad.

En realidad, no le tememos tanto a la muerte…Le tememos a no haber vivido de verdad.

Amar en ausencia

El dolor por la pérdida de un ser querido es una de las experiencias más profundas del ser humano. Cuando alguien que amamos se va, una parte de nosotros parece irse también. Sentimos un vacío que nada ni nadie puede llenar. Y es que el dolor es el reflejo del amor: quien ama de verdad, sufre al despedirse. No hay fórmulas para evitar el sufrimiento, pero sí caminos que ayudan a transformarlo en paz, gratitud y esperanza.

Aceptar la realidad de la pérdida: negar lo ocurrido o aferrarse al “por qué” solo prolonga el sufrimiento. Aceptar no significa olvidar ni resignarse; significa reconocer que la vida sigue su curso y que el amor permanece más allá de la muerte. Aceptar es dar espacio al recuerdo sin que el dolor se convierta en prisión.

Recordar con gratitud: el recuerdo puede ser una fuente de tristeza o un acto de homenaje. Cuando recordamos con gratitud, transformamos el dolor en agradecimiento por lo vivido. Cada sonrisa compartida, cada palabra, cada gesto de amor se convierte en un tesoro que ilumina el presente. Agradecer lo que fue es honrar lo que ya no está.

Expresar el dolor: llorar, hablar, orar o buscar apoyo emocional y espiritual son pasos esenciales para sanar. El silencio prolongado y el encierro interior solo agravan la herida. Llorar no es debilidad; es liberar el alma. Como dice el Salmo 34:18: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.”

Mantener viva la fe: la fe es un refugio en medio de la tormenta. Nos recuerda que la muerte no es el final, sino un paso hacia la eternidad. Creer que nuestro ser querido descansa en paz y que un día volveremos a encontrarnos trae consuelo al alma. La fe convierte la ausencia en esperanza y el llanto en oración.

Vivir con propósito: honrar la memoria de quienes partieron implica seguir adelante. No se trata de “superar” su pérdida, sino de darle sentido al dolor transformándolo en amor activo: continuar con sus valores, extender la bondad que ellos sembraron, y ser mejores personas en su honor. Así su legado no muere, sino que sigue vivo en nuestras acciones.

La Biblia ofrece un consuelo profundo para el corazón que sufre. En el libro de Apocalipsis (21:4) se nos promete: “Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.”

El duelo no se supera olvidando, sino amando de una manera distinta. Amar en ausencia es aprender a sentir con el alma, a mirar con el corazón, a confiar en que la separación es solo temporal.

Un día, cuando también nosotros crucemos el umbral de la eternidad, comprenderemos que la muerte no fue un adiós, sino un “hasta pronto”.

Mientras tanto, vivamos con amor, recordemos con gratitud y sigamos construyendo la vida con esperanza.

El alma vuelve a casa

La muerte, vista desde la fe, no es un final, sino un retorno. Cuando una persona muere, algo visible se detiene (el cuerpo deja de respirar, el corazón deja de latir), pero lo invisible continúa su camino. El cuerpo vuelve al polvo, cumpliendo el ciclo natural de la vida, pero el alma, esa chispa divina que Dios depositó en cada ser humano, regresa a su Creador.

Así lo expresa el libro de Eclesiastés (12:7): “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.”

Desde una perspectiva espiritual, la muerte no aniquila al ser humano, sino que lo conduce a una nueva etapa de existencia, más allá del tiempo y del espacio. Es el momento del encuentro definitivo entre el alma y Dios, donde cada uno da cuenta de su vida, de sus actos y de su amor. No es un juicio en el sentido humano del castigo, sino una revelación del alma ante la verdad divina, donde la justicia y la misericordia de Dios se manifiestan plenamente.

Para quienes han vivido con fe, esperanza y amor, la muerte es un regreso al hogar, un tránsito hacia la plenitud. Ya no hay dolor, ni cansancio, ni lágrimas; hay descanso, paz y encuentro. Jesús lo expresó con ternura cuando dijo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros.” (Juan 14:2)

Desde esta mirada espiritual, morir no es desaparecer, sino ser llamado por Aquel que nos creó, para habitar eternamente en su presencia. Es como cuando el sol se oculta al atardecer: no deja de brillar, solo cambia de horizonte.

Por eso, el Día de los Difuntos no debería vivirse únicamente con tristeza, sino con esperanza y gratitud. Porque quienes han partido no se han perdido, simplemente han cruzado el umbral que todos algún día cruzaremos. La fe nos enseña que la separación es temporal y que el amor, cuando es verdadero, no conoce fronteras entre la tierra y el cielo.

Recordar a los difuntos desde la fe es mantener viva la comunión espiritual con ellos. No los vemos, pero los sentimos cerca. No los tocamos, pero su presencia habita en lo más profundo del alma. En la oración, en el recuerdo y en la esperanza del reencuentro, la muerte deja de ser oscuridad para convertirse en luz.

Porque al final, la muerte no tiene la última palabra. La última palabra siempre la tiene Dios, y su palabra es vida eterna.

Amar antes del adiós

 Cuando la muerte toca nuestra puerta, comprendemos (a veces demasiado tarde) que lo verdaderamente valioso no eran las cosas, sino las personas. Que el tiempo compartido con quienes amamos es un tesoro que no se repite, y que cada abrazo, cada conversación y cada gesto de cariño son fragmentos de eternidad sembrados en el corazón.

La muerte nos enseña que no hay palabras suficientes para reemplazar un “te quiero” no dicho, ni gestos tardíos que compensen una ausencia. Por eso, la mayor sabiduría no está en temer a la muerte, sino en aprender a vivir con amor antes de que llegue.

Amar en vida es mirar a los ojos a nuestros seres queridos y decirles cuánto los valoramos. Es dejar de posponer el perdón, las llamadas, las visitas, los abrazos. Es comprender que la vida no espera, que los días se van y que lo único que queda para siempre son los recuerdos que construimos con amor.

Amar y valorar sin límites a los vivos tranquiliza nuestra conciencia cuando ellos mueren. Porque aunque el corazón sufra por su partida, queda el consuelo profundo de saber que hicimos lo mejor por ellos cuando estuvieron a nuestro lado. Que no guardamos silencios innecesarios ni afectos contenidos, sino que los honramos con presencia, ternura y gratitud en cada día compartido.

Porque al final, cuando la muerte arrebata una presencia, solo los preciosos recuerdos de la vida pueden atenuar la profunda tristeza de la partida.

Y esos recuerdos solo existen si supimos amar a tiempo, si nos atrevimos a demostrarlo, si vivimos con gratitud por cada momento compartido.

Honrar a nuestros difuntos no consiste únicamente en llevar flores o encender velas; consiste en valorar a los vivos mientras están a nuestro lado. Cada día es una oportunidad para expresar amor, para reconciliarnos, para sembrar alegría.

Amar en vida es, quizás, el acto más humano y más divino que podemos realizar. Porque cuando amamos, damos sentido a la existencia; y cuando vivimos amando, la muerte deja de ser un final y se convierte en el eco eterno de todo lo que fuimos capaces de entregar.

Conclusión

El Día de los Difuntos es mucho más que una tradición: es un encuentro entre la memoria y la esperanza, una oportunidad para reconciliarnos con el misterio de la muerte y, sobre todo, para redescubrir el valor sagrado de la vida.

Nos recuerda que somos viajeros temporales en cuerpo, pero eternos en espíritu. Que la muerte física forma parte del ciclo natural de la existencia, pero la muerte espiritual (esa que nace del desamor, la indiferencia o la falta de fe) sí puede evitarse si vivimos con el corazón encendido por el amor y la luz de Dios.

Temer a la muerte es humano; confiar en la vida eterna es divino. La fe nos enseña que la muerte no tiene la última palabra, porque el amor de Dios vence toda oscuridad y transforma el final en comienzo.

Recordar a quienes partieron no es mirar atrás con tristeza, sino mirar hacia el cielo con gratitud y esperanza. Ellos viven en la eternidad de Dios y en los recuerdos que sembraron en nosotros.

Que cada 2 de noviembre (al visitar una tumba, encender una vela o elevar una oración) recordemos que morir no es desaparecer, sino volver al origen, regresar al abrazo eterno del Creador.

Y que mientras caminamos por esta tierra, aprendamos a amar sin reservas, a perdonar sin demora y a valorar cada día como un regalo. Porque quien vive amando deja huellas que ni el tiempo ni la muerte pueden borrar.

Al final, la vida y la muerte no son contrarias: son dos orillas del mismo río que fluye hacia la eternidad. Y cuando llegue la hora de cruzarlo, el alma que amó encontrará, del otro lado, el hogar que nunca perdió.

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PISA 2025: una llamada urgente a transformar la educación ecuatoriana

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Las pruebas PISA (Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes) es una evaluación internacional de la OCDE (organización para la cooperación y desarrollo económico), que mide conocimientos, habilidades y actitudes de los estudiantes de 15 años en ciencias, lectura y matemática, buscando determinar no solamente cuánto recuerdan, sino su capacidad para utilizar conocimientos, razonar, resolver problemas y desenvolverse ante situaciones de la vida real.  Esta evaluación se aplicó a 91 países y en Ecuador fueron evaluados 9128 estudiantes de 266 colegios.

Los resultados de las pruebas PISA 2025, publicados por la OCDE este 8 de septiembre de 2026, no puede ser utilizado como una herramienta para buscar culpables, deben ser asumidos por el estado como una señal de alarma y, sobre todo, como una oportunidad para emprender una transformación profunda de su sistema educativo.

Un diagnóstico que no admite indiferencia

 Los resultados de PISA evidencian los importantes desafíos que enfrenta el sistema educativo ecuatoriano. En matemáticas, aproximadamente 8 de cada 10 estudiantes no alcanzan el nivel básico de competencia. En lectura y ciencias, la situación también es preocupante: 6 de cada 10 estudiantes no llegan al nivel mínimo esperado.

PISA no evalúa simplemente cuánto pueden memorizar los estudiantes, sino su capacidad para aplicar los conocimientos adquiridos, resolver problemas y utilizar lo aprendido en situaciones de la vida real. Por ello, sus resultados permiten observar no solo qué saben los estudiantes, sino también qué tan preparados están para utilizar ese conocimiento.

En comparación con los resultados de 2017, Ecuador presenta un deterioro en matemáticas y lectura, mientras que el desempeño en ciencias se mantiene aproximadamente estable. Esto demuestra que las dificultades del sistema educativo no responden únicamente a un problema reciente, sino que tienen también un componente estructural.

En la evaluación, Ecuador obtuvo 393 puntos en ciencias, 385 en lectura y 366 en matemáticas, frente a los promedios de la OCDE de 482, 461 y 463 puntos, respectivamente. Esto representa brechas de 89 puntos en ciencias, 76 en lectura y 97 en matemáticas. En el ordenamiento nominal de los 91 participantes, Ecuador se ubicó alrededor del puesto 70 en ciencias, 65 en lectura y 76 en matemáticas.

Sin embargo, más allá de los promedios y las posiciones, uno de los datos más relevantes es la proporción de estudiantes que no alcanza las competencias básicas. Solo el 40% llegó al nivel mínimo de competencia en ciencias, el 38% en lectura y apenas el 20% en matemáticas. En otras palabras, aproximadamente 8 de cada 10 estudiantes ecuatorianos no alcanzan el nivel básico en matemáticas.

Los resultados también muestran dificultades relacionadas con las condiciones en las que se desarrolla el proceso educativo. El 51% de los estudiantes asistía a colegios cuyos directores reportaron carencias de materiales educativos, mientras que el 47% estudiaba en establecimientos donde la infraestructura física representaba una dificultad para la enseñanza. A esto se suma que el 25% de los estudiantes se encontraba en instituciones cuyos directores reportaron falta de personal docente.

Estos resultados deben ser analizados con seriedad, pero también con responsabilidad. PISA no debería convertirse en una herramienta para buscar culpables individuales. Los datos reflejan un desafío que involucra al Estado, las autoridades educativas, las instituciones, los docentes, los estudiantes, las familias y a la sociedad en su conjunto.

El reto, por tanto, no consiste únicamente en mejorar una posición en un ranking internacional. Se trata de lograr que más estudiantes desarrollen las competencias fundamentales que necesitan para comprender lo que leen, resolver problemas matemáticos, interpretar información científica y aplicar sus conocimientos a situaciones concretas.

Los resultados de PISA deben servir como una señal de alerta, pero, sobre todo, como una oportunidad para identificar las causas de estas dificultades y construir políticas educativas sostenibles que permitan mejorar los aprendizajes de los estudiantes ecuatorianos.

Datos importantes de esta evaluación:

Los resultados de PISA muestran que el 86% de los estudiantes ecuatorianos considera que sus profesores se interesan por su aprendizaje, el 80% afirma continúan explicando hasta que comprenden y el 85% señala recibir ayuda adicional cuando la necesita. Además, el 80% de los estudiantes demuestra curiosidad por aprender, por encima del promedio internacional del 73%.

Al mismo tiempo, existen condiciones que dificultan el aprendizaje: el 51% reporta falta de materiales educativos, el 47% problemas de infraestructura y el 27% interrupciones por ruido y desorden. A esto se suma la influencia del nivel socioeconómico, pues los estudiantes con mayores recursos obtuvieron mejores resultados.

Otro aspecto relevante es el uso de la inteligencia artificial. El 52% de los estudiantes la utiliza para sus tareas. Los datos muestran una diferencia según su uso: quienes la emplean para comprender y aprender alcanzaron mejores resultados que quienes la utilizan para que realice las tareas por ellos.

Estos resultados evidencian que mejorar la educación requiere mirar el conjunto de factores que intervienen en el aprendizaje: condiciones económicas, infraestructura, recursos, acompañamiento docente y nuevas tecnologías. También es necesario considerar la situación profesional del magisterio, donde muchos docentes llevan años sin poder ascender de categoría y existen autoridades educativas que desempeñan funciones directivas sin una remuneración adicional.

El informe PISA plantea, además, que los gobiernos y autoridades educativas construyan planes de mejora escuchando a toda la comunidad educativa. La discusión no debería centrarse en buscar culpables, sino en identificar las condiciones que deben cambiar para mejorar los aprendizajes.

¿Qué debemos hacer? 

  1. El Estado debe convertir la educación en una política nacional de largo plazo.

La educación necesita estabilidad, continuidad y una visión que trascienda los gobiernos de turno. Ecuador debe garantizar financiamiento suficiente y eficiente, priorizando infraestructura, bibliotecas, laboratorios, conectividad, equipamiento tecnológico y contratación de docentes donde exista déficit. La Constitución establece, en su disposición transitoria decimoctava, incrementos progresivos de recursos para educación hasta alcanzar al menos el 6% del PIB para educación inicial, básica y bachillerato.

Pero invertir más no basta: hay que invertir mejor. Se requiere un sistema nacional de evaluación que mida periódicamente aprendizajes en lectura, escritura, matemáticas y ciencias y permita corregir rápidamente las deficiencias. Los cargos directivos deben responder a criterios de mérito, formación, liderazgo y resultados, no a afinidades políticas. Asimismo, es necesario revisar las normas educativas para recuperar una cultura de esfuerzo, asistencia, responsabilidad, evaluación y exigencia académica, sin sacrificar la inclusión.

  1. El docente debe volver a concentrarse en enseñar.

Ningún sistema educativo puede ser de excelencia si no cuenta con maestros preparados, motivados, respetados y con un salario digno. Es indispensable reducir la carga administrativa innecesaria y fortalecer la formación inicial y la capacitación permanente, especialmente en didáctica de matemáticas, lectura, ciencias, evaluación y herramientas digitales.

La OCDE destaca que los docentes necesitan no solamente conocimiento de su asignatura, sino capacidades prácticas para explicar con claridad, gestionar el aula, mantener la motivación y ofrecer retroalimentación. La tecnología y la inteligencia artificial deben ser instrumentos al servicio del aprendizaje, no sustitutos del razonamiento del estudiante.

  1. La familia debe asumir que educar es una responsabilidad compartida.

Los padres no pueden delegar completamente la formación a la escuela. Es necesario establecer horarios de estudio, fomentar la lectura, controlar el uso de celulares y redes sociales, garantizar descanso adecuado, alimentación saludable y actividad física, y conversar regularmente con los hijos sobre su rendimiento y comportamiento. PISA muestra que solo el 60% de los estudiantes ecuatorianos reportó que sus padres o representantes les preguntan semanalmente qué hicieron en la escuela.

La familia debe recuperar su papel como primera escuela: enseñar responsabilidad, disciplina, honestidad, respeto, perseverancia y valoración del conocimiento. Mucho ayuda que los padres entiendan a la educación de sus hijos como un proceso y que garanticen un muy buen clima familiar.

  1. El estudiante debe asumir un papel activo.

Una educación de calidad también exige esfuerzo personal. Los jóvenes necesitan desarrollar hábitos de lectura, estudio, puntualidad, asistencia y organización del tiempo. PISA encontró que solamente alrededor del 44% de los estudiantes ecuatorianos afirma planificar frecuentemente su manera de estudiar y que solo el 49% presenta una mentalidad de crecimiento, frente al 69% de promedio OCDE.

No se trata de regresar a una educación basada exclusivamente en memorización, sino de combinar conocimientos sólidos con pensamiento crítico, creatividad, resolución de problemas, comunicación, trabajo en equipo y capacidad para aprender durante toda la vida.

 

 

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CITACIÓN A LOS USUARIOS CONOCIDOS O NO QUE SE CREAN CON DERECHO A LAS AGUAS PROVENIENTES DE LA(S) FUENTE(S) CAP-VZ4-QUEBRADA,CAP-G17-QUEBRADA,CAP-G16-QUEBRADA,CAP-G15-QUEBRADA,CAP-G13- QUEBRADA,CAP-G3-QUEBRADA,CAP-VZ3-QUEBRADA,CAP-VZ2-QUEBRADA,CAP-VZ1-QUEBRADA,CAP-G12-QUEBRADA,CAP-G11-QUEBRADA,CAP-G4- QUEBRADA,CAP-G2-QUEBRADA,CAP-G1-QUEBRADA UBICADA EN CAP-VZ4, PARROQUIA NUEVO QUITO, CANTÓN PAQUISHA, PROVINCIA DE ZAMORA CHINCHIPE, EL AGUA SERÁ UTILIZADA PARA USO Y/O APROVECHAMIENTO MINERÍA.

ACTOR(ES): AURELIANMENOR S.A.

MINISTERIO DE AMBIENTE Y ENERGÍA, DIRECCIÓN ZONAL 10.

Proceso Administrativo Nro DZ10-DZ10-2026-00031-AA. Fecha 15-07-2026 A las 10:20.

VISTOS: Avoco conocimiento del presente trámite administrativo en mi calidad de Autoridad Única del Agua a nivel desconcentrado. Ministerio de Ambiente y Energía.

En lo principal: Agréguese al expediente los documentos referentes a la Solicitud de Autorización de aprovechamiento de agua, presentada por AURELIANMENOR S.A. de 2026-07-15 10:20:05.198, en el mismo que solicita la Autorización de aprovechamiento de agua de MINERÍA, provenientes de la fuente, CAP-VZ4-QUEBRADA,CAP-G17-QUEBRADA,CAP-G16-QUEBRADA,CAP-G15-QUEBRADA,CAP-G13- QUEBRADA,CAP-G3-QUEBRADA,CAP-VZ3-QUEBRADA,CAP-VZ2-QUEBRADA,CAP-VZ1-QUEBRADA,CAP-G12-QUEBRADA,CAP-G11-QUEBRADA,CAP-G4- QUEBRADA,CAP-G2-QUEBRADA,CAP-G1-QUEBRADA ubicada en CAP-VZ4,

parroquia NUEVO QUITO, cantón PAQUISHA, provincia de ZAMORA CHINCHIPE. Con estos antecedentes en mi calidad de Autoridad Única del Agua a nivel desconcentradose DISPONE:

1.- Aceptar a trámite la solicitud de Autorización de aprovechamiento de agua MINERÍA, por haberse emitido el Certificado de Disponibilidad de Agua – CDA, en cumplimiento con Art. 23 de la Ley Orgánica de Recursos Hídricos Usos y Aprovechamiento del Agua y en concordancia con el Art. 107 del Reglamento General Aplicación a la ley, por lo expuesto se dispone el cumplimiento de las siguientes diligencias.

2.-Notifíquese a los señores MARIA AGUSTINA KITIAR TSASAM,JOSE DOMINGO GUALAN ABRIGO,PEDRO FRANCISCO CANGO,ENRIQUE GUALAN

GUALAN,GUILMER MEDARDO ESPINOSA GONZALEZ, en su domicilio señalado en la petición inicial; y a los usuarios desconocidos y presuntos mediante la fijación de carteles que contendrán un extracto de la solicitud y ésta providencia, los que permanecerán expuestos por diez días consecutivos en los parajes más concurridos CAP-VZ4 – NUEVO QUITO – PAQUISHA– ZAMORA CHINCHIPE, mediante comisión que le imparte al señor Teniente Político de la parroquia NUEVO QUITO, anunciar por la prensa tres publicaciones consecutivas.

3.- Finalizado el plazo de publicidad, se contarán diez días para que se puedan presentar

 

adhesiones, oposiciones o proyectos alternativos en sobre cerrado, cumpliendo los mismos requisitos fijados en el numeral 1 del Art. 107 (procedimiento general).

4.- En caso de que el administrado no cumpla con lo dispuesto, esta Administración actuará de acuerdo a lo estipulado en el Artículo 212 del Código Orgánico Administrativo. 5.- Luego de cumplidas estas diligencias se designará un analista técnico/perito, quien realizará la inspección de rigor y emitirá su informe en atención a lo solicitado.

6.- Téngase en cuenta Casillero Judicial 0 , correo electrónico daniela.alvear@lundingold.com señalados para posteriores notificaciones y la autorización conferida a su abogado defensor de ser el caso AURELIANMENOR S.A. NOTIFIQUESE.-

DIRECTOR/A ZONAL DIRECCIÓN ZONAL 10

 BYRON STALIN MEDINA PACHECO

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Cooperativa Unión Yantzaza fortalece la capacitación de su personal y anuncia renovación de unidades

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Mediante una rueda de prensa realizada el miércoles 16 de septiembre en el cantón Yantzaza, representantes de la Cooperativa Unión Yantzaza informaron sobre los procesos de capacitación dirigidos al personal administrativo y sobre los principales proyectos orientados a fortalecer la calidad, la seguridad y la tecnología de sus servicios de transporte.

La jornada estuvo encabezada por Yajaira Medina, presidenta de la Cooperativa Unión Yantzaza; José Luis Medina, gerente de la institución; y Carlos Cabrera, vicepresidente. Durante el encuentro se destacó la culminación de una capacitación planificada para el personal administrativo y de oficina, con énfasis en la atención al usuario, la calidad del servicio y el trato cordial.

Yajaira Medina señaló que el personal de atención constituye la carta de presentación de la cooperativa ante sus usuarios, por lo que consideró fundamental fortalecer sus conocimientos y capacidades. Asimismo, destacó su presencia como primera mujer en ocupar la presidencia de la Cooperativa Unión Yantzaza, expresando su expectativa de que más mujeres se incorporen a espacios de representación y liderazgo dentro de la organización.

Por su parte, el gerente José Luis Medina explicó que la capacitación responde a los requerimientos actuales de la cooperativa y forma parte de un proceso encaminado a brindar servicios con mayor eficiencia, calidad, calidez y cortesía.

Entre los principales anuncios consta la incorporación de aproximadamente 15 nuevas unidades modelo 2026, destinadas a fortalecer el segundo grupo de trabajo. Según lo informado, la nueva flota está prevista para incorporarse hasta noviembre de 2026, fecha en la que se realizaría su presentación ante la ciudadanía.

Medina también anunció la implementación de internet satelital en sus unidades, una solicitud presentada por los usuarios que permitirá mantener conexión durante los recorridos. Esta tecnología ya se encuentra incorporada en unidades del primer grupo, correspondiente a frecuencias de larga distancia hacia Quito, mientras se prevé su ampliación progresiva al segundo grupo.

Actualmente, la Cooperativa Unión Yantzaza cuenta con 57 socios y opera mediante tres grupos de trabajo, con servicios de transporte a nivel nacional y atención de rutas intracantonales. El tercer grupo comprende las denominadas “rancheras”, modalidad que también se encuentra en proceso de fortalecimiento.

José Luis Medina manifestó que la institución analiza nuevos proyectos y frecuencias para atender sectores que requieren mayor cobertura dentro del país. Además, destacó que las mejoras en la vialidad y la renovación de infraestructura vial constituyen factores que pueden contribuir al fortalecimiento de los servicios de transporte.

Los representantes de la cooperativa señalaron que las acciones emprendidas buscan responder a las necesidades planteadas por los usuarios, priorizando seguridad, confort, tecnología y calidad en la prestación del servicio, como parte de un proceso de modernización institucional.

Medina gerente de la Cooperativa Unión Yantzaza reiteró su compromiso de continuar trabajando en la renovación de sus unidades y en la implementación de nuevas herramientas tecnológicas, con el propósito de fortalecer su servicio y mantener su presencia en las rutas nacionales e intracantonales.

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