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Entre la vida y la eternidad

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Introducción

Cada 2 de noviembre, en muchos países de tradición cristiana (y especialmente en el Ecuador) se celebra el Día de los Difuntos, una fecha en la que el silencio y la memoria se entrelazan con el amor y la fe. No es un día de oscuridad, sino de luz interior: un tiempo para mirar al cielo con gratitud y al corazón con esperanza.

Las familias visitan los cementerios, adornan las tumbas con flores, oran y comparten alimentos tradicionales como la colada morada y las guaguas de pan, símbolos de unión, vida y recuerdo. Pero más allá de la costumbre o la nostalgia, esta jornada nos invita a reflexionar sobre el misterio de la existencia: sobre lo que significa vivir, morir y trascender.

El Día de los Difuntos no es solo una cita con quienes partieron, sino también un llamado a reconciliarnos con el sentido de la vida. Nos recuerda que la muerte no es el final, sino el umbral hacia lo eterno; que el amor verdadero no se interrumpe con la ausencia y que la fe tiene el poder de transformar el dolor en esperanza.

Porque cuando recordamos a nuestros difuntos desde el amor, no los perdemos: los reencontramos en lo invisible.

Y comprendemos, entonces, que la muerte no separa, sino que une la tierra con el cielo, la memoria con la eternidad.

Más allá del último latido

La muerte física es una realidad ineludible: el cierre natural del ciclo biológico del ser humano. Es el instante en que el cuerpo se apaga, el corazón cesa su latido y la materia regresa al polvo de donde vino. Desde una mirada terrenal, parece el final de todo; sin embargo, para quien contempla la vida con los ojos de la fe, la muerte física no es una derrota, sino un tránsito, una transformación hacia una dimensión que trasciende lo visible.

El cuerpo muere, sí, pero el alma (esa chispa divina que habita en cada ser humano) continúa su camino. Desde la fe cristiana, la muerte no destruye al ser, solo cambia su forma de existencia. Como dice la Escritura:

“El cuerpo vuelve al polvo de la tierra, y el espíritu vuelve a Dios, que lo dio.” (Eclesiastés 12:7)

Por eso, aunque el cuerpo repose en la tumba, la esperanza de la resurrección mantiene viva la certeza de que la vida no termina con la muerte, sino que se transforma en eternidad. Quien vivió con amor, fe y bondad, no desaparece: su alma trasciende, y su recuerdo florece en quienes continúan el camino.

Sin embargo, existe otra forma de muerte más silenciosa y dolorosa: la muerte espiritual. No ocurre cuando el corazón deja de latir, sino cuando el alma se apaga por dentro. Es esa desconexión del ser humano con Dios, con el amor y con el sentido de la vida.

La muerte espiritual se manifiesta cuando dejamos de creer, de amar, de tener esperanza; cuando el egoísmo, la indiferencia o la falta de fe ocupan el lugar de la compasión y la luz. Es una existencia sin propósito, una vida vivida en automático, sin comunión con el Espíritu divino que nos da aliento.

La Biblia enseña que “el salario del pecado es la muerte” (Romanos 6:23), refiriéndose no a la muerte física, sino a esa separación interior que nos aleja de la presencia de Dios. Mientras la muerte física es inevitable y forma parte del orden natural, la muerte espiritual sí puede evitarse: basta con mantener encendida la llama del amor, cultivar la fe y obrar con bondad.

La verdadera vida, entonces, no depende de los latidos del corazón, sino de la luz del alma. Hay cuerpos vivos con almas dormidas, y también hay quienes, aunque su cuerpo haya partido, siguen vivos en la eternidad y en el amor que dejaron sembrado.

Por eso, más que temer a la muerte física, deberíamos temer a la muerte espiritual: a vivir sin amor, sin fe, sin propósito.

Porque quien vive en Dios, aun después de la muerte, nunca muere verdaderamente.

No tememos morir, tememos no haber vivido

El miedo a la muerte es, quizás, el sentimiento más universal del ser humano. Nadie escapa a esa sombra interior que nos recuerda que la vida es frágil, efímera, pasajera. Pero, ¿por qué nos causa tanto temor? ¿Por qué algo tan natural como morir (que forma parte del mismo ciclo que nos dio la vida) se convierte en el mayor de nuestros miedos?

Tememos morir, ante todo, por instinto. La vida defiende su existencia; nuestro cuerpo y mente están diseñados para sobrevivir. Pero más allá del instinto biológico, hay un miedo más profundo: la incertidumbre de lo desconocido. La muerte nos enfrenta a lo que no podemos controlar, a lo que no comprendemos plenamente, a ese misterio que ninguna ciencia ha logrado descifrar por completo.

También le tememos porque nos duele el desprendimiento. No queremos soltar lo que amamos: la familia, los amigos, los lugares, los bienes, los recuerdos, los proyectos que aún no terminamos. Nos aterra pensar en dejar de existir en el corazón de quienes amamos, o en ser olvidados con el paso del tiempo. La muerte nos confronta con la fragilidad de los lazos humanos, y con el silencio que queda cuando alguien se va.

En una sociedad que exalta la juventud, el éxito y la apariencia, hablar de la muerte resulta incómodo. Nos hemos acostumbrado a verla como un fracaso, como una pérdida sin sentido, cuando en realidad es la continuidad de un proceso natural y espiritual. Morir no es dejar de ser, sino trascender. Como decía el poeta Rabindranath Tagore:

“La muerte no es apagar la luz, sino apagar la lámpara porque ha llegado el amanecer.”

Desde la fe, la muerte se transforma en esperanza. La Biblia enseña que quien cree en Dios no debe temer, porque la vida no se interrumpe, sino que cambia de forma. Jesús dijo:

“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.” (Juan 11:25)

El miedo a la muerte se atenúa cuando comprendemos que no somos solo materia, sino espíritu; que la existencia no termina en la tumba, sino que se abre hacia una eternidad que no entendemos, pero en la que confiamos.

Hace poco, en una reunión, pregunté a los asistentes: Levanten la mano los que no le tienen miedo a la muerte. De cien personas, solo nueve la levantaron.

Luego pregunté: Levanten la mano los que quieren ir al cielo. Casi todos levantaron la mano.

Entonces les dije: Para ir al cielo, primero hay que morir.

Y ahí quedó un silencio. Porque, aunque anhelamos el cielo, seguimos temiendo el camino que nos lleva a él. Quizás el problema no está en la muerte, sino en cómo hemos vivido. Tememos morir cuando sentimos que no hemos amado lo suficiente, que no hemos cumplido nuestro propósito, que aún no hemos hecho las paces con Dios, con los demás o con nosotros mismos.

Superar el miedo a la muerte no significa desearla, sino aprender a vivir de tal forma que, cuando llegue, nos encuentre en paz. La muerte no se vence con poder ni con dinero, sino con sentido, con amor, con fe. Quien ha aprendido a vivir con propósito, puede morir con serenidad.

En realidad, no le tememos tanto a la muerte…Le tememos a no haber vivido de verdad.

Amar en ausencia

El dolor por la pérdida de un ser querido es una de las experiencias más profundas del ser humano. Cuando alguien que amamos se va, una parte de nosotros parece irse también. Sentimos un vacío que nada ni nadie puede llenar. Y es que el dolor es el reflejo del amor: quien ama de verdad, sufre al despedirse. No hay fórmulas para evitar el sufrimiento, pero sí caminos que ayudan a transformarlo en paz, gratitud y esperanza.

Aceptar la realidad de la pérdida: negar lo ocurrido o aferrarse al “por qué” solo prolonga el sufrimiento. Aceptar no significa olvidar ni resignarse; significa reconocer que la vida sigue su curso y que el amor permanece más allá de la muerte. Aceptar es dar espacio al recuerdo sin que el dolor se convierta en prisión.

Recordar con gratitud: el recuerdo puede ser una fuente de tristeza o un acto de homenaje. Cuando recordamos con gratitud, transformamos el dolor en agradecimiento por lo vivido. Cada sonrisa compartida, cada palabra, cada gesto de amor se convierte en un tesoro que ilumina el presente. Agradecer lo que fue es honrar lo que ya no está.

Expresar el dolor: llorar, hablar, orar o buscar apoyo emocional y espiritual son pasos esenciales para sanar. El silencio prolongado y el encierro interior solo agravan la herida. Llorar no es debilidad; es liberar el alma. Como dice el Salmo 34:18: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.”

Mantener viva la fe: la fe es un refugio en medio de la tormenta. Nos recuerda que la muerte no es el final, sino un paso hacia la eternidad. Creer que nuestro ser querido descansa en paz y que un día volveremos a encontrarnos trae consuelo al alma. La fe convierte la ausencia en esperanza y el llanto en oración.

Vivir con propósito: honrar la memoria de quienes partieron implica seguir adelante. No se trata de “superar” su pérdida, sino de darle sentido al dolor transformándolo en amor activo: continuar con sus valores, extender la bondad que ellos sembraron, y ser mejores personas en su honor. Así su legado no muere, sino que sigue vivo en nuestras acciones.

La Biblia ofrece un consuelo profundo para el corazón que sufre. En el libro de Apocalipsis (21:4) se nos promete: “Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.”

El duelo no se supera olvidando, sino amando de una manera distinta. Amar en ausencia es aprender a sentir con el alma, a mirar con el corazón, a confiar en que la separación es solo temporal.

Un día, cuando también nosotros crucemos el umbral de la eternidad, comprenderemos que la muerte no fue un adiós, sino un “hasta pronto”.

Mientras tanto, vivamos con amor, recordemos con gratitud y sigamos construyendo la vida con esperanza.

El alma vuelve a casa

La muerte, vista desde la fe, no es un final, sino un retorno. Cuando una persona muere, algo visible se detiene (el cuerpo deja de respirar, el corazón deja de latir), pero lo invisible continúa su camino. El cuerpo vuelve al polvo, cumpliendo el ciclo natural de la vida, pero el alma, esa chispa divina que Dios depositó en cada ser humano, regresa a su Creador.

Así lo expresa el libro de Eclesiastés (12:7): “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.”

Desde una perspectiva espiritual, la muerte no aniquila al ser humano, sino que lo conduce a una nueva etapa de existencia, más allá del tiempo y del espacio. Es el momento del encuentro definitivo entre el alma y Dios, donde cada uno da cuenta de su vida, de sus actos y de su amor. No es un juicio en el sentido humano del castigo, sino una revelación del alma ante la verdad divina, donde la justicia y la misericordia de Dios se manifiestan plenamente.

Para quienes han vivido con fe, esperanza y amor, la muerte es un regreso al hogar, un tránsito hacia la plenitud. Ya no hay dolor, ni cansancio, ni lágrimas; hay descanso, paz y encuentro. Jesús lo expresó con ternura cuando dijo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros.” (Juan 14:2)

Desde esta mirada espiritual, morir no es desaparecer, sino ser llamado por Aquel que nos creó, para habitar eternamente en su presencia. Es como cuando el sol se oculta al atardecer: no deja de brillar, solo cambia de horizonte.

Por eso, el Día de los Difuntos no debería vivirse únicamente con tristeza, sino con esperanza y gratitud. Porque quienes han partido no se han perdido, simplemente han cruzado el umbral que todos algún día cruzaremos. La fe nos enseña que la separación es temporal y que el amor, cuando es verdadero, no conoce fronteras entre la tierra y el cielo.

Recordar a los difuntos desde la fe es mantener viva la comunión espiritual con ellos. No los vemos, pero los sentimos cerca. No los tocamos, pero su presencia habita en lo más profundo del alma. En la oración, en el recuerdo y en la esperanza del reencuentro, la muerte deja de ser oscuridad para convertirse en luz.

Porque al final, la muerte no tiene la última palabra. La última palabra siempre la tiene Dios, y su palabra es vida eterna.

Amar antes del adiós

 Cuando la muerte toca nuestra puerta, comprendemos (a veces demasiado tarde) que lo verdaderamente valioso no eran las cosas, sino las personas. Que el tiempo compartido con quienes amamos es un tesoro que no se repite, y que cada abrazo, cada conversación y cada gesto de cariño son fragmentos de eternidad sembrados en el corazón.

La muerte nos enseña que no hay palabras suficientes para reemplazar un “te quiero” no dicho, ni gestos tardíos que compensen una ausencia. Por eso, la mayor sabiduría no está en temer a la muerte, sino en aprender a vivir con amor antes de que llegue.

Amar en vida es mirar a los ojos a nuestros seres queridos y decirles cuánto los valoramos. Es dejar de posponer el perdón, las llamadas, las visitas, los abrazos. Es comprender que la vida no espera, que los días se van y que lo único que queda para siempre son los recuerdos que construimos con amor.

Amar y valorar sin límites a los vivos tranquiliza nuestra conciencia cuando ellos mueren. Porque aunque el corazón sufra por su partida, queda el consuelo profundo de saber que hicimos lo mejor por ellos cuando estuvieron a nuestro lado. Que no guardamos silencios innecesarios ni afectos contenidos, sino que los honramos con presencia, ternura y gratitud en cada día compartido.

Porque al final, cuando la muerte arrebata una presencia, solo los preciosos recuerdos de la vida pueden atenuar la profunda tristeza de la partida.

Y esos recuerdos solo existen si supimos amar a tiempo, si nos atrevimos a demostrarlo, si vivimos con gratitud por cada momento compartido.

Honrar a nuestros difuntos no consiste únicamente en llevar flores o encender velas; consiste en valorar a los vivos mientras están a nuestro lado. Cada día es una oportunidad para expresar amor, para reconciliarnos, para sembrar alegría.

Amar en vida es, quizás, el acto más humano y más divino que podemos realizar. Porque cuando amamos, damos sentido a la existencia; y cuando vivimos amando, la muerte deja de ser un final y se convierte en el eco eterno de todo lo que fuimos capaces de entregar.

Conclusión

El Día de los Difuntos es mucho más que una tradición: es un encuentro entre la memoria y la esperanza, una oportunidad para reconciliarnos con el misterio de la muerte y, sobre todo, para redescubrir el valor sagrado de la vida.

Nos recuerda que somos viajeros temporales en cuerpo, pero eternos en espíritu. Que la muerte física forma parte del ciclo natural de la existencia, pero la muerte espiritual (esa que nace del desamor, la indiferencia o la falta de fe) sí puede evitarse si vivimos con el corazón encendido por el amor y la luz de Dios.

Temer a la muerte es humano; confiar en la vida eterna es divino. La fe nos enseña que la muerte no tiene la última palabra, porque el amor de Dios vence toda oscuridad y transforma el final en comienzo.

Recordar a quienes partieron no es mirar atrás con tristeza, sino mirar hacia el cielo con gratitud y esperanza. Ellos viven en la eternidad de Dios y en los recuerdos que sembraron en nosotros.

Que cada 2 de noviembre (al visitar una tumba, encender una vela o elevar una oración) recordemos que morir no es desaparecer, sino volver al origen, regresar al abrazo eterno del Creador.

Y que mientras caminamos por esta tierra, aprendamos a amar sin reservas, a perdonar sin demora y a valorar cada día como un regalo. Porque quien vive amando deja huellas que ni el tiempo ni la muerte pueden borrar.

Al final, la vida y la muerte no son contrarias: son dos orillas del mismo río que fluye hacia la eternidad. Y cuando llegue la hora de cruzarlo, el alma que amó encontrará, del otro lado, el hogar que nunca perdió.

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Emprendedores paquishenses fortalecen sus conocimientos mediante capacitaciones

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Con el objetivo de fortalecer las capacidades de los emprendedores locales y generar nuevas oportunidades económicas, el GAD Municipal de Paquisha ejecuta el proyecto “Fortalecimiento de Capacidades para el Emprendimiento y la Generación de Oportunidades Económicas”.

Desde abril de 2026, el proyecto ha beneficiado a 120 personas, quienes han participado en diversos procesos de formación orientados al fortalecimiento de habilidades técnicas, administrativas y productivas, contribuyendo así a mejorar la competitividad y sostenibilidad de sus emprendimientos.

Entre las capacitaciones impartidas se destacan temas como educación financiera, elaboración de cerveza artesanal, estructura y producción de costos, técnicas de maquillaje, elaboración de alimentos y productos en pasta, así como preparación de asados y vinos, contando con la participación activa de emprendedores de distintos sectores económicos del cantón.

La directora de Planificación del GAD Municipal de Paquisha, Nunkui Aragón, destacó que estas jornadas de formación van más allá de la adquisición de conocimientos técnicos.«El objetivo de estas capacitaciones no es únicamente brindar conocimientos, sino también fortalecer las capacidades de los emprendedores en aspectos relacionados con la documentación y los requisitos que deben cumplir para acceder a permisos y certificaciones otorgadas por las entidades de control y regulación», señaló.

Estas actividades han sido posibles gracias a la gestión institucional y al valioso apoyo de entidades públicas y privadas como BanEcuador, el Instituto de Economía Popular y Solidaria (IEPS), el Ministerio de Producción, Agrozachín y la Unión de Cerveceros Artesanales de Zamora Chinchipe (UCAZACH)

Por su parte, el alcalde de Paquisha, Paul Rodríguez, resaltó que el apoyo municipal no se limita a los procesos de capacitación, sino que también contempla la promoción comercial de los emprendimientos locales mediante espacios de exhibición y venta.

«No solo capacitamos a nuestros emprendedores; también impulsamos su participación en ferias y eventos institucionales para que promocionen sus productos y fortalezcan su economía. Hemos visto resultados muy positivos», manifestó el Alcalde.

Para los próximos meses se prevé continuar con nuevas jornadas de capacitación en temas como Manipulación de Alimentos, Atención al Cliente, Promoción y Publicidad de Emprendimientos, fortaleciendo así las capacidades de quienes apuestan por el trabajo, la creatividad y el desarrollo productivo de Paquisha.

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Junta Cantonal alerta sobre abandono de adultos mayores en Zamora

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En una entrevista, Oswaldo Medina, integrante de la Junta Cantonal de Protección Integral de Derechos del cantón Zamora, dio a conocer las principales acciones que desarrolla esta entidad en favor de los grupos de atención prioritaria, así como las problemáticas sociales que actualmente generan mayor preocupación en el territorio.

Medina explicó que su designación como miembro de la Junta Cantonal se produjo mediante un concurso público y que desde enero de este año cumple funciones en esta institución, cuya oficina está ubicada en las calles 24 de mayo y Amazonas, en la ciudad de Zamora. La atención al público se realiza de lunes a viernes, de 08:00 a 17:30.

Entre los principales casos que atiende la entidad se encuentran situaciones de violencia intrafamiliar, violencia contra mujeres, vulneración de derechos de niños, niñas y adolescentes, así como casos relacionados con personas adultas mayores que enfrentan condiciones de abandono por parte de sus familiares.

Durante la entrevista, Medina manifestó su preocupación por el incremento de adultos mayores que requieren asistencia institucional debido a la falta de apoyo de sus hijos y familiares. Señaló que, aunque existen centros de acogida en la provincia, la capacidad actual resulta insuficiente para atender la creciente demanda.

Asimismo, destacó la necesidad de ampliar los cupos en los centros de atención para personas adultas mayores mediante el fortalecimiento de convenios entre gobiernos locales y el Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES), con el propósito de brindar una atención integral a este grupo vulnerable.

Respecto a la situación de la niñez y adolescencia, el funcionario advirtió sobre el impacto negativo del uso inadecuado de dispositivos móviles y redes sociales, así como la falta de supervisión parental. En ese contexto, hizo un llamado a los padres de familia para que asuman un rol más activo en la formación de sus hijos, señalando que la educación y los valores se construyen principalmente desde el hogar.

Otro de los temas abordados fue el bullying o acoso escolar. Medina recordó que las instituciones educativas cuentan con Departamentos de Consejería Estudiantil (DECE), encargados de intervenir en estos casos y canalizar las denuncias hacia las instancias correspondientes. Indicó que, cuando la situación lo amerita, la Junta Cantonal puede adoptar medidas de protección e incluso coordinar acciones con la Fiscalía para garantizar los derechos de los estudiantes afectados.

Conformación de Consejos Consultivos

En el marco de las políticas de participación ciudadana, la Junta Cantonal trabaja actualmente en la conformación de los Consejos Consultivos del cantón Zamora, en coordinación con el Consejo Nacional para la Igualdad Intergeneracional.

La convocatoria está dirigida a niños, niñas y adolescentes de entre 9 y 18 años, jóvenes de 18 a 29 años y personas adultas mayores de 65 años en adelante. La participación es abierta, voluntaria y gratuita, con el objetivo de fortalecer la incidencia ciudadana en la construcción de políticas públicas orientadas a la protección y garantía de derechos.

Los interesados pueden inscribirse a través de los enlaces habilitados por la organización o acercarse directamente a las oficinas de la Junta Cantonal de Protección Integral de Derechos, ubicadas en las calles 24 de Mayo y Amazonas.

Finalmente, Oswaldo Medina hizo un llamado a la ciudadanía a involucrarse activamente en estos espacios de participación y a fortalecer el diálogo familiar y comunitario para enfrentar problemáticas como el abandono, la violencia, el consumo de drogas, el alcoholismo y otras situaciones que afectan a niños, jóvenes y adultos mayores.

Para mayor información, la ciudadanía puede comunicarse al número 098 265 2695 o acudir directamente a las oficinas de la Junta Cantonal de Protección Integral de Derechos del cantón Zamora.

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Alcibar Lupercio declina su candidatura a la alcaldía y plantea una alianza por el futuro de Zamora

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El comunicador social y precandidato a la Alcaldía del cantón Zamora, Alcíbar Lupercio, anunció oficialmente su decisión de no continuar en el proceso electoral con miras a las elecciones seccionales de 2027.

La decisión, explicó, responde a una combinación de factores organizativos, políticos y normativos que dificultaron la consolidación de una estructura electoral completa en las parroquias del cantón, condición indispensable para participar de manera responsable y competitiva en los próximos comicios.

Uno de los elementos determinantes fue la imposibilidad de conformar listas parroquiales que cumplieran plenamente con los principios de paridad establecidos en el Código de la Democracia, normativa que garantiza la participación equitativa de hombres y mujeres en los procesos electorales.

Lupercio destacó que la participación política femenina constituye un avance fundamental para la democracia ecuatoriana y un mecanismo necesario para fortalecer la representación ciudadana. Sin embargo, señaló que durante el proceso de conformación de equipos identificó una realidad que merece ser analizada con profundidad por la sociedad y las instituciones.

“Existe un importante número de mujeres con capacidad, liderazgo y compromiso social, pero muchas de ellas prefieren no participar en política debido a diversas circunstancias. Entre las razones más recurrentes encontramos las limitaciones económicas para afrontar una campaña electoral, el temor a la exposición pública y a los ataques en redes sociales, la preocupación por el impacto que la actividad política puede generar en sus familias y, en muchos casos, la falta de condiciones que les permitan compatibilizar su vida personal, laboral y comunitaria con el ejercicio político”, manifestó.

En este sentido, sostuvo que el desafío no radica únicamente en establecer cuotas de participación, sino en generar condiciones reales que permitan a más mujeres involucrarse activamente en los espacios de toma de decisiones.

“Las normas electorales buscan una representación equilibrada y justa, pero como sociedad debemos preguntarnos qué estamos haciendo para que más mujeres se sientan seguras, respaldadas y motivadas a participar. La democracia no solo se fortalece con leyes, sino también con oportunidades y garantías efectivas para todos”, añadió.

Diagnóstico sobre la realidad del cantón

Durante sus recorridos por barrios, comunidades y parroquias rurales, Lupercio aseguró haber recogido múltiples inquietudes ciudadanas relacionadas con servicios básicos, infraestructura y planificación territorial.

Entre las principales necesidades identificadas mencionó problemas en sistemas de agua potable y alcantarillado, obras inconclusas, deterioro de espacios deportivos y recreativos, así como la necesidad de fortalecer la planificación urbana y rural del cantón.

Según indicó, Zamora requiere una visión estratégica de largo plazo que permita responder de manera integral a los desafíos relacionados con crecimiento urbano, turismo, movilidad, gestión pública y desarrollo sostenible.

“El cantón necesita proyectarse hacia los próximos 30 o 40 años. La planificación debe trascender los periodos administrativos y convertirse en una política permanente que garantice calidad de vida para las futuras generaciones”, señaló.

Apertura al diálogo y futuras participaciones

Aunque confirmó que no participará como candidato a la Alcaldía, Lupercio manifestó que continuará contribuyendo al debate sobre el desarrollo cantonal y no descartó respaldar iniciativas o liderazgos que compartan una visión de progreso para Zamora.

“No estoy desesperado por alcanzar un cargo público. Mi interés siempre ha sido aportar con ideas y propuestas viables para el desarrollo de nuestro cantón. Si existen espacios de coincidencia con otros actores políticos que realmente busquen transformar Zamora, estaremos dispuestos a dialogar”, expresó.

Asimismo, indicó que actualmente existen conversaciones respecto a una eventual participación en una candidatura a la concejalía rural, posibilidad que será evaluada en función de las circunstancias políticas y de los acuerdos programáticos que puedan alcanzarse.

Retorno a la actividad periodística

Lupercio también anunció que retomará plenamente su labor como comunicador social, profesión que ha ejercido durante más de una década y desde la cual ha mantenido contacto permanente con las necesidades y aspiraciones de la ciudadanía.

Finalmente, hizo un llamado a la población a participar activamente en los procesos democráticos y exhortó especialmente a las mujeres y a los jóvenes a involucrarse en los espacios de representación y liderazgo comunitario.

“Zamora necesita más participación ciudadana, más propuestas y más personas comprometidas con el bienestar colectivo. La democracia se construye cuando la ciudadanía decide involucrarse y asumir un papel activo en el futuro de su territorio”, concluyó.

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