Noticias Zamora
Entre la vida y la eternidad
Introducción
Cada 2 de noviembre, en muchos países de tradición cristiana (y especialmente en el Ecuador) se celebra el Día de los Difuntos, una fecha en la que el silencio y la memoria se entrelazan con el amor y la fe. No es un día de oscuridad, sino de luz interior: un tiempo para mirar al cielo con gratitud y al corazón con esperanza.
Las familias visitan los cementerios, adornan las tumbas con flores, oran y comparten alimentos tradicionales como la colada morada y las guaguas de pan, símbolos de unión, vida y recuerdo. Pero más allá de la costumbre o la nostalgia, esta jornada nos invita a reflexionar sobre el misterio de la existencia: sobre lo que significa vivir, morir y trascender.
El Día de los Difuntos no es solo una cita con quienes partieron, sino también un llamado a reconciliarnos con el sentido de la vida. Nos recuerda que la muerte no es el final, sino el umbral hacia lo eterno; que el amor verdadero no se interrumpe con la ausencia y que la fe tiene el poder de transformar el dolor en esperanza.
Porque cuando recordamos a nuestros difuntos desde el amor, no los perdemos: los reencontramos en lo invisible.
Y comprendemos, entonces, que la muerte no separa, sino que une la tierra con el cielo, la memoria con la eternidad.
Más allá del último latido
La muerte física es una realidad ineludible: el cierre natural del ciclo biológico del ser humano. Es el instante en que el cuerpo se apaga, el corazón cesa su latido y la materia regresa al polvo de donde vino. Desde una mirada terrenal, parece el final de todo; sin embargo, para quien contempla la vida con los ojos de la fe, la muerte física no es una derrota, sino un tránsito, una transformación hacia una dimensión que trasciende lo visible.
El cuerpo muere, sí, pero el alma (esa chispa divina que habita en cada ser humano) continúa su camino. Desde la fe cristiana, la muerte no destruye al ser, solo cambia su forma de existencia. Como dice la Escritura:
“El cuerpo vuelve al polvo de la tierra, y el espíritu vuelve a Dios, que lo dio.” (Eclesiastés 12:7)
Por eso, aunque el cuerpo repose en la tumba, la esperanza de la resurrección mantiene viva la certeza de que la vida no termina con la muerte, sino que se transforma en eternidad. Quien vivió con amor, fe y bondad, no desaparece: su alma trasciende, y su recuerdo florece en quienes continúan el camino.
Sin embargo, existe otra forma de muerte más silenciosa y dolorosa: la muerte espiritual. No ocurre cuando el corazón deja de latir, sino cuando el alma se apaga por dentro. Es esa desconexión del ser humano con Dios, con el amor y con el sentido de la vida.
La muerte espiritual se manifiesta cuando dejamos de creer, de amar, de tener esperanza; cuando el egoísmo, la indiferencia o la falta de fe ocupan el lugar de la compasión y la luz. Es una existencia sin propósito, una vida vivida en automático, sin comunión con el Espíritu divino que nos da aliento.
La Biblia enseña que “el salario del pecado es la muerte” (Romanos 6:23), refiriéndose no a la muerte física, sino a esa separación interior que nos aleja de la presencia de Dios. Mientras la muerte física es inevitable y forma parte del orden natural, la muerte espiritual sí puede evitarse: basta con mantener encendida la llama del amor, cultivar la fe y obrar con bondad.
La verdadera vida, entonces, no depende de los latidos del corazón, sino de la luz del alma. Hay cuerpos vivos con almas dormidas, y también hay quienes, aunque su cuerpo haya partido, siguen vivos en la eternidad y en el amor que dejaron sembrado.
Por eso, más que temer a la muerte física, deberíamos temer a la muerte espiritual: a vivir sin amor, sin fe, sin propósito.
Porque quien vive en Dios, aun después de la muerte, nunca muere verdaderamente.
No tememos morir, tememos no haber vivido
El miedo a la muerte es, quizás, el sentimiento más universal del ser humano. Nadie escapa a esa sombra interior que nos recuerda que la vida es frágil, efímera, pasajera. Pero, ¿por qué nos causa tanto temor? ¿Por qué algo tan natural como morir (que forma parte del mismo ciclo que nos dio la vida) se convierte en el mayor de nuestros miedos?
Tememos morir, ante todo, por instinto. La vida defiende su existencia; nuestro cuerpo y mente están diseñados para sobrevivir. Pero más allá del instinto biológico, hay un miedo más profundo: la incertidumbre de lo desconocido. La muerte nos enfrenta a lo que no podemos controlar, a lo que no comprendemos plenamente, a ese misterio que ninguna ciencia ha logrado descifrar por completo.
También le tememos porque nos duele el desprendimiento. No queremos soltar lo que amamos: la familia, los amigos, los lugares, los bienes, los recuerdos, los proyectos que aún no terminamos. Nos aterra pensar en dejar de existir en el corazón de quienes amamos, o en ser olvidados con el paso del tiempo. La muerte nos confronta con la fragilidad de los lazos humanos, y con el silencio que queda cuando alguien se va.
En una sociedad que exalta la juventud, el éxito y la apariencia, hablar de la muerte resulta incómodo. Nos hemos acostumbrado a verla como un fracaso, como una pérdida sin sentido, cuando en realidad es la continuidad de un proceso natural y espiritual. Morir no es dejar de ser, sino trascender. Como decía el poeta Rabindranath Tagore:
“La muerte no es apagar la luz, sino apagar la lámpara porque ha llegado el amanecer.”
Desde la fe, la muerte se transforma en esperanza. La Biblia enseña que quien cree en Dios no debe temer, porque la vida no se interrumpe, sino que cambia de forma. Jesús dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.” (Juan 11:25)
El miedo a la muerte se atenúa cuando comprendemos que no somos solo materia, sino espíritu; que la existencia no termina en la tumba, sino que se abre hacia una eternidad que no entendemos, pero en la que confiamos.
Hace poco, en una reunión, pregunté a los asistentes: Levanten la mano los que no le tienen miedo a la muerte. De cien personas, solo nueve la levantaron.
Luego pregunté: Levanten la mano los que quieren ir al cielo. Casi todos levantaron la mano.
Entonces les dije: Para ir al cielo, primero hay que morir.
Y ahí quedó un silencio. Porque, aunque anhelamos el cielo, seguimos temiendo el camino que nos lleva a él. Quizás el problema no está en la muerte, sino en cómo hemos vivido. Tememos morir cuando sentimos que no hemos amado lo suficiente, que no hemos cumplido nuestro propósito, que aún no hemos hecho las paces con Dios, con los demás o con nosotros mismos.
Superar el miedo a la muerte no significa desearla, sino aprender a vivir de tal forma que, cuando llegue, nos encuentre en paz. La muerte no se vence con poder ni con dinero, sino con sentido, con amor, con fe. Quien ha aprendido a vivir con propósito, puede morir con serenidad.
En realidad, no le tememos tanto a la muerte…Le tememos a no haber vivido de verdad.
Amar en ausencia
El dolor por la pérdida de un ser querido es una de las experiencias más profundas del ser humano. Cuando alguien que amamos se va, una parte de nosotros parece irse también. Sentimos un vacío que nada ni nadie puede llenar. Y es que el dolor es el reflejo del amor: quien ama de verdad, sufre al despedirse. No hay fórmulas para evitar el sufrimiento, pero sí caminos que ayudan a transformarlo en paz, gratitud y esperanza.
Aceptar la realidad de la pérdida: negar lo ocurrido o aferrarse al “por qué” solo prolonga el sufrimiento. Aceptar no significa olvidar ni resignarse; significa reconocer que la vida sigue su curso y que el amor permanece más allá de la muerte. Aceptar es dar espacio al recuerdo sin que el dolor se convierta en prisión.
Recordar con gratitud: el recuerdo puede ser una fuente de tristeza o un acto de homenaje. Cuando recordamos con gratitud, transformamos el dolor en agradecimiento por lo vivido. Cada sonrisa compartida, cada palabra, cada gesto de amor se convierte en un tesoro que ilumina el presente. Agradecer lo que fue es honrar lo que ya no está.
Expresar el dolor: llorar, hablar, orar o buscar apoyo emocional y espiritual son pasos esenciales para sanar. El silencio prolongado y el encierro interior solo agravan la herida. Llorar no es debilidad; es liberar el alma. Como dice el Salmo 34:18: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu.”
Mantener viva la fe: la fe es un refugio en medio de la tormenta. Nos recuerda que la muerte no es el final, sino un paso hacia la eternidad. Creer que nuestro ser querido descansa en paz y que un día volveremos a encontrarnos trae consuelo al alma. La fe convierte la ausencia en esperanza y el llanto en oración.
Vivir con propósito: honrar la memoria de quienes partieron implica seguir adelante. No se trata de “superar” su pérdida, sino de darle sentido al dolor transformándolo en amor activo: continuar con sus valores, extender la bondad que ellos sembraron, y ser mejores personas en su honor. Así su legado no muere, sino que sigue vivo en nuestras acciones.
La Biblia ofrece un consuelo profundo para el corazón que sufre. En el libro de Apocalipsis (21:4) se nos promete: “Y enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.”
El duelo no se supera olvidando, sino amando de una manera distinta. Amar en ausencia es aprender a sentir con el alma, a mirar con el corazón, a confiar en que la separación es solo temporal.
Un día, cuando también nosotros crucemos el umbral de la eternidad, comprenderemos que la muerte no fue un adiós, sino un “hasta pronto”.
Mientras tanto, vivamos con amor, recordemos con gratitud y sigamos construyendo la vida con esperanza.
El alma vuelve a casa
La muerte, vista desde la fe, no es un final, sino un retorno. Cuando una persona muere, algo visible se detiene (el cuerpo deja de respirar, el corazón deja de latir), pero lo invisible continúa su camino. El cuerpo vuelve al polvo, cumpliendo el ciclo natural de la vida, pero el alma, esa chispa divina que Dios depositó en cada ser humano, regresa a su Creador.
Así lo expresa el libro de Eclesiastés (12:7): “Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio.”
Desde una perspectiva espiritual, la muerte no aniquila al ser humano, sino que lo conduce a una nueva etapa de existencia, más allá del tiempo y del espacio. Es el momento del encuentro definitivo entre el alma y Dios, donde cada uno da cuenta de su vida, de sus actos y de su amor. No es un juicio en el sentido humano del castigo, sino una revelación del alma ante la verdad divina, donde la justicia y la misericordia de Dios se manifiestan plenamente.
Para quienes han vivido con fe, esperanza y amor, la muerte es un regreso al hogar, un tránsito hacia la plenitud. Ya no hay dolor, ni cansancio, ni lágrimas; hay descanso, paz y encuentro. Jesús lo expresó con ternura cuando dijo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy, pues, a preparar lugar para vosotros.” (Juan 14:2)
Desde esta mirada espiritual, morir no es desaparecer, sino ser llamado por Aquel que nos creó, para habitar eternamente en su presencia. Es como cuando el sol se oculta al atardecer: no deja de brillar, solo cambia de horizonte.
Por eso, el Día de los Difuntos no debería vivirse únicamente con tristeza, sino con esperanza y gratitud. Porque quienes han partido no se han perdido, simplemente han cruzado el umbral que todos algún día cruzaremos. La fe nos enseña que la separación es temporal y que el amor, cuando es verdadero, no conoce fronteras entre la tierra y el cielo.
Recordar a los difuntos desde la fe es mantener viva la comunión espiritual con ellos. No los vemos, pero los sentimos cerca. No los tocamos, pero su presencia habita en lo más profundo del alma. En la oración, en el recuerdo y en la esperanza del reencuentro, la muerte deja de ser oscuridad para convertirse en luz.
Porque al final, la muerte no tiene la última palabra. La última palabra siempre la tiene Dios, y su palabra es vida eterna.
Amar antes del adiós
Cuando la muerte toca nuestra puerta, comprendemos (a veces demasiado tarde) que lo verdaderamente valioso no eran las cosas, sino las personas. Que el tiempo compartido con quienes amamos es un tesoro que no se repite, y que cada abrazo, cada conversación y cada gesto de cariño son fragmentos de eternidad sembrados en el corazón.
La muerte nos enseña que no hay palabras suficientes para reemplazar un “te quiero” no dicho, ni gestos tardíos que compensen una ausencia. Por eso, la mayor sabiduría no está en temer a la muerte, sino en aprender a vivir con amor antes de que llegue.
Amar en vida es mirar a los ojos a nuestros seres queridos y decirles cuánto los valoramos. Es dejar de posponer el perdón, las llamadas, las visitas, los abrazos. Es comprender que la vida no espera, que los días se van y que lo único que queda para siempre son los recuerdos que construimos con amor.
Amar y valorar sin límites a los vivos tranquiliza nuestra conciencia cuando ellos mueren. Porque aunque el corazón sufra por su partida, queda el consuelo profundo de saber que hicimos lo mejor por ellos cuando estuvieron a nuestro lado. Que no guardamos silencios innecesarios ni afectos contenidos, sino que los honramos con presencia, ternura y gratitud en cada día compartido.
Porque al final, cuando la muerte arrebata una presencia, solo los preciosos recuerdos de la vida pueden atenuar la profunda tristeza de la partida.
Y esos recuerdos solo existen si supimos amar a tiempo, si nos atrevimos a demostrarlo, si vivimos con gratitud por cada momento compartido.
Honrar a nuestros difuntos no consiste únicamente en llevar flores o encender velas; consiste en valorar a los vivos mientras están a nuestro lado. Cada día es una oportunidad para expresar amor, para reconciliarnos, para sembrar alegría.
Amar en vida es, quizás, el acto más humano y más divino que podemos realizar. Porque cuando amamos, damos sentido a la existencia; y cuando vivimos amando, la muerte deja de ser un final y se convierte en el eco eterno de todo lo que fuimos capaces de entregar.
Conclusión
El Día de los Difuntos es mucho más que una tradición: es un encuentro entre la memoria y la esperanza, una oportunidad para reconciliarnos con el misterio de la muerte y, sobre todo, para redescubrir el valor sagrado de la vida.
Nos recuerda que somos viajeros temporales en cuerpo, pero eternos en espíritu. Que la muerte física forma parte del ciclo natural de la existencia, pero la muerte espiritual (esa que nace del desamor, la indiferencia o la falta de fe) sí puede evitarse si vivimos con el corazón encendido por el amor y la luz de Dios.
Temer a la muerte es humano; confiar en la vida eterna es divino. La fe nos enseña que la muerte no tiene la última palabra, porque el amor de Dios vence toda oscuridad y transforma el final en comienzo.
Recordar a quienes partieron no es mirar atrás con tristeza, sino mirar hacia el cielo con gratitud y esperanza. Ellos viven en la eternidad de Dios y en los recuerdos que sembraron en nosotros.
Que cada 2 de noviembre (al visitar una tumba, encender una vela o elevar una oración) recordemos que morir no es desaparecer, sino volver al origen, regresar al abrazo eterno del Creador.
Y que mientras caminamos por esta tierra, aprendamos a amar sin reservas, a perdonar sin demora y a valorar cada día como un regalo. Porque quien vive amando deja huellas que ni el tiempo ni la muerte pueden borrar.
Al final, la vida y la muerte no son contrarias: son dos orillas del mismo río que fluye hacia la eternidad. Y cuando llegue la hora de cruzarlo, el alma que amó encontrará, del otro lado, el hogar que nunca perdió.
Noticias Zamora
El Pangui merece su universidad
Viví varios años en El Pangui y conozco de cerca lo que significa luchar por oportunidades. Aquí vi jóvenes con talento, con ganas, con disciplina… pero con un obstáculo enorme: la falta de una universidad completa que les permita formarse sin dejar su hogar.
Es cierto que en El Pangui ya funciona una extensión de la Universidad Estatal Amazónica. Y todos reconocemos el valor que ha tenido. Pero también sabemos que una extensión no reemplaza a una universidad completa: tiene oferta limitada, menos infraestructura, menos carreras, menos investigación y menos capacidad para recibir a todos los jóvenes que la necesitan. Quedarse solo con una extensión sería conformarnos con menos cuando esta comunidad merece más.
Y mientras tanto, varios cantones de la provincia exigen ser sede de la nueva universidad. Lo entiendo: todos quieren desarrollo. Pero si hablamos con honestidad y viendo la realidad de frente, El Pangui tiene argumentos sólidos que ninguna otra propuesta puede igualar en este momento.
Primero, ya existe un terreno técnicamente aprobado y listo para construir. No estamos hablando de ideas en papel; es un espacio real que evita años de retrasos, reubicaciones o conflictos administrativos.
Segundo, El Pangui tiene una ubicación estratégica que conecta parroquias, comunidades rurales y zonas productivas. Eso significa accesibilidad para estudiantes de varios sectores, sin que el costo de transporte sea una barrera que termine apagando sueños.
Tercero, aquí ya hay infraestructura instalada: servicios básicos, vías, energía y conectividad. Esto reduce costos y permite que la universidad empiece a funcionar sin esperar eternamente a que se construya lo esencial.
Y más allá de los argumentos técnicos, está lo humano. Lo viví, lo escuché y lo sentí: muchos jóvenes no estudian porque salir del cantón no es una opción. La distancia, el dinero, las responsabilidades familiares… todo pesa. Una universidad completa en El Pangui no sería solo un edificio; sería una oportunidad real para cientos de jóvenes que hoy ven la educación superior como un sueño distante.
La extensión de la UEA ha sido un paso, sí. Pero El Pangui está listo para dar el salto: pasar de ser un apoyo a convertirse en un verdadero centro de educación superior para toda Zamora Chinchipe.
Sé que el debate está encendido y que cada cantón defiende lo suyo. Pero esta decisión debe tomarse con criterios de viabilidad, impacto y capacidad real. Y El Pangui no solo cumple: sobresale.
Por lo que viví aquí, por lo que conozco y por lo que todavía falta por construir, estoy convencido de que la universidad debe quedarse en El Pangui. Porque aquí hay terreno, hay infraestructura, hay gente que la necesita… y hay una comunidad dispuesta a crecer con ella.
Noticias Zamora
Luis Amable Duque analiza el proceso de creación de la nueva Universidad Pública para Zamora Ch.
En un espacio de entrevista, el exconcejal del cantón Zamora, Luis Amable Duque, reconocido docente con amplia trayectoria en la provincia, abordó detalladamente el proceso, los avances y las dificultades históricas vinculadas a la creación de la nueva Universidad Pública Estatal para Zamora Chinchipe, un proyecto que se discute desde el año 2002.
Duque recordó que la iniciativa tomó forma hace más de dos décadas, durante la administración municipal del entonces alcalde Eugenio Reyes, quien gestionó la adquisición de aproximadamente 32 hectáreas de terreno en el sector de Cumbaratza, destinadas para el emplazamiento de la futura institución de educación superior. Desde entonces, y pese al respaldo inicial, el académico señaló que la falta de voluntad política, los intereses particulares y la ausencia de continuidad en las gestiones han retrasado su concreción.
Suspensión de la cuarta sesión de la Comisión Técnica
El académico cuestionó la reciente suspensión de la cuarta sesión de la Comisión Técnica de Seguimiento, instancia encargada de verificar los avances presentados por la Universidad Estatal Amazónica (UEA), institución designada para elaborar los informes técnicos de factibilidad.
Precisó que la Comisión no recibió documentación verificable por parte del rector de la UEA, pese a que anteriormente se había asegurado contar con un “99,9 % de avance”. Duque enfatizó que dicho progreso debe estar sustentado en informes formales, tal como lo exige la normativa.
“No es un capricho de la comisión ni de la presidenta, Esperanza Rogel, sino un mandato legal que los informes técnicos sean presentados, socializados y evaluados con transparencia”, expresó.
Importancia de una universidad sostenible
El docente recalcó que la nueva universidad amazónica debe crearse con una visión de sostenibilidad en el tiempo y en el espacio, garantizando que sus operaciones, carreras y planta docente mantengan estándares académicos sólidos.
Subrayó que no basta con habilitar infraestructura o definir la ubicación, sino que se necesita asegurar que la institución responda a la demanda estudiantil y posea viabilidad presupuestaria y académica.
Duque recordó que en experiencias previas, como el proceso promovido por la ESPOCH en años anteriores, primó la transparencia, el orden y la comunicación técnica, elementos que —según afirmó— hoy son insuficientes en el trabajo mostrado por la UEA.
Debate sobre la ubicación de la universidad
Ante la información conocida en la sesión reciente, Duque señaló que el rector de la UEA habría ratificado su decisión de ubicar la futura universidad en el cantón El Pangui, argumentando que dicho cantón ya dispone de terrenos y servicios básicos.
Sin embargo, el académico expresó su preocupación respecto a:
• La población estudiantil disponible en la zona, uno de los requisitos técnicos para la viabilidad de una universidad.
• La falta de socialización previa hacia la ciudadanía de toda la provincia.
• La mínima participación de autoridades cantonales en la sesión, pues solo asistieron representantes de Zamora, Centinela del Cóndor y El Pangui.
Duque calificó como “irresponsable” la declaración del rector en la que sugirió que, tras construir la universidad, serían las futuras autoridades quienes definan su funcionamiento, sin presentar previamente los informes técnicos requeridos.
Escasa información a la ciudadanía
El académico aseguró que la población zamorana no está debidamente informada sobre el estado real del proyecto. Indicó que incluso él, como docente y exautoridad local, desconoce el contenido de los informes técnicos que la Comisión requiere.
Al mismo tiempo, lamentó que disputas políticas o diferencias personales entre autoridades hayan entorpecido un proceso que, insistió, debe ser estrictamente técnico.
Retos actuales y urgencia en la presentación de informes
Duque recordó que la UEA debía presentar los estudios completos desde julio, y que el plazo fue ampliado hasta el 19 de diciembre, fecha límite para entregar la documentación ante el CES, órgano que evaluará la creación de la universidad.
Afirmó que este proceso también deberá garantizar:
• Una planta docente con formación de cuarto nivel y PhD, como exige la normativa actual.
• Carreras fundamentadas en estudios rigurosos de pertinencia.
• Un modelo de gestión académica y administrativa transparente.
Finalmente, Duque resaltó que, aunque la decisión sobre la ubicación parece ya tomada por el rector de la UEA, la provincia debe unirse para exigir transparencia, sostenibilidad e información clara, dejando de lado intereses políticos.
“La universidad debe nacer bien, para sostenerse en el tiempo y cumplir su misión formadora en Zamora Chinchipe”, concluyó.
Noticias Zamora
Guadalupe se prepara para vivir las festividades religiosas del 11 al 14 de diciembre de 2025
La parroquia de Guadalupe, en un ambiente de fe, tradición y unidad comunitaria, anuncia oficialmente el programa de festividades en honor a la Reina de América, la “Virgen de Guadalupe”, que se desarrollará del 11 al 14 de diciembre de 2025. El Párroco, las Hermanas Teresitas y los Priostes extienden una cordial invitación a feligreses, coterráneos y visitantes de diversas provincias del país para ser parte de estos días de devoción, cultura y celebración.
Las jornadas iniciarán el jueves 11 con el engalanamiento de las iglesias, la novena y la llegada de la Banda MELAO5, marcando el inicio formal de las festividades. El viernes 12 estará dedicado a las expresiones más tradicionales, como el ritual vaquero, la romería por las comunidades aledañas y la solemne misa campal, seguida de una serenata y un homenaje musical a cargo de reconocidos grupos nacionales.
El sábado 13 será un día de actividades deportivas y culturales, destacándose la competencia provincial de vehículos 4×4, la lidia interprovincial de gallos y una noche artística con la presentación del Trío Piscis y del célebre cantante Ángel Guaraca. Finalmente, el domingo 14 cerrará con juegos tradicionales, una misa mayor, un bazar comunitario y un esperado encuentro nacional de ecuavóley femenino, culminando con un baile popular.
Las festividades de Guadalupe es un encuentro comunitario y de fe, las tradiciones locales, la música, el deporte y la participación familiar. Los Priostes agradecen de antemano la presencia de todos quienes se sumarán a esta celebración, fortaleciendo el sentido de identidad y devoción que caracteriza a la parroquia.
-
Entretenimiento4 años agoAdriana Bowen, sobre la cirugía bariátrica: Siento que recuperé mi vida
-
Internacionales4 años agoMuere Cheslie Kryst, Miss Estados Unidos 2019 y presentadora de televisión
-
Politica4 años agoEl defensor del Pueblo, Freddy Carrión, fue llamado a juicio en la investigación por el delito de abuso sexual
-
Internacionales4 años agoTiroteo en concierto en Paraguay deja dos muertos y cuatro heridos
-
Nacionales4 años ago¿Qué hay detrás del asesinato de Fredi Taish?
-
Fashion8 años ago
Amazon will let customers try on clothes before they buy
-
Politica1 año ago‘No soy contratista del Estado’, asegura Topic con certificado de Sercop en mano
-
Deportes4 años agoFEF solicita al COE Nacional 60% de aforo para partido Ecuador vs. Brasil
