Opinión
¿Opera una mafia en Ecuador?
Santiago Basabe
A partir de las investigaciones propiciadas por la Fiscalía, la respuesta a dicha pregunta parece una obviedad: sí, desde luego que sí. Sin embargo, esas certezas absolutas no son parte del conocimiento científico que, por el contrario, ante cualquier hecho aparentemente evidente plantea la duda. Veamos.
Uno de los conceptos más clásicos sobre lo que es la mafia proviene de Diego Gambetta a través de su estudio en Sicilia. Allí señala Gambetta que la mafia es una empresa económica que ofrece protección privada. Ante la ausencia relativa del aparato estatal como proveeedor natural de seguridad, aparece un grupo organizado, con estructura de mando interna, códigos de lealtad y eficacia en las actividades a las que se compromete. Dicha forma de operar de la mafia le dota de confianza, aquélla que las instancias públicas han perdido de a poco.
De lo que se sabe, acá hay delincuencia de distinto calibre, pero no bajo los rasgos definitorios de lo que constituiría un grupo mafioso.
Por un lado, no parece existir una estructura organizacional claramente definida, con funciones o roles específicos, permanencia de sus miembros y reglas informales para premiar o castigar los diferentes comportamientos de sus integrantes. Las declaraciones de los aparentes desertores dan cuenta, por ejemplo, que no existen mecanismos sancionatorios claros dentro del grupo. Si así fuera, hallar a los que “cantan” las verdades sería una empresa más costosa.
Por otro lado, no se ha podido observar con claridad la estructura de mando mafiosa. Más bien, de lo que se conoce, hay muchos operadores que actúan de forma relativamente independiente aunque con relaciones entre sí a partir de las actividades que ofrecen. Estos operadores son esencialmente abogados pero con una característica importante: no se mantienen mucho tiempo dentro del círculo de influencia delincuencial. Por el contrario, su participación es limitada. Llegan, cometen sus fechorías por el espacio temporal que la coyuntura les ofrece y luego se van. No desaparece la organización pues hay muchos abogados a la espera de ocupar ese espacio. La mano de obra siempre está disponible. Por eso es que ahora quien está en la picota de las denuncias es el abogado A pero ayer fue B y mañana será C. Los nombres varían pero la actividad se mantiene inalterada.
Adicionalmente, de lo que el país conoce por diferentes medios, acá no hay oferta de protección privada, como decía Gambetta en su trabajo ya citado.
Lo que los abogados y su entorno de asistentes y recaderos ofrecen a la delincuencia organizada (de la que no necesariamente son parte) es orientar las decisiones judiciales a cambio de recursos económicos o de infundir miedo. Sobre esto último, no hay que dejar de lado la posibilidad de que muchos jueces estén fallando a favor de delincuentes contumaces por temor y no porque hayan recibido prebendas de cualquier tipo.
Nuevamente, el objetivo de la mafia, al menos a la luz del concepto de Gambetta, parece no estar presente en el caso ecuatoriano. En ese aspecto, quizás lo que acá ocurre podría acercarse más bien a otras definiciones de mafia, como las ofrecidas por Santyino y La Fiura o Arlachi, que proponen que estas organizaciones se caracterizan por la búsqueda de acumulación de capital. Sin embargo, aún en ese caso, dichos autores también señalan que la mafia se configura con actores que son parte permanente de la organización.
Con lo dicho, en Ecuador lo que aparentemente opera es una oferta ilegal de servicios judiciales, tanto para delincuentes contumaces como para “ciudadanos de bien” que están dispuestos a pagar a los abogados del momento. No importan los nombres de los “juristas” que actúan como intermediarios. Eso es secundario. Lo que sí se mantiene estable es la maquinaria en la que se procesan los hechos delictivos y allí están, indudablemente, jueces y fiscales.
Por tanto, si bien no hay redes permanentes de abogados que ofrecen el servicio citado, existe un conjunto de corruptos que son parte del sector justicia que llegan a acuerdos específicos con los profesionales del Derecho que están mejor posicionados en un momento dado, esencialmente en función de la correlación de fuerzas políticas. De allí que, mientras no se genere una reforma integral al Poder Judicial, los males que ahora están en boca de todos permanenecerán en el tiempo aunque con nombres distintos. El problema de fondo, por tanto, no está en los abogados que ahora están envueltos en los escándalos de corrupción sino en la estructura bajo la que opera el sistema de justicia.
Además, en la política es dónde falta hurgar con mayor detenimiento, pues allí parecen estar los que controlan la provisión ilícita de servicios judiciales. Si bien sus alfiles de momento pueden llegar a pagar ciertos costos cuando la coyuntura les resulta adversa (jueces, fiscales, abogados y recaderos), ellos se mantienen invisibles ante el escrutinio ciudadano.
No quiero decir que ahora mismo no existan delitos execrables que perseguir y delincuentes de diferente traje a los que sancionar. Simplemente señalo que Ecuador no parece asumir la forma de una mafia organizada bajo los parámetros ofrecidos por los estudios realizados. Este punto no es menor ni debería generar interes puramente académico ya que puede ser un insumo clave para eventuales reformas en materia penal o de seguridad.
Si no conocemos cómo funciona la maquinaria que provee servicios judiciales ilícitos, difícilmente podremos identificar los factores que explicarían su presencia. Fuente: Primicias
Noticias Zamora
Votos para vivir del Estado: la otra cara del poder
La proximidad de los procesos electorales suele revelar una dinámica recurrente y profundamente preocupante en la cultura política local y nacional: la aparición súbita de actores políticos que, fuera del calendario electoral, permanecen ausentes de la vida social, especialmente del mundo rural y comunitario. En campaña, muchos reaparecen recorriendo comunidades, participando en mingas, vistiendo sombrero, botas, lenguaje popular, incluso, no importa si huele a trabajo— como parte de una estrategia cuidadosamente calculada.
Este fenómeno, ampliamente estudiado desde la ciencia política y la sociología electoral, puede definirse como instrumentalización del territorio y de la identidad popular, donde el “ser pueblo” deja de ser una convicción ética y se convierte en un recurso narrativo para captar votos. Resulta evidente la contradicción entre estas conductas coyunturales y las prácticas cotidianas de muchos de estos actores, que ya se ven haciendo lo que nuca hicieron, solo se acuerdan en campaña y contextos urbanos suelen reproducir lógicas de exclusión, elitismo y desprecio hacia los sectores populares, a los que solo reconocen cuando necesitan legitimidad electoral.
Más grave aún es lo que ocurre tras la victoria. Una vez alcanzado el cargo público, estos mismos personajes rompen el vínculo social construido artificialmente, se distancian de la ciudadanía, desconocen a quienes trabajaron en sus campañas y adoptan actitudes de prepotencia, silencio cómplice o comodidad burocrática, convirtiéndose en meros consumidores del Estado, antes que en servidores públicos comprometidos con la defensa de los intereses colectivos.
En territorios como Zamora Chinchipe, esta práctica no es nueva ni aislada. Ya se ven figuras que han vivido durante años de los recursos públicos, sin generar transformaciones estructurales, tampoco un buen servicio, ni asumir una defensa real de la población frente a las problemáticas actuales, y que hoy buscan perpetuarse en el poder apelando al voto ciudadano. Esta realidad interpela directamente a la conciencia democrática de la sociedad.
En consecuencia, el desafío no recae únicamente en quienes aspiran al poder, sino también en una ciudadanía llamada a ejercer un voto crítico, informado y con memoria histórica, capaz de diferenciar entre la cercanía auténtica y la actuación oportunista. La democracia se debilita cuando se normaliza la simulación política; se fortalece, en cambio, cuando el pueblo exige coherencia, ética pública y presencia permanente, no solo en tiempos de campaña.
Noticias Zamora
Cuando el temperamento se convierte en virtud
Introducción
Cada persona camina por la vida con una manera particular de sentir, reaccionar y relacionarse con los demás. Algunos enfrentan las dificultades con calma, otros con intensidad; unos son pacientes y reservados, mientras que otros son expresivos y sensibles. Estas diferencias no son casuales. Nacen de una fuerza interior silenciosa que acompaña al ser humano desde su primer aliento: el temperamento.
El temperamento influye en nuestras palabras, decisiones, reacciones y relaciones. Puede abrir puertas… o cerrarlas. Puede edificar vínculos… o destruirlos. De ahí la verdad profunda que nos recuerda: cuando a una persona le gana su temperamento, a menudo lo pierde todo.
Comprender qué es el temperamento, cómo se forma y cómo actúa en nuestra vida diaria no es solo un ejercicio de conocimiento, sino un paso esencial hacia el crecimiento personal, la armonía interior y la convivencia sana. Este artículo te invita a descubrir la raíz invisible de tu manera de ser y a aprender cómo transformar tu temperamento en una fuente de virtud, equilibrio y fortaleza interior.
El temperamento: La raíz invisible de nuestra manera de ser
El temperamento es el conjunto de características emocionales innatas que determinan la manera en que una persona reacciona ante las situaciones de la vida. Incluye aspectos como la intensidad de las emociones, el nivel de actividad, la paciencia, la impulsividad y la capacidad de adaptación a los cambios. Estas características están presentes desde el nacimiento y se manifiestan en el comportamiento habitual de cada individuo.
El temperamento es, en gran medida, una herencia genética recibida de los padres. Es el que influye en que una persona sea más abierta y extrovertida, o bien más reservada e introvertida. Aunque no es el único factor que influye en la conducta humana, sí es el más estable y permanente a lo largo de la vida. A su vez, los primeros años en el hogar, la educación, las experiencias y las motivaciones personales también ejercen una influencia significativa sobre la manera de actuar.
Desde una perspectiva humana, no existe otro elemento que influya tan profundamente en el comportamiento como el temperamento heredado. La combinación de genes y cromosomas recibidos en el momento de la concepción establece el temperamento básico, el cual interviene de manera decisiva en nuestras acciones, reacciones y emociones.
El temperamento puede considerarse como la base biológica de la personalidad. Es el componente más estable y menos modificable del carácter, ya que está determinado por factores genéticos y neurológicos. A partir de él se desarrollan otros aspectos de la personalidad, como el carácter, las actitudes y los hábitos, que sí pueden ser moldeados por la educación, la cultura y las experiencias de vida.
La principal ventaja de conocer los cuatro temperamentos básicos es que permite identificar con mayor claridad las fortalezas y debilidades personales. Este conocimiento facilita el crecimiento integral, ya que brinda la oportunidad de trabajar en las debilidades, fortalecer las virtudes y desarrollar una vida más equilibrada y consciente.
La esencia que moldea tu historia
Aunque el temperamento tiene una base genética y no puede cambiarse en su esencia, sí puede ser educado, pulido y transformado. Embellecer el temperamento no significa negarlo, sino aprender a dirigirlo con madurez, autocontrol e inteligencia emocional. Cuando una persona armoniza su temperamento, mejora su bienestar interior, fortalece sus relaciones y eleva su calidad de vida.
Claves para transformar el temperamento en virtud
- Conócete profundamente
Reconocer el propio temperamento permite identificar fortalezas, debilidades y reacciones habituales. El autoconocimiento es el inicio de la responsabilidad personal y del cambio consciente.
- Desarrolla el autocontrol
No se trata de reprimir emociones, sino de aprender a expresarlas de manera sana. Pensar antes de actuar, controlar impulsos y manejar el enojo protege las relaciones y evita conflictos innecesarios.
- Fortalece la inteligencia emocional
Comprender lo que sientes, escuchar con empatía y expresar emociones sin herir transforma el temperamento en una fortaleza y no en un obstáculo.
- Practica la paciencia y la tolerancia
Aceptar las diferencias, respetar los procesos de los demás y evitar juicios apresurados suaviza el carácter y genera paz interior.
- Cultiva hábitos que armonicen tu vida
El descanso, la buena alimentación, la actividad física y los espacios de calma ayudan a regular el estado emocional y favorecen reacciones más equilibradas.
- Aprende de tus errores
Reconocer fallas sin justificarlas fortalece el carácter y convierte cada experiencia en una oportunidad de crecimiento.
- Rodéate de influencias positivas
Las personas equilibradas y empáticas inspiran conductas sanas y ayudan a modelar un temperamento más armonioso.
- Vive valores que embellecen el alma
La humildad, el respeto, la honestidad, la gratitud y la responsabilidad actúan como verdaderos “pulidores” del temperamento, permitiendo que se exprese de manera constructiva.
La línea invisible entre temperamento y carácter
Aunque muchas personas utilizan estos términos como sinónimos, temperamento y carácter no son lo mismo, aunque están profundamente relacionados. Confundirlos puede llevar a justificar conductas dañinas o a renunciar al proceso de crecimiento personal bajo la idea errónea de que “así somos y no podemos cambiar”.
El temperamento es lo que recibimos. Es la base emocional con la que nacemos: biológica, hereditaria y automática. Determina la manera natural en que tendemos a reaccionar ante la vida: con rapidez o lentitud, con intensidad o calma, con apertura o reserva, con sensibilidad o firmeza. Es nuestro punto de partida. No se elige, no se aprende ni se construye; simplemente se recibe.
El carácter es lo que construimos. Es la forma consciente en que decidimos vivir, actuar y responder a las circunstancias. Se forma con el tiempo mediante hábitos, valores, disciplina, experiencias, decisiones y convicciones. A diferencia del temperamento, el carácter no es automático: es intencional.
Mientras el temperamento representa una tendencia natural, el carácter es una elección sostenida en el tiempo. El temperamento describe cómo reaccionas; el carácter revela quién eres.
Ambos se relacionan de manera profunda: el temperamento es el material; el carácter es la obra. El temperamento es la arcilla; el carácter es la escultura. Aunque el temperamento influye en la formación del carácter, no lo determina.
Un temperamento fuerte puede formar un carácter firme… o uno autoritario. Un temperamento sensible puede formar un carácter compasivo… o uno inseguro. El mismo temperamento, educado o no, puede producir resultados completamente opuestos.
Las cuatro raíces de nuestra manera de ser
Desde la antigüedad, el estudio del temperamento ha buscado comprender por qué las personas reaccionan de manera diferente ante la vida. Hipócrates, hace más de 2400 años, propuso la teoría de los cuatro temperamentos básicos, la cual sigue siendo una referencia fundamental en el conocimiento de la personalidad humana. Según esta clasificación, existen cuatro tipos principales de temperamento: sanguíneo, colérico, melancólico y flemático.
Cada uno posee fortalezas y debilidades que forman parte de su naturaleza y que se manifiestan de manera constante a lo largo de la vida.
Temperamento Sanguíneo
El sanguíneo es una persona sociable, entusiasta y expresiva. Suelen ser comunicativos, optimistas y afectuosos. Disfrutan estar rodeados de personas, contagian alegría y tienen facilidad para hacer amigos. Sin embargo, pueden ser impulsivos, desorganizados, poco constantes y guiados más por las emociones que por la reflexión.
Temperamento Colérico
El colérico es decidido, activo y con una fuerte capacidad de liderazgo. Es práctico, productivo y orientado a metas. No teme a los retos y suele sobresalir en posiciones de autoridad. No obstante, su carácter puede tornarse dominante, impaciente, orgulloso o poco sensible hacia los demás.
Temperamento Melancólico
El melancólico es analítico, profundo y perfeccionista. Se caracteriza por su sensibilidad, lealtad y alto sentido de responsabilidad. Tiende a ser reservado, reflexivo y muy disciplinado. Entre sus debilidades pueden aparecer el pesimismo, la rigidez, la tendencia a la crítica y la dificultad para relacionarse socialmente.
Temperamento Flemático
El flemático es tranquilo, paciente y equilibrado. Busca la armonía, evita los conflictos y es confiable. Tiene buen humor y una actitud estable ante la vida. Sin embargo, puede mostrarse indeciso, pasivo, poco expresivo y con dificultad para tomar iniciativa.
Estos cuatro temperamentos influyen en la forma de pensar, sentir, actuar y relacionarse, así como en la manera de enfrentar responsabilidades, tomar decisiones y resolver conflictos. Ninguno es mejor que otro; cada uno posee cualidades valiosas que, cuando son bien dirigidas, pueden convertirse en grandes fortalezas personales.
Ninguna persona posee un solo temperamento en estado puro. En cada individuo se combinan dos o más temperamentos, generalmente con uno que predomina y otro que lo complementa. Estas combinaciones crean perfiles únicos que influyen en la personalidad, el comportamiento, la forma de relacionarse y la manera de enfrentar la vida. Por ello, aunque existan cuatro temperamentos básicos, la diversidad humana es amplia y cada persona manifiesta una mezcla particular que la hace irrepetible.
La fuerza invisible que dirige nuestras decisiones
El temperamento influye de manera profunda en la forma en que cada persona se comunica, toma decisiones, enfrenta los problemas y se relaciona con los demás. Afecta el rendimiento académico y laboral, la manera de manejar el estrés, así como la calidad de las relaciones familiares, sociales y afectivas. Comprender el propio temperamento permite reconocer fortalezas, identificar debilidades y trabajar conscientemente para lograr un mayor equilibrio emocional.
Importancia de conocer los temperamentos: Conocer los temperamentos básicos favorece la comunicación, reduce los conflictos y fortalece las relaciones, ya que permite comprender por qué las personas actúan de determinada manera. Este conocimiento ayuda a desarrollar empatía, adaptar el trato hacia los demás y aprovechar las fortalezas individuales, creando ambientes más armónicos y productivos.
- En la familia, ayuda a los padres a comprender las reacciones de sus hijos y a guiarlos de manera respetuosa, considerando sus tendencias innatas.
- En el trabajo, facilita la asignación de funciones según las capacidades de cada temperamento y mejora el manejo de conflictos, promoviendo la eficiencia del equipo.
- Con las amistades, permite valorar las diferencias, aceptar las formas de ser de cada persona y fortalecer los vínculos.
Recomendaciones para mejorar el temperamento y mantener relaciones respetuosas:
- Practicar la empatía, procurando comprender los sentimientos y puntos de vista de los demás.
- Controlar los impulsos antes de hablar o actuar, especialmente en situaciones de tensión.
- Desarrollar la paciencia y la tolerancia mediante la reflexión y el autocontrol.
- Expresar las emociones de forma respetuosa y asertiva.
- Realizar actividades que ayuden a liberar el estrés, como el ejercicio, la lectura o la meditación.
- Buscar apoyo en familiares, amigos o profesionales cuando sea necesario.
Resumiendo, diríamos que comprender los temperamentos ofrece un marco para anticipar conductas y responder de manera más adecuada ante las diferentes personalidades. Esto promueve la tolerancia, la comprensión mutua y el crecimiento personal y colectivo en todas las áreas de la vida.
Conclusión
El temperamento no es un obstáculo, es un punto de partida. Es la huella emocional con la que llegamos al mundo y la fuerza interior que impulsa nuestras reacciones, decisiones y relaciones. Aunque nace con nosotros, no está destinado a gobernarnos sin dirección. Cuando se le educa, se le comprende y se le guía con conciencia, el temperamento deja de ser un límite y se convierte en una fuente de virtud, equilibrio y fortaleza interior.
Conocer el propio temperamento permite mirarse con honestidad, aceptar las propias tendencias y asumir la responsabilidad de transformarlas en herramientas de crecimiento. No se trata de cambiar quiénes somos, sino de aprender a dirigir lo que somos hacia su mejor versión. Allí donde antes hubo impulsividad, puede nacer la prudencia; donde hubo rigidez, puede florecer la comprensión; donde hubo temor, puede crecer la firmeza.
Aprender a armonizar el temperamento es, en esencia, un acto de madurez y amor propio. Es elegir conscientemente, responder en lugar de reaccionar, construir en lugar de herir, y crecer en lugar de repetir patrones. Cuando el temperamento se convierte en virtud, no solo mejora la vida interior, sino que se transforma también la manera de amar, de convivir y de dejar huella en el mundo.
Opinión
Cómo se castigaba antes: justicia colonial vs. justicia moderna
La forma en que una sociedad castiga dice mucho sobre cómo concibe la justicia. En la época colonial, el castigo no buscaba necesariamente justicia, sino obediencia. La ley era un instrumento del poder y su aplicación respondía más al control social que a la protección de derechos.
Durante la Colonia, la justicia estaba profundamente influenciada por la Corona y la Iglesia. Las penas eran públicas, severas y ejemplarizantes. Azotes, mutilaciones, trabajos forzados y la pena de muerte formaban parte del sistema punitivo. El objetivo no era rehabilitar al infractor, sino infundir miedo en la población. El castigo debía verse, sentirse y recordarse.
No existía una noción clara de debido proceso. La confesión, incluso obtenida bajo tormento, era considerada una prueba válida. La desigualdad era la regla; indígenas, esclavos y pobres recibían penas más duras, mientras que los sectores privilegiados solían beneficiarse de indulgencias o castigos simbólicos. La justicia no era ciega; distinguía con claridad a quién castigar y cómo hacerlo.
La justicia moderna, en contraste, se funda al menos en el plano normativo en principios como la legalidad, la proporcionalidad y la dignidad humana. El castigo dejó de ser un espectáculo público y se trasladó al ámbito institucional. La tortura fue prohibida, el debido proceso se convirtió en garantía y la pena empezó a justificarse desde la prevención y la rehabilitación.
Sin embargo, la transición no ha sido perfecta. Aunque el discurso moderno habla de derechos, persisten prácticas que recuerdan al pasado; selectividad penal, hacinamiento carcelario y penas que, lejos de rehabilitar, reproducen la exclusión.
Comparar la justicia colonial con la moderna no es un ejercicio académico inútil. Es una advertencia. El castigo cambia de forma, pero el riesgo de que la justicia se convierta nuevamente en un instrumento de poder siempre está presente. La diferencia entre civilización y barbarie no está en castigar, sino en cómo y a quién se castiga.
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