Opinión
¿Opera una mafia en Ecuador?
Santiago Basabe
A partir de las investigaciones propiciadas por la Fiscalía, la respuesta a dicha pregunta parece una obviedad: sí, desde luego que sí. Sin embargo, esas certezas absolutas no son parte del conocimiento científico que, por el contrario, ante cualquier hecho aparentemente evidente plantea la duda. Veamos.
Uno de los conceptos más clásicos sobre lo que es la mafia proviene de Diego Gambetta a través de su estudio en Sicilia. Allí señala Gambetta que la mafia es una empresa económica que ofrece protección privada. Ante la ausencia relativa del aparato estatal como proveeedor natural de seguridad, aparece un grupo organizado, con estructura de mando interna, códigos de lealtad y eficacia en las actividades a las que se compromete. Dicha forma de operar de la mafia le dota de confianza, aquélla que las instancias públicas han perdido de a poco.
De lo que se sabe, acá hay delincuencia de distinto calibre, pero no bajo los rasgos definitorios de lo que constituiría un grupo mafioso.
Por un lado, no parece existir una estructura organizacional claramente definida, con funciones o roles específicos, permanencia de sus miembros y reglas informales para premiar o castigar los diferentes comportamientos de sus integrantes. Las declaraciones de los aparentes desertores dan cuenta, por ejemplo, que no existen mecanismos sancionatorios claros dentro del grupo. Si así fuera, hallar a los que “cantan” las verdades sería una empresa más costosa.
Por otro lado, no se ha podido observar con claridad la estructura de mando mafiosa. Más bien, de lo que se conoce, hay muchos operadores que actúan de forma relativamente independiente aunque con relaciones entre sí a partir de las actividades que ofrecen. Estos operadores son esencialmente abogados pero con una característica importante: no se mantienen mucho tiempo dentro del círculo de influencia delincuencial. Por el contrario, su participación es limitada. Llegan, cometen sus fechorías por el espacio temporal que la coyuntura les ofrece y luego se van. No desaparece la organización pues hay muchos abogados a la espera de ocupar ese espacio. La mano de obra siempre está disponible. Por eso es que ahora quien está en la picota de las denuncias es el abogado A pero ayer fue B y mañana será C. Los nombres varían pero la actividad se mantiene inalterada.
Adicionalmente, de lo que el país conoce por diferentes medios, acá no hay oferta de protección privada, como decía Gambetta en su trabajo ya citado.
Lo que los abogados y su entorno de asistentes y recaderos ofrecen a la delincuencia organizada (de la que no necesariamente son parte) es orientar las decisiones judiciales a cambio de recursos económicos o de infundir miedo. Sobre esto último, no hay que dejar de lado la posibilidad de que muchos jueces estén fallando a favor de delincuentes contumaces por temor y no porque hayan recibido prebendas de cualquier tipo.
Nuevamente, el objetivo de la mafia, al menos a la luz del concepto de Gambetta, parece no estar presente en el caso ecuatoriano. En ese aspecto, quizás lo que acá ocurre podría acercarse más bien a otras definiciones de mafia, como las ofrecidas por Santyino y La Fiura o Arlachi, que proponen que estas organizaciones se caracterizan por la búsqueda de acumulación de capital. Sin embargo, aún en ese caso, dichos autores también señalan que la mafia se configura con actores que son parte permanente de la organización.
Con lo dicho, en Ecuador lo que aparentemente opera es una oferta ilegal de servicios judiciales, tanto para delincuentes contumaces como para “ciudadanos de bien” que están dispuestos a pagar a los abogados del momento. No importan los nombres de los “juristas” que actúan como intermediarios. Eso es secundario. Lo que sí se mantiene estable es la maquinaria en la que se procesan los hechos delictivos y allí están, indudablemente, jueces y fiscales.
Por tanto, si bien no hay redes permanentes de abogados que ofrecen el servicio citado, existe un conjunto de corruptos que son parte del sector justicia que llegan a acuerdos específicos con los profesionales del Derecho que están mejor posicionados en un momento dado, esencialmente en función de la correlación de fuerzas políticas. De allí que, mientras no se genere una reforma integral al Poder Judicial, los males que ahora están en boca de todos permanenecerán en el tiempo aunque con nombres distintos. El problema de fondo, por tanto, no está en los abogados que ahora están envueltos en los escándalos de corrupción sino en la estructura bajo la que opera el sistema de justicia.
Además, en la política es dónde falta hurgar con mayor detenimiento, pues allí parecen estar los que controlan la provisión ilícita de servicios judiciales. Si bien sus alfiles de momento pueden llegar a pagar ciertos costos cuando la coyuntura les resulta adversa (jueces, fiscales, abogados y recaderos), ellos se mantienen invisibles ante el escrutinio ciudadano.
No quiero decir que ahora mismo no existan delitos execrables que perseguir y delincuentes de diferente traje a los que sancionar. Simplemente señalo que Ecuador no parece asumir la forma de una mafia organizada bajo los parámetros ofrecidos por los estudios realizados. Este punto no es menor ni debería generar interes puramente académico ya que puede ser un insumo clave para eventuales reformas en materia penal o de seguridad.
Si no conocemos cómo funciona la maquinaria que provee servicios judiciales ilícitos, difícilmente podremos identificar los factores que explicarían su presencia. Fuente: Primicias
Noticias Zamora
Juventud y política en Ecuador: entre la desconfianza y la necesidad de un nuevo rumbo
Autor: Jeamphier Israel Leon Mendieta
Profesión / Cargo: Estudiante, Analista
Ciudad / País: Zamora Ecuador
Correo electrónico: jeamphierleon4@gmail.com
Ecuador atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. La crisis institucional, el aumento de la inseguridad y el desgaste evidente de la clase política han generado un escenario donde la confianza ciudadana se encuentra profundamente erosionada. Sin embargo, dentro de este panorama, hay un actor clave que no está siendo plenamente comprendido: la juventud.
Hoy, miles de jóvenes ecuatorianos observan la política con distancia, escepticismo e incluso rechazo. No se trata simplemente de apatía, como muchos sectores tradicionales intentan etiquetar. Se trata de una reacción lógica frente a años de promesas incumplidas, corrupción, improvisación y una desconexión evidente entre quienes gobiernan y las verdaderas necesidades del país.
La política tradicional sigue operando bajo esquemas antiguos: estructuras cerradas, liderazgos desgastados y discursos que ya no conectan. Mientras tanto, las nuevas generaciones han cambiado la forma de informarse, de opinar y de participar. Ya no dependen de los canales clásicos; hoy construyen criterio desde redes sociales, espacios digitales y dinámicas mucho más horizontales. Sin embargo, esa transformación no ha sido acompañada por el sistema político.
El resultado es peligroso: una democracia donde los jóvenes no se sienten representados ni convocados. Y cuando una generación entera pierde la confianza en las instituciones, lo que está en riesgo no es solo el presente, sino el futuro mismo del país.
Pero este escenario también abre una oportunidad. La juventud no está ausente; está observando, cuestionando y esperando algo distinto. Existe una demanda clara por liderazgos auténticos, por coherencia entre discurso y acción, y por una política que deje de ser un espacio de privilegios para convertirse en un verdadero servicio público.
El desafío es enorme. No basta con incluir jóvenes en listas electorales como un requisito simbólico. Se necesita una renovación real: nuevas ideas, nuevos liderazgos y una forma distinta de hacer política. Una política más cercana, más transparente y, sobre todo, más responsable.
Ecuador no puede seguir atrapado en las mismas dinámicas que lo han llevado a la crisis actual. Si la política no evoluciona, la desconexión con la juventud seguirá creciendo, y con ella, el debilitamiento de la democracia.
Hoy más que nunca, el país necesita tender puentes entre generaciones. Escuchar, comprender y abrir espacios reales de participación. Porque si algo está claro, es que el futuro del Ecuador no se va a construir sin los jóvenes… pero tampoco con la política de siempre
La política no es un show, es una responsabilidad.
Noticias Zamora
Semana Santa: el sacrificio que sigue transformando y salvando vidas
Introducción
La Semana Santa, es un llamado vivo, profundo y personal que toca las fibras más íntimas del alma humana. En medio del ruido del mundo, estos días nos invitan a detenernos y confrontarnos con una verdad eterna: existe un amor tan grande que fue capaz de entregarlo todo, incluso la vida, por nosotros.
En Jesucristo encontramos la máxima expresión de ese amor. Su sacrificio en la cruz no fue un hecho aislado de la historia, sino un acto eterno que sigue transformando corazones, restaurando vidas y ofreciendo esperanza a quienes creen. Fue un precio infinitamente alto, pagado gratuitamente por gracia, para abrirnos el camino hacia una vida nueva.
Semana Santa es, entonces, una oportunidad sagrada para volver a lo esencial: reencontrarnos con Dios, mirar hacia nuestro interior y permitir que ese amor nos sane, nos renueve y nos dé un nuevo comienzo. No se trata solo de recordar lo que ocurrió hace más de dos mil años, sino de decidir qué lugar ocupa hoy ese sacrificio en nuestra vida.
Porque la cruz no es el final de una historia, sino el inicio de una transformación. Y ese mismo amor que venció la muerte sigue llamando, hoy, a la puerta de nuestro corazón.
El amor que venció la muerte: un llamado a renacer desde el alma
Que esta Semana Santa sea un tiempo propicio para el reencuentro con Jesucristo, quien murió en la cruz del Calvario para ofrecernos una salvación infinitamente costosa, pero absolutamente gratuita. Es una oportunidad para detenernos, reflexionar y abrir el corazón a ese amor que transforma, restaura y da vida.
La Semana Santa es la celebración más profunda y significativa del pueblo cristiano. Representa un mensaje eterno de amor, esperanza y redención para toda la humanidad. La muerte de Jesús en la cruz constituye la mayor expresión del amor de Dios: un amor que lo dio todo, sin esperar nada a cambio. En medio del silencio que caracteriza estos días, el alma se encuentra con lo eterno; las calles se visten de fe y, desde lo alto, se nos invita a vivir con humildad, a servir a los demás, a perdonar y a confiar plenamente en Dios. Él sigue llamando a la puerta del corazón humano, esperando que volvamos nuestra mirada hacia él.
La Semana Santa conmemora el sacrificio supremo de Jesucristo por amor a la humanidad. Según la Biblia, estos días recuerdan su entrada triunfal en Jerusalén, la Última Cena con sus discípulos, su pasión, su crucifixión en el Calvario y su gloriosa resurrección. No obstante, su verdadera esencia no radica en lo externo ni en lo meramente ritual, sino en lo espiritual: el amor incondicional, el perdón en medio del dolor, la humildad, el servicio y la reconciliación con Dios y con los demás.
Jesucristo no vino a imponer una religión, sino a enseñarnos un estilo de vida basado en el amor, la justicia y la verdad. Por ello, la Semana Santa se convierte en un tiempo de recogimiento, fe y reflexión que nos invita a mirar hacia nuestro interior y renovar el corazón.
El Domingo de Ramos marca el inicio de esta semana sagrada. Jesús entra triunfalmente en Jerusalén y es recibido como rey por una multitud que lo aclama con ramos de palma, cantos y alabanzas, reconociéndolo como el Mesías.
El lunes, martes y miércoles santo son días de enseñanza y confrontación. Durante este tiempo, Jesús predica en el templo, realiza milagros, comparte parábolas y cuestiona a los líderes religiosos, preparando el camino hacia su entrega.
El Jueves Santo conmemora la Última Cena, donde Jesús celebra la Pascua con sus discípulos, instituye la Cena del Señor y deja un mandamiento fundamental: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado” (Juan 13:34). En un gesto de profunda humildad, lava los pies a sus apóstoles. Esa misma noche es traicionado por Judas y arrestado en Getsemaní.
El Viernes Santo recuerda la pasión y muerte de Jesús en la cruz. Es juzgado, torturado y crucificado en el Calvario, entregando su vida como sacrificio redentor por los pecados de la humanidad. Es un día de silencio, luto y profunda reflexión.
En este contexto, destaca el momento en que Pilato pregunta al pueblo a quién desea liberar: a Jesús o a Barrabás. Influenciada por intereses políticos, religiosos y de poder, la multitud elige a Barrabás. Este hecho deja una enseñanza vigente: no siempre las mayorías tienen la razón, especialmente cuando las decisiones están condicionadas por intereses que buscan preservar privilegios y poder. El liderazgo transparente y lleno de verdad de Jesús representaba una amenaza para esos intereses, y por ello fue rechazado.
El Sábado Santo es un día de espera y recogimiento. Jesús permanece en el sepulcro, mientras sus seguidores viven el dolor de su ausencia, sostenidos por la esperanza de la promesa. Es un tiempo de silencio que invita a una reflexión profunda.
Finalmente, el Domingo de Resurrección celebra la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte. Jesús resucita al tercer día, venciendo el pecado y abriendo el camino a la vida eterna. Este es el día más importante para los cristianos, pues confirma que el amor de Dios triunfa por encima de todo.
Más que una tradición, la Semana Santa es un llamado profundo a la transformación del corazón: a vivir con amor, a perdonar sinceramente, a servir con humildad y a renovar nuestra fe en que, incluso en medio de la oscuridad, la luz siempre termina venciendo.
El amor que lo dio todo: de la agonía a la victoria eterna
La desolación del Viernes Santo por la muerte de Jesucristo, el silencio profundo del Sábado Santo y la alegría del Domingo de Resurrección reflejan, en tan solo tres días, un recorrido intenso de emociones: tristeza, reflexión y esperanza. Quienes amaban a Jesús pasaron del dolor a la alegría; mientras que sus detractores, de una aparente victoria a la incertidumbre.
Así también es la vida: agridulce y compleja. En ocasiones, en un mismo día podemos experimentar emociones opuestas. Hay quienes gozan de paz interior, pero enfrentan dificultades económicas; otros poseen bienes materiales, pero carecen de amor o tranquilidad; y algunos tienen afecto, pero viven con limitaciones materiales. La vida siempre presentará carencias, pero quien posee paz interior y una conciencia tranquila puede descansar en serenidad, aun en medio de la escasez. Por el contrario, ninguna riqueza es capaz de calmar una mente inquieta o una conciencia perturbada. Por ello, nada vale más que la paz del alma y la rectitud del corazón.
En este contexto, la Semana Santa no es solo el recuerdo de un acontecimiento histórico, sino la manifestación viva del amor infinito de Dios hacia la humanidad. A través del sacrificio de Jesucristo en la cruz y su gloriosa resurrección, Dios nos comunica un mensaje profundo, transformador y eterno.
En un amor sin límites, Dios entrega a su Hijo no por obligación, sino por gracia: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Jesús no murió solo por los justos, sino por todos, incluso por quienes lo rechazaron. Su entrega revela que el amor verdadero es capaz de darlo todo, incluso la propia vida.
No existe un amor más grande, puro e incondicional que el que Dios ofreció al entregar a su Hijo por nosotros. La cruz no es únicamente un símbolo de dolor, sino la evidencia más poderosa del amor divino y el puente que nos conecta con la vida eterna.
Asimismo, el sacrificio de Cristo abre el camino al perdón. Aun en medio de su agonía, Jesús pronunció palabras que han trascendido la historia: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). Este acto revela que el perdón está al alcance de todos. No importa cuán lejos hayamos estado, siempre existe la oportunidad de volver al Padre y comenzar de nuevo. Dios, en su infinita misericordia, ofrece restauración a todo aquel que se arrepiente.
La ley, por sí sola, no tiene poder para salvar, sino para mostrarnos nuestra condición. Es como un diagnóstico que revela la enfermedad, pero no puede sanarla. Así como el enfermo necesita al médico, el ser humano necesita de Jesucristo para ser transformado. En Él encontramos la gracia que restaura, sana y da vida.
El sufrimiento, a la luz de la cruz, adquiere un sentido redentor. Cristo nos enseña que el dolor no es en vano; aun en medio de la prueba, Dios permanece presente. Muchas veces es en el quebranto donde se manifiesta su mayor poder. Jesús nos invita a cargar la cruz con fe, confiando en que después del Viernes Santo siempre llega el Domingo de Resurrección.
La muerte no tiene la última palabra. La resurrección de Jesús representa la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte, y nos asegura que la vida no termina en el sepulcro. En Cristo hay una vida nueva y eterna, una esperanza firme que trasciende cualquier circunstancia.
Sin embargo, el mensaje de la Semana Santa no se limita a contemplar el sacrificio de Cristo; también nos llama a imitarlo. Es una invitación a vivir con humildad, a servir a los demás, a perdonar, a amar sin medida y a confiar plenamente en Dios. Jesús nos dejó un ejemplo para seguir sus pasos.
Jesucristo fue, es y será el mayor ejemplo de liderazgo que la humanidad ha conocido. No buscó su propio beneficio, sino guiar a las personas hacia la justicia, la verdad y la reconciliación. Nada, ni siquiera la ingratitud humana, detuvo su propósito de ofrecernos una salvación de valor incalculable, pero accesible para todos. Porque en el perdón se revela la mayor expresión de su amor.
Hoy, ese mismo mensaje sigue vigente: abrir el corazón, recibir a Jesús y permitir que su amor transforme nuestra vida. En él encontramos no solo salvación, sino también el camino hacia una vida plena y eterna.
No es tradición, es transformación: el verdadero sentido de la Semana Santa
La Semana Santa nos deja una enseñanza central y transformadora: el amor es más fuerte que el odio y siempre existe la posibilidad de redención. A través de la vida de Jesucristo, recibimos lecciones universales que trascienden el tiempo: el valor del sacrificio por los demás, la firmeza en la verdad, la capacidad de perdonar incluso en medio de la adversidad y la esperanza de que, después del dolor, siempre hay una vida nueva.
La cruz no representa el final, sino el inicio de una transformación profunda. Nos recuerda que el sufrimiento puede tener un propósito y que, con fe, incluso los momentos más difíciles pueden dar paso a la renovación y a la esperanza.
Vivir la Semana Santa no implica alcanzar la perfección, sino asumir un compromiso diario de crecimiento personal y espiritual. Es un llamado a ser mejores cada día. Esto se refleja en acciones concretas: amar al prójimo incluso cuando resulta difícil, aprender a perdonar y dejar atrás el resentimiento, actuar con honestidad y justicia en cada decisión, fortalecer la vida espiritual a través de la oración y la reflexión, y promover la unidad familiar basada en el respeto y la empatía.
Cuando las personas transforman su interior, la sociedad también se transforma. El cambio verdadero comienza en el corazón de cada individuo y se proyecta en su entorno.
Ser un buen cristiano no se demuestra solo con palabras, sino con hechos. Se evidencia en la coherencia entre lo que se cree y lo que se vive; en la capacidad de amar, respetar y mostrar compasión hacia los demás; en la práctica de la justicia, incluso cuando no es conveniente; en la humildad para servir y en la disposición de buscar el bien común por encima del interés personal.
Un verdadero seguidor de Jesucristo no solo habla de amor, sino que lo encarna en cada aspecto de su vida. Así, la Semana Santa deja de ser una simple tradición para convertirse en una oportunidad real de transformación del corazón y de renovación de nuestra manera de vivir.
Entre la fe que se dice y la fe que se vive
En la actualidad, el cristianismo continúa siendo la religión con mayor número de seguidores en el mundo. Se estima que más de 2.300 millones de personas se identifican como cristianas, lo que representa aproximadamente un tercio de la población global. Esta cifra refleja la vigencia y el alcance del mensaje de Jesucristo a lo largo de la historia y en diversas culturas.
Sin embargo, vivir la fe cristiana en el mundo actual también implica enfrentar importantes desafíos. En muchos casos, la fe se experimenta de manera superficial, donde las tradiciones y las prácticas externas pueden llegar a tener más peso que una verdadera transformación interior. Existe, además, una brecha entre lo que se profesa y lo que se vive, lo que debilita el testimonio auténtico del mensaje cristiano.
La verdadera fe no se mide por las palabras, sino por la manera en que se vive cada día. Implica coherencia, compromiso y una relación viva con Dios que se refleja en el amor al prójimo, la justicia, la humildad y el servicio.
En este contexto global, resulta útil observar el panorama de las principales religiones del mundo, cuyas cifras, aunque aproximadas, nos permiten dimensionar la diversidad de creencias:
- El cristianismo cuenta con alrededor de 2.4 mil millones de seguidores, siendo la religión más extendida, e incluye diversas denominaciones como el catolicismo, el protestantismo y la ortodoxia.
- El islam reúne cerca de 2.0 mil millones de fieles y es la segunda religión más grande, con un crecimiento sostenido.
- El hinduismo suma aproximadamente 1.3 mil millones de seguidores, principalmente en India y Nepal.
- El budismo cuenta con alrededor de 550 millones de practicantes, con fuerte presencia en Asia oriental y el sudeste asiático.
- Las religiones tradicionales chinas, que incluyen el taoísmo, el confucianismo y otras creencias populares, alcanzan unos 500 millones de seguidores.
- Las religiones tradicionales e indígenas agrupan a cerca de 400 millones de personas, especialmente en África, América y Oceanía.
- El judaísmo, una de las religiones más antiguas, cuenta con aproximadamente 15 millones de fieles.
- Por otro lado, alrededor de 1.3 mil millones de personas no se identifican con ninguna religión, incluyendo ateos y agnósticos.
Este panorama evidencia no solo la magnitud del cristianismo, sino también la riqueza y diversidad espiritual de la humanidad. En medio de esta realidad, el llamado para los cristianos sigue siendo el mismo: vivir una fe auténtica, coherente y comprometida.
Más que una afiliación religiosa, la fe cristiana es una forma de vida. Es una invitación constante a reflejar el amor de Cristo en cada acción, a ser luz en medio de la oscuridad y a contribuir, desde la transformación personal, a la construcción de una sociedad más justa, humana y solidaria.
Conclusión
La Semana Santa no termina con una procesión, un rito o un recuerdo. Termina (o mejor dicho, comienza) en el corazón de cada persona que decide responder al amor que fue capaz de darlo todo. Porque el verdadero significado de estos días no está en lo que vemos externamente, sino en lo que permitimos que suceda dentro de nosotros.
La cruz no es solo un símbolo del pasado; es una invitación viva al presente. Nos recuerda que siempre es posible empezar de nuevo, que el perdón es real, que el amor tiene poder para sanar lo que parecía irremediable y que ninguna claridad es más resplandeciente que la luz que Cristo nos ofrece. Su sacrificio sigue vigente, sigue tocando vidas, sigue transformando historias… si estamos dispuestos a abrir el corazón.
Hoy, más que nunca, el mundo necesita personas que no solo hablen de fe, sino que la vivan: que amen sin medida, que perdonen de verdad, que sirvan con humildad y que actúen con justicia incluso cuando no es fácil. Ese es el verdadero reflejo de una vida transformada.
Semana Santa es, entonces, mucho más que una tradición: es una decisión. La decisión de dejar atrás lo que nos aleja de Dios, de abrazar una vida nueva y de permitir que el amor de Cristo sea el fundamento de cada pensamiento, cada palabra y cada acción.
Porque al final, no se trata solo de recordar su sacrificio… sino de permitir que ese sacrificio transforme y salve también nuestra vida.
Noticias Zamora
Jóvenes Políticos
En los últimos años, la participación de jóvenes en la política ha crecido, y eso debería ser una gran noticia. Representa renovación, nuevas ideas y una oportunidad real de hacer las cosas mejor. Sin embargo, también nos plantea un desafío importante: estar a la altura de lo que el país necesita.
Ser joven en la política no es solamente ocupar un espacio, es asumir una responsabilidad. Implica prepararse, entender la realidad, tener criterio y saber que cada palabra y cada acción tienen consecuencias. No basta con tener presencia, hace falta contenido.
Hoy más que nunca, es necesario recordar que la política no es un escenario para improvisar ni un lugar para buscar protagonismo vacío. Es un espacio donde se construyen soluciones, donde se debaten ideas y donde se debe actuar con seriedad.
Como jóvenes, tenemos el deber de demostrar que sí estamos listos. Que podemos aportar con responsabilidad, con propuestas y con una visión clara de futuro. Porque cada paso en falso no solo afecta a quien lo da, sino a toda una generación que intenta abrirse camino con esfuerzo.
No se trata de señalar, se trata de reflexionar. De elevar el nivel. De entender que representar no es un privilegio, es un compromise, ser joven en la politica no es ocupar un lugar es entender que cada decision deja huella
La política no es un show, es una responsabilidad.
Autor: Jeamphier Israel Leon Mendieta
Profesión / Cargo: Estudiante, Analista
Ciudad / País: Zamora Ecuador
Correo electrónico: jeamphierleon4@gmail.com
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