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Opinión

¿Opera una mafia en Ecuador?

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Santiago Basabe

A partir de las investigaciones propiciadas por la Fiscalía, la respuesta a dicha pregunta parece una obviedad: sí, desde luego que sí. Sin embargo, esas certezas absolutas no son parte del conocimiento científico que, por el contrario, ante cualquier hecho aparentemente evidente plantea la duda. Veamos.

Uno de los conceptos más clásicos sobre lo que es la mafia proviene de Diego Gambetta a través de su estudio en Sicilia. Allí señala Gambetta que la mafia es una empresa económica que ofrece protección privada. Ante la ausencia relativa del aparato estatal como proveeedor natural de seguridad, aparece un grupo organizado, con estructura de mando interna, códigos de lealtad y eficacia en las actividades a las que se compromete. Dicha forma de operar de la mafia le dota de confianza, aquélla que las instancias públicas han perdido de a poco.

De lo que se sabe, acá hay delincuencia de distinto calibre, pero no bajo los rasgos definitorios de lo que constituiría un grupo mafioso.

Por un lado, no parece existir una estructura organizacional claramente definida, con funciones o roles específicos, permanencia de sus miembros y reglas informales para premiar o castigar los diferentes comportamientos de sus integrantes. Las declaraciones de los aparentes desertores dan cuenta, por ejemplo, que no existen mecanismos sancionatorios claros dentro del grupo. Si así fuera, hallar a los que “cantan” las verdades sería una empresa más costosa.

Por otro lado, no se ha podido observar con claridad la estructura de mando mafiosa. Más bien, de lo que se conoce, hay muchos operadores que actúan de forma relativamente independiente aunque con relaciones entre sí a partir de las actividades que ofrecen. Estos operadores son esencialmente abogados pero con una característica importante: no se mantienen mucho tiempo dentro del círculo de influencia delincuencial. Por el contrario, su participación es limitada. Llegan, cometen sus fechorías por el espacio temporal que la coyuntura les ofrece y luego se van. No desaparece la organización pues hay muchos abogados a la espera de ocupar ese espacio. La mano de obra siempre está disponible. Por eso es que ahora quien está en la picota de las denuncias es el abogado A pero ayer fue B y mañana será C. Los nombres varían pero la actividad se mantiene inalterada.

Adicionalmente, de lo que el país conoce por diferentes medios, acá no hay oferta de protección privada, como decía Gambetta en su trabajo ya citado.

Lo que los abogados y su entorno de asistentes y recaderos ofrecen a la delincuencia organizada (de la que no necesariamente son parte) es orientar las decisiones judiciales a cambio de recursos económicos o de infundir miedo. Sobre esto último, no hay que dejar de lado la posibilidad de que muchos jueces estén fallando a favor de delincuentes contumaces por temor y no porque hayan recibido prebendas de cualquier tipo.

Nuevamente, el objetivo de la mafia, al menos a la luz del concepto de Gambetta, parece no estar presente en el caso ecuatoriano. En ese aspecto, quizás lo que acá ocurre podría acercarse más bien a otras definiciones de mafia, como las ofrecidas por Santyino y La Fiura o Arlachi, que proponen que estas organizaciones se caracterizan por la búsqueda de acumulación de capital. Sin embargo, aún en ese caso, dichos autores también señalan que la mafia se configura con actores que son parte permanente de la organización.

Con lo dicho, en Ecuador lo que aparentemente opera es una oferta ilegal de servicios judiciales, tanto para delincuentes contumaces como para “ciudadanos de bien” que están dispuestos a pagar a los abogados del momento. No importan los nombres de los “juristas” que actúan como intermediarios. Eso es secundario. Lo que sí se mantiene estable es la maquinaria en la que se procesan los hechos delictivos y allí están, indudablemente, jueces y fiscales.

Por tanto, si bien no hay redes permanentes de abogados que ofrecen el servicio citado, existe un conjunto de corruptos que son parte del sector justicia que llegan a acuerdos específicos con los profesionales del Derecho que están mejor posicionados en un momento dado, esencialmente en función de la correlación de fuerzas políticas. De allí que, mientras no se genere una reforma integral al Poder Judicial, los males que ahora están en boca de todos permanenecerán en el tiempo aunque con nombres distintos. El problema de fondo, por tanto, no está en los abogados que ahora están envueltos en los escándalos de corrupción sino en la estructura bajo la que opera el sistema de justicia.

Además, en la política es dónde falta hurgar con mayor detenimiento, pues allí parecen estar los que controlan la provisión ilícita de servicios judiciales. Si bien sus alfiles de momento pueden llegar a pagar ciertos costos cuando la coyuntura les resulta adversa (jueces, fiscales, abogados y recaderos), ellos se mantienen invisibles ante el escrutinio ciudadano.

No quiero decir que ahora mismo no existan delitos execrables que perseguir y delincuentes de diferente traje a los que sancionar. Simplemente señalo que Ecuador no parece asumir la forma de una mafia organizada bajo los parámetros ofrecidos por los estudios realizados. Este punto no es menor ni debería generar interes puramente académico ya que puede ser un insumo clave para eventuales reformas en materia penal o de seguridad.

Si no conocemos cómo funciona la maquinaria que provee servicios judiciales ilícitos, difícilmente podremos identificar los factores que explicarían su presencia. Fuente: Primicias

Opinión

Madre: donde comienza la vida y el amor nunca termina

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 Introducción:

 Hay palabras que se pronuncian todos los días, pero pocas encierran un universo tan profundo como “madre”. No es solo un título, ni un rol, ni una etapa de la vida: es el origen de todo lo que somos. En su abrazo comienza la seguridad, en su voz nace la confianza y en su amor se construyen los cimientos invisibles que sostendrán nuestra existencia.

Hablar de una madre es hablar de un amor que no conoce límites ni condiciones. Un amor que permanece incluso cuando el tiempo pasa, cuando la distancia crece o cuando las palabras faltan. Es la presencia constante que guía sin imponerse, que enseña sin exigir y que ama sin esperar nada a cambio. Desde el primer latido hasta el último suspiro, su huella queda grabada en lo más profundo del alma.

Este artículo no es solo un homenaje, es una invitación a comprender la magnitud de ese amor silencioso, inquebrantable y eterno. Porque si hay un lugar donde comienza la vida… es en una madre. Y si hay un amor que jamás termina, es el suyo.

 El amor que escala montañas

 Siempre me ha llamado la atención una escena que se repite cada año: en el Día de la Madre, los restaurantes rebosan de familias; en el Día del Padre, en cambio, muchos permanecen a media capacidad. No es una competencia ni un juicio, sino un reflejo cultural de algo más profundo: la manera en que entendemos y sentimos el amor materno.

La madre no solo lleva a su hijo nueve meses en el vientre. Lo sostiene en brazos durante los primeros años, cuando el mundo aún es demasiado grande para él, y después lo lleva para siempre en el corazón. Su entrega no conoce horarios ni condiciones. Es capaz de posponer su propio descanso, su hambre, sus sueños, con tal de que sus hijos estén bien. Su amor no se negocia: se da, se multiplica y permanece.

Una antigua historieta ilustra con claridad esa fuerza incomparable:

Dos tribus guerreras vivían separadas por una montaña: una en el valle y otra en la cima. Un día, la tribu de la cima raptó al bebé de una familia del valle. Los aldeanos enviaron a sus mejores hombres para rescatarlo, pero tras días de esfuerzo apenas lograron avanzar unos metros. Exhaustos y frustrados, se detuvieron… hasta que vieron algo imposible: la madre descendía de la montaña con su hijo en la espalda.

Asombrados, le preguntaron cómo había logrado escalar lo que ellos no pudieron. Ella, con sencillez, respondió: “Es que el bebé no era tuyo”.

En esa frase se condensa una verdad poderosa: no es la fuerza física la que mueve a una madre, sino el amor absoluto. Ese amor que no mide distancias, que no calcula riesgos, que no se rinde. Cuando se trata de sus hijos, una madre no intenta… simplemente lo hace.

Por eso, más allá de cualquier celebración, lo que realmente honra a una madre es reconocer su esencia: una fuente inagotable de sabiduría, de amor y de fe absoluta. Una presencia que sostiene, guía y protege incluso cuando nadie más lo ve. Porque cuando el amor nace del alma, no hay montaña lo suficientemente alta que pueda impedirle avanzar.

 La madre: La fuerza invisible que lo sostiene todo

 Una madre no solo cuida: orienta, consuela, enseña y fortalece. Su presencia moldea la vida mucho más allá de la infancia; es semilla de valores, forjadora de carácter y escuela de resiliencia. En los momentos difíciles, cuando todo parece tambalear, suele ser ella quien sostiene el hogar, quien encuentra palabras de aliento cuando escasean las fuerzas y quien ofrece ese abrazo que ordena el caos interior. Su capacidad de amar (incluso en medio del cansancio, la incertidumbre o el silencio de sus propias necesidades) la convierte en un faro de esperanza.

Pensemos en un bosque de árboles imponentes. Admiramos sus copas altas, su firmeza, su belleza… pero rara vez alguien se detiene a elogiar la profundidad y fortaleza de sus raíces. Lo mismo ocurre al contemplar una gran ciudad: nos deslumbran sus edificios, su altura, su diseño, pero casi nadie habla de los cimientos que los sostienen. Y, sin embargo, sin raíces no hay árbol; sin cimientos no hay estructura que perdure.

Así también es la madre en la familia: la base invisible que lo sostiene todo. No siempre ocupa el lugar más visible, pero su influencia es esencial y constante. Es la energía que mantiene en pie el hogar, la savia que nutre a cada uno de sus miembros, la presencia que equilibra, acompaña y contiene. En su amor se aprende a confiar, en su ejemplo se aprende a vivir, y en su fortaleza se encuentra refugio.

Reconocer a la madre como cimiento emocional no es solo un acto de justicia, sino de conciencia. Porque allí, en lo que no siempre se ve, es donde habita la verdadera fuerza que sostiene la vida. Y en ese lugar silencioso, firme y generoso, la madre permanece: dando, guiando y amando sin medida.

Más allá de la sangre: el amor que también es maternidad

 Hablar de maternidad es hablar de un vínculo que trasciende lo biológico. Si bien muchas mujeres viven la experiencia de gestar, dar a luz y criar, hoy comprendemos con mayor claridad que el amor materno no se define únicamente por la sangre, sino por la entrega, la presencia y la decisión consciente de cuidar y formar una vida.

Existen madres adoptivas que eligen amar con la misma intensidad con la que otras dan a luz; abuelas que, con paciencia y ternura, vuelven a empezar el camino de la crianza; tías, hermanas y madrinas que asumen un rol protector y formativo; e incluso padres que, por circunstancias de la vida, han encarnado con admirable entrega tanto el rol paterno como el materno. En todos estos casos, la maternidad se expresa como un acto profundo de amor, responsabilidad y compromiso diario.

Ser madre (en cualquiera de sus formas) implica acompañar, guiar, sostener y creer. Es estar presente no solo en los momentos fáciles, sino también en los desafíos, en las caídas y en los procesos de crecimiento. Es ofrecer un amor que no se condiciona a la perfección, sino que abraza la imperfección y aun así permanece.

Reconocer estas diversas formas de maternidad no solo amplía nuestra comprensión, sino que dignifica a todas aquellas personas que, sin haber dado vida biológicamente, han dado algo igual de valioso: tiempo, cuidado, valores y un amor inquebrantable. Porque al final, la esencia de ser madre no está en el origen, sino en la capacidad de amar, proteger y formar con entrega absoluta.

En cada una de estas expresiones vive el mismo principio: un amor que no exige, que no abandona y que se convierte en refugio. Un amor que, en todas sus formas, sigue siendo fuente inagotable de sabiduría, de fe y de esperanza.

El trabajo más importante… y el menos reconocido

 Ser madre, en el mundo actual, es asumir uno de los roles más complejos y exigentes que existen. Implica equilibrar múltiples responsabilidades: el trabajo profesional, la gestión del hogar, la educación emocional de los hijos y, en muchos casos, la crianza en soledad. Todo esto en un contexto social que aún no reconoce plenamente el valor real de esta labor.

Por ello, más que flores o celebraciones simbólicas, las madres necesitan reconocimiento genuino, apoyo concreto y políticas públicas que valoren y faciliten su tarea. Necesitan corresponsabilidad, oportunidades y respeto por el tiempo, el esfuerzo y la entrega que implica formar seres humanos.

El Día de la Madre debería ser también un espacio para reflexionar sobre la magnitud de su rol en la sociedad. Y pocas historias lo ilustran mejor que el siguiente relato:

Una reconocida empresa decidió publicar una oferta laboral para el cargo de “Directora de Operaciones”. Desde el inicio se aclaró que no se trataba de un empleo común, sino del trabajo más importante que podía existir. La convocatoria se difundió ampliamente en medios impresos, radiales, televisivos y plataformas digitales.

Los requisitos eran exigentes: conocimientos en medicina, finanzas y artes culinarias; habilidades avanzadas de negociación, organización y resolución de conflictos; capacidad de liderazgo, empatía y toma de decisiones bajo presión.

Durante las entrevistas, se informó a las postulantes que la jornada laboral sería de 24 horas al día, los 7 días de la semana, los 365 días del año. No habría vacaciones, descanso ni remuneración económica. Ante estas condiciones, las aspirantes reaccionaron con indignación: calificaron el trabajo como inhumano, injusto y contrario a cualquier principio básico de dignidad laboral. Coincidieron en que nadie aceptaría un puesto con tales exigencias.

Entonces, el entrevistador sonrió y respondió: “Al contrario, millones de personas ya desempeñan este trabajo… se llaman madres”.

Este relato, más allá de su sencillez, revela una verdad profunda: la maternidad exige una entrega constante, silenciosa y muchas veces invisibilizada. Las madres no solo cuidan, también gestionan, enseñan, contienen, guían y sostienen emocionalmente a sus familias. Son líderes, mediadoras, proveedoras de afecto y, en innumerables ocasiones, el pilar que mantiene en equilibrio el hogar.

Reconocer este rol no es un gesto simbólico, es una deuda social. Valorar a las madres implica ir más allá del discurso y traducir ese reconocimiento en acciones reales que dignifiquen su labor.

Porque una madre no solo da vida: forma vidas, construye futuro y siembra, cada día, amor, sabiduría y fe absoluta.

Más que un día: el amor que se demuestra cada día

 Cada segundo domingo de mayo, el calendario nos invita a hacer una pausa y mirar con gratitud a una de las presencias más significativas de nuestra vida: la madre, esa flor única y generosa en el jardín de la humanidad. Sin embargo, más allá de una fecha conmemorativa, el Día de la Madre representa un reconocimiento al amor más puro, constante y desinteresado que existe.

Es un momento para honrar a quien ha sido refugio en medio de las tormentas, luz en los instantes de incertidumbre y compañía fiel en la cotidianidad. La madre no solo está en los grandes acontecimientos, sino también en los pequeños detalles que sostienen la vida diaria: en el consejo oportuno, en el silencio comprensivo, en la presencia que reconforta.

En todas las culturas y en cada rincón del mundo, el rol materno constituye un pilar fundamental en la formación de seres humanos íntegros, familias sólidas y sociedades más humanas. Celebrarlas no es solo un acto simbólico; es reconocer su influencia profunda y permanente en la construcción del tejido social.

Pero amar a una madre no puede limitarse a un solo día al año. El verdadero homenaje se expresa en lo cotidiano: en el respeto sincero, en el tiempo compartido, en la escucha atenta y en la gratitud constante. Es en esos gestos simples, pero significativos, donde el amor se vuelve real y tangible.

Si tu madre vive, acércate a ella: abrázala, escúchala, agradécele con palabras y acciones. Hazle saber cuánto valoras su presencia en tu vida. Si ya no está físicamente, honra su memoria viviendo conforme a los valores que sembró en ti, manteniendo viva su enseñanza en cada decisión que tomes.

Apreciados hijos e hijas, honrar a una madre es también reconocer el privilegio de haber recibido su amor, su cuidado y su guía. Es agradecer a Dios por ese regalo irreemplazable que marca nuestra existencia.

Y si eres madre, este llamado también es para ti: reconoce tu esfuerzo, valora tu entrega y permítete cuidar de ti misma. Descansar no es un lujo, es una necesidad. Tu bienestar también importa, porque en él se sostiene gran parte del bienestar de quienes amas.

Que este día no sea solo una celebración pasajera, sino el inicio (o la continuidad) de un amor consciente, activo y agradecido. Porque una madre no solo da vida: transforma vidas, deja huellas imborrables y encarna, día a día, una fuente inagotable de sabiduría, de amor y de fe absoluta.

Conclusión

 Al final de todo, cuando las palabras se quedan cortas y la vida sigue su curso, hay una verdad que permanece intacta: una madre es el origen que nunca se olvida y el amor que jamás se extingue. Su huella no se borra con el tiempo, porque vive en cada valor que nos enseñó, en cada decisión que tomamos y en cada paso que damos incluso cuando ella no está cerca.

Honrar a una madre no es solo recordarla en fechas especiales, sino vivir de manera que su amor tenga sentido. Es transformar su entrega en acciones, su ejemplo en propósito y su fe en fortaleza. Es entender que, aunque el mundo cambie, hay algo que permanece inalterable: el amor de una madre sigue siendo el refugio más seguro que existe.

Que este mensaje no se quede en la emoción de un momento, sino que se convierta en conciencia. Que aprendamos a valorar mientras aún hay tiempo, a agradecer sin reservas y a amar con la misma generosidad con la que fuimos amados.

Porque si la vida comienza en una madre, entonces nuestro mayor propósito es honrar ese inicio viviendo con dignidad, con amor y con gratitud.

Y cuando todo pase, cuando los días se acumulen y los caminos se transformen, quedará lo esencial: ese amor silencioso, infinito y fiel… que nunca termina.

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Noticias Zamora

El poder de la lectura: una herramienta para transformar vidas y sociedades

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Por: Lic. Mario Paz

En un mundo saturado de información inmediata, donde lo superficial muchas veces reemplaza a lo profundo, la lectura se convierte en un acto casi revolucionario. Leer no es solo pasar los ojos por palabras; es despertar la mente, alimentar el espíritu y construir una forma propia de entender la vida. Cada libro abre una puerta, cada página enciende una idea y cada historia deja una huella que transforma silenciosamente quiénes somos.

La lectura es mucho más que un hábito académico: es una necesidad humana fundamental. Así como el corazón da vida al cuerpo, la lectura da vida al pensamiento. Es la herramienta que nos permite dejar atrás la ignorancia, cuestionar la realidad y reemplazar el ruido vacío por argumentos sólidos. Quien lee, no repite: reflexiona. No imita: crea. No se conforma: evoluciona.

Sin embargo, en la actualidad, este poderoso hábito enfrenta una amenaza silenciosa. Las pantallas compiten por nuestra atención, la inmediatez desplaza la profundidad y, poco a poco, se debilita nuestra capacidad de concentrarnos, analizar y comprender. En países como Ecuador, donde los niveles de lectura siguen siendo bajos, el desafío no es menor: se trata de formar ciudadanos críticos, conscientes y capaces de construir su propio criterio en medio de un mundo cada vez más complejo.

Leer es, en esencia, un acto de libertad. Nos libera de la desinformación, del pensamiento limitado y de la dependencia intelectual. Por ello, fomentar la lectura no es solo una tarea educativa, sino una responsabilidad social. Apostar por la lectura es apostar por una sociedad más justa, más crítica y más humana.

Porque al final, quien aprende a leer el mundo, también aprende a transformarlo.

La brecha silenciosa: cómo el mundo lee y América Latina se rezaga

Diversos estudios recientes como los de OCDE y World Population Review, muestran una marcada diferencia en los hábitos de lectura entre países.

En las naciones con mayor desarrollo, la lectura forma parte de la vida cotidiana. Por ejemplo, en Estados Unidos y Canadá se alcanzan promedios de hasta 17 libros leídos por persona al año. Les siguen India con 16 libros, Reino Unido con 15, Francia con 14 e Italia con 13. Otros países como Corea del Sur registran alrededor de 11 libros anuales, mientras que en España el promedio se sitúa entre 9 y 10.

En términos generales, estos datos reflejan que en los países desarrollados se superan los 10 libros por persona al año, lo que evidencia una sólida cultura lectora.

En contraste, en América Latina los hábitos de lectura son más limitados, aunque con diferencias entre países. Chile presenta uno de los promedios más altos de la región, con entre 5 y 6 libros al año. Por su parte, Argentina y Colombia muestran cifras variables que oscilan entre 1,6 y 6 libros, dependiendo del estudio. En Brasil el promedio ronda los 2,5 libros, mientras que en Perú se sitúa entre 1,9 y 3.

En el caso de Ecuador, el panorama es aún más desafiante: el promedio de lectura alcanza apenas un libro al año por persona. Esta cifra ubica al Ecuador entre los niveles más bajos de la región, lo que pone en evidencia la necesidad de fortalecer el hábito lector y promover políticas que incentiven la lectura desde edades tempranas.

Del texto a la reflexión: los niveles que forman verdaderos lectores

La lectura auténtica, verdadera y significativa es aquella que se realiza con libertad, autonomía y una voluntad genuina de comprender. No se trata solo de decodificar palabras, sino de construir sentido, reflexionar y conectar con lo leído.

Aprender a escuchar es, en gran medida, el primer paso para convertirse en buen lector. Por ello, la lectura en voz alta no debería abandonarse cuando el niño aprende el alfabeto; al contrario, debe fortalecerse tanto en el hogar como en la escuela. Escuchar historias estimula la imaginación, el pensamiento y el vínculo afectivo con los libros.

La lectura es un derecho que comienza en la infancia. Muchas veces, el gusto por leer nace cuando padres y madres comparten cuentos con sus hijos. Por eso, es necesario dejar de ver la lectura como una obligación pesada impuesta por el sistema educativo, y empezar a asumirla como un hábito placentero dentro de la familia. Padres, docentes y estudiantes están llamados a fomentarla: menos distracciones digitales y más espacios para leer. Mientras el uso excesivo del celular puede dispersar la atención, los libros enriquecen el pensamiento y fortalecen nuestra humanidad.

Leer no solo informa, sino que también forma. Nos ayuda a comprender mejor nuestro entorno, a valorar lo que tenemos y a desarrollar sensibilidad, pensamiento crítico y empatía. Cada nuevo aprendizaje que obtenemos de un libro contribuye a hacernos mejores personas, mejores amigos y miembros más conscientes de nuestra comunidad.

Dentro de este proceso, la comprensión lectora se desarrolla en tres niveles fundamentales:

  1. Nivel literal

Es el nivel más básico de comprensión. Consiste en identificar y entender la información explícita del texto, es decir, aquello que el autor dice de manera directa, sin necesidad de interpretación. En esta etapa, el lector reconoce hechos, personajes, lugares o ideas tal como aparecen escritos.

Por ejemplo, si el texto dice: “La lengua es un fuego”, el lector simplemente comprende ese hecho. Este nivel constituye la base sobre la cual se construyen los demás.

  1. Nivel inferencial

En este nivel, el lector va más allá de lo explícito y comienza a interpretar lo que el texto sugiere. Implica “leer entre líneas”, utilizando tanto las pistas que ofrece el texto como los conocimientos previos.

Por ejemplo, si se menciona que María compra un paraguas y el cielo está gris, se puede inferir que probablemente va a llover, aunque no se diga directamente. Inferir es, por tanto, deducir o concluir información implícita a partir de indicios.

  1. Nivel crítico-valorativo

Es el nivel más profundo de comprensión. Aquí el lector analiza, evalúa y emite juicios sobre el contenido del texto. Compara lo leído con sus propios conocimientos, valores e ideas, y reflexiona sobre la intención del autor.

Por ejemplo, el lector puede cuestionar si la decisión tomada fue la correcta o si está de acuerdo con el mensaje que transmite el texto. Este nivel implica una postura activa y reflexiva frente a la lectura.

En síntesis, la comprensión lectora avanza desde entender lo que el texto dice (nivel literal), pasando por interpretar lo que quiere decir (nivel inferencial), hasta llegar a evaluar y opinar sobre lo leído (nivel crítico-valorativo). Desarrollar estos tres niveles es fundamental para formar lectores capaces de pensar, analizar y transformar su realidad.

El poder transformador de la lectura: beneficios que impactan mente y vida

La lectura es una de las herramientas más poderosas para el desarrollo integral del ser humano, ya que aporta beneficios tanto a nivel personal como social. No solo permite adquirir conocimientos, sino también comprender mejor el entorno y tomar decisiones informadas.

Uno de sus aportes más importantes es el desarrollo del pensamiento crítico. Leer nos permite analizar ideas, cuestionar la información y construir opiniones propias, lo que resulta fundamental en una sociedad donde circula una gran cantidad de contenidos.

Asimismo, la lectura contribuye a la mejora del vocabulario y la expresión escrita. Las personas que leen con frecuencia suelen comunicarse con mayor claridad, precisión y riqueza lingüística, lo que influye positivamente en su desempeño académico y profesional.

Otro beneficio clave es la estimulación del cerebro. Leer activa procesos mentales complejos, fortalece la memoria y mejora la capacidad de concentración. A esto se suma su efecto en la reducción del estrés, ya que dedicar tiempo a la lectura puede generar relajación y bienestar emocional.

La lectura también favorece el desarrollo de la empatía. A través de las historias, el lector se conecta con diferentes realidades, comprendiendo mejor las emociones, experiencias y perspectivas de otras personas.

En conjunto, estos beneficios fortalecen habilidades esenciales como la comprensión, el análisis crítico y la capacidad de expresión, todas ellas indispensables para desenvolverse en la vida cotidiana. En una sociedad cada vez más dinámica e informada, la lectura se convierte en un pilar fundamental para formar ciudadanos conscientes, reflexivos y participativos.

Además, el hábito de leer diariamente potencia aún más sus efectos positivos. Entre ellos destacan:

  • El desarrollo de la disciplina y la constancia,
  • El fortalecimiento de la memoria a largo plazo,
  • El aumento de la capacidad de concentración,
  • La ampliación continua del conocimiento,
  • Y la estimulación de la creatividad y la imaginación.

Incluso dedicar unos pocos minutos al día a la lectura puede generar cambios significativos con el tiempo, convirtiéndose en una práctica sencilla pero profundamente transformadora.

Leer no solo informa, también libera. Es, en cierto modo, un acto de rebeldía frente a la ignorancia. La lectura “mata” la desinformación porque nos da herramientas para pensar, cuestionar y construir criterios propios. Gran parte de lo que aprendemos llega a través de ella, mientras que el resto se nutre de escuchar, observar y dialogar con atención.

Por eso, leer es también una forma de proteger nuestra mente: evita que repitamos ideas infundadas y nos permite generar conocimiento válido, propio y compartido. Si queremos combatir el “resfriado” del desconocimiento, los libros están llenos de esa vitamina esencial del saber que fortalece nuestra conciencia. Sumergirse en la lectura, incluso con intensidad, deja una única “resaca”: más claridad, más criterio y una visión más amplia del mundo.

 Pequeños pasos, grandes cambios: cómo construir el hábito de la lectura

Desarrollar el hábito de la lectura no es una tarea difícil, pero sí requiere constancia y disposición. Más que una obligación, debe asumirse como una actividad placentera que se integra de manera natural en la vida diaria.

Un buen punto de partida es elegir lecturas de interés personal. Novelas, cuentos o temas atractivos facilitan la conexión con el texto y aumentan la motivación por continuar leyendo. Cuando el contenido resulta interesante, el hábito se construye con mayor facilidad.

También es recomendable comenzar con pequeños intervalos de tiempo. Leer entre 10 y 15 minutos al día puede parecer poco, pero, con el tiempo, genera una rutina sólida y sostenible. Lo importante no es la cantidad, sino la constancia.

Crear un espacio cómodo y tranquilo favorece la concentración y permite disfrutar mejor de la lectura. Del mismo modo, es fundamental reducir las distracciones digitales, ya que el uso excesivo de dispositivos puede interrumpir la atención y dificultar la comprensión.

Otra estrategia útil es establecer metas alcanzables, como leer un libro al mes. Estos objetivos brindan motivación y permiten medir el progreso sin generar presión innecesaria.

Asimismo, llevar siempre un libro (ya sea en formato físico o digital) permite aprovechar los tiempos libres, como traslados o momentos de espera, convirtiéndolos en oportunidades para leer.

En definitiva, el aspecto más importante es disfrutar el proceso. La lectura no debe percibirse como una obligación, sino como un hábito enriquecedor que, poco a poco, se convierte en parte esencial de la vida cotidiana.

 

Conclusión

 

La lectura no es simplemente una actividad más: es una fuerza silenciosa capaz de transformar destinos. En cada página leída se construye una mente más libre, más crítica y más consciente. Un país que lee no solo acumula conocimiento, sino que forma ciudadanos capaces de pensar, cuestionar y actuar con responsabilidad.

Hoy, más que nunca, necesitamos recuperar el valor de la lectura como un hábito esencial de vida. No como una obligación escolar, sino como una necesidad diaria, tan vital como alimentarnos o descansar. Porque quien lee, se prepara; quien comprende, decide mejor; y quien piensa, no se deja arrastrar por el “qué dirán”.

El desafío es grande, especialmente en contextos donde los niveles de lectura son bajos. Pero también es una oportunidad. Cada hogar que incorpora un libro, cada niño que descubre el placer de leer, cada adulto que decide empezar, está contribuyendo a una transformación profunda que trasciende lo individual y se convierte en cambio social.

Leer es sembrar futuro. Es invertir en una sociedad menos manipulable, más informada y más humana. Es dejar de repetir lo que otros dicen para comenzar a construir ideas propias. Es, en definitiva, pasar de la ignorancia a la conciencia.

Porque al final, un libro no solo se lee… se vive. Y quien hace de la lectura un hábito, convierte su vida en una historia con más sentido, más libertad y más posibilidades.

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Noticias Zamora

El verdadero sentido de la política: servir, transformar y dignificar 

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Por.: Lic. Mario Paz.

Introducción

La política no debería ser motivo de desconfianza, sino de esperanza. Sin embargo, en nuestra realidad, se ha convertido en sinónimo de decepción, promesas incumplidas y oportunidades perdidas. Cada elección despierta ilusiones, pero también arrastra el peso de errores pasados que han debilitado la fe de la ciudadanía en quienes tienen la responsabilidad de gobernar.

Y, sin embargo, la política (en su esencia más noble) no nació para dividir, ni para enriquecer a unos pocos, ni para sostener privilegios. Nació para servir. Para ordenar la vida en sociedad, proteger a los más vulnerables y abrir caminos de progreso para todos. Nació para dignificar la vida humana.

Hoy, más que nunca, urge recuperar ese propósito. Porque cuando la política se desvía de su camino, no solo fallan los gobiernos: fallan las oportunidades, se apagan los sueños y se posterga el futuro de generaciones enteras. No se trata únicamente de una crisis institucional, sino de una crisis de valores, de liderazgo y de responsabilidad colectiva.

El Ecuador atraviesa un momento crítico. La falta de preparación de muchos candidatos, los graves casos de corrupción y la desconfianza en los organismos electorales han llevado a un punto de quiebre. La ciudadanía ya no solo observa: cuestiona, exige y reclama una transformación profunda. No basta con nuevos rostros; se necesitan nuevas formas de hacer política, basadas en la ética, la capacidad y el compromiso real con la gente.

Este no es solo un llamado a quienes aspiran a gobernar. Es también una invitación a cada ciudadano a reflexionar, a asumir su rol y a entender que el futuro no se construye solo desde el poder, sino también desde las decisiones que tomamos como sociedad.

Porque rehabilitar la política no es una opción… es una necesidad. Y hacerlo implica volver a su esencia: servir, transformar y dignificar la vida de todos.

El verdadero propósito de la política: servir y transformar vidas 

Desde sus raíces más antiguas hasta la actualidad, la política tiene un propósito esencial: mejorar la vida de las personas. Ya lo planteaba Aristóteles al afirmar que el fin último de la política es alcanzar el bien común. Bajo esta idea se justifica la existencia del Estado: los ciudadanos cedemos parte de nuestra libertad individual, aceptamos normas, leyes y formas de gobierno, y contribuimos con nuestro trabajo y recursos, con la expectativa legítima de recibir algo a cambio: una vida mejor.

No tendría sentido limitar nuestra libertad si esa cesión de poder no se traduce en bienestar. Lo que buscamos, en esencia, es una vida más digna, segura y próspera. Por ello, la evaluación de cualquier autoridad no debería centrarse en ideologías o etiquetas, sino en una pregunta fundamental: ¿sus decisiones mejoran o empeoran la vida de las personas?

Cuando un gobierno descuida la seguridad, manipula la justicia en beneficio propio o prioriza gastos superficiales por encima de inversiones en educación, salud o infraestructura, el resultado es evidente: la calidad de vida se deteriora. La política, entonces, deja de cumplir su función y se convierte en un obstáculo para el desarrollo.

Un Estado verdaderamente comprometido con su gente debe actuar con justicia e imparcialidad, sin perseguir a quienes piensan diferente. Su tarea es construir condiciones equitativas para todos, donde el progreso dependa del esfuerzo y no de privilegios, influencias o afinidades políticas.

Para lograrlo, existen tres pilares fundamentales que todo gobierno debe garantizar:

  • Seguridad, porque sin ella no hay desarrollo posible. Solo en un entorno seguro las personas pueden estudiar, trabajar, emprender y proyectar su futuro.
  • Justicia, porque una ley que no se cumple pierde su sentido, debilita al ciudadano honesto y fortalece al que actúa al margen de la ley.
  • Obra pública al servicio de la gente, que asegure acceso equitativo a servicios básicos como salud, educación, agua potable, vialidad y conectividad, sin distinción de condición social.

En definitiva, la política consiste en generar las condiciones necesarias para que las personas puedan salir adelante. Cada decisión pública debería responder a una sola interrogante: ¿esto contribuye a que la gente viva mejor?

La verdadera política no se limita a administrar recursos ni a ejercer poder; es, ante todo, un servicio permanente orientado al bienestar colectivo. Su finalidad es reducir desigualdades, garantizar derechos y ampliar oportunidades, construyendo una sociedad más justa e inclusiva.

Cuando se aleja de este propósito, la política pierde su esencia y se transforma en un obstáculo para el progreso. Pero cuando se ejerce con ética, responsabilidad y compromiso, se convierte en una poderosa herramienta de transformación social.

Por ello, es plenamente posible superar el rezago que enfrenta nuestro cantón Zamora, nuestra provincia de Zamora Chinchipe y el Ecuador. El camino pasa por elegir líderes honestos, capaces y con propuestas viables, que no solo comprendan las necesidades de la gente, sino que tengan la voluntad y el liderazgo para impulsar cambios reales en beneficio de todos.

Autoridades con propósito: ética, compromiso y servicio al pueblo

Las autoridades elegidas mediante procesos democráticos no solo deben poseer capacidades técnicas, sino también una sólida formación ética y un profundo sentido de responsabilidad social. Gobernar no es simplemente administrar recursos: es orientar el destino de una sociedad con integridad, visión y sentido humano.

El perfil de un verdadero líder político se construye sobre principios firmes e irrenunciables: la honestidad y transparencia, como base de la confianza ciudadana; la vocación de servicio, priorizando siempre el bienestar colectivo; la capacidad de gestión, que convierte ideas en resultados; la empatía social, que permite comprender las necesidades reales de la población; la visión de futuro, orientada a un desarrollo sostenible; y la coherencia, que alinea las palabras con las acciones.

Un auténtico líder no busca el poder por ambición, sino por compromiso. No ve el cargo como privilegio, sino como responsabilidad. No se sirve del pueblo, sino que sirve al pueblo.

En este sentido, la política puede entenderse como una de las formas más elevadas de servicio a la sociedad, porque su propósito es el bien común. Sin embargo, este ideal no depende únicamente de quienes gobiernan, sino también de la ciudadanía. La corrupción no nace solo en el poder: también se alimenta cuando se normalizan prácticas como la compra de votos. Aceptar dinero o favores a cambio del voto no es un acto menor; es hipotecar el futuro. Quien compra conciencia difícilmente gobernará con honestidad, porque buscará recuperar lo invertido.

Por eso, elegir bien no es solo un derecho: es una responsabilidad moral con el presente y con las generaciones futuras.

A lo largo de la historia, han existido líderes que demostraron que sí es posible ejercer la política con integridad y compromiso social. Nelson Mandela transformó Sudáfrica apostando por la reconciliación y la justicia; José Mujica, en Uruguay, fue símbolo de austeridad y coherencia; y Angela Merkel lideró Alemania con estabilidad y visión estratégica en momentos clave.

También encontramos ejemplos de líderes que impulsaron transformaciones profundas en sus países. Hamad bin Khalifa Al Thani fue el principal artífice de la modernización de Qatar, llevándolo a convertirse en una nación próspera y con altos niveles de desarrollo. Nayib Bukele, en El Salvador, ha liderado una transformación significativa en materia de seguridad y desarrollo, generando una notable reducción de la violencia y renovadas expectativas de progreso. Asimismo, Suharto impulsó en Indonesia un proceso de crecimiento económico sostenido, fortaleciendo sectores clave como la agricultura y la inversión extranjera.

Estos casos, desde distintas realidades y contextos, demuestran que cuando el liderazgo se ejerce con decisión, visión y enfoque en resultados, es posible mejorar la calidad de vida de millones de personas.

La gran lección es clara: la política no es el problema; el problema es cómo se ejerce. Cuando se practica con ética, responsabilidad y compromiso genuino, se convierte en una herramienta poderosa de transformación social.

Hoy más que nunca, se necesita recuperar el valor de la política como servicio. Y eso empieza con líderes íntegros… pero también con ciudadanos conscientes.

Porque el futuro de una sociedad no depende solo de quién gobierna, sino también de quién elige.

La política no es un negocio: es un compromiso con la gente 

El corrupto sigue ganando. No porque sea más capaz ni porque el sistema lo proteja siempre, sino porque, en muchos casos, la sociedad se ha acostumbrado a perder. Se ha normalizado elegir a quienes saquean lo público a cambio de beneficios inmediatos: una calle arreglada en época electoral, un subsidio oportuno, un contrato prometido. Así, el “roba, pero hace algo” termina siendo más aceptado que quien propone con honestidad.

Pero el problema no es solo el corrupto. Es también el votante que lo justifica, el empresario que financia campañas a cambio de favores y el ciudadano que se conforma con migajas. Cuando la corrupción deja de escandalizar, avanza; cuando se vuelve costumbre, se institucionaliza.

Hemos sido testigos de grandes avances tecnológicos y científicos, pero también de un preocupante deterioro de los valores éticos. La corrupción en distintos niveles de gobierno no solo frena el desarrollo, sino que deja un mensaje devastador a las nuevas generaciones: que todo tiene precio. Lo más grave es el conformismo social, al punto de considerar “normal” que se exijan porcentajes ilegales en contratos públicos y “extraño” que alguien actúe con honestidad.

No podemos esperar que quienes han convertido la política en un negocio sean quienes la dignifiquen. La responsabilidad recae en una ciudadanía consciente, capaz de unirse para cerrar el paso a los mercaderes de la política y abrir espacio a líderes honestos y comprometidos.

Uno de los mayores desafíos actuales es erradicar la idea de que la política es un medio para enriquecerse. La corrupción debilita las instituciones, destruye la confianza y profundiza la desigualdad. Frente a ello, es necesario recuperar el verdadero sentido de la política: la rentabilidad social.

Esto significa que toda decisión pública debe medirse por su impacto en la vida de las personas. No basta con evaluar cuánto cuesta una obra, sino cuánto mejora la educación, la salud, la seguridad y las oportunidades. Cuando los recursos públicos se administran con responsabilidad y transparencia, se convierten en motores de desarrollo; cuando se desvían para intereses personales, generan pobreza, inequidad y frustración colectiva.

Como advertía Voltaire, quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo cualquier cosa por dinero. Por ello, quien tenga un apego desmedido por lo material no debería participar en política, porque corre el riesgo de convertir el poder en un medio de beneficio personal.

La calidad de la política también depende de la calidad de nuestras decisiones como ciudadanos. Hay quienes votan con conciencia y visión de futuro, pero también quienes lo hacen por conveniencia, por resentimiento o por interés inmediato. Sin exigencia ciudadana no hay desarrollo; sin principios, las decisiones colectivas pierden rumbo.

No faltan quienes entienden la política como un espacio para la confrontación destructiva, la descalificación o el espectáculo. Sin embargo, gobernar no es improvisar ni experimentar: requiere preparación, liderazgo y, sobre todo, integridad. Los pueblos que continúan eligiendo populismo, dádivas y mediocridad, difícilmente superarán problemas como la inseguridad, el desempleo o la falta de servicios básicos.

La corrupción no solo se expresa en grandes escándalos; también vive en pequeñas acciones cotidianas: aprovecharse de un error para beneficio propio, irrespetar normas básicas, aceptar u ofrecer sobornos, difamar para obtener ventaja. Estas prácticas, por pequeñas que parezcan, erosionan los cimientos de la convivencia social.

Por eso, la lucha contra la corrupción debe ser integral. No basta con exigir cambios en los gobernantes; es necesario también transformar nuestras propias conductas como sociedad. Debemos dejar de admirar la riqueza obtenida de manera ilícita y empezar a valorar la honestidad, el esfuerzo y la coherencia.

Es tiempo de unirnos para rehabilitar la política, entendida como un servicio al pueblo y no como un negocio. Solo así podremos construir una sociedad donde la dignidad no tenga precio y donde el poder esté verdaderamente al servicio del bien común. 

Realidades que duelen: los desafíos que el Ecuador y Zamora ya no pueden esperar 

El Ecuador atraviesa una crisis compleja que no solo es económica, sino también social y moral. A diario, la ciudadanía enfrenta una realidad marcada por la inseguridad, el desempleo, la desigualdad y la pérdida progresiva de valores que sostienen la convivencia social.

La delincuencia ocupa titulares constantes, mientras fenómenos como la violencia contra la mujer, el tráfico de sustancias sujetas a fiscalización y el subempleo reflejan profundas fallas estructurales. A esta situación se suma un problema adicional: la confrontación política estéril. En lugar de construir soluciones, ciertos actores políticos han optado por la descalificación y la violencia contra quienes piensan diferente, debilitando aún más la institucionalidad democrática.

Uno de los problemas más alarmantes del país es la desnutrición infantil. En el Ecuador, aproximadamente 1 de cada 4 niños menores de cinco años padece desnutrición crónica, lo que lo ubica entre los países con mayores índices en Sudamérica. Esta realidad no solo afecta el presente de miles de niños, sino que compromete el futuro del país.

La desnutrición tiene consecuencias profundas: limita el desarrollo cognitivo, reduce el rendimiento escolar y disminuye la productividad en la vida adulta. Además, genera importantes pérdidas económicas debido al aumento del gasto en salud, la repitencia escolar y la menor capacidad productiva de la población.

Este problema no depende únicamente de la alimentación. Está estrechamente vinculado al acceso a agua potable, servicios de salud, educación familiar y condiciones adecuadas de cuidado en los primeros años de vida. Es en esta etapa (especialmente hasta los dos años) donde se desarrolla la mayor parte del cerebro humano, lo que hace indispensable una intervención oportuna y sostenida.

Por ello, es urgente consolidar una verdadera política de Estado que enfrente la desnutrición infantil de manera integral, articulando esfuerzos entre el Gobierno Central, los Gobiernos Autónomos Descentralizados y el sector privado.

A nivel nacional, los principales problemas pueden resumirse en: deterioro de la vialidad urbana y rural, altos niveles de desempleo y subempleo, creciente inseguridad, elevados índices de pobreza y extrema pobreza, insuficiente inversión en obra pública y endeudamiento interno y externo desmesurado.

En el ámbito local, el cantón Zamora refleja muchas de estas problemáticas, pero también presenta desafíos específicos que requieren atención urgente. Entre los principales se encuentran: sistemas de alcantarillado sanitario y pluvial obsoletos y en mal estado, vialidad urbana y rural deteriorada, aceras y bordillos destruidos, espacios públicos abandonados, falta de oportunidades de empleo, inseguridad creciente, deficiencia en el alumbrado público y altos niveles de pobreza y extrema pobreza.

Estos problemas no son únicamente cifras o diagnósticos técnicos; representan la realidad diaria de miles de ciudadanos que ven limitadas sus oportunidades de desarrollo y bienestar.

Frente a este escenario, la política no puede seguir siendo indiferente ni superficial. Debe convertirse en una herramienta efectiva para identificar, priorizar y resolver estos desafíos con responsabilidad, planificación y compromiso social. Solo así será posible transformar estas realidades y construir un futuro más digno para todos.

Elegir con conciencia: el primer paso para cambiar la historia 

En la naturaleza, los grupos siguen a los más fuertes, a los más preparados, a quienes tienen la capacidad de proteger y guiar. Ninguna manada confía su destino a líderes débiles o incapaces. Sin embargo, los seres humanos, muchas veces, hacemos lo contrario.

Con frecuencia confundimos el ruido con liderazgo, el espectáculo con capacidad y las promesas con resultados. Se aplaude al más carismático, al más “generoso” en campaña, al que enciende emociones, aunque carezca de preparación para administrar lo público. El resultado es predecible: comunidades con gran potencial, pero mal dirigidas, sin rumbo claro ni visión de futuro.

El problema no es únicamente de quienes aspiran al poder, sino también de cómo elegimos. Muchas decisiones electorales se toman desde la emoción, la necesidad inmediata o el enojo, y pocas desde la reflexión. Mientras esto no cambie, seguiremos entregando nuestro futuro a líderes que buscan el poder por interés personal y no por compromiso con su pueblo.

Equivocarse es parte de la condición humana; persistir en el error es lo que realmente nos perjudica. Permitir que gobiernen los menos capaces, los corruptos o los improvisados es renunciar, como sociedad, a nuestro propio desarrollo.

Elegir bien no es solo un acto político, es un acto de responsabilidad y de amor por nuestra gente: por nuestros hijos, por nuestros mayores y por el futuro de nuestra tierra. Cada voto es una decisión trascendental que define el rumbo de una comunidad.

Por eso, antes de elegir, debemos hacernos preguntas fundamentales:

¿Tiene este candidato la capacidad para administrar?

¿Ha demostrado integridad en su vida pública o privada?

¿Actuará en función del bien común o de intereses personales?

La calidad de los gobernantes está directamente relacionada con la calidad de las decisiones de los ciudadanos. En este sentido, la participación consciente e informada es clave para construir una verdadera política al servicio del pueblo.

De cara a los procesos electorales, es fundamental adoptar una actitud crítica y responsable. Algunas pautas esenciales incluyen:

  • Investigar la trayectoria de los candidatos, más allá de su imagen de campaña.
  • Evaluar propuestas concretas, realistas y viables.
  • Analizar su coherencia entre discurso y acciones pasadas.
  • Evitar el voto emocional basado en populismo o desinformación.
  • Priorizar el bien común por encima de beneficios inmediatos.

Como bien señala José Mujica, quien ofrece regalos para obtener apoyo no actúa como líder, sino como un comerciante de la política. Aceptar dádivas a cambio del voto no solo compromete la decisión individual, sino también el futuro colectivo.

Es momento de actuar con conciencia. El voto no es un simple papel: es el timón que orienta nuestro destino. Elegir con responsabilidad implica rechazar la corrupción, la improvisación y el oportunismo, y apostar por la capacidad, la honestidad y el compromiso.

Solo cuando aprendamos a elegir con criterio, con dignidad y con visión de futuro, podremos construir una sociedad más justa, donde la política recupere su verdadero sentido: servir al pueblo y mejorar la vida de todos.

Conclusión

La política no está condenada a ser sinónimo de corrupción, engaño o fracaso. Está llamada a ser, por el contrario, una de las expresiones más nobles del compromiso humano con el bienestar colectivo. Cuando se ejerce con integridad, tiene la capacidad de cambiar destinos, cerrar brechas y abrir oportunidades donde antes solo había abandono.

Pero ese cambio no ocurrirá por inercia. No vendrá de discursos vacíos ni de promesas repetidas. Nacerá únicamente cuando exista una decisión firme (tanto de quienes gobiernan como de quienes eligen) de hacer las cosas de manera diferente.

Hoy tenemos dos caminos: seguir normalizando la mediocridad, la corrupción y el conformismo, o asumir con valentía la responsabilidad de transformar nuestra realidad. No hay punto intermedio. Cada voto, cada decisión y cada actitud suma o resta en la construcción del país que queremos.

Recuperar la política es, en el fondo, recuperar la dignidad. Es entender que el poder no es un privilegio, sino una responsabilidad sagrada con la gente. Es dejar atrás el interés personal para poner en el centro el bien común. Es construir, desde la ética y la conciencia, una sociedad donde el progreso no sea un privilegio de pocos, sino un derecho de todos.

El futuro no está escrito. Se decide. Y se decide hoy. Que nuestras acciones estén a la altura de ese desafío. Que no volvamos a elegir desde la resignación, sino desde la convicción. Que no aceptemos menos de lo que merecemos como sociedad.

Porque cuando la política se pone verdaderamente al servicio del pueblo, no solo transforma gobiernos… transforma vidas.

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