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Opinión

Madre: donde comienza la vida y el amor nunca termina

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 Introducción:

 Hay palabras que se pronuncian todos los días, pero pocas encierran un universo tan profundo como “madre”. No es solo un título, ni un rol, ni una etapa de la vida: es el origen de todo lo que somos. En su abrazo comienza la seguridad, en su voz nace la confianza y en su amor se construyen los cimientos invisibles que sostendrán nuestra existencia.

Hablar de una madre es hablar de un amor que no conoce límites ni condiciones. Un amor que permanece incluso cuando el tiempo pasa, cuando la distancia crece o cuando las palabras faltan. Es la presencia constante que guía sin imponerse, que enseña sin exigir y que ama sin esperar nada a cambio. Desde el primer latido hasta el último suspiro, su huella queda grabada en lo más profundo del alma.

Este artículo no es solo un homenaje, es una invitación a comprender la magnitud de ese amor silencioso, inquebrantable y eterno. Porque si hay un lugar donde comienza la vida… es en una madre. Y si hay un amor que jamás termina, es el suyo.

 El amor que escala montañas

 Siempre me ha llamado la atención una escena que se repite cada año: en el Día de la Madre, los restaurantes rebosan de familias; en el Día del Padre, en cambio, muchos permanecen a media capacidad. No es una competencia ni un juicio, sino un reflejo cultural de algo más profundo: la manera en que entendemos y sentimos el amor materno.

La madre no solo lleva a su hijo nueve meses en el vientre. Lo sostiene en brazos durante los primeros años, cuando el mundo aún es demasiado grande para él, y después lo lleva para siempre en el corazón. Su entrega no conoce horarios ni condiciones. Es capaz de posponer su propio descanso, su hambre, sus sueños, con tal de que sus hijos estén bien. Su amor no se negocia: se da, se multiplica y permanece.

Una antigua historieta ilustra con claridad esa fuerza incomparable:

Dos tribus guerreras vivían separadas por una montaña: una en el valle y otra en la cima. Un día, la tribu de la cima raptó al bebé de una familia del valle. Los aldeanos enviaron a sus mejores hombres para rescatarlo, pero tras días de esfuerzo apenas lograron avanzar unos metros. Exhaustos y frustrados, se detuvieron… hasta que vieron algo imposible: la madre descendía de la montaña con su hijo en la espalda.

Asombrados, le preguntaron cómo había logrado escalar lo que ellos no pudieron. Ella, con sencillez, respondió: “Es que el bebé no era tuyo”.

En esa frase se condensa una verdad poderosa: no es la fuerza física la que mueve a una madre, sino el amor absoluto. Ese amor que no mide distancias, que no calcula riesgos, que no se rinde. Cuando se trata de sus hijos, una madre no intenta… simplemente lo hace.

Por eso, más allá de cualquier celebración, lo que realmente honra a una madre es reconocer su esencia: una fuente inagotable de sabiduría, de amor y de fe absoluta. Una presencia que sostiene, guía y protege incluso cuando nadie más lo ve. Porque cuando el amor nace del alma, no hay montaña lo suficientemente alta que pueda impedirle avanzar.

 La madre: La fuerza invisible que lo sostiene todo

 Una madre no solo cuida: orienta, consuela, enseña y fortalece. Su presencia moldea la vida mucho más allá de la infancia; es semilla de valores, forjadora de carácter y escuela de resiliencia. En los momentos difíciles, cuando todo parece tambalear, suele ser ella quien sostiene el hogar, quien encuentra palabras de aliento cuando escasean las fuerzas y quien ofrece ese abrazo que ordena el caos interior. Su capacidad de amar (incluso en medio del cansancio, la incertidumbre o el silencio de sus propias necesidades) la convierte en un faro de esperanza.

Pensemos en un bosque de árboles imponentes. Admiramos sus copas altas, su firmeza, su belleza… pero rara vez alguien se detiene a elogiar la profundidad y fortaleza de sus raíces. Lo mismo ocurre al contemplar una gran ciudad: nos deslumbran sus edificios, su altura, su diseño, pero casi nadie habla de los cimientos que los sostienen. Y, sin embargo, sin raíces no hay árbol; sin cimientos no hay estructura que perdure.

Así también es la madre en la familia: la base invisible que lo sostiene todo. No siempre ocupa el lugar más visible, pero su influencia es esencial y constante. Es la energía que mantiene en pie el hogar, la savia que nutre a cada uno de sus miembros, la presencia que equilibra, acompaña y contiene. En su amor se aprende a confiar, en su ejemplo se aprende a vivir, y en su fortaleza se encuentra refugio.

Reconocer a la madre como cimiento emocional no es solo un acto de justicia, sino de conciencia. Porque allí, en lo que no siempre se ve, es donde habita la verdadera fuerza que sostiene la vida. Y en ese lugar silencioso, firme y generoso, la madre permanece: dando, guiando y amando sin medida.

Más allá de la sangre: el amor que también es maternidad

 Hablar de maternidad es hablar de un vínculo que trasciende lo biológico. Si bien muchas mujeres viven la experiencia de gestar, dar a luz y criar, hoy comprendemos con mayor claridad que el amor materno no se define únicamente por la sangre, sino por la entrega, la presencia y la decisión consciente de cuidar y formar una vida.

Existen madres adoptivas que eligen amar con la misma intensidad con la que otras dan a luz; abuelas que, con paciencia y ternura, vuelven a empezar el camino de la crianza; tías, hermanas y madrinas que asumen un rol protector y formativo; e incluso padres que, por circunstancias de la vida, han encarnado con admirable entrega tanto el rol paterno como el materno. En todos estos casos, la maternidad se expresa como un acto profundo de amor, responsabilidad y compromiso diario.

Ser madre (en cualquiera de sus formas) implica acompañar, guiar, sostener y creer. Es estar presente no solo en los momentos fáciles, sino también en los desafíos, en las caídas y en los procesos de crecimiento. Es ofrecer un amor que no se condiciona a la perfección, sino que abraza la imperfección y aun así permanece.

Reconocer estas diversas formas de maternidad no solo amplía nuestra comprensión, sino que dignifica a todas aquellas personas que, sin haber dado vida biológicamente, han dado algo igual de valioso: tiempo, cuidado, valores y un amor inquebrantable. Porque al final, la esencia de ser madre no está en el origen, sino en la capacidad de amar, proteger y formar con entrega absoluta.

En cada una de estas expresiones vive el mismo principio: un amor que no exige, que no abandona y que se convierte en refugio. Un amor que, en todas sus formas, sigue siendo fuente inagotable de sabiduría, de fe y de esperanza.

El trabajo más importante… y el menos reconocido

 Ser madre, en el mundo actual, es asumir uno de los roles más complejos y exigentes que existen. Implica equilibrar múltiples responsabilidades: el trabajo profesional, la gestión del hogar, la educación emocional de los hijos y, en muchos casos, la crianza en soledad. Todo esto en un contexto social que aún no reconoce plenamente el valor real de esta labor.

Por ello, más que flores o celebraciones simbólicas, las madres necesitan reconocimiento genuino, apoyo concreto y políticas públicas que valoren y faciliten su tarea. Necesitan corresponsabilidad, oportunidades y respeto por el tiempo, el esfuerzo y la entrega que implica formar seres humanos.

El Día de la Madre debería ser también un espacio para reflexionar sobre la magnitud de su rol en la sociedad. Y pocas historias lo ilustran mejor que el siguiente relato:

Una reconocida empresa decidió publicar una oferta laboral para el cargo de “Directora de Operaciones”. Desde el inicio se aclaró que no se trataba de un empleo común, sino del trabajo más importante que podía existir. La convocatoria se difundió ampliamente en medios impresos, radiales, televisivos y plataformas digitales.

Los requisitos eran exigentes: conocimientos en medicina, finanzas y artes culinarias; habilidades avanzadas de negociación, organización y resolución de conflictos; capacidad de liderazgo, empatía y toma de decisiones bajo presión.

Durante las entrevistas, se informó a las postulantes que la jornada laboral sería de 24 horas al día, los 7 días de la semana, los 365 días del año. No habría vacaciones, descanso ni remuneración económica. Ante estas condiciones, las aspirantes reaccionaron con indignación: calificaron el trabajo como inhumano, injusto y contrario a cualquier principio básico de dignidad laboral. Coincidieron en que nadie aceptaría un puesto con tales exigencias.

Entonces, el entrevistador sonrió y respondió: “Al contrario, millones de personas ya desempeñan este trabajo… se llaman madres”.

Este relato, más allá de su sencillez, revela una verdad profunda: la maternidad exige una entrega constante, silenciosa y muchas veces invisibilizada. Las madres no solo cuidan, también gestionan, enseñan, contienen, guían y sostienen emocionalmente a sus familias. Son líderes, mediadoras, proveedoras de afecto y, en innumerables ocasiones, el pilar que mantiene en equilibrio el hogar.

Reconocer este rol no es un gesto simbólico, es una deuda social. Valorar a las madres implica ir más allá del discurso y traducir ese reconocimiento en acciones reales que dignifiquen su labor.

Porque una madre no solo da vida: forma vidas, construye futuro y siembra, cada día, amor, sabiduría y fe absoluta.

Más que un día: el amor que se demuestra cada día

 Cada segundo domingo de mayo, el calendario nos invita a hacer una pausa y mirar con gratitud a una de las presencias más significativas de nuestra vida: la madre, esa flor única y generosa en el jardín de la humanidad. Sin embargo, más allá de una fecha conmemorativa, el Día de la Madre representa un reconocimiento al amor más puro, constante y desinteresado que existe.

Es un momento para honrar a quien ha sido refugio en medio de las tormentas, luz en los instantes de incertidumbre y compañía fiel en la cotidianidad. La madre no solo está en los grandes acontecimientos, sino también en los pequeños detalles que sostienen la vida diaria: en el consejo oportuno, en el silencio comprensivo, en la presencia que reconforta.

En todas las culturas y en cada rincón del mundo, el rol materno constituye un pilar fundamental en la formación de seres humanos íntegros, familias sólidas y sociedades más humanas. Celebrarlas no es solo un acto simbólico; es reconocer su influencia profunda y permanente en la construcción del tejido social.

Pero amar a una madre no puede limitarse a un solo día al año. El verdadero homenaje se expresa en lo cotidiano: en el respeto sincero, en el tiempo compartido, en la escucha atenta y en la gratitud constante. Es en esos gestos simples, pero significativos, donde el amor se vuelve real y tangible.

Si tu madre vive, acércate a ella: abrázala, escúchala, agradécele con palabras y acciones. Hazle saber cuánto valoras su presencia en tu vida. Si ya no está físicamente, honra su memoria viviendo conforme a los valores que sembró en ti, manteniendo viva su enseñanza en cada decisión que tomes.

Apreciados hijos e hijas, honrar a una madre es también reconocer el privilegio de haber recibido su amor, su cuidado y su guía. Es agradecer a Dios por ese regalo irreemplazable que marca nuestra existencia.

Y si eres madre, este llamado también es para ti: reconoce tu esfuerzo, valora tu entrega y permítete cuidar de ti misma. Descansar no es un lujo, es una necesidad. Tu bienestar también importa, porque en él se sostiene gran parte del bienestar de quienes amas.

Que este día no sea solo una celebración pasajera, sino el inicio (o la continuidad) de un amor consciente, activo y agradecido. Porque una madre no solo da vida: transforma vidas, deja huellas imborrables y encarna, día a día, una fuente inagotable de sabiduría, de amor y de fe absoluta.

Conclusión

 Al final de todo, cuando las palabras se quedan cortas y la vida sigue su curso, hay una verdad que permanece intacta: una madre es el origen que nunca se olvida y el amor que jamás se extingue. Su huella no se borra con el tiempo, porque vive en cada valor que nos enseñó, en cada decisión que tomamos y en cada paso que damos incluso cuando ella no está cerca.

Honrar a una madre no es solo recordarla en fechas especiales, sino vivir de manera que su amor tenga sentido. Es transformar su entrega en acciones, su ejemplo en propósito y su fe en fortaleza. Es entender que, aunque el mundo cambie, hay algo que permanece inalterable: el amor de una madre sigue siendo el refugio más seguro que existe.

Que este mensaje no se quede en la emoción de un momento, sino que se convierta en conciencia. Que aprendamos a valorar mientras aún hay tiempo, a agradecer sin reservas y a amar con la misma generosidad con la que fuimos amados.

Porque si la vida comienza en una madre, entonces nuestro mayor propósito es honrar ese inicio viviendo con dignidad, con amor y con gratitud.

Y cuando todo pase, cuando los días se acumulen y los caminos se transformen, quedará lo esencial: ese amor silencioso, infinito y fiel… que nunca termina.

Nacionales

Fuego militar, extorsión institucional y minería sin consenso en Zamora Chinchipe

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Por: Alonzo Cueva Rojas

Zamora Chinchipe se desangra en una guerra sin cuartel contra la minería, pero el enemigo no solo viste de camuflaje en la selva; también opera desde las oficinas del Estado. La ola de operativos del gobierno de Daniel Noboa, que destruye de forma sistemática la maquinaria pesada en cantones como Palanda, Yacuambi, El Pangui, Centinela del Cóndor y Nangaritza, no frena la ilegalidad. Al contrario, al aplicarse la misma estrategia destructiva de manera generalizada, la falta de alternativas y de consensos mínimos empuja a toda la provincia hacia una peligrosa escala de violencia con un pronóstico social totalmente impredecible.

La muestra más fehaciente y alarmante de este peligro generalizado ocurrió ayer en Nangaritza. Un violento operativo en Guayzimi desató el caos absoluto: pobladores y mineros, cansados de ver quemadas las herramientas que sustentan la economía de la zona, se enfrentaron directamente al Ejército. Hubo retención de uniformados, ataques a blindados y gases lacrimógenos en medio del pueblo. Esta respuesta netamente punitiva y desprovista de diálogo rompió la paz social, arrastrando a los ciudadanos a una rebelión desesperada que amenaza con replicarse en los cantones vecinos donde la situación es idéntica.

Este escenario caótico golpea la tranquilidad de las comunidades ribereñas, vulnerables ante recurrentes inundaciones. Si existiera una regularización real para transicionar de la informalidad a la formalidad, la realidad sería otra. Al legalizarse, los operadores locales pagarían tributos reinvertibles en sus zonas y serían sujetos de control para una adecuada remediación ambiental. Además, se protegería el rostro más vulnerable de la actividad: la clase trabajadora. Hoy, miles de obreros laboran sin seguridad social ni medidas de protección; muchos, de hecho, han muerto en el olvido absoluto por el simple hecho de ser catalogados como «ilegales». Al preferir la vía del desorden y el fuego, el Estado arriesga a la provincia a una preocupante anarquía total.

En medio de esto, salta a la vista una paradoja indignante: el Estado otorga un trato privilegiado y «garantista» al gran capital transnacional con contratos blindados y resguardo militar. En contraste, para el minero nativo la única respuesta es la criminalización. Esta flagrante asimetría moral destruye el tejido social y demuestra que las leyes se usan para desplazar al productor local en favor de intereses extranjeros.

¿Con qué legitimidad se quema la herramienta local cuando las agencias de control actúan como extorsionadores? Al audio filtrado del exdirector de ARCOM exigiendo coimas semanales, se suman hechos vergonzosos en el territorio: policías con miles de dólares injustificados en Chinapintza, denuncias de uniformados que liquidan el oro antes de quemar los campamentos, y el insólito robo de 2.5 kilos de oro que, tras ser interceptado en la pista de Cumbaratza, desapareció misteriosamente de las bodegas de la Policía Judicial en Zamora. Cuando las instituciones del orden extorsionan y roban, el Estado pierde toda validez.

Una salida pacífica será imposible si el Gobierno insiste en mirar este conflicto solo a través de la mira de un fusil. La solución no es el fuego, sino la limpieza profunda de la corrupción en ARCOM, la Policía y el Ejército. Zamora Chinchipe exige una tregua, diálogo inmediato y una regularización honesta. De lo contrario, los hechos de Guayzimi serán apenas el inicio de una lamentable rebelión civil que nadie sabrá cómo detener.

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Noticias Zamora

La obediencia inteligente: el verdadero camino para proteger a nuestros hijos

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La obediencia que protege y la obediencia que pone en riesgo. Como padres y educadores, solemos sentir orgullo cuando alguien nos dice: “Qué niño tan obediente”. Durante generaciones hemos considerado la obediencia como una de las mayores virtudes que puede tener un hijo. Sin embargo, vale la pena detenernos a reflexionar: ¿qué tipo de obediencia estamos enseñando?

Porque existe una gran diferencia entre un niño que obedece porque comprende y un niño que obedece porque ha aprendido a someterse. Cuando educamos únicamente para la obediencia ciega, corremos el riesgo de formar personas que no cuestionan, que no expresan sus opiniones, que les cuesta decir “no” cuando algo les incomoda y que terminan creyendo que cualquier autoridad merece ser obedecida sin importar las circunstancias.

Ese niño obediente crecerá y obedecerá a sus profesores, a sus amigos, a sus jefes, a su pareja y a cualquier persona que ejerza presión sobre él. Y aunque esto pueda parecer una ventaja durante la infancia, puede convertirse en una enorme vulnerabilidad durante toda su vida.

Los abusadores, manipuladores y personas malintencionadas buscan precisamente eso: alguien que no cuestione, que no contradiga, que no se atreva a decir “esto no está bien”. Por eso, nuestros hijos no necesitan aprender únicamente a obedecer. Necesitan aprender a escuchar, a pensar, a analizar y a comprender.

Necesitan saber que una norma tiene un propósito. Que los límites existen para proteger, orientar y favorecer la convivencia. Que respetar una regla no significa renunciar a la propia voz ni a la propia dignidad. La verdadera educación no busca niños sumisos. Busca formar seres humanos capaces de tomar decisiones responsables.

Un niño debe saber que puede negarse cuando alguien le pide guardar un secreto que le hace sentir incómodo. Debe saber que puede rechazar una caricia que no desea. Debe entender que tiene derecho a expresar desacuerdo cuando algo amenaza su bienestar, su integridad o sus valores.

La obediencia no es un valor absoluto. Su valor depende de a quién se obedece, por qué se obedece y cuáles son las consecuencias de esa obediencia. La historia está llena de ejemplos que nos recuerdan que muchas injusticias ocurrieron porque personas buenas obedecieron órdenes sin cuestionarlas. Del mismo modo, muchas transformaciones positivas fueron posibles gracias a quienes tuvieron el valor de decir: “No, esto no es correcto”.

Educar no consiste en imponer nuestra autoridad. Consiste en ayudar a nuestros hijos a construir un criterio propio. Cuando sustituimos el “porque lo digo yo” por una explicación razonable, estamos enseñando pensamiento crítico.

Cuando escuchamos sus preguntas, estamos enseñando respeto mutuo. Cuando permitimos que expresen desacuerdos de manera respetuosa, estamos fortaleciendo su autoestima. Cuando les enseñamos a diferenciar entre una autoridad que protege y una autoridad que daña, les estamos dando herramientas para defenderse durante toda la vida.

El objetivo final de la educación no es que nuestros hijos dependan siempre de nuestras órdenes. Es que desarrollen la capacidad de actuar correctamente incluso cuando nosotros no estemos presentes.

Queridos padres y maestros: no eduquemos para la obediencia ciega. Eduquemos para la conciencia, el criterio, la prudencia y la responsabilidad.

Que nuestros niños aprendan a respetar, pero también a pensar. Que aprendan a escuchar, pero también a cuestionar. Que aprendan a seguir normas justas, pero también a reconocer cuando algo atenta contra su dignidad.

Porque el mayor logro de la educación no es formar hijos que obedecen todo lo que se les dice.

El mayor logro es formar seres humanos capaces de protegerse, respetarse a sí mismos y tomar decisiones correctas aun cuando nadie les esté diciendo qué hacer.

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Noticias Zamora

La ilusión de la mano dura: el peligro de los escuadrones de la muerte en Ecuador

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Por: Alonzo Cueva Rojas

La desesperación colectiva frente a la crisis de inseguridad en Ecuador está empujando el debate público hacia terrenos sumamente peligrosos. Entre el miedo y la indignación, voces ruidosas en las redes sociales y las calles plantean una supuesta solución: la creación de “escuadrones de la muerte”. Quienes defienden esta idea argumentan que la justicia ordinaria ha fracasado y que el exterminio clandestino de los criminales devolverá la paz. Sin embargo, como educador y analista, considero indispensable advertir que esta propuesta no solo es ilegal, sino que ignora con ligereza las tragedias más oscuras de la historia latinoamericana. Quienes opinan sin bases olvidan que la violencia estatal o paraestatal fuera de la ley siempre degenera en barbarie generalizada.

El ejemplo de la guerra civil en Guatemala (1962-1996) es una advertencia dolorosa que todo ecuatoriano debería estudiar antes de pedir medidas extremas. En ese conflicto, la aparición de la policía paralela y los escuadrones de la muerte no trajo seguridad ni orden. Al contrario, las dictaduras utilizaron estas fuerzas clandestinas para cometer las más grandes atrocidades. Bajo la excusa de erradicar la delincuencia o la insurgencia, se arrasaron aldeas enteras y se asesinaron a decenas de miles de campesinos, indígenas, estudiantes, periodistas e intelectuales que nada tenían que ver con el conflicto armado.

La historia de la líder indígena Rigoberta Menchú, galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1992, personifica el impacto real de otorgar licencias para matar en la sombra. Los miembros de su familia sufrieron la peor parte de esta violencia desbocada: su madre fue torturada y asesinada por militares, y su padre, Vicente Menchú, fue quemado vivo junto a otras 36 personas por la Policía Nacional en la trágica masacre de la embajada española en 1980. Esta dolorosa experiencia demuestra que, una vez que se rompe el marco legal, los límites desaparecen. Los escuadrones de la muerte no seleccionan con precisión quirúrgica; se convierten en herramientas de venganza, control social y exterminio de inocentes.

Ecuador no puede pretender apagar el fuego con gasolina. No nos hacen falta más reformas legales; leyes e instrumentos jurídicos tenemos de sobra en el país. El verdadero camino para combatir el crimen organizado radica en asignar el presupuesto suficiente para la preparación rigurosa y el equipamiento técnico de nuestras fuerzas del orden, así como una activa participación de la ciudadanía en los planes de seguridad. El combate eficaz a la delincuencia debe exigir inteligencia estratégica, control territorial, depuración judicial y un sistema penal eficiente, pero siempre dentro del marco de la ley. Reclamar el regreso de los escuadrones de la muerte no es un acto de valentía, sino una muestra de profunda ignorancia histórica que solo pavimentaría el camino hacia la destrucción de nuestra propia sociedad.

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