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Opinión

Ecuador a oscuras: una tragedia anunciada

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Gustavo Izurieta

Guayaquil, Ecuador

Pocas situaciones son más desconcertantes que estar a oscuras, no solo porque faltan las luces o la señal de datos móviles, sino por la incertidumbre absoluta de no saber si mañana será igual o peor. En Ecuador, los apagones son más que simples cortes de electricidad. Son un símbolo de la incapacidad de planificar, de prever, de proyectar el futuro.

Este caos afecta lo más básico. ¿Cómo trabajar si no puedes ni garantizar la luz de tu oficina? ¿Cómo estudiar, emprender, producir si no hay ninguna certeza sobre el suministro eléctrico?

Lastimosamente, los políticos ecuatorianos se aferran al estatismo con uñas y dientes, negándose a aceptar que ese modelo ya no funciona. La reciente Ley “No Más Apagones” es solo una muestra más de lo desconectados que están de la realidad de los ciudadanos. Es como poner una curita en una fractura expuesta. La demanda eléctrica sigue en aumento y el Estado no tiene ni los recursos ni la capacidad para sostener el sistema.

Para nadie es un secreto que el Ecuador está quebrado. No solo en términos económicos, sino en cuanto a ideas y soluciones. La inversión extranjera, que podría contribuir notablemente a resolver esta crisis, no va a llegar mientras el sector eléctrico esté atrapado en las garras de la regulación estatal.

¿Quién va a querer invertir en un país donde la corrupción y los intereses políticos bloquean el progreso? En este contexto, la única solución a corto plazo es que (literalmente) llueva y que se reduzca el consumo. Es realmente patético que en pleno siglo XXI, un país entero dependa del capricho del clima.

Es fundamental comprender que el problema de fondo radica en un modelo de desarrollo estatista que se impuso desde la dictadura militar de Rodríguez Lara en los años 70. El Plan Integral de Transformación y Desarrollo del Gobierno Nacionalista Revolucionario dictó la intervención estatal en todos los sectores de la economía, marcando el inicio de esta debacle.

Sectores como el petróleo y la electricidad fueron declarados «estratégicos» y, por ende, monopolizados por el Estado (los políticos y los funcionarios). La transición a la democracia en 1979 no cambió este esquema, y cada gobierno posterior lo ha perpetuado o incluso agravado.

Es penoso que organizaciones políticas como el Partido Social(ista) Cristiano hayan sido, en muchos casos, los principales opositores a cualquier reforma estructural en beneficio de los ciudadanos. Ejemplos sobran, como la resistencia de León Febres-Cordero a las reformas del sistema previsional propuestas durante la administración de Sixto Durán-Ballén.

Así, la supuesta derecha ecuatoriana ha frenado cualquier intento de liberar la economía del país, en alianza (durante muchas ocasiones) con la izquierda jurásica.

La única excepción real ha sido la dolarización, adoptada en el año 2000 no por visión o planificación, sino porque el país había tocado fondo. La dolarización fue un salvavidas lanzado en el último segundo, y aún hoy seguimos aferrados a él, pero sin saber nadar. Desde entonces, no se ha hecho ninguna reforma profunda para aprovechar los beneficios de la dolarización.

Este sistema ha sido administrado por marxistas y keynesianos que lo consideran un mal necesario, cuando debería ser el pilar de un modelo de crecimiento basado en la libertad económica.

El panorama es desolador. Si no fuera por la traición de Lenin Moreno al prófugo sin visa americana, ya estaríamos utilizando una «moneda electrónica» devaluada. Un camino de servidumbre al estilo venezolano. Lamentablemente, parece que el país necesita tocar fondo antes de reaccionar. Quizá, si nos quedamos sin electricidad durante meses, cuando la oscuridad sea total y la economía se detenga por completo, entonces (y solo entonces) los ecuatorianos exigirán un cambio real.

Tal vez, por la fuerza de los hechos, se deroguen las nefastas leyes estatistas que nos han condenado al fracaso.

La solución a mediano y largo plazo es simple. Necesitamos abrir el sector eléctrico a la inversión privada, eliminar las regulaciones que impiden la competencia y permitir que el mercado funcione libremente. Donde hay competencia, hay eficiencia. Donde el Estado monopoliza, hay escasez. Es urgente acabar con este modelo de desarrollo estatista y establecer un sistema basado en la libertad y la protección de los derechos de propiedad. Solo así, Ecuador podrá salir de la oscuridad, literal y figurativamente. Fuente: La República

Noticias Zamora

Ruido, desorden e indiferencia: una realidad que ya no podemos aceptar los Zamoranos

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Se ha vuelto común escuchar música a todo volumen desde vehículos a cualquier hora del día o de la noche. Se ha normalizado consumir alcohol en la vía pública, dejando basura, botellas, orina en espacios que pertenecen a todos. Se ha vuelto habitual soportar el ruido ensordecedor de ciertas motocicletas y las explosiones de fuegos artificiales lanzados sin considerar a quienes sufren sus consecuencias.

Pero que algo sea frecuente no significa que sea correcto. Detrás de cada estruendo provocado por un cohete o por sistemas de sonido excesivos, hay niños que despiertan asustados, personas con autismo que sufren crisis sensoriales, adultos mayores que experimentan angustia, enfermos que no pueden descansar, estudiantes que no logran concentrarse y animales que viven momentos de verdadero terror.

Los fuegos artificiales no solo producen ruido. También provocan lesiones, contaminación del aire, incendios y graves afectaciones emocionales y físicas. Miles de mascotas huyen desesperadas, se extravían o sufren accidentes por el miedo. Las aves abandonan sus nidos y la fauna silvestre ve alterada en su comportamiento natural. Lo que para algunos dura unos segundos de diversión, para otros representa horas o días de sufrimiento.

La verdadera alegría no necesita causar dolor a nadie. Las celebraciones religiosas, culturales, deportivas, políticas o sociales deben desarrollarse dentro de un marco de respeto, empatía y convivencia. La libertad de celebrar termina donde comienza el derecho de los demás a la tranquilidad, la salud y la seguridad.

Por ello, hacemos un llamado respetuoso pero firme a las autoridades competentes y a la Municipalidad de Zamora para que impulsen e implementen ordenanzas que regulen de manera efectiva la contaminación acústica, el uso de fuegos artificiales y todas aquellas actividades que afectan la calidad de vida de la población y el bienestar animal.

Zamora, como capital de la provincia de Zamora Chinchipe, debe convertirse en un ejemplo de orden, cultura ciudadana y convivencia pacífica. Y hacemos también un llamado a cada ciudadano, institución, organización y dirigentes: antes de encender un parlante, acelerar una motocicleta innecesariamente o lanzar un cohete al cielo, piensen en quienes los rodean.

La empatía es la capacidad de entender que no vivimos solos. Una sociedad verdaderamente desarrollada no es la que hace más ruido, sino la que demuestra más respeto.

Construyamos una Zamora donde la alegría de unos no signifique sufrimiento para otros; una Zamora donde el respeto, la consideración y la convivencia sean más fuertes que el ruido.

Porque el bienestar colectivo comienza cuando entendemos que nuestros derechos nunca pueden estar por encima de la tranquilidad, la salud y la dignidad de los demás.

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Noticias Zamora

El chantaje y la proscripción: el libreto para ahogar la democracia

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Por: Alonzo Cueva Rojas

Las declaraciones del ministro del Interior son una alerta grave. Exigir que alcaldes y prefectos se alineen con el pensamiento oficial es una postura antidemocrática y una muestra de totalitarismo. Una responsabilidad elemental es coordinar acciones por el progreso del país, pero otra actitud muy distinta es intentar anular la diversidad de opinión y la libertad política.

El gobierno central y las autoridades locales (GAD) tienen la obligación de unirse para dar respuestas reales a la población. Esta cooperación técnica e institucional debe enfocarse en áreas urgentes, sin importar banderas partidistas, como: Coordinar planes firmes para devolver la tranquilidad a los territorios, garantizar escuelas dignas, atención médica y medicinas, proteger a los sectores vulnerables y erradicar la pobreza, entre otros.

Ecuador es un país diverso, intercultural y plurinacional, marcado por diferencias geográficas, culturales y generacionales. Cualquier gobernante debe estar listo para ejercer su función dentro de esa diversidad. Querer imponer un pensamiento único es una aberración política que jamás dará resultados positivos. La alienación no es la solución; el camino seguirá siendo el ejercicio democrático del poder.

Detrás del discurso de la alineación opera un crudo condicionamiento. Es un secreto a voces que a los alcaldes y prefectos con altas opciones de reelección se les presiona con una consigna clara: o se postulan con el partido de gobierno, o les congelan los fondos y les arman problemas legales usando de forma selectiva a la justicia.

A esto se suma la proscripción de líderes sociales y la eliminación de organizaciones políticas de oposición. Al dejar a los líderes legítimos sin casillero electoral, el régimen les cierra el camino. Ante este atropello, muchas autoridades terminan claudicando, disimulando su sumisión por temor a perder su libertad o poner en riesgo a sus familias.

Gobernar mediante el miedo y anular a los rivales destruye la libertad de todo el pueblo ecuatoriano.

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Noticias Zamora

Un voto con conciencia, un futuro con esperanza

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El 29 de noviembre de 2026 no solo iremos a las urnas. Ese día decidiremos qué tipo de futuro tendrán nuestras ciudades, parroquias, comunidades y familias durante los próximos 4 años. No será una simple elección política; será una decisión que influirá en la calidad de vida de nuestros hijos, en las oportunidades de nuestros jóvenes, en la seguridad de nuestros barrios y en el progreso de nuestros territorios.

Cada voto es una herramienta de transformación o una oportunidad perdida. Por eso, elegir no es un favor que se le hace a un candidato. Elegir es un acto de responsabilidad con uno mismo, con la familia y con toda la comunidad.

Lamentablemente, en cada proceso electoral aparecen quienes creen que la dignidad de un pueblo tiene precio. Reparten regalos, organizan fiestas, ofrecen favores, prometen lo imposible y alimentan expectativas que saben que jamás podrán cumplir. Algunos incluso recurren a la mentira, al insulto y a la destrucción de la honra de sus adversarios porque carecen de propuestas, capacidad y visión.

Pero debemos preguntarnos con sinceridad: ¿alguna funda de alimentos ha solucionado el desempleo? ¿Algún espectáculo ha construido carreteras? ¿Alguna farra ha llevado agua potable a los hogares? ¿Algún regalo ha mejorado los hospitales, fortalecido la seguridad o creado oportunidades para nuestros jóvenes?

La respuesta es evidente. Las dádivas duran horas o días. Las malas decisiones electorales duran años. Un voto mal entregado puede significar cuatro años de abandono, corrupción, obras inconclusas, servicios deficientes y oportunidades perdidas. Y cuando una comunidad se equivoca al elegir, las consecuencias las pagan todos, incluso quienes votaron con responsabilidad.

Por eso, antes de votar, debemos mirar más allá de las emociones del momento. No votemos con rabia. No votemos por resentimiento. No votemos por conveniencia personal. Tampoco votemos por quien nos promete todo lo que queremos escuchar. Votemos con inteligencia, con memoria y con conciencia.

Investiguemos. Comparemos. Escuchemos. Analicemos.

Preguntémonos: ¿Ha demostrado capacidad para resolver problemas reales? ¿Tiene experiencia para administrar recursos públicos con eficiencia y transparencia? ¿Posee liderazgo para unir a la gente en lugar de dividirla? ¿Su trayectoria refleja honestidad, coherencia y vocación de servicio? ¿Ha trabajado por su comunidad antes de pedir el voto? ¿Tiene una visión clara para el desarrollo de nuestro territorio?

Los pueblos que prosperan no son aquellos que tienen más recursos, sino aquellos que eligen mejor a quienes los administran. La historia demuestra que el desarrollo de una comunidad depende, en gran medida, de la calidad de sus líderes y de la responsabilidad de sus ciudadanos al momento de elegirlos.

No olvidemos una verdad fundamental: quien compra votos no hace una inversión para servir; hace una inversión para recuperar lo gastado. Y cuando alguien llega al poder pensando en recuperar dinero o favores políticos, los intereses de la gente pasan a segundo plano. Nuestro voto vale más que cualquier regalo. Vale más que cualquier promesa vacía. Vale más que cualquier discurso bonito.

El voto es la voz de la dignidad ciudadana. Es el instrumento más poderoso que posee una democracia. Cuando se ejerce con conciencia, construye progreso. Cuando se entrega sin reflexión, abre las puertas al atraso.

Este 29 de noviembre de 2026, pensemos en nuestros hijos, en nuestros padres, en nuestros vecinos y en las futuras generaciones. Pensemos en el territorio que queremos dejarles. No elijamos al más popular, al más ruidoso o al más generoso con las dádivas. Elijamos a las mejores mujeres y a los mejores hombres; aquellos que tengan capacidad, integridad, experiencia, visión y un compromiso genuino con el bienestar colectivo.

Porque gobernar no es un privilegio. No es un premio. No es una oportunidad para enriquecerse. Gobernar es una responsabilidad enorme que exige preparación, honestidad y servicio.

El futuro de nuestros territorios no comienza cuando una autoridad asume el cargo. Comienza el día en que cada ciudadano decide con responsabilidad y sabiduría su voto.

Que el 29 de noviembre no gane la demagogia. Que no gane el populismo. Que no gane el interés particular de los que compran los votos.

Que gane la conciencia. Que gane la responsabilidad. Que gane el futuro.

 

 

 

 

 

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