Opinión
Ecuador a oscuras: una tragedia anunciada
Pocas situaciones son más desconcertantes que estar a oscuras, no solo porque faltan las luces o la señal de datos móviles, sino por la incertidumbre absoluta de no saber si mañana será igual o peor. En Ecuador, los apagones son más que simples cortes de electricidad. Son un símbolo de la incapacidad de planificar, de prever, de proyectar el futuro.
Este caos afecta lo más básico. ¿Cómo trabajar si no puedes ni garantizar la luz de tu oficina? ¿Cómo estudiar, emprender, producir si no hay ninguna certeza sobre el suministro eléctrico?
Para nadie es un secreto que el Ecuador está quebrado. No solo en términos económicos, sino en cuanto a ideas y soluciones. La inversión extranjera, que podría contribuir notablemente a resolver esta crisis, no va a llegar mientras el sector eléctrico esté atrapado en las garras de la regulación estatal.
Es fundamental comprender que el problema de fondo radica en un modelo de desarrollo estatista que se impuso desde la dictadura militar de Rodríguez Lara en los años 70. El Plan Integral de Transformación y Desarrollo del Gobierno Nacionalista Revolucionario dictó la intervención estatal en todos los sectores de la economía, marcando el inicio de esta debacle.
Sectores como el petróleo y la electricidad fueron declarados «estratégicos» y, por ende, monopolizados por el Estado (los políticos y los funcionarios). La transición a la democracia en 1979 no cambió este esquema, y cada gobierno posterior lo ha perpetuado o incluso agravado.
Es penoso que organizaciones políticas como el Partido Social(ista) Cristiano hayan sido, en muchos casos, los principales opositores a cualquier reforma estructural en beneficio de los ciudadanos. Ejemplos sobran, como la resistencia de León Febres-Cordero a las reformas del sistema previsional propuestas durante la administración de Sixto Durán-Ballén.
Así, la supuesta derecha ecuatoriana ha frenado cualquier intento de liberar la economía del país, en alianza (durante muchas ocasiones) con la izquierda jurásica.
La única excepción real ha sido la dolarización, adoptada en el año 2000 no por visión o planificación, sino porque el país había tocado fondo. La dolarización fue un salvavidas lanzado en el último segundo, y aún hoy seguimos aferrados a él, pero sin saber nadar. Desde entonces, no se ha hecho ninguna reforma profunda para aprovechar los beneficios de la dolarización.
Este sistema ha sido administrado por marxistas y keynesianos que lo consideran un mal necesario, cuando debería ser el pilar de un modelo de crecimiento basado en la libertad económica.
El panorama es desolador. Si no fuera por la traición de Lenin Moreno al prófugo sin visa americana, ya estaríamos utilizando una «moneda electrónica» devaluada. Un camino de servidumbre al estilo venezolano. Lamentablemente, parece que el país necesita tocar fondo antes de reaccionar. Quizá, si nos quedamos sin electricidad durante meses, cuando la oscuridad sea total y la economía se detenga por completo, entonces (y solo entonces) los ecuatorianos exigirán un cambio real.
Tal vez, por la fuerza de los hechos, se deroguen las nefastas leyes estatistas que nos han condenado al fracaso.
La solución a mediano y largo plazo es simple. Necesitamos abrir el sector eléctrico a la inversión privada, eliminar las regulaciones que impiden la competencia y permitir que el mercado funcione libremente. Donde hay competencia, hay eficiencia. Donde el Estado monopoliza, hay escasez. Es urgente acabar con este modelo de desarrollo estatista y establecer un sistema basado en la libertad y la protección de los derechos de propiedad. Solo así, Ecuador podrá salir de la oscuridad, literal y figurativamente. Fuente: La República
Noticias Zamora
Zamora: cuando la gestión se convierte en un problema
Noticias Zamora
Día del Maestro Ecuatoriano: Educar es un acto de vida y dignidad
El Día del Maestro Ecuatoriano es una oportunidad para enaltecer la figura insigne de quien, día a día, madruga, se esfuerza, se desgasta y entrega corazón, vida y pasión por ver crecer —intelectual, emocional y espiritualmente— a otro ser humano. Es, quizá, la única profesión donde se da vida a otra vida; un verdadero trasvase de humanidad.
Educar no es un servicio. Nuestros estudiantes no son clientes ni usuarios, como en algún momento pretendieron reducirlos visiones ajenas al sentido profundo de la educación. Educar es un acto profundamente humano: es sembrar, acompañar y construir vida en el otro. Por ello, saludo con respeto y admiración a todas y todos mis compañeros docentes, a las maestras y maestros que trabajan en cada rincón del Ecuador, y de manera especial al magisterio de mi provincia.
Sin embargo, esta fecha también nos convoca a la reflexión y, por qué no decirlo, a una necesaria rebeldía consciente. Hoy, la educación atraviesa uno de los momentos más críticos de su historia. Esta realidad no es reciente: se gestó hace décadas, cuando gobiernos distantes de la esencia del acto educativo redujeron la docencia a un oficio cualquiera, debilitando el mérito profesional, desvalorizando la autoridad pedagógica y relegando el papel fundamental de la familia.
En ese proceso, se impuso una interpretación distorsionada de los derechos humanos, desligada de los deberes, que terminó por desdibujar valores esenciales como la ética, la responsabilidad, el respeto, la disciplina, el autocontrol y la cultura del esfuerzo. Así, el aula dejó de ser, en muchos casos, un espacio de formación integral para convertirse en un escenario de tensiones donde el docente pierde respaldo y la comunidad educativa se fragmenta.
El Ecuador enfrenta hoy un sistema educativo marcado por la improvisación, con modelos que cambian constantemente y que muchas veces no responden a la realidad social del país. Se priorizan decisiones administrativas cuestionables antes que la dignificación del docente; se descuida la inversión en infraestructura, innovación pedagógica y condiciones adecuadas para el aprendizaje. La carrera profesional docente, lejos de fortalecerse, permanece estancada, sin una gestión eficiente del escalafón que garantice justicia, motivación y reconocimiento al mérito.
Frente a este panorama, es urgente levantar la voz. Porque la educación no es un gasto: es la inversión más poderosa para transformar una nación. La inseguridad y la violencia que hoy golpean al país no se resolverán únicamente con medidas de fuerza; su solución profunda está en la educación: en la familia, en el barrio, en la escuela, en el magisterio.
Se requiere una política educativa seria, coherente y sostenida, acompañada de un marco legal que promueva no solo derechos, sino también responsabilidades; que nos permita, como sociedad, reeducarnos, sanar y reconstruir el tejido humano.
Ser docente en el Ecuador hoy es, más que nunca, un acto de valentía. Pero también es un acto de esperanza. Y desde esa esperanza —crítica, consciente y comprometida— nace nuestra rebeldía: la de no renunciar jamás a la misión de educar y transformar vidas.
Con profundo afecto. Claudio Torres.
Noticias Zamora
La independencia judicial en Ecuador
Hoy, en esta columna, quiero hablarte de la independencia judicial, y partir con una pregunta, querido lector: ¿estamos ante un sistema que realmente protege la autonomía de los jueces o frente a uno que, en la práctica, la condiciona?
En Ecuador, la justicia atraviesa un momento crítico. Mientras la Constitución reconoce la independencia judicial como uno de los pilares fundamentales del Estado de derecho, en la realidad comienzan a aparecer señales preocupantes que ponen en duda su vigencia efectiva. Jueces cuestionados por el contenido de sus fallos, procesos disciplinarios que desbordan el ámbito estrictamente jurídico y una presión mediática que transforma los casos en verdaderos juicios paralelos configuran un escenario complejo, tenso y profundamente delicado.
Esta columna no pretende defender decisiones judiciales específicas ni justificar actuaciones concretas. Busca, más bien, poner en evidencia una problemática estructural que, de no ser enfrentada con seriedad, amenaza con debilitar uno de los cimientos esenciales de toda democracia: la existencia de una justicia libre, imparcial y verdaderamente independiente.
En un Estado constitucional de derechos y justicia como el Ecuador, la independencia judicial no es un privilegio de los jueces, sino una garantía esencial para la ciudadanía. Implica que quienes administran justicia puedan resolver los conflictos sometidos a su conocimiento con base exclusiva en la Constitución, la ley y su convicción jurídica, sin presiones externas, interferencias políticas, mediáticas o institucionales. En otras palabras, la independencia judicial asegura que las decisiones no respondan a intereses de poder, sino al derecho.
Sin embargo, esta premisa que debería ser incuestionable hoy enfrenta una crisis evidente. La realidad muestra un escenario donde los jueces, lejos de actuar con plena autonomía, se encuentran constantemente expuestos a mecanismos de presión que condicionan su actuación. Esto no solo debilita la función judicial, sino que erosiona la confianza ciudadana en el sistema de justicia.
Uno de los elementos más preocupantes es la utilización de herramientas institucionales para cuestionar decisiones jurisdiccionales. Cuando un juez resuelve un caso en ejercicio de sus competencias, su decisión puede ser impugnada mediante los recursos previstos en la ley. Ese es el camino legítimo dentro de un Estado de derecho. No obstante, lo que se observa en la práctica es algo distinto; decisiones judiciales que generan reacciones inmediatas no en el plano jurídico, sino en el disciplinario o incluso en el mediático.
Instituciones como el Consejo de la Judicatura, encargadas de la administración y disciplina de la Función Judicial, han sido señaladas en múltiples ocasiones por iniciar procesos administrativos contra jueces a raíz del contenido de sus fallos. Esto plantea una pregunta de fondo: ¿puede un juez ser sancionado por el criterio jurídico que adopta en una resolución? Si la respuesta es afirmativa, entonces la independencia judicial deja de existir y se convierte en una ficción.
El Caso denominado Goleada refleja con claridad esta problemática. Más allá de las particularidades del caso, lo que resulta alarmante es la reacción institucional frente a las decisiones adoptadas por los jueces. La intervención de la Fiscalía General del Estado, promoviendo acciones y cuestionamientos públicos, así como la apertura de procesos en el ámbito disciplinario, evidencia un entorno donde el juez no solo debe aplicar el derecho, sino también anticipar las consecuencias personales y profesionales de su decisión.
A esto se suma un factor igualmente determinante, la presión mediática. En la actualidad, los procesos judiciales de relevancia pública son sometidos a un juicio paralelo, donde la narrativa construida por los medios de comunicación influye de manera directa en la percepción social del caso. Este fenómeno genera un ambiente adverso para la labor judicial, pues cualquier decisión que no coincida con la expectativa mediática puede ser interpretada como irregular o incluso corrupta.
El problema no radica en la crítica que es legítima en una sociedad democrática, sino en la forma en que esta crítica se traduce en consecuencias reales para los jueces. Cuando la opinión pública, alimentada por información parcial o sesgada, se convierte en un factor de presión, la independencia judicial se ve seriamente comprometida.
Ergo, el juez que decide actuar conforme a su criterio jurídico enfrenta un dilema complejo; resolver de acuerdo con el derecho o ceder ante las presiones externas para evitar represalias. Y es aquí donde se pone a prueba la solidez del sistema. Un sistema que castiga la independencia y premia la complacencia no puede considerarse un verdadero Estado de justicia.
No se trata de defender decisiones judiciales específicas ni de afirmar que todos los jueces actúan correctamente. El sistema de justicia, como cualquier otro, no está exento de errores o incluso de actos indebidos. Sin embargo, el control de esas actuaciones debe darse a través de los mecanismos legales establecidos, no mediante presiones que desnaturalizan la función jurisdiccional.
La independencia judicial no puede ser entendida como un concepto abstracto o meramente declarativo. Debe materializarse en garantías reales que protejan a los jueces frente a cualquier tipo de injerencia. Esto implica, entre otras cosas, limitar el uso del régimen disciplinario a conductas verdaderamente reprochables y no a la discrepancia jurídica, así como promover una cultura institucional que respete la autonomía de la función judicial.
En definitiva, lo que está en juego no es la estabilidad de un juez en particular, sino la credibilidad de todo el sistema de justicia. Cuando la ciudadanía percibe que las decisiones judiciales responden a presiones y no al derecho, la confianza se desvanece y el Estado de derecho se debilita.
Ecuador enfrenta hoy un desafío importante, decidir si quiere consolidar un sistema de justicia independiente o continuar en una dinámica donde la presión, el miedo y la exposición mediática condicionan la labor judicial. La respuesta a esta cuestión definirá no solo el presente, sino el futuro de la justicia en el país.
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