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Olguita Paredes: la voz de Guadalupe que floreció con el tiempo

Publicado elamazonico elamazonico 3 min de lectura

Hay voces que nacen con el tiempo. No con la prisa de la juventud ni con el impulso de la fama, sino con la paciencia de la vida misma. La de Olguita Paredes es una de ellas.

En Guadalupe, parroquia de silencios verdes y memorias compartidas, su historia se ha tejido entre dificultades, aprendizajes y canciones. De niña, su voz apenas se insinuaba en actos escolares, cuando interpretaba melodías tradicionales sin imaginar que, décadas después, el canto sería su forma de estar en el mundo.

Fue a los 45 años, cuando muchos creen que los sueños ya están definidos, que Olguita decidió comenzar. No había escenario perfecto ni formación académica; solo había decisión. Y eso bastó. Las primeras presentaciones en eventos sociales fueron moldeando una voz que no buscaba perfección, sino verdad.

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Canta pasillos como quien recuerda, baladas como quien confiesa, y cumbia como quien celebra la vida. En su repertorio conviven “El Aguacate”, “La Guayabita” y ritmos populares que hacen bailar, pero también sentir. La influencia de artistas como Eva Ayllón se percibe en su interpretación: intensa, sentida, profundamente humana.

Pero quizás lo más importante no está en lo que canta, sino en por qué canta.

La música, para Olguita, ha sido refugio. Un espacio donde las experiencias difíciles encuentran voz, donde el dolor se transforma y donde la emoción se convierte en fuerza. Por eso, cuando sube a un escenario, sea una tarima, una iglesia o un patio familiar— no solo interpreta: comparte.

A sus 58 años, su agenda sigue activa. Cumpleaños, matrimonios, bautizos, celebraciones religiosas. Allí está su voz, acompañando la vida de su comunidad. No como espectáculo, sino como presencia.

Su formación ha sido, en gran medida, autodidacta. Sin embargo, su paso por talleres de canto en Guadalupe, guiados por el profesor Jimmy Rodas, le permitió pulir su técnica, aprender a respirar, a proyectar, a sostener la voz. Porque incluso el talento más genuino necesita cuidado. Y sí, este taller fue gracias al presidente de la junta parroquial, Patricio Montero.

Su historia también está marcada por valores. Una infancia con limitaciones económicas le enseñó disciplina, respeto y responsabilidad. Sus padres, recuerda, fueron la base de todo. Y en la memoria colectiva de su comunidad, figuras como el padre Jorge Nigsch dejaron una huella que aún resuena en su forma de entender la vida y la música, el mejor legado que le dejó el padre de ese entonces, fue la puntualidad, la disciplina y el amor a la gente.

Cuando habla de las nuevas generaciones, su voz cambia. Se vuelve firme. Insiste en la necesidad de rescatar la música tradicional ecuatoriana, de no dejar que se pierda entre modas pasajeras. Porque sabe que en cada canción hay historia e identidad.

Espacios como “Voces de nuestra tierra”, impulsados por Alcíbar Lupercio, han permitido que historias como el de la señora Olguita, salgan a la luz. Y es allí donde se comprende que Olguita Paredes no es solo una artista: es un símbolo de lo que ocurre en silencio en muchas comunidades.

Porque en cada comunidad hay una historia que cantar.
Y en Guadalupe, esa historia tiene nombre y voz propia.

Olguita Paredes.

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