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Municipio de Yantzaza alcanza el primer lugar en Hábitat Ecuador 2023

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Yantzaza, Zamora Chinchipe. – El proyecto “Conservación, regeneración urbana y reducción de inundaciones para mitigar los impactos por el cambio climático”, del Gobierno Municipal del Valle de las Luciérnagas, alcanzó el primer lugar en la cita anual: “Hábitat 2022-2023”, organizada por el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda, (Miduvi).

El alcalde de Yantzaza, Martín Jiménez, asistió a la cita de premiación que se efectuó en la ciudad de Quito, el pasado 22 de febrero, en el Teatro Calderón, donde recibió de manos de la cartera de Estado organizadora, el reconocimiento al primer lugar, en la categoría ciudades pequeñas.

Diego Sánchez, director de Planificación de la entidad municipal, dependencia que impulsó la propuesta, manifestó que, “el proyecto tiene tres escalas de intervención: una escala territorial, que se basa en una revisión ecosistémica del territorio, una escala de ciudad para la construcción de infraestructura sostenible, y una última escala para la recuperación del espacio público”.

El funcionario agregó que, en la actualidad, hay ordenanzas que facilitan estas acciones. “Lo que procuramos es recuperar las cuencas de la Quebrada de Yantzaza, regularizar asentamientos urbanos y  reactivar los espacios públicos que tiene la ciudad”, puntualizó.

Cabe informar que, la convocatoria estuvo dirigida a los proyectos urbanos con enfoque en cambio climático. Con esta consecución, Yantzaza pretende ejemplificar un modelo de planificación de desarrollo sostenible para la zona sur del país.

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La huella de un Padre: un Legado que trasciende generaciones

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Introducción

La huella de un padre va mucho más allá de su presencia física o del sustento material que pueda brindar. Se refleja en los valores, principios y enseñanzas que transmite a sus hijos, influyendo en su carácter, decisiones y forma de enfrentar la vida. En una sociedad marcada por constantes cambios, la figura paterna sigue siendo fundamental como guía, ejemplo y apoyo emocional.

El verdadero legado de un padre no se mide por las riquezas que deja, sino por la formación que siembra en el corazón de sus hijos. Su amor, sabiduría y ejemplo trascienden generaciones, dejando una marca perdurable que continúa dando fruto a lo largo del tiempo. Este artículo rinde homenaje a aquellos padres que comprenden que la paternidad es una misión de formación, servicio y amor, cuyo impacto permanece mucho más allá de su propia vida. 

Un homenaje al amor que nunca se rinde

Cada tercer domingo de junio, millones de familias alrededor del mundo se reúnen para celebrar el Día del Padre, una fecha dedicada a honrar a quienes, con amor, sacrificio y responsabilidad, han asumido la noble tarea de guiar y proteger a sus hijos.

El verdadero sentido de esta fecha radica en reconocer la importancia del padre como formador de vidas, constructor de valores y referente de carácter. Su labor cotidiana, muchas veces silenciosa y poco visible, deja huellas profundas en el corazón de sus hijos y contribuye significativamente a su desarrollo emocional, moral y espiritual.

Los padres aman de una manera particular. Su afecto no siempre se expresa con palabras abundantes ni gestos grandilocuentes, sino a través de la presencia constante, el trabajo incansable, la disciplina oportuna y la protección silenciosa. Es un amor firme, sereno y perseverante; un amor que mira hacia el futuro mientras cuida el presente, tan seguro y protector como el león que vela por su manada.

Quienes crecimos bajo la guía de generaciones anteriores recordamos a padres forjados en la cultura del esfuerzo, la responsabilidad y el compromiso. Hombres que muchas veces sacrificaron sueños personales para ofrecer mejores oportunidades a sus hijos, enseñando con el ejemplo que la verdadera grandeza no se encuentra en lo que se posee, sino en lo que se entrega.

La finalidad de esta celebración es precisamente reconocer ese esfuerzo diario, ese amor que se manifiesta en la provisión, la enseñanza y el acompañamiento constante. Es valorar la influencia positiva que los padres ejercen en la formación de sus hijos y destacar su papel fundamental en la construcción de familias sólidas y sociedades más humanas.

Hoy celebramos a esos héroes cotidianos que caminan a nuestro lado en cada etapa de la vida. A aquellos que nos enseñaron a levantarnos después de cada caída, que compartieron nuestras alegrías y enfrentaron con valentía nuestras dificultades. Este homenaje está dedicado a su amor silencioso, a su fortaleza inquebrantable y a la huella imborrable que dejan en cada generación. 

La Huella que define una vida

Uno de los errores más frecuentes de nuestra sociedad es afirmar que los niños son el futuro. En realidad, los niños son el presente. El futuro será simplemente el resultado de la atención, el amor, los valores y las oportunidades que reciban hoy. Por eso, la responsabilidad de los padres no puede postergarse ni delegarse; se construye día a día, en cada conversación, en cada enseñanza y en cada momento compartido.

La Biblia destaca la importancia de esta misión cuando declara en Proverbios 22:6: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” Este pasaje nos recuerda que la formación de los hijos comienza desde temprana edad y que las semillas sembradas en la infancia suelen dar fruto durante toda la vida. De igual manera, Efesios 6:4 exhorta a los padres:

“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” Esta enseñanza bíblica presenta una autoridad basada en el amor, la paciencia y la sabiduría; una autoridad que corrige sin humillar, orienta sin imponer y acompaña sin abandonar.

La paternidad se parece mucho al trabajo de un agricultor. Sembrar una semilla en la tierra no convierte a una persona en un buen cultivador. Para obtener una buena cosecha es necesario preparar el terreno, eliminar la maleza, abonar la tierra y proteger la siembra de todo aquello que pueda dañarla. Del mismo modo, engendrar un hijo no convierte automáticamente a un hombre en padre. La verdadera paternidad exige presencia, dedicación y compromiso constante.

Ser padre significa cuidar, proteger y acompañar a los hijos en cada etapa de su crecimiento. Significa alentarlos a perseguir sus sueños, levantarlos cuando tropiezan y brindarles la seguridad emocional que necesitan para enfrentar la vida. También implica crear un ambiente familiar donde prevalezcan el respeto, la comunicación y la armonía.

Los momentos felices compartidos entre padres e hijos son mucho más que recuerdos agradables. Son experiencias que fortalecen la confianza, afianzan los vínculos afectivos y preparan el corazón para recibir la disciplina y la corrección cuando sean necesarias. El amor y la firmeza no son fuerzas opuestas; cuando se equilibran adecuadamente, se convierten en el fertilizante que permite el crecimiento integral de los hijos.

Por ello, un buen padre no deja cicatrices provocadas por la indiferencia, el abandono o la dureza excesiva. Deja huellas imborrables de amor, ejemplo y dedicación. Huellas que orientan, inspiran y permanecen aun cuando los años pasan. Porque al final, la mejor herencia que un padre puede entregar no se mide en bienes materiales, sino en la calidad humana, moral y espiritual de los hijos que ayudó a formar. 

La disciplina que deja huellas, no heridas 

A lo largo de la historia, educadores, filósofos y padres han coincidido en una verdad fundamental: el carácter no se forma en la ausencia de límites, sino dentro de un ambiente donde el amor y la disciplina caminan de la mano. Los niños necesitan afecto para sentirse valorados, pero también necesitan reglas claras para aprender responsabilidad, respeto y autocontrol.

Una antigua historia cuenta que a un famoso circo llegaron dos leones para ser amaestrados. El primero fue confiado a un entrenador que, desde el inicio, estableció disciplina y reglas justas. Con paciencia, constancia y firmeza, logró ganarse la confianza del animal. Con el tiempo, aquel león aprendió rápidamente, se convirtió en una de las principales atracciones del circo y desarrolló una relación de respeto con su entrenador.

El segundo león fue entregado a un hombre impulsivo e inestable, que actuaba según sus emociones y carecía de criterios consistentes para corregir o enseñar. El resultado fue un animal desconfiado, agresivo e incapaz de controlar sus impulsos. Finalmente, terminó atacando a quienes se acercaban así que tuvo que ser sacrificado.

Más allá de la veracidad de la historia, su enseñanza resulta evidente: cuando no existen límites claros, orientación adecuada ni una autoridad equilibrada, el desarrollo saludable se ve seriamente afectado.

Algo similar ocurre en la crianza de los hijos. Existen padres que, desde los primeros años, establecen una disciplina inteligente basada en normas claras, consecuencias justas y una comunicación respetuosa. En esos hogares, la responsabilidad y el orden no son motivo de discusión permanente, sino valores que se aprenden y se practican. El afecto, el reconocimiento y la motivación impulsan a los hijos a desarrollar sus capacidades, alcanzar sus metas académicas y construir con confianza sus proyectos de vida.

Sin embargo, también existen padres que subestiman el enorme valor de la disciplina y el acompañamiento emocional. En lugar de cultivar un ambiente de respeto y orientación, permiten que el desorden, la indiferencia o el maltrato ocupen su lugar. Cuando esto sucede, muchos niños crecen con inseguridades, frustraciones y dificultades para desarrollar plenamente su potencial.

La verdadera disciplina no consiste en imponer miedo, sino en enseñar autocontrol. No busca quebrantar la voluntad de los hijos, sino fortalecer su carácter. Por ello, los padres sabios comprenden que la formación integral de sus hijos descansa sobre una trilogía indispensable: afecto, disciplina y motivación. Cuando estos tres elementos trabajan juntos, el talento florece, la inteligencia se desarrolla y los sueños encuentran un terreno fértil para crecer.

Pero para que la orientación de los padres produzca frutos, debe existir algo aún más importante: una relación basada en el respeto mutuo. Ningún consejo, por acertado que sea, logra penetrar en un corazón cerrado por el resentimiento. Si los padres no respetan a sus hijos, o si los hijos pierden el respeto hacia sus padres, la comunicación comienza a deteriorarse.

Existe una forma de sordera más perjudicial que la física: la sordera voluntaria, aquella en la que no existe disposición para escuchar. Cuando el vínculo afectivo se debilita, las palabras pierden fuerza y las correcciones dejan de producir cambios. Por el contrario, cuando la relación está fortalecida por el amor, la confianza y el respeto, los consejos encuentran terreno fértil donde echar raíces.

Muchos padres han experimentado la frustración de intentar corregir una conducta y sentirse ignorados por sus hijos. En esos casos, antes de insistir en las normas, conviene revisar la calidad de la relación. A menudo, la restauración del afecto abre caminos que la autoridad por sí sola no puede abrir. Cuando los hijos se sienten amados, escuchados y valorados, suelen mostrarse mucho más receptivos a la orientación de sus padres.

Por ello, quienes desean influir positivamente en la vida de sus hijos deben desterrar para siempre el maltrato, la humillación y las palabras hirientes. La firmeza puede convivir con la ternura, y la corrección puede ejercerse sin perder la dignidad ni el respeto. Al final, los padres que logran dejar una huella profunda no son aquellos que imponen su autoridad por la fuerza, sino aquellos que la ejercen con sabiduría, coherencia y amor. 

Padres: puertos seguros para tiempos de tormenta 

La historia de la crianza familiar refleja, en buena medida, la evolución de la propia sociedad. Durante gran parte del siglo pasado, la autoridad de los padres era prácticamente incuestionable. En hogares marcados por estructuras jerárquicas y valores tradicionales, la obediencia se consideraba una virtud fundamental y la disciplina se imponía con firmeza. Los hijos aprendían desde temprana edad que las normas debían cumplirse y que la palabra de los padres no estaba sujeta a negociación. Quien no obedecía “por las buenas”, terminaba haciéndolo “por las malas”.

Sería injusto idealizar aquel modelo. Muchos padres ejercieron su autoridad con honestidad y sentido del deber, pero también es cierto que en numerosos hogares la comunicación era escasa y la educación descansaba excesivamente en la imposición, el temor y, en ocasiones, el castigo físico. La disciplina garantizaba el orden, pero no siempre favorecía el diálogo ni el desarrollo de vínculos emocionalmente saludables.

Con el paso de las décadas, y como respuesta a esos excesos, surgió una nueva visión de la crianza. Se comenzó a valorar más la escucha, la comprensión emocional y el respeto por la individualidad de los hijos. Sin embargo, en el legítimo intento de corregir los errores del pasado, muchas familias terminaron desplazándose hacia el extremo opuesto. Allí donde antes predominaba el autoritarismo, comenzó a instalarse el permisivismo; donde antes había exceso de control, apareció la ausencia de límites.

Así, paradójicamente, algunas generaciones de padres se convirtieron en las últimas que temieron a sus padres y las primeras que comenzaron a temer a sus hijos. Las últimas que crecieron bajo una autoridad firme y las primeras que, en ocasiones, terminan cediendo ante el chantaje emocional, la manipulación o el temor constante al conflicto. Son también las primeras que, con frecuencia, aceptan formas de irrespeto que generaciones anteriores jamás habrían considerado normales.

La sabiduría popular resume este desafío en una frase sencilla y profundamente vigente: “Ni tanto que queme el santo ni tanto que no lo alumbre”. La crianza saludable exige equilibrio. El autoritarismo aplasta la personalidad y sofoca la confianza; el permisivismo, por el contrario, desorienta, debilita el carácter y priva a los hijos de la seguridad que proporcionan los límites claros. Los niños necesitan amor, pero también dirección; comprensión, pero también corrección; libertad, pero acompañada de responsabilidad.

En una época marcada por la inmediatez, el individualismo y la creciente dificultad para tolerar la frustración, los hijos necesitan con urgencia padres capaces de ejercer una autoridad respetuosa y firme. No se trata de imponer por la fuerza ni de controlar cada aspecto de sus vidas, sino de ofrecer una guía segura que favorezca la convivencia familiar y la formación integral de la persona. Solo así evitaremos que las nuevas generaciones se pierdan en el descontrol, el vacío o la confusión de una sociedad que, con frecuencia, parece navegar sin referentes claros.

Los hijos, como los barcos, están destinados a navegar sus propios mares, enfrentar sus propias tormentas y descubrir sus propios horizontes. Forma parte natural de la vida que busquen su rumbo, que cometan errores, que exploren y aprendan de sus experiencias. Los padres, en cambio, somos como esos puertos seguros que permanecen abiertos aun cuando el viaje los lleve lejos. Somos refugio, orientación y esperanza; un lugar donde siempre encontrarán amor incondicional, escucha sincera y la guía necesaria para volver a empezar. Nuestra misión no es navegar por ellos, sino prepararlos para que puedan hacerlo por sí mismos, con la fortaleza, los valores y la confianza que les permitan construir un futuro mejor desde el presente que hoy estamos llamados a cuidar. 

Conclusión

La verdadera herencia de un padre no se encuentra en los bienes materiales, sino en los valores, principios y enseñanzas que deja en la vida de sus hijos. Su influencia se refleja en el carácter que ayuda a formar, en el amor que transmite y en el ejemplo que ofrece cada día.

Ser padre implica una responsabilidad profunda: guiar, disciplinar, acompañar y amar con sabiduría. Cada palabra y cada acción tienen el poder de impactar no solo a una generación, sino también a las que vendrán después.

En este Día del Padre, reconocemos a esos hombres que, con esfuerzo, dedicación y amor, han dejado una huella imborrable en sus familias. Porque al final, el legado más valioso no es lo que un padre posee, sino las personas que ayuda a formar. Esa huella perdura en el tiempo y se convierte en un legado que trasciende generaciones.

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El Pangui podría tener a su primera alcaldesa: Ximena Portilla asume el desafío de liderar el cantón

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En un momento en que la ciudadanía demanda liderazgo, preparación y nuevas ideas para impulsar el desarrollo del cantón, la Ing. Mg. Ximena Portilla Delgado surge como una figura con la experiencia, capacidad y visión necesarias para asumir este importante desafío.

Nacida en El Pangui, Ximena Portilla ha construido una sólida trayectoria académica y profesional. Es Ingeniera en Turismo por la Universidad de Cuenca, cuenta con una Maestría en Turismo por la Escuela Ostelea de Barcelona y actualmente continúa fortaleciendo su formación profesional en la Universidad Estatal de Milagro.

Su experiencia abarca la docencia universitaria, la gestión empresarial, el desarrollo turístico y el ámbito comercial internacional. Ha trabajado en la Universidad Estatal Amazónica, en el sector de ventas internacionales de Ecuagenera, ha participado como conferencista en ferias internacionales de orquídeas y plantas tropicales, y ha liderado procesos de coordinación turística a nivel nacional e internacional.

Actualmente se desempeña como gerente propietaria de la agencia MundiViajes, desde donde promueve el turismo, el emprendimiento y la generación de oportunidades para la ciudadanía.

Quienes conocen su trayectoria destacan en ella una mujer trabajadora, emprendedora, visionaria y comprometida con el desarrollo de El Pangui. Su historia refleja esfuerzo, preparación y un profundo amor por su tierra, cualidades que hoy la proyectan como una alternativa de liderazgo para conducir los destinos del cantón.

La participación de mujeres preparadas en los espacios de decisión fortalece la democracia y abre nuevas oportunidades para construir un futuro con más inclusión, desarrollo y progreso.

El Pangui vive tiempos de renovación, y Ximena Portilla representa una nueva generación de liderazgo con la capacidad de transformar los desafíos en oportunidades para todos.

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La policía retira más de 1,5 kilos de droga de circulación de Yantzaza

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En un trabajo de la Estrategia Operacional 3D y de las acciones permanentes para combatir el tráfico de sustancias catalogadas sujetas a fiscalización, la Policía Nacional del Ecuador logró retirar de circulación más de 1,5 kilogramos de droga durante un operativo de control ejecutado en el cantón Yantzaza, provincia de Zamora Chinchipe.

Durante el operativo, un ciudadano alertó a los uniformados sobre la presunta comercialización de sustancias sujetas a fiscalización por parte de varios individuos en el sector Primero de Diciembre, al llegar al sitio, los servidores policiales localizaron una funda de color negro abandonada sobre la vereda. Durante la inspección se encontró una sustancia vegetal verdosa y otra sustancia envuelta en fundas plásticas cubiertas con cinta transparente.

Con la presencia de personal especializado de Antinarcóticos se realizaron las pruebas de identificación preliminar homologadas (PIPH), obteniéndose los siguientes resultados:

Marihuana

Peso bruto: 856 gramos.
Peso neto: 825 gramos.

Cocaína

Peso bruto: 778 gramos.
Peso neto: 745 gramos.

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