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Más Allá de las Barreras: Un Llamado a la Dignidad y la Inclusión

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Introducción

Cada 3 de diciembre el mundo conmemora el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, una fecha proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1992 para recordarnos una verdad fundamental: una sociedad solo es justa cuando todas las personas pueden vivir con dignidad, acceder a oportunidades reales y participar plenamente en la vida colectiva.

En Ecuador, esta conmemoración nos invita a mirar más allá de los avances normativos y las políticas públicas, para reflexionar sobre las condiciones reales en las que viven miles de personas con discapacidad. ¿Hemos logrado construir entornos verdaderamente accesibles? ¿Garantizamos una educación inclusiva y de calidad? ¿Reconocemos y valoramos su talento, su voz y sus derechos? ¿O seguimos levantando barreras que limitan su autonomía y su proyecto de vida?

Las personas con discapacidad conforman un grupo diverso, con necesidades, capacidades y experiencias igualmente diversas. Sin embargo, muchas continúan enfrentando prejuicios, exclusión e indiferencia. Esta reflexión nos recuerda que la discapacidad no es un límite, sino una condición humana; y que las barreras más profundas y a menudo invisibles no están en los cuerpos, sino en las estructuras, las políticas y las actitudes sociales que frenan el desarrollo pleno de quienes viven con una discapacidad.

En este contexto, el Día Internacional de las Personas con Discapacidad no es solo una fecha para conmemorar, sino un llamado urgente a la acción, a la empatía y a la corresponsabilidad. Nos enseña que la inclusión no se proclama: se construye. Y que ese compromiso involucra al Estado, a las instituciones, a las familias y a cada uno de nosotros.

Dignidad en Cifras: La Realidad de la Discapacidad en Ecuador 

En el mundo, más de 1.000 millones de personas (una de cada siete) viven alguna forma de discapacidad. En Ecuador, según datos del Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades (CONADIS), se registran aproximadamente 471.205 personas con discapacidad, lo que equivale al 2,67 % de la población nacional. Dentro de este universo el 45,66 % presenta discapacidad física, 23,12 %, discapacidad intelectual, 14,12 %, discapacidad auditiva, 11,54 %, discapacidad visual y 5,55 %, discapacidad psicosocial. Sin embargo, muchas de ellas continúan enfrentando abandono, exclusión y postergación. Esto se debe, en gran parte, a prejuicios y barreras sociales que limitan sus oportunidades. Tal como expresó María del Carmen Azuara de Curi: “No es la discapacidad lo que hace difícil la vida, sino los pensamientos y acciones de los demás.”

Estas cifras revelan una diversidad amplia de realidades y necesidades. Las discapacidades pueden ser físicas, sensoriales, intelectuales o psicosociales, y cada una requiere respuestas diferenciadas por parte del Estado, la sociedad, el sistema educativo y las familias.

Por ello, la lucha por empoderar, visibilizar y garantizar los derechos de las personas con discapacidad nos convoca a todos. Especialmente interpela a quienes tienen responsabilidades en la toma de decisiones y en la formulación de políticas públicas, pues la igualdad de oportunidades solo se materializa cuando la inclusión deja de ser un discurso y se convierte en acción.

Ejemplos inspiradores como Tony Meléndez, Adriana Macías y Nick Vujicic nos recuerdan que, con tenacidad y apoyo social adecuado, las barreras pueden transformarse en plataformas de crecimiento. Sus vidas son testimonio de la resiliencia humana y del enorme potencial que florece cuando se derriban los muros de la discriminación. 

Leyes que Protegen, Acciones que Transforman 

El Ecuador cuenta con un robusto marco constitucional y legal que respalda los derechos de las personas con discapacidad. La Constitución de 2008 las reconoce como grupo de atención prioritaria y garantiza igualdad de oportunidades, acceso a salud, educación, empleo, rehabilitación y la eliminación de todas las barreras que limiten su participación plena.

Sobre esta base, la Ley Orgánica del Servicio Público (LOSEP) dispone que las instituciones públicas con más de 25 servidores deben incorporar al menos un 4 % de personas con discapacidad, asegurando accesibilidad, adaptación laboral y protección contra la discriminación. Asimismo, la Ley Orgánica de Discapacidades establece mecanismos de certificación, registro, rehabilitación integral, inclusión educativa y social, y acceso a ayudas técnicas y ajustes razonables.

El CONADIS coordina políticas públicas y acciones nacionales para garantizar la inclusión, mientras que el Ministerio de Educación impulsa la educación inclusiva en escuelas regulares y unidades especializadas, con apoyos pedagógicos y adaptaciones curriculares.

El Ministerio de Salud Pública cumple un rol determinante: previene y detecta tempranamente condiciones discapacitantes, certifica la discapacidad, ofrece rehabilitación integral, entrega ayudas técnicas, garantiza atención prioritaria, sensibiliza a la población y produce datos epidemiológicos para la toma de decisiones. Su intervención marca el punto de partida para que las personas accedan a los derechos y servicios establecidos en la ley.

En conjunto, estas normas y políticas evidencian el compromiso formal del Estado con la inclusión. Sin embargo, el gran desafío sigue siendo su implementación efectiva: convertir los principios legales en acciones sostenidas que aseguren dignidad, igualdad y justicia social para todas las personas con discapacidad. 

La Inclusión Nos Convoca: Un Compromiso de Todos 

Alcanzar una verdadera inclusión de las personas con discapacidad no es responsabilidad de un solo actor: es un compromiso compartido entre el Estado, la sociedad, el sistema educativo y las familias. Solo cuando cada uno asume su rol con convicción, la inclusión deja de ser un ideal y se convierte en una realidad cotidiana.

El Estado: Garantizar derechos con acciones concretas

Corresponde al Estado asegurar que los derechos de las personas con discapacidad se cumplan plenamente. Esto implica:

  • Destinar recursos suficientes y sostener políticas públicas reales.
  • Implementar de manera efectiva la Ley Orgánica de Discapacidades.
  • Desarrollar programas integrales de salud, rehabilitación, educación, protección social y empleo.
  • Garantizar accesibilidad universal en espacios públicos, servicios, transporte y edificaciones.

Sin presupuesto, seguimiento y voluntad política, los derechos permanecen solo en el papel.

La sociedad: Transformar la mirada para transformar la inclusión

La inclusión comienza en la forma en que vemos y valoramos a quienes son diferentes. La sociedad debe avanzar del asistencialismo hacia el reconocimiento pleno de la dignidad y los derechos. Para ello es necesario:

  • Eliminar barreras físicas, sociales y estructurales.
  • Construir una cultura que celebre la diversidad funcional.
  • Garantizar accesibilidad comunicacional: lengua de señas, materiales adaptados y tecnologías de apoyo.
  • Impulsar empleo inclusivo y participación social efectiva.
  • Promover campañas de sensibilización en comunidades, escuelas y medios de comunicación.

Una sociedad que excluye se limita a sí misma; una que incluye, se fortalece.

El sistema educativo: Un pilar decisivo para el cambio

La educación tiene el poder de abrir puertas o de mantener barreras. Por ello, el sistema educativo debe:

  • Fortalecer la formación docente en educación inclusiva y atención a la diversidad.
  • Garantizar recursos especializados y adaptaciones curriculares.
  • Crear entornos accesibles, seguros e integradores.
  • Involucrar a las familias y redes de apoyo en el proceso educativo.

La escuela no debe reproducir desigualdades: debe ser el espacio donde se derriban.

Las familias: El primer sostén de la inclusión

La familia es el núcleo emocional y afectivo de toda persona con discapacidad. Su rol es fundamental para el desarrollo, la autonomía y la autoestima. Entre sus responsabilidades están:

  • Registrar y certificar la discapacidad para acceder a derechos y beneficios.
  • Buscar terapias, atención médica y rehabilitación temprana cuando sea necesario.
  • Informarse sobre apoyos disponibles y estrategias de acompañamiento.
  • Exigir inclusión educativa y social, participando activamente en escuelas y comunidades.
  • Promover la autonomía, la participación y los proyectos personales.

Una familia que acompaña y cree en las capacidades abre caminos donde otros ven límites.

Un compromiso que nos une

En este Día Internacional de las Personas con Discapacidad, renovemos nuestro compromiso de pensar, decidir y actuar con un enfoque verdaderamente incluyente. La única discapacidad peligrosa es la incapacidad de amar, de sentir y de tener corazón.

La inclusión no es un favor: es justicia. Solo cuando nuestras acciones —y no solo nuestras palabras— transformen la vida de quienes han enfrentado barreras históricas, podremos afirmar que estamos construyendo una sociedad realmente humana.

No es la Discapacidad: Son las Barreras que Construimos 

Las mayores barreras no están en los cuerpos, sino en las sociedades que aún no aprenden a incluir. Cuando el Estado, las instituciones y la comunidad no garantizan una protección real a las personas con discapacidad, las consecuencias son profundas, injustas y dolorosas.

Exclusión social y marginalidad:

Sin accesibilidad, empleo digno, educación inclusiva o apoyos adecuados, miles de personas quedan fuera de la participación social, económica y política. Esta exclusión no solo limita su desarrollo individual; también empobrece a la sociedad al privarla de su talento, creatividad y diversidad.

Pérdida de oportunidades y desarrollo truncado:

La ausencia de inclusión educativa, laboral y comunitaria implica la pérdida de capacidades, proyectos de vida y aspiraciones. Una sociedad que impide el desarrollo pleno de todos sus miembros se limita a sí misma y renuncia a su propio potencial humano.

Mayor vulnerabilidad frente a pobreza, discriminación y violencia:

Cuando las políticas no son efectivas o no se aplican, aumentan los riesgos de abandono, abuso, maltrato y discriminación. La exclusión genera ciclos persistentes de pobreza que afectan no solo a la persona, sino también a su familia y a su entorno más cercano.

Impacto en la salud y el bienestar integral:

Sin acceso a rehabilitación, atención médica o apoyo psicosocial, la calidad de vida se deteriora notablemente. La salud física y emocional se ve afectada por la falta de servicios adecuados, la sobrecarga familiar y el aislamiento social.

Retroceso en derechos humanos y justicia social:

Negar protección y garantías a las personas con discapacidad es vulnerar principios esenciales de igualdad y dignidad. Es incumplir compromisos éticos y legales, debilitando la convivencia democrática. Un país que excluye no avanza: retrocede.

Una reflexión necesaria:

Cuando una sociedad cierra puertas, lo que se limita no es la discapacidad, sino nuestra propia humanidad. La inclusión no es un gesto de buena voluntad; es una obligación ética, legal y profundamente humana. Construir un país más justo empieza por derribar las barreras que nosotros mismos hemos creado.

Más Allá de las Aulas: Un Camino Abierto a la Dignidad y al Futuro 

Durante mi gestión al frente de la Dirección Distrital 19D01 Yacuambi–Zamora Educación (1 de septiembre de 2013 al 6 de marzo de 2019), una de mis prioridades fue fortalecer las oportunidades educativas para las y los estudiantes de la Unidad Educativa Especializada “Andrés Francisco Córdova”, institución dedicada a la formación de personas con discapacidad. Hasta el año 2016, esta unidad únicamente ofertaba la educación básica superior hasta décimo grado. Sin embargo, gracias a un trabajo comprometido y articulado, impulsamos y elaboramos el proyecto para la creación del Bachillerato en Hotelería y Turismo, aprobado en 2017 y que permitió proyectar la primera promoción de bachilleres para el año 2020.

Como parte del fortalecimiento institucional, gestionamos un convenio con CELEC que hizo posible la construcción de tres aulas completamente equipadas, con mobiliario adecuado y accesos inclusivos para garantizar un entorno seguro y pertinente a las necesidades de estudiantes con discapacidad.

En el ámbito académico, realizamos gestiones ante el Gobierno de Japón, a través de la Agencia de Cooperación Internacional JICA–Ecuador, logrando la presencia de docentes especialistas provenientes de este país. En una primera etapa contamos con el valioso acompañamiento pedagógico de Yuki Codera y posteriormente de Yuki Manno, dos destacadas profesionales que apoyaron en la capacitación del personal docente, el trabajo con las familias y la atención directa a los estudiantes de la institución.

Gracias a estos esfuerzos sostenidos, desde 2020 hasta 2025 la Unidad Educativa Especializada “Andrés Francisco Córdova” ha graduado seis promociones de bachilleres con discapacidad. Esto no solo representa un logro educativo, sino también un avance significativo para su inclusión laboral, en cumplimiento del artículo 64 de la LOSEP, que obliga a las instituciones públicas con más de 25 servidores a contratar al menos un 4% de personas con discapacidad.

Es una enorme satisfacción saber que contribuimos a que las personas con discapacidad culminen su bachillerato y cuenten hoy con herramientas que fortalecen su autonomía, dignidad e inclusión plena en la sociedad.

Conclusión 

El Día Internacional de las Personas con Discapacidad no es solo una fecha en el calendario: es un recordatorio de que la dignidad, la igualdad y la inclusión deben ser parte de nuestra vida cotidiana. En Ecuador contamos con un marco legal y normativo que reconoce y protege los derechos de las personas con discapacidad; sin embargo, la distancia entre la ley y la realidad sigue siendo amplia. Persisten barreras físicas, culturales, sociales y estructurales que limitan el acceso pleno a la educación, a la salud, al empleo y a la participación comunitaria.

La inclusión no puede seguir siendo una aspiración abstracta ni un discurso repetido cada 3 de diciembre. Debe convertirse en una práctica concreta, en una decisión ética y en un compromiso sostenido. Implica garantizar condiciones dignas, promover oportunidades reales, eliminar prejuicios y transformar los entornos para que todas las personas puedan desarrollarse plenamente. El desafío es compartido.

El Estado debe asegurar políticas efectivas, financiamiento adecuado y una implementación real de la Ley Orgánica de Discapacidades. La sociedad debe abandonar el asistencialismo y reconocer la dignidad y el valor de la diversidad humana. El sistema educativo tiene que fortalecerse, adaptarse y abrir puertas, no cerrarlas. Y las familias necesitan acompañamiento, información y apoyo para promover la autonomía y los proyectos de vida de sus seres queridos.

Solo cuando cada actor asume su responsabilidad, la inclusión deja de ser un ideal y se convierte en realidad.

Solo cuando nuestras acciones facilitan la vida de quienes históricamente han enfrentado barreras, podemos afirmar que estamos construyendo una sociedad verdaderamente humana.

Porque, al final, una nación que excluye se debilita, pero una que abraza la diversidad se engrandece.

Que este 3 de diciembre sea más que una conmemoración: sea una invitación permanente a mirar sin prejuicios, a actuar con justicia y a construir un Ecuador donde todas las personas, sin excepción, puedan vivir con dignidad, participar plenamente y aportar al progreso colectivo.

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Crónica de dos días de búsqueda, esperanza y dolor en las aguas del río Zamora

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EL RÍO QUE GUARDA EL SILENCIO

Por Diario El Amazónico | Reportaje Especial

Hay tragedias que irrumpen con estruendos capaces de estremecer ciudades enteras. Otras, en cambio, llegan envueltas en un silencio tan profundo que nadie alcanza a comprender que la vida acaba de cambiar para siempre.

La madrugada del sábado fue una de esas.

Mientras el reloj avanzaba sobre las primeras horas del día, la Troncal Amazónica permanecía casi vacía. La neblina descendía lentamente sobre las montañas de Zamora Chinchipe y el viento apenas rozaba la vegetación que bordea la carretera entre los sectores de Namírez y Mejeche. Eran las 00:10 minutos.

O al menos eso parecía.

Una cámara de seguridad de una vivienda registró lo que hoy constituye una pequeña pista del vehículo que se dirigía hacia Zamora.

En la grabación únicamente se observa el destello de sus luces atravesando la oscuridad. El automotor circula aparentemente con normalidad. No existen maniobras bruscas. No se aprecia un exceso de velocidad. Nada hace presagiar una tragedia.

Entonces ocurre algo casi imperceptible.

Un sonido que rompió el silencio.

En el vídeo, se escucha un estruendo fuerte. Es un ruido que advierte una tragedia.

Es ahí, un trabajador sale de la vivienda, se dirige al lugar y evidencia del accidente, el es Manuel Calle, en ese momento se quedó frío sin saber que hacer, justo pasa una persona en moto y pide auxilio, y es él quien avisa sobre el accidente.

Nadie imagina que, en ese preciso instante un vehículo acaba de abandonar la carretera para precipitarse por una pendiente de aproximadamente 150 metros hasta el río Zamora.

Un perro comienza a ladrar con insistencia.

Como si hubiese visto lo que ningún ser humano alcanzó a observar.

«Hay silencios que anuncian tragedias. Hay ladridos que terminan convirtiéndose en el único testimonio de una noche que jamás volverá a repetirse.»

 

La primera evidencia

Con los minutos de desesperación apareció la primera certeza.

En el borde de la vía fue localizada la placa del vehículo.

Aquella pequeña lámina metálica se convirtió en la primera prueba física de que algo grave había ocurrido durante la madrugada.

Desde ese momento comenzó una carrera contra el tiempo.

Bomberos, rescatistas, policías y ciudadanos descendieron hasta las orillas del río Zamora convencidos de que cada minuto podía marcar la diferencia.

Pero la naturaleza tenía otros planes.

El río no solamente es profundo.

Es un río impredecible.

Su corriente golpea con fuerza contra las enormes rocas, forma remolinos y arrastra sedimentos que reducen completamente la visibilidad bajo el agua. En el sitio donde se presumía estaba el vehículo, la profundidad alcanzaba entre siete y nueve metros.

El escenario reunía prácticamente todas las condiciones de una operación de rescate de alta complejidad.

Cada descenso implicaba un riesgo.

Cada decisión debía tomarse con precisión.

Porque en un río como el Zamora, un error puede convertir a un rescatista en otra víctima.

 

La otra batalla

Mientras los equipos de emergencia analizaban estrategias, en la superficie comenzaba otra lucha mucho más silenciosa.

La de dos familias.

Esperar también agota.

No saber consume lentamente la esperanza.

Cada mirada hacia el río parecía una pregunta sin respuesta.

Cada minuto prolongaba la angustia.

Cada llamada telefónica alimentaba la ilusión de recibir finalmente una buena noticia.

«El agua seguía su camino.

Las horas también.

Pero para dos familias el tiempo había dejado de avanzar aquella madrugada.»

Durante toda la jornada del sábado decenas de ciudadanos llegaron hasta el lugar.

Muchos ofrecieron ayuda.

Otros llevaron alimentos y agua para los rescatistas.

Algunos simplemente permanecieron observando el río en silencio, comprendiendo que existen momentos en los que la solidaridad también consiste en acompañar.

 

Cuando un pueblo decide no rendirse

La complejidad del rescate hizo que familiares y amigos solicitaran el apoyo de buzos especializados provenientes de otras provincias.

Las condiciones del río exigían experiencia, equipos adecuados y procedimientos técnicos que minimizaran el riesgo para quienes descendían al agua.

La solidaridad volvió a aparecer.

Marcelo Tapia, representante de la empresa Boga, Marlon Cruz, conocido empresario, pusieron a disposición maquinaria de mayor capacidad para apoyar las labores.

Ese gesto fue recibido con gratitud por ciudadanos y familiares, conscientes de que toda ayuda representaba una nueva posibilidad de encontrar el vehículo.

El domingo amaneció distinto.

El cielo permanecía despejado.

El clima ofrecía una pequeña tregua.

Era una oportunidad que no podía desperdiciarse.

 

La tarde que parecía terminar sin respuestas

Con el paso de las horas la desesperación comenzó nuevamente a ganar terreno.

El domingo avanzaba y el río continuaba guardando su secreto.

La incertidumbre volvía a instalarse entre quienes permanecían observando desde la orilla.

Fue entonces cuando una familiar se acercó a uno de los responsables del operativo y preguntó si las labores concluirían por ese día.

La respuesta fue inmediata.

—No. Vamos a seguir trabajando. Tenemos que darle hasta las últimas horas de la tarde.

Aquellas palabras devolvieron la esperanza.

Poco después, una intensa lluvia volvió a caer sobre el lugar.

Pero nadie abandonó el operativo.

Mientras el agua descendía desde las montañas, los equipos continuaban realizando barridos sobre el río utilizando embarcaciones y un ancla especialmente adaptada para intentar localizar el vehículo.

Intento tras intento.

Una y otra vez.

Por momentos parecía que el ancla encontraba algún obstáculo.

Luego volvía a soltarse.

La expectativa crecía.

La incertidumbre regresaba.

Hasta que finalmente ocurrió.

El ancla quedó firmemente enganchada.

Nadie quiso celebrar demasiado pronto.

Era necesario confirmar que realmente se trataba del vehículo.

Entonces uno de los buzos, asegurado mediante técnicas de rescate y sujeto a una línea de seguridad, descendió lentamente siguiendo la cuerda.

El río intentó arrastrarlo.

La corriente golpeaba con fuerza.

La visibilidad era prácticamente nula.

Pero, después de algunos minutos bajo el agua, llegó la confirmación.

Era el vehículo.

El buzo aseguró una segunda cuerda para reforzar el amarre y permitir la extracción sin que el cable cediera por el peso o la fuerza de la corriente.

A las 18:45, aproximadamente, comenzó una de las maniobras más delicadas de todo el operativo.

Dos máquinas trabajaron de manera sincronizada.

Rescatistas coordinaban cada movimiento.

Cada metro que ascendía el vehículo parecía detener el tiempo.

Hasta que finalmente emergió del río.

El silencio volvió a imponerse.

Junto al automotor fue recuperado el cuerpo de una de las víctimas.

Se trataba de Jhon Collaguazo.

Durante algunos instantes muchos pensaron que las dos personas serían encontradas en el interior.

Pero la esperanza volvió a transformarse en incertidumbre.

Solo estaba uno.

La otra persona sigue desaparecida.

Los abrazos dieron paso nuevamente al llanto.

Las lágrimas regresaron a las familias.

Los amigos guardaron silencio.

Nadie encontraba palabras suficientes para aliviar un dolor que aún permanecía incompleto.

 

La búsqueda continúa

La noche cayó sobre el río Zamora.

El operativo fue suspendido únicamente por razones de seguridad.

La decisión fue clara.

Al amanecer, la búsqueda continuará.

Horas más tarde, la esposa de la persona que aún permanece desaparecida utilizó sus redes sociales para hacer un llamado desesperado.

Pidió a la ciudadanía colaborar observando las orillas del río.

Solicitó ayuda.

Agradeció cada gesto de solidaridad recibido durante esos dos días.

Su mensaje resumía el sentimiento de toda una familia que aún espera volver a encontrar a uno de los suyos.

 

Una lección para las instituciones

Más allá del dolor, esta tragedia deja una reflexión que trasciende el hecho noticioso.

Los rescates en ríos  requieren equipamiento especializado, tecnología, embarcaciones adecuadas, sistemas de anclaje, dispositivos de localización subacuática y capacitación permanente.

La valentía de los bomberos y rescatistas quedó demostrada una vez más.

Sin embargo, el compromiso humano no puede seguir reemplazando a la inversión institucional.

Garantizar mejores herramientas no solo incrementa las posibilidades de salvar vidas, sino que también protege a quienes diariamente enfrentan escenarios donde cada decisión puede significar la diferencia entre regresar a casa o convertirse en otra víctima.

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Dos personas permanecen desaparecidas tras accidente de tránsito en Cumbaratza

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La madrugada de este sábado 1 de agosto, aproximadamente a las 00:10, se ha registrado un aparatoso accidente de tránsito en el sector Mejeche, perteneciente a la parroquia Cumbaratza, en la Troncal Amazónica.

De acuerdo con la información preliminar, el vehículo se habría precipitado aproximadamente 120 metros por una pendiente hasta caer en las aguas del río Zamora. En el lugar únicamente se han encontrado restos del automotor, lo que evidencia la magnitud del siniestro.

Hasta el momento, dos personas permanecen desaparecidas. Equipos del Cuerpo de Bomberos de Zamora y Yantzaza mantienen intensas labores de búsqueda y rescate en la zona con la esperanza de localizar a los ocupantes.

Se espera que en las próximas horas se emita información oficial sobre el avance de las operaciones de búsqueda.

Diario El Amazónico continuará informando conforme se conozcan nuevos detalles de este lamentable hecho.

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El chantaje y la proscripción: el libreto para ahogar la democracia

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Por: Alonzo Cueva Rojas

Las declaraciones del ministro del Interior son una alerta grave. Exigir que alcaldes y prefectos se alineen con el pensamiento oficial es una postura antidemocrática y una muestra de totalitarismo. Una responsabilidad elemental es coordinar acciones por el progreso del país, pero otra actitud muy distinta es intentar anular la diversidad de opinión y la libertad política.

El gobierno central y las autoridades locales (GAD) tienen la obligación de unirse para dar respuestas reales a la población. Esta cooperación técnica e institucional debe enfocarse en áreas urgentes, sin importar banderas partidistas, como: Coordinar planes firmes para devolver la tranquilidad a los territorios, garantizar escuelas dignas, atención médica y medicinas, proteger a los sectores vulnerables y erradicar la pobreza, entre otros.

Ecuador es un país diverso, intercultural y plurinacional, marcado por diferencias geográficas, culturales y generacionales. Cualquier gobernante debe estar listo para ejercer su función dentro de esa diversidad. Querer imponer un pensamiento único es una aberración política que jamás dará resultados positivos. La alienación no es la solución; el camino seguirá siendo el ejercicio democrático del poder.

Detrás del discurso de la alineación opera un crudo condicionamiento. Es un secreto a voces que a los alcaldes y prefectos con altas opciones de reelección se les presiona con una consigna clara: o se postulan con el partido de gobierno, o les congelan los fondos y les arman problemas legales usando de forma selectiva a la justicia.

A esto se suma la proscripción de líderes sociales y la eliminación de organizaciones políticas de oposición. Al dejar a los líderes legítimos sin casillero electoral, el régimen les cierra el camino. Ante este atropello, muchas autoridades terminan claudicando, disimulando su sumisión por temor a perder su libertad o poner en riesgo a sus familias.

Gobernar mediante el miedo y anular a los rivales destruye la libertad de todo el pueblo ecuatoriano.

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