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Opinión

La Corte Constitucional: guardiana de sus derechos, de los míos y de los de todos

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Raphael Abalco Vizcaino.
Abogado en libre ejercicio profesional.
0959559772
oabalco@gmail.com

En las últimas semanas, en ese laboratorio permanente de tensiones constitucionales en el que parece vivir el Ecuador, fuimos testigos de un intento por convertir a los jueces de la Corte Constitucional en “enemigos del pueblo”. Unos aplaudieron; otros, con razón, alzaron la voz.

¿De dónde viene esta confrontación? Voy a lo esencial, y lo digo desde ya: esto no va contra el Gobierno de turno; va a favor de la Constitución, de la institucionalidad y de sus derechos, los de su familia y los míos.

El país atraviesa una crisis marcada por la delincuencia organizada y la violencia. Ante ese escenario, desde el poder se ofrecieron respuestas rápidas: leyes que, en no pocos casos, se alejaban del marco constitucional. En democracia, sin embargo, nada está por encima de la Carta Magna. Por eso existe el control constitucional: el freno de emergencia de la democracia que impide que la urgencia —o la popularidad— atropellen derechos.

Ese control lo ejerce la Corte: revisa si una ley respeta o vulnera derechos y, cuando corresponde, la detiene cautelarmente. No es un tecnicismo: es la garantía de que ninguna autoridad, por muy poderosa o bien intencionada que sea, puede ponerse por encima de las reglas comunes.

Alguien podría creer que aquí se “defiende a los jueces”. No. Aquí se defiende al Derecho, a la institucionalidad y, en consecuencia, a las personas. ¿Por qué importa proteger a la Corte? Porque mañana, si cualquiera de nosotros enfrenta una decisión arbitraria —un impuesto sin sustento legal, una expropiación injustificada, una restricción de libertades en nombre de una emergencia—, la Corte es la que nos pone en igualdad de condiciones frente al poder. Es el lugar donde un ciudadano común puede exigir, con razones y con reglas, que se le respete la dignidad.

Hace pocos días, la Corte suspendió cautelarmente artículos de varias normas: la Ley de Integridad Pública, la Ley de Solidaridad, la Ley de Inteligencia y disposiciones de su Reglamento, al advertir que, prima facie —es decir, en un análisis preliminar—, no se ajustaban a la Constitución. Conviene ser precisos: no “eliminó” leyes; suspendió artículos para evitar daños mientras decide de fondo.

La respuesta fue una campaña de desprestigio contra los nueve jueces. Llegó a verse, incluso, gigantografías con sus rostros y el eslogan: “estos son los jueces que nos están robando la paz”. Nada más lejano a la realidad. Se trata de magistrados con trayectorias sólidas que cumplieron su deber: impedir que el poder rebase los límites constitucionales.

Preocupó, además, que desde el Ejecutivo —aparentemente mal asesorado— se alentaran mensajes que abonaron a ese clima, incluso con convocatorias públicas. Insisto: la defensa de la Corte no es oposición política. Hoy gobierna una persona; mañana, otra. Lo que debe permanecer son las instituciones que frenan los caprichos del poder. Sin instituciones fuertes no hay democracia: hay arbitrariedad.

Como recordó el exjuez constitucional Agustín Grijalva, al Ecuador le tomó décadas construir una Corte independiente de partidos y gobiernos. Esa independencia, precisamente, es lo que incomoda: significa que la Corte no responde a cálculos de coyuntura sino a la Constitución, que es —o debería ser— el pacto supremo que nos une.

Nuestro deber ciudadano es claro: defender a la Corte es defendernos a nosotros mismos. No se trata de banderas partidistas, sino de exigir razones, pedir explicaciones, cuidar las reglas. Si debilitamos a la Corte, mañana no habrá quién nos ampare cuando el abuso toque a nuestra puerta.

Las democracias no se pierden de golpe: se pierden cuando dejamos de cuidar sus instituciones. Por eso, frente a los ataques a la Corte Constitucional, la pregunta no es “¿qué han hecho los jueces?”, sino “¿qué seríamos sin ellos?”. La respuesta es simple y contundente: sin Corte estaríamos desprotegidos. Con ella, tenemos una guardiana firme de nuestros derechos. Y defenderla hoy no es estar en contra del Gobierno: es estar a favor de la institucionalidad, la independencia de funciones y el respeto de todos nuestros derechos.

Noticias Zamora

¿Qué es realmente la soberanía de un país?

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La soberanía de un país, no es más que una palabra, es un principio vivo, tampoco es una consigna política ni un concepto vacío que se repite en discursos. Es, en esencia, el fundamento mismo del Estado y la expresión más clara de su independencia, dignidad y autodeterminación frente al mundo.

Desde una perspectiva jurídica, la soberanía implica la capacidad suprema del Estado para decidir sobre sus asuntos internos y externos sin subordinación a otro poder. Es el derecho de un pueblo a darse sus propias normas, elegir a sus autoridades y definir su modelo político, económico y social. En otras palabras, la soberanía es la manifestación del poder que emana del pueblo y se ejerce a través del Estado.

Sin embargo, en la actual, la soberanía enfrenta desafíos complejos. La globalización, los organismos internacionales, los tratados multilaterales y las presiones económicas externas han redefinido su ejercicio. Hoy, ser soberano no significa aislarse del mundo, sino participar en la comunidad internacional sin renunciar a la capacidad de decisión propia. La soberanía moderna no es absoluta, pero tampoco puede ser inexistente.

Un Estado pierde soberanía cuando sus instituciones se debilitan, cuando la corrupción sustituye al interés público o cuando las decisiones fundamentales se toman de espaldas a la ciudadanía. No hay verdadera soberanía sin Estado de Derecho, sin separación de poderes ni sin respeto a los derechos humanos. Defender la soberanía, entonces, no es solo una cuestión de política exterior, sino un compromiso interno con la democracia y la institucionalidad.

En América Latina, la soberanía ha sido históricamente vulnerada, ya sea por intervenciones extranjeras, dependencia económica o crisis institucionales prolongadas. Por ello, hablar de soberanía exige un análisis serio, lejos del populismo y de las narrativas simplistas que la reducen a un lema ideológico.

La soberanía no pertenece a los gobiernos de turno; pertenece al pueblo. Y se fortalece cuando la ciudadanía exige transparencia, legalidad y responsabilidad en el ejercicio del poder. Un país soberano no es aquel que grita su independencia, sino aquel que la ejerce con instituciones fuertes, leyes justas y una sociedad consciente de sus derechos y deberes.

En definitiva, la soberanía es un principio vivo; se construye, se defiende y, si se descuida, se pierde. Y su mayor garantía no está en el discurso, sino en la vigencia real del Estado constitucional y democrático de derecho.

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Un nuevo año: donde la esperanza vuelve a respirar

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Por Mario Paz

Introducción 

Hay fechas que pasan… y hay fechas que nos transforman. El Año Nuevo pertenece a estas últimas. No llega solo para cambiar un número en el calendario, sino para tocar el corazón humano con una promesa silenciosa: volver a empezar siempre es posible.

Cada 1 de enero, la humanidad se detiene (aunque sea por un instante) para mirar atrás con gratitud y mirar adelante con ilusión. En todos los rincones del mundo, sin importar culturas, edades o creencias, las personas se abrazan, hacen promesas, elevan deseos y dejan que la esperanza vuelva a respirar en su interior.

Pero detrás de los fuegos artificiales, los brindis y las celebraciones, el Año Nuevo guarda un significado mucho más profundo. Es un umbral espiritual, un punto de renovación del alma, un llamado invisible que nos invita a soltar lo que pesa, sanar lo que duele y creer nuevamente en lo que parecía perdido.

Este no es solo un cambio de fecha. Es una ceremonia silenciosa de renacer. Y en este renacer, cada corazón recibe la misma invitación: escribir una nueva historia con más conciencia, más fe y más amor.

2025: El año que nos formó para renacer 

El 2025 no fue un año cualquiera. Fue un maestro exigente, un espejo sincero y un taller silencioso donde se forjó una versión más fuerte de nosotros.

Hoy elevamos un gracias que nace desde el alma. Gracias a Dios por sostenernos cuando flaqueamos, por guiarnos cuando dudamos y por bendecirnos incluso cuando no supimos reconocerlo.

Gracias a la familia y a los amigos que fueron refugio, motor y abrigo en los días claros y en las noches oscuras. Gracias también a quienes nos criticaron, porque sin saberlo nos obligaron a crecer, a corregir y a creer más en nosotros.

Cada acierto nos enseñó confianza. Cada error nos regaló conciencia. Cada alegría nos dio esperanza. Cada tristeza nos dejó profundidad. Nada fue en vano. Todo se transformó en aprendizaje que llevaremos como brújula hacia el 2026.

El parabrisas es más grande que el retrovisor porque la vida nos invita a mirar adelante. Por eso hoy soltamos: rencores, miedos, culpas, frustraciones, hábitos que nos frenan y relaciones que nos apagaron. No los negamos… los sanamos. Porque lo que se sana, libera y lo que libera, fortalece.

Cerramos este año con el corazón liviano y la conciencia despierta. Sabemos que los triunfos pasados no garantizan los triunfos futuros, pero nos demuestran que sí podemos. Sabemos que los fracasos no nos definen, pero nos preparan.

Entramos al 2026 con un equipaje nuevo: fe, disciplina, gratitud, valentía, humildad y una actitud que no se rinde.

No todos los días serán fáciles… pero daremos lo mejor. No todo amor será correspondido… pero seguiremos amando. No todos dirán la verdad… pero nosotros sí. No todos querrán vernos triunfar… pero decidimos triunfar. Hoy no solo cambiamos de año…Hoy renovamos nuestra manera de vivir.

Que el 2026 nos encuentre con el alma en paz, la mente clara y el corazón decidido a construir la vida que merecemos.

Lo mejor aún no llega… lo mejor nos está esperando.

El primer latido del tiempo: donde nació el Año Nuevo

Mucho antes de que existieran relojes, calendarios impresos o fuegos artificiales, la humanidad ya sentía la necesidad profunda de marcar el renacer del tiempo. Celebrar el Año Nuevo no nació como una simple fecha, sino como un acto sagrado, una manera de reconciliarse con la vida, el cielo y el destino.

Los primeros registros de esta celebración se remontan a más de 4,000 años atrás, en la antigua Mesopotamia. Allí, los babilonios celebraban una festividad llamada Akitu, un ritual que duraba once días y que coincidía con la primera luna nueva después del equinoccio de primavera. No era solo el inicio de un calendario: era el renacer del mundo.

Akitu simbolizaba el momento en que la naturaleza despertaba, los ríos crecían, los campos volvían a ser fértiles y el ser humano se preparaba para sembrar. Pero su significado iba mucho más allá de la agricultura. Durante esos días se realizaban ceremonias de purificación, se renovaban juramentos, se coronaban reyes y se pedía a los dioses que restablecieran el orden cósmico. El tiempo no solo avanzaba: se limpiaba, se sanaba y volvía a empezar.

Siglos después, el Imperio Romano heredó y transformó este impulso ancestral. En el año 46 a. C., Julio César reformó el calendario e instituyó oficialmente el 1 de enero como el inicio del año, dedicando ese día al dios Jano, la deidad de los comienzos, las puertas y los cambios. Jano era representado con dos rostros: uno que miraba al pasado y otro al futuro, recordándole al ser humano que todo inicio requiere memoria y esperanza al mismo tiempo.

Así, el Año Nuevo se convirtió en un ritual de transición, un puente entre lo que fue y lo que puede ser. Se ofrecían sacrificios, se intercambiaban regalos, se hacían promesas y se buscaba comenzar con el alma en orden.

Desde entonces, a través de culturas, religiones y continentes, el Año Nuevo ha conservado su esencia más profunda:

cerrar ciclos, agradecer, soltar cargas y abrir el corazón a una nueva oportunidad de vivir.

Cada celebración actual (las campanadas, los abrazos, los deseos) es, en realidad, un eco moderno de aquel primer latido del tiempo que la humanidad escuchó cuando decidió que siempre es posible volver a empezar.

Donde el tiempo nos concede un nuevo comienzo 

Un nuevo año no es únicamente el paso de una página en el calendario; es un acto simbólico profundo, un renacer silencioso que ocurre tanto en el tiempo como en el espíritu. Es el instante en que la vida parece detenerse un segundo para ofrecernos la posibilidad de volver a empezar.

En su llegada se nos concede un espacio sagrado: un umbral invisible donde dejamos atrás los errores que pesaron, los dolores que nos marcaron, los fracasos que nos enseñaron y los miedos que nos limitaron. No los negamos, pero los transformamos en aprendizaje, y con ello aligeramos el alma para caminar más libres.

El nuevo año es la promesa de que aún hay caminos por recorrer, sueños por retomar y palabras pendientes por decir. Nos recuerda que siempre es posible reinventarnos, cambiar la dirección, volver a creer, y elegirnos otra vez. Nos invita a fortalecer nuestros vínculos, a perdonar con mayor suavidad y a agradecer con mayor conciencia.

Más que un cambio de fecha, es un susurro del tiempo que nos dice que no estamos terminados, que la historia aún se escribe, y que cada amanecer guarda la semilla de una versión más plena de nosotros mismos.

Un nuevo año, es, en esencia, el momento en que la esperanza vuelve a respirar.

El inventario sagrado del alma: cinco llaves del renacer interior 

Al cruzar el umbral de un nuevo año, no basta con enumerar propósitos o trazar metas. Hay una tarea más profunda y necesaria: detenernos a mirarnos por dentro. El tiempo nuevo nos invita a realizar un inventario silencioso del alma, una revisión íntima de aquello que somos, sentimos y arrastramos.

La gratitud es el primer gesto de este ritual interior. Agradecer no solo lo que nos hizo felices, sino también lo que dolió, porque cada herida escondió una lección y cada caída nos devolvió una versión más consciente de nosotros mismos.

El perdón es el acto de liberación. Perdonar a otros, pedir perdón y, sobre todo, perdonarnos a nosotros mismos. Soltar rencores es permitir que el corazón vuelva a respirar sin cargas invisibles.

El propósito nos confronta con una pregunta esencial: ¿estamos viviendo de acuerdo con lo que creemos, soñamos y deseamos profundamente? El nuevo año nos ofrece la oportunidad de realinear nuestra vida con nuestros valores, de elegir caminos más honestos con nuestra esencia.

El autocuidado es una forma de respeto hacia la vida que habita en nosotros. Cuidar el cuerpo, la mente y el espíritu no es un lujo, sino un compromiso con nuestra propia dignidad.

Y la empatía nos recuerda que no caminamos solos. Ser más humanos, más solidarios y más comprensivos es también una manera de sanar el mundo, empezando por nuestro pequeño entorno.

Estas reflexiones no solo preparan el inicio de un nuevo año: preparan el nacimiento de una versión más consciente, más compasiva y más verdadera de nosotros mismos.

Mensaje emotivo de Año Nuevo 

En este 2026, recordemos una verdad que no podemos seguir ignorando: si nuestros hábitos no cambian, no tendremos un Año Nuevo… solo tendremos otro año más. Porque los calendarios cambian solos, pero las personas solo cambian cuando deciden hacerlo.

Cada inicio de año nos deseamos bendiciones, salud, prosperidad y alegría. Pero esas palabras se vuelven realidad cuando las respaldamos con acciones conscientes y actitud positiva: cuando decidimos luchar por nuestros sueños, mover el cuerpo, cuidar lo que comemos, abandonar lo que nos intoxica el cuerpo y el alma, y empezar a elegir lo que nos da vida en lugar de lo que nos la quita.

Hoy estamos llamados a abrazar la esperanza: esa virtud poderosa de los corazones que no se quedan atrapados en la oscuridad del pasado, sino que se atreven a mirar el futuro con certeza, con ilusión y con valentía. Comencemos esta nueva vuelta al sol con la disposición real de cambiar, con el compromiso de vivir mejor y con la decisión de ser más empáticos y más presentes con quienes amamos.

Que este 2026 no solo nos vea cumplir metas, sino también sanar relaciones, fortalecer familias, cuidar amistades y construir una convivencia más amorosa y respetuosa. Todo lo que nos propongamos será posible si tenemos el coraje de actuar, la inteligencia de perseverar y la humildad de confiar nuestra vida en las manos de Dios. Porque cuando caminamos con fe, Él hace brillar nuestra vida como el sol del mediodía.

Que este nuevo año no solo te regale días, sino razones. Razones para sonreír, para creer, para volver a empezar. Que sane lo que dolió, que florezca lo que sembraste y que llegue aquello que mereces. Que cada amanecer te recuerde que sigues aquí, que sigues luchando y que tu historia aún tiene muchas páginas hermosas por escribir. No camines con miedo, camina con fe: el futuro te está esperando con los brazos abiertos.

Que este 2026 no solo pase por nosotros… que nos transforme, que nos sane y entonces, la dicha y la prosperidad saldrán a nuestro encuentro.

Conclusión

El Año Nuevo no es solo una fecha que se marca en el calendario: es una invitación sagrada a renacer. Es el instante en que el tiempo nos concede una pausa para mirar quiénes somos, soltar lo que pesa y elegir, con mayor conciencia, la vida que deseamos construir.

Cada amanecer es una oportunidad para sanar, crecer, perdonar y amar mejor. Cada día es una página en blanco que nos recuerda que nuestra historia no ha terminado, que aún podemos corregir el rumbo, retomar sueños olvidados y volver a creer en nosotros mismos.

Celebrar el Año Nuevo es celebrar la vida. Es honrar el camino recorrido, agradecer lo aprendido y atrevernos a escribir un nuevo capítulo con más fe, más humildad y más valentía.

Que este tiempo nuevo no pase por nosotros sin dejarnos huella. Que nos transforme, nos sane y nos despierte. Que nos encuentre más conscientes, más humanos y más agradecidos.

Porque mientras el corazón siga latiendo, la esperanza seguirá respirando… y siempre, siempre, será posible comenzar de nuevo.

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Noticias Zamora

Más allá de las luces: la navidad como encuentro, fe y esperanza

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Introducción

La Navidad es una de las celebraciones más extendidas y esperadas en el mundo. Cada año, millones de personas se preparan para vivirla entre luces, encuentros familiares y tradiciones que despiertan alegría y nostalgia. Para algunos, es un tiempo de descanso, regalos y celebración; para otros, una oportunidad de reflexión espiritual, reconciliación y esperanza renovada.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el significado original de la Navidad ha ido diluyéndose, dando lugar a una celebración donde lo comercial suele ocupar un lugar central, relegando a un segundo plano su esencia más profunda. En medio del ruido, las prisas y el consumo, corremos el riesgo de olvidar el verdadero acontecimiento que da sentido a esta fiesta: el nacimiento de Jesucristo, expresión máxima del amor de Dios por la humanidad.

Volver al origen de la Navidad no significa rechazar sus tradiciones, sino redescubrir su propósito más auténtico. Comprender su historia, su significado espiritual y su vigencia en el mundo actual nos permite rescatar una celebración que invita al encuentro, fortalece la fe y renueva la esperanza. Más allá de las luces y los adornos, la Navidad nos llama a detenernos, a mirar al otro con amor y a permitir que Dios vuelva a nacer en el corazón humano. 

Nochebuena: la espera que transforma el corazón

Los días previos a los acontecimientos importantes suelen estar cargados de una profunda trascendencia emocional. Son momentos de expectativa, reflexión y preparación interior. Basta con recordar la víspera de una boda, de un cumpleaños significativo, de una graduación, del inicio de una etapa laboral estable o del nacimiento de un hijo o un nieto. En esos instantes, el corazón se llena de esperanza, ilusión y compromiso, porque sabemos que algo trascendente está a punto de ocurrir.

De la misma manera, la Nochebuena, celebrada cada 24 de diciembre, representa la antesala de uno de los acontecimientos más significativos para la humanidad: el nacimiento de Jesucristo. Esta noche simboliza la espera consciente y amorosa del Mesías, quien vino al mundo hace más de dos mil años para traer un mensaje de esperanza, salvación, reconciliación y amor incondicional.

Más allá de luces, regalos y celebraciones externas, la Nochebuena nos invita a hacer una pausa, a silenciar el ruido cotidiano y a mirar hacia nuestro interior. Es una oportunidad para renovar, con profunda humildad, la decisión de “nacer de nuevo”, abriendo nuestro corazón a Jesús y permitiendo que su mensaje transforme nuestras actitudes, pensamientos y acciones.

En este espíritu de recogimiento, la Nochebuena también nos llama a reafirmar el compromiso de cuidarnos mutuamente, de permanecer unidos como familia y comunidad, tanto en los momentos de alegría como en las dificultades y las pruebas más duras. Nos recuerda que el verdadero sentido de la Navidad se vive en el amor compartido, en el perdón sincero, en la solidaridad, en la empatía y en la paz que se construye día a día.

Que esta noche sagrada sea un tiempo para fortalecer los lazos familiares, sanar heridas, renovar la fe y permitir que nuestras acciones reflejen el mensaje generoso de Jesucristo: amor, paz, esperanza y unidad, valores que siguen siendo esenciales en el mundo actual.

Navidad sin Cristo: una celebración vacía de sentido 

La Navidad conmemora el nacimiento de Jesucristo en Belén, un acontecimiento que marcó un antes y un después en la historia de la humanidad (antes de Cristo y después de Cristo). Este hecho simboliza la llegada de la luz, el amor y la salvación al mundo, en medio de una realidad marcada por la oscuridad, el sufrimiento y la esperanza de redención.

Aunque la Biblia no establece una fecha exacta para el nacimiento de Jesús, la Iglesia fijó el 25 de diciembre a partir del siglo IV, otorgándoles un profundo sentido espiritual centrado en Cristo, la verdadera Luz que vence toda oscuridad.

La Navidad es, sin duda, el acontecimiento más resplandeciente para el pueblo cristiano, porque celebra el nacimiento de Jesucristo hace más de dos mil años, quien vino al mundo para tender un puente entre Dios y la humanidad. Su llegada representa una salvación infinitamente valiosa y costosa en amor, pero absolutamente gratuita para todo aquel que decide acogerla con fe y humildad.

Celebrar la Navidad sin Cristo es como festejar un cumpleaños sin el cumpleañero, una boda sin los novios o una gala de premiación sin los triunfadores. Es una celebración vacía, desprovista de su esencia. La Navidad no se reduce a adornos, regalos o grandes banquetes; su verdadero significado se encuentra en el corazón transformado.

La Navidad eres tú cuando, con sencillez y humildad, decides nacer de nuevo, aceptar a Jesús en tu corazón y vivir su mensaje sin vanidades ni ostentaciones. La Navidad eres tú cuando resistes con fortaleza los vientos adversos y las dificultades de la vida, y cuando anuncias el mensaje de paz, justicia y amor a la humanidad no solo con palabras, sino con acciones concretas.

Una Navidad sin Cristo es como un billete falso: puede parecer auténtica a simple vista, pero carece de valor real. Solo cuando Cristo ocupa el centro de la celebración, la Navidad recupera su sentido pleno y se convierte en una experiencia viva de fe, esperanza y amor compartido.

Navidad: cuando el amor vence al egoísmo 

La Navidad nos invita a revisar nuestras actitudes y a desterrar el egoísmo que muchas veces se instala silenciosamente en el corazón humano. Para comprender mejor esta verdad, existe una antigua y significativa parábola conocida como “el país de las cucharas largas”.

Cuenta la historia que un viajero, en su recorrido por el mundo, descubrió por casualidad un país extraño. Al llegar al final del camino, encontró una enorme casa dividida en dos habitaciones: a la derecha, la habitación negra, y a la izquierda, la habitación blanca.

Movido por la curiosidad, el viajero ingresó primero a la habitación negra. Desde la puerta escuchó gritos lastimeros y lamentos de dolor. Al entrar, observó una mesa larguísima rodeada por cientos de personas. En el centro se encontraban los manjares más suculentos y apetecibles. Cada persona tenía una cuchara atada a la mano, pero el mango era el doble de largo de su brazo. Todos alcanzaban la comida, pero ninguno podía llevarla a su propia boca. Aunque la abundancia estaba frente a ellos, morían de hambre. La escena era desesperante, y los gritos de angustia lo obligaron a salir de allí con pasos apresurados.

Luego decidió visitar la habitación blanca. Lo primero que le llamó la atención fue el silencio y la serenidad del lugar. En el centro también había una mesa enorme, aún más abundante en manjares. Las personas tenían exactamente las mismas cucharas largas atadas a sus manos. Sin embargo, nadie pasaba hambre. Cada uno tomaba el alimento y lo ofrecía a la persona que tenía enfrente. Así, todos se alimentaban y vivían en armonía.

Esta parábola nos confronta con una elección profunda: vivir en un mundo dominado por el egoísmo, los intereses personales y la indiferencia, representado por la sala negra, o construir un mundo donde reinen la generosidad, la empatía, la solidaridad y el trabajo en equipo, simbolizado por la sala blanca.

La Navidad es, precisamente, tiempo de perdón, de solidaridad y de amor auténtico. Es el momento propicio para extender la mano al prójimo sin alardes, sin buscar reconocimiento, recordando las palabras del Evangelio: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”. Solo así, cuando compartimos con sencillez y corazón sincero, honramos verdaderamente el nacimiento de Jesús y permitimos que Dios se sienta orgulloso de nuestras acciones. 

El rostro comercial de la Navidad y la pérdida de su esencia 

Hoy en día, la Navidad se celebra en casi todos los rincones del mundo, aunque de formas diversas según las culturas y tradiciones locales. Sin embargo, resulta evidente que el aspecto comercial ha adquirido un protagonismo creciente: promociones, regalos, decoraciones y campañas publicitarias dominan el ambiente, desplazando en muchos casos el sentido espiritual y humano de esta festividad.

A pesar de ello, la Navidad continúa siendo una oportunidad para el reencuentro, la solidaridad y la reflexión interior. En medio del ruido del consumismo, muchas personas y comunidades buscan rescatar su verdadera esencia a través de actos de servicio, reuniones familiares, oración y gestos sencillos de amor y perdón. El gran desafío de nuestro tiempo consiste en equilibrar la celebración externa con una vivencia interna auténtica.

En este contexto surge la figura de Papá Noel, también conocido como Santa Claus, cuyo origen se remonta a San Nicolás de Bari, obispo del siglo IV reconocido por su generosidad y su ayuda desinteresada a los más necesitados, especialmente a los niños. Con el paso de los siglos, su historia fue transformándose a través de diversas tradiciones europeas, particularmente en países como Holanda y Alemania.

Durante los siglos XIX y XX, esta figura fue adaptada y popularizada, principalmente en Estados Unidos, hasta adquirir la imagen actual: un personaje alegre, vestido de rojo y portador de regalos. Si bien su propósito inicial fue fortalecer la ilusión, la fantasía infantil y el espíritu de generosidad, con el tiempo también se convirtió en un símbolo comercial que impulsó el consumo masivo durante la temporada navideña.

En estas fiestas, el comercio y el mercadeo se intensifican, como si el amor debiera demostrarse únicamente a través de un regalo. Dar obsequios es un gesto valioso, pero no debe desvirtuar el verdadero significado de la Navidad. Basta con levantar la mirada al cielo, observar el verdor de las montañas, percibir la fragancia de las flores o el aroma de la tierra mojada, para redescubrir que la Navidad existe por el nacimiento de Jesucristo y que su esencia es el amor, la reconciliación, la paz y la unidad familiar.

Pareciera que, como humanidad, hemos descuidado a la familia y a la naturaleza, bienes que Dios nos encomendó cuidar y proteger, provocando así el deterioro de la calidad de vida de todos los seres vivos. Que esta Navidad sea un tiempo propicio para tender la mano al caído, perdonar al que nos ofendió y ofrecer esperanza a quien se ha rendido. 

Mensaje de Navidad: Cristo, el puente entre el cielo y la tierra

Que esta Navidad no sea solo de luces y regalos, sino de corazones abiertos. Que el mayor obsequio sea el tiempo compartido, el perdón ofrecido y el amor sincero. Que en cada hogar nazcan la paz, la esperanza y la solidaridad que el mundo tanto necesita, porque el verdadero sentido de la Navidad vive en cada gesto de bondad.

La Navidad no es solo una fecha: es un encuentro. Es el recordatorio vivo de que Dios decidió habitar entre nosotros, abrazar nuestra humanidad y llenarla de esperanza. Celebrar la Navidad sin Cristo sería como encender luces sin luz verdadera, como entonar villancicos sin alegría eterna. Jesucristo es la razón, el centro y la esencia de la Navidad.

Él es el amor hecho carne, la paz que sana corazones heridos, la reconciliación que restaura lo que parecía perdido y la unidad que vuelve a reunir a la familia alrededor del perdón. En la Navidad, Dios tendió el puente más grande de amor que la historia haya conocido: entregó a su Hijo unigénito para que la humanidad tuviera acceso a la vida eterna. Ese puente entre el cielo y la tierra tiene un nombre, y ese nombre es Jesucristo.

Él es el regalo más perfecto, el acto supremo de amor incondicional. Que esta Navidad no sea solo una tradición, sino una decisión: la decisión de amar más, de perdonar de verdad, de reconciliarnos con Dios y con quienes nos rodean. Que abramos el corazón para que Jesús nazca nuevamente en nosotros, iluminando nuestras vidas con su gracia, su paz y su amor eterno.

Porque cuando Cristo nace en el corazón, la Navidad deja de ser un día y se convierte en vida.

Feliz Navidad, y que el amor de Jesús sea la llama que nunca se apague.

Conclusión

La Navidad no es solo una fecha en el calendario ni una temporada marcada por el consumo y las apariencias. Es una invitación a detenernos, a silenciar el ruido exterior y a mirar al otro con compasión y misericordia. Es el recordatorio permanente de que la verdadera riqueza no se mide por lo que poseemos, sino por los valores que cultivamos y compartimos.

Comprender el origen de la Navidad, el significado de sus símbolos y su evolución a lo largo del tiempo nos permite celebrarla con mayor conciencia y profundidad. Más allá de las luces y los regalos, la Navidad nos llama al encuentro sincero, al fortalecimiento de la fe y a la renovación de la esperanza en un mundo que tanto la necesita.

Recuperar el espíritu navideño es, en definitiva, una decisión personal y colectiva: elegir el amor por encima del egoísmo, el perdón en lugar del rencor y la solidaridad frente a la indiferencia. Cuando Cristo ocupa el centro de nuestra vida, la Navidad deja de ser un momento pasajero y se convierte en un estilo de vida capaz de transformar corazones, familias y comunidades.

Que más allá de las luces que se apagan, permanezca encendida la luz de Cristo en nuestro interior, guiando siempre nuestros pasos con fe, esperanza y amor.

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