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Noticias Zamora

Entre la mentira y el bien común: el dilema de la política en el Ecuador

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Introducción

En el Ecuador, la política se ha convertido para muchos ciudadanos en sinónimo de desconfianza, desencanto y frustración. Cada proceso electoral revive una pregunta incómoda pero necesaria: ¿la política existe para servir al pueblo o para engañarlo? Entre promesas grandilocuentes, discursos cargados de emociones calculadas y ofertas imposibles de cumplir, la mentira ha terminado por disputarle el espacio al bien común como eje de la acción política.

Durante décadas, las campañas electorales han privilegiado el espectáculo sobre las ideas, el ataque personal sobre el debate de propuestas y el populismo sobre la planificación responsable. Esta forma de hacer política no solo empobrece la democracia, sino que condena a los territorios al atraso, normaliza la corrupción y debilita el vínculo entre la ciudadanía y el poder público. Cuando la mentira se convierte en estrategia y el engaño en costumbre, la democracia deja de ser un proyecto colectivo para transformarse en un ritual vacío.

Sin embargo, la política no nació para dividir, manipular o improvisar. En su esencia más noble, es una herramienta para organizar la vida en común, orientar el desarrollo y garantizar condiciones dignas para todas y todos. Entre la mentira y el bien común existe un dilema profundo que atraviesa la historia política del Ecuador y que hoy, en la antesala de nuevas elecciones, exige una reflexión seria, crítica y responsable.

Este artículo propone analizar las prácticas que han deteriorado la política ecuatoriana, advertir sobre los riesgos de repetir los errores del pasado y reivindicar una forma distinta de hacer política: ética, transparente y centrada en el bien común. Elegir bien no es solo un derecho democrático; es un acto de memoria, dignidad y compromiso con el futuro del país y de sus territorios.

La política al servicio del bien común.

En su sentido más noble, la política es el arte y la práctica de organizar la vida en común. Es el proceso mediante el cual una sociedad dialoga, decide y actúa para resolver sus problemas colectivos, distribuir recursos, establecer normas y orientar su futuro.

Dicho de otra forma, la política es la búsqueda del bien común a través de decisiones compartidas.

La antesala de la democracia territorial: elecciones seccionales en Ecuador 

A medida que se aproxima febrero de 2027, el Ecuador entra en la antesala de uno de los ejercicios democráticos más significativos de su vida política territorial: las elecciones seccionales. Este proceso no solo define el rumbo administrativo de provincias, cantones y parroquias, sino que constituye un termómetro directo de la relación entre el Estado y la ciudadanía en el nivel más cercano a la vida cotidiana.

En estos comicios, las y los ecuatorianos acudirán a las urnas para elegir a las autoridades de los gobiernos autónomos descentralizados (GAD), instancias fundamentales para la planificación del desarrollo local, la provisión de servicios básicos, la gestión del territorio y la participación ciudadana. De acuerdo con las proyecciones para 2027 y tomando como referencia procesos electorales recientes, se renovarán 23 prefecturas con sus respectivas viceprefecturas, 222 alcaldías municipales, además de cientos de concejalías urbanas y rurales y miles de vocalías de juntas parroquiales rurales.

La magnitud de este proceso se evidencia al observar el proceso electoral anterior, en el cual se eligieron 864 concejales urbanos, 443 concejales rurales y 4.094 vocales de juntas parroquiales a escala nacional. Estas cifras no solo reflejan la amplitud logística y organizativa de las elecciones seccionales, sino también la relevancia política del nivel parroquial, especialmente en las zonas rurales, donde las juntas parroquiales representan el primer eslabón de articulación entre el Estado y la comunidad.

En este sentido, las elecciones seccionales no deben entenderse como un evento meramente administrativo, sino como un espacio clave de disputa democrática, donde se definen prioridades de inversión, modelos de desarrollo local y formas de ejercicio del poder desde lo territorial. La víspera electoral, por tanto, no es solo un momento previo a la votación, sino una etapa crucial de deliberación ciudadana, construcción de expectativas y evaluación del desempeño de las autoridades salientes, en un contexto marcado por desafíos económicos, sociales y de seguridad que atraviesan al país.

Elegir bien para transformar los territorios 

La calidad de la política local en el Ecuador está directamente relacionada con el perfil humano, ético y profesional de quienes aspiran a dirigir los gobiernos seccionales. Elegir autoridades no debería ser un acto impulsado por simpatías pasajeras, discursos emotivos o promesas exageradas, sino una decisión consciente basada en la capacidad, experiencia, probidad, visión de futuro y planificación que demuestren los candidatos.

Es fundamental que quienes se postulan a cargos como prefectos, alcaldes o juntas parroquiales cuenten con una sólida formación académica, pero, sobre todo, con experiencia en la administración pública y gestión organizacional. Gobernar un territorio implica tomar decisiones técnicas, administrar recursos limitados, priorizar necesidades y liderar equipos de trabajo; tareas que no se improvisan. El liderazgo responsable se manifiesta en la capacidad de escuchar a la ciudadanía, evaluar escenarios complejos y actuar pensando en el beneficio colectivo y no en intereses personales o partidistas.

Otro aspecto esencial es la visión de desarrollo territorial. Un buen candidato no solo debe preocuparse por resolver problemas inmediatos, sino también preguntarse cómo quiere ver su cantón, provincia o parroquia dentro de 10, 15 o 20 años. Esa mirada de largo plazo exige planificación estratégica, con objetivos claros a corto, mediano y largo plazo, articulados con políticas públicas sostenibles. Sin planificación, las obras se vuelven aisladas, desordenadas y poco efectivas; con planificación, cada acción se convierte en un paso firme hacia el desarrollo integral del territorio.

La probidad es, quizá, uno de los pilares más determinantes para que las promesas se conviertan en realidades. Cuando las autoridades son honestas y transparentes, el dinero público alcanza. Al no ser desviado por la corrupción, los recursos se transforman en obras, servicios y oportunidades que mejoran la calidad de vida de la población. Por el contrario, cuando el interés personal prima sobre el bien común, los presupuestos se diluyen y las necesidades del pueblo quedan insatisfechas.

En este punto, resulta útil una analogía cercana a la vida cotidiana. Así como hay jóvenes serios que, al iniciar una relación, hablan con la verdad, expresan cómo ven su futuro, cómo planean formar una familia y se comprometen a trabajar con esfuerzo y responsabilidad para salir adelante en pareja, también existen candidatos honestos que presentan planes de trabajo realistas, pensados desde las verdaderas necesidades de la gente. Estos candidatos no prometen imposibles, sino que plantean acciones concretas y alcanzables, conscientes de que el desarrollo se construye con gestión, trabajo y compromiso, no con discursos vacíos.

De la misma manera que una relación basada en la mentira y la apariencia está condenada al fracaso, una gestión pública fundada en el engaño, la improvisación y la corrupción termina afectando gravemente a la comunidad. En cambio, cuando la política se ejerce con sinceridad, preparación y responsabilidad, los resultados se reflejan en territorios más ordenados, con mejores servicios, infraestructura adecuada y oportunidades reales para su gente.

En definitiva, la forma de hacer política en el Ecuador debe evolucionar hacia la valoración de candidatos íntegros, capaces y visionarios. Solo así la política dejará de ser un espectáculo electoral para convertirse en una verdadera herramienta de transformación social y desarrollo territorial.

La política del atajo: mentir para llegar, fracasar al gobernar 

A lo largo de las décadas, las campañas políticas en el Ecuador han estado marcadas por prácticas orientadas al beneficio electoral inmediato, como la promesa de obras inviables, la entrega de dádivas, la difusión de información falsa y los ataques personales entre candidatos. Estas estrategias, lejos de fortalecer la democracia, han desplazado el debate de ideas y propuestas, consolidando una cultura política basada en la manipulación emocional y el descrédito del adversario, en detrimento de una deliberación responsable sobre el futuro colectivo.

Este modo de hacer política puede compararse con un camino que ofrece atajos atractivos, pero que inevitablemente conduce al fracaso. Así como muchos gobernantes corruptos alcanzan el poder mediante el engaño y luego terminan privados de su libertad por sus propias conductas ilícitas, las campañas sustentadas en la mentira, la dádiva y la desinformación terminan atrapando a la democracia en un ciclo de desconfianza, frustración y deterioro institucional. El engaño que inicialmente abre puertas se transforma, con el tiempo, en una prisión política y moral, tanto para quienes gobiernan como para la sociedad que depositó su confianza en ellos.

Como consecuencia de estas prácticas, el electorado con frecuencia vota no por convicción informada, sino por necesidad económica, miedo inducido o simple costumbre. Esta dinámica ha favorecido la elección de autoridades que, una vez en el poder, incumplen sus promesas y reproducen esquemas de corrupción, clientelismo e impunidad. Cada proceso electoral que repite estas lógicas refuerza un patrón histórico en el que la mentira se normaliza, la ética pública se debilita y la calidad democrática se ve progresivamente erosionada.

En este contexto, las campañas políticas dejan de ser espacios de construcción colectiva y se convierten en escenarios de simulación, donde el éxito electoral se impone sobre la responsabilidad pública. Al igual que ocurre con los gobernantes que terminan tras las rejas por cruzar los límites éticos de la administración pública, este modelo de campaña demuestra que la falta de honestidad y transparencia no solo genera consecuencias legales individuales, sino también un profundo costo social e institucional que afecta al país en su conjunto y debilita la confianza ciudadana en el sistema democrático. 

El camino para desterrar la política del engaño 

Para que en el Ecuador los candidatos populistas, corruptos y mentirosos sean progresivamente desestimados por el electorado, es necesario un cambio estructural que trascienda los ciclos electorales y las coyunturas políticas. Este proceso debe comenzar con el fortalecimiento de la educación cívica y política de la población. Un electorado informado, crítico y consciente de sus derechos y deberes es menos vulnerable a la manipulación emocional, a las promesas irreales y a los discursos simplistas que caracterizan al populismo. La formación ciudadana debe promover la capacidad de analizar propuestas, contrastar información y evaluar la coherencia entre el discurso y la trayectoria de los candidatos.

De manera complementaria, resulta indispensable que las instituciones de control y justicia actúen con verdadera independencia y eficacia. La impunidad ha sido uno de los principales factores que permite la repetición de prácticas corruptas, pues envía el mensaje de que mentir, engañar o abusar del poder no tiene consecuencias reales. Un sistema institucional sólido, que investigue, sancione y excluya políticamente a quienes incumplen la ley, contribuye a depurar la oferta electoral y a elevar los estándares éticos de la competencia política.

Los medios de comunicación y la sociedad civil organizada también desempeñan un rol fundamental en este proceso. Un periodismo responsable, que priorice la verificación de datos, el análisis de propuestas y el escrutinio de las trayectorias personales y profesionales de los candidatos, puede contrarrestar la desinformación y la propaganda engañosa. Asimismo, las organizaciones sociales, académicas y ciudadanas pueden fomentar espacios de debate público, observación electoral y control social que fortalezcan la transparencia y la rendición de cuentas.

Finalmente, el cambio más profundo debe provenir de la ciudadanía. Mientras la mentira, la dádiva y el engaño sigan siendo tolerados o justificados como “parte de la política”, los candidatos que recurren a estas prácticas continuarán encontrando respaldo electoral. Desestimar a los políticos populistas y corruptos implica asumir una responsabilidad colectiva: exigir coherencia entre el discurso y la conducta, rechazar la manipulación y priorizar el bien común sobre los beneficios inmediatos. Solo a través de una ciudadanía activa, crítica y ética será posible transformar la cultura política y avanzar hacia una democracia más sólida, responsable y auténtica.

Lo que Zamora no puede volver a elegir

Un liderazgo responsable en la administración pública se mide por la capacidad de dar continuidad a los proyectos, culminarlos y garantizar su mantenimiento en beneficio de la ciudadanía. Una obra inconclusa no solo deja de cumplir su función social, sino que se convierte en un símbolo de desperdicio de recursos públicos, evidencia celo político y falta de compromiso con el desarrollo territorial.

De igual manera, una autoridad local tiene la obligación permanente de mantener la infraestructura existente y los espacios públicos, pues estos reflejan el orden, la planificación y la calidad de vida de un cantón. Calles, parques, avenidas, aceras y áreas recreativas no pueden ser abandonadas sin afectar directamente a la población.

Lamentablemente, en el cantón Zamora ha prevalecido, en las últimas administraciones municipales, una práctica reprochable: el celo partidista, el orgullo político y la falta de empatía con su gente. Estas actitudes han provocado el abandono deliberado de obras iniciadas por anteriores autoridades, no por razones técnicas o legales insalvables, sino por decisiones políticas y por una evidente inoperancia administrativa. El resultado es un cantón con proyectos inconclusos, espacios deteriorados y oportunidades perdidas para el desarrollo local.

Entre las principales obras abandonadas o inconclusas se pueden mencionar las siguientes: Complejo Recreativo “El Bombuscaro”, iniciado durante la administración del Dr. Ángel Ortiz Yangari (1988–1992); Proyecto “El Tejar”, impulsado en la alcaldía del Ing. Víctor Eugenio Reyes Zúñiga (1996–2005); Proyecto Social de Vivienda “Virgen del Carmen”, ubicado detrás del estadio con pista atlética, iniciado durante la administración del Ing. Smilcar Rodríguez Erazo (2009–2014). Tras el cambio de autoridades, el terreno fue invadido con fines políticos, dando origen al asentamiento humano conocido como La Invasión. Actualmente, las familias del sector viven sin servicios básicos y en condiciones precarias, pese a que el proyecto cuenta con una ordenanza vigente; Centro Recreacional “Los Toboganes”, construido originalmente por Predesur y posteriormente gestionado para su traspaso y remodelación municipal durante la administración del Ing. Smilcar Rodríguez Erazo (2009–2014); Proyecto “Chorillos”, iniciado en la administración del Ing. Víctor Eugenio Reyes Zúñiga (1996–2005) y el Centro Recreacional Santa Elena (Lagunas del Bombuscaro), también impulsado durante la administración del Ing. Smilcar Rodríguez Erazo (2009–2014.

Estas obras representan el rostro del abandono del cantón Zamora, capital de la provincia de Zamora Chinchipe, que paradójicamente es uno de los territorios más descuidados y desatendidos. A ello se suma el deterioro visible de parques, avenidas, aceras, bordillos y predios municipales, así como la presencia constante de socavones en las calles, desorden urbano, falta de limpieza, ausencia de mantenimiento y una preocupante carencia de planificación.

Esta realidad no puede normalizarse ni justificarse. Refleja una gestión municipal mediocre e ineficiente, incapaz de administrar adecuadamente los recursos públicos y de responder a las necesidades básicas de la población. Resulta aún más preocupante que quienes han demostrado una deficiente administración de lo público pretendan hoy postularse a nuevas dignidades, como la prefectura, en las elecciones seccionales de 2027.

La ciudadanía tiene la responsabilidad histórica de cerrar el paso a los malos administradores, a quienes han convertido el poder en un espacio de abandono, improvisación y desinterés por el bienestar colectivo. Elegir bien no es un acto de venganza política, sino un ejercicio de memoria, dignidad y compromiso con el futuro de nuestros territorios.

Zamora: el futuro en la visión de Jaime Fárez Reyes 

La visión de futuro para Zamora debe orientarse hacia un desarrollo integral, sostenible y profundamente humano. Esto implica armonizar el crecimiento económico con la equidad social y la conservación ambiental, construyendo una ciudad moderna, inclusiva y con identidad propia. Zamora tiene todas las condiciones para convertirse en el principal destino turístico del sur del Ecuador si se gobierna con planificación, probidad y compromiso ciudadano.

Esta visión no es nueva ni improvisada. Fue compartida y defendida por líderes que entendieron la política como servicio y no como botín. Jaime Efraín Fárez Reyes, médico humanista y expresidente del GAD Parroquial de Cumbaratza, fue uno de esos hombres visionarios que soñó un Zamora planificado, digno y con obras pensadas para el bienestar colectivo y las futuras generaciones.

Desde esa mirada de largo plazo, resulta indispensable impulsar obras de infraestructura largamente postergadas para Zamora, la capital de la provincia de Zamora Chinchipe: la construcción del paso lateral, un hospital moderno, un nuevo cementerio, la mejora integral de la vialidad urbana y rural, la creación de un refugio de animales, una nueva terminal terrestre, la reconstrucción y equipamiento del relleno sanitario y la ejecución del Plan Maestro de Agua Potable, Alcantarillado Sanitario y Fluvial, acompañado de procesos de regeneración urbana que ordenen y embellezcan la ciudad.

Jaime Efraín Fárez Reyes concebía el desarrollo como un equilibrio entre obra pública, calidad de vida y dignidad humana. Por ello, el deporte y la cultura deben ocupar un lugar central en la agenda local, con actividades permanentes que fortalezcan la salud física, mental y emocional de la población, especialmente de los jóvenes, alejándolos de las adicciones y del uso excesivo de los celulares.

En el ámbito institucional, la Zamora del futuro requiere un nuevo modelo de gestión municipal basado en eficiencia, transparencia y calidad, con procesos automatizados que acerquen los servicios públicos a la ciudadanía. Este enfoque, coherente con la visión de Fárez Reyes, fortalece la confianza ciudadana y dignifica la administración pública.

El cuidado ambiental debe ser un eje transversal de toda política pública. Convertir a Zamora en el principal destino turístico del sur del Ecuador representa una oportunidad real para reducir el desempleo y la pobreza, aprovechando su biodiversidad, su cultura y su hospitalidad, bajo un modelo de turismo sostenible que genere empleo y sentido de pertenencia.

De igual manera, es fundamental impulsar la agroecología y fortalecer las cadenas de valor de productos emblemáticos como el cacao fino, la mora, la balsa, el sacha inchi y el café de altura, promoviendo ingresos rurales sostenibles y reduciendo la presión sobre los ecosistemas. Paralelamente, la actividad minera debe ser regulada y formalizada con estrictos controles ambientales y alternativas económicas para las comunidades.

El legado de Jaime Efraín Fárez Reyes, fallecido el 27 de enero de 2026, nos recuerda que sí es posible pensar el desarrollo con ética, planificación y amor por la comunidad. Médico de profesión y político por vocación de servicio, ejerció un liderazgo cercano, honesto y visionario, orientado siempre al bien común.

Para que Zamora se proyecte con optimismo hacia el futuro, la ciudadanía deberá ejercer un voto responsable en 2027, eligiendo autoridades con liderazgo, conocimiento y probidad, y dejando atrás ciclos de improvisación, populismo y estancamiento. Honrar la memoria de líderes como Fárez Reyes también implica continuar la visión que ellos sembraron y convertirla en realidad.

Conclusión

El dilema entre la mentira y el bien común no es una abstracción teórica: se manifiesta cada vez que un ciudadano vota, cada vez que una autoridad decide, y cada vez que el poder se ejerce para servir o para traicionar la confianza pública. La forma de hacer política en el Ecuador ha demostrado, una y otra vez, que cuando la mentira se normaliza, los territorios se estancan, la democracia se debilita y la esperanza colectiva se erosiona.

Sin embargo, este no es un destino inevitable. La política puede y debe recuperar su sentido más noble: ser un instrumento de transformación social, planificación responsable y justicia territorial. Existen ejemplos que lo confirman, liderazgos que demostraron que es posible gobernar con honestidad, visión y compromiso con la gente. Recordarlos no es un acto de nostalgia, sino un ejercicio de memoria activa y una referencia ética para el presente.

De cara a las elecciones seccionales de 2027, la ciudadanía enfrenta una responsabilidad histórica ineludible. Elegir no es solo marcar una papeleta, es definir qué valores guiarán el futuro de nuestros cantones, provincias y parroquias. Cada voto puede reproducir el engaño, el populismo y la improvisación, o puede abrir paso a una política basada en la verdad, la capacidad y el bien común.

Romper el ciclo de la mentira exige valentía ciudadana: rechazar las promesas imposibles, desestimar la dádiva fácil y exigir coherencia entre el discurso y la trayectoria de quienes aspiran a gobernar. Significa comprender que el desarrollo no se construye con atajos, sino con planificación, trabajo y ética pública. Allí donde la política se ejerce con honestidad, los recursos alcanzan, las obras se concluyen y la dignidad colectiva se fortalece.

Entre la mentira y el bien común, el Ecuador está llamado a decidir. El futuro de la democracia y de nuestros territorios dependerá de que la ciudadanía elija con memoria, con conciencia y con responsabilidad. Solo así la política dejará de ser un espectáculo de engaños y volverá a ser lo que siempre debió ser: un compromiso profundo con la gente, con la verdad y con el bien común.

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Paquisha inicia la Construcción de Cubiertas en sectores urbanos y rurales del cantón

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Como parte del convenio de cooperación entre el GAD Municipal de Paquisha y la Fundación GALMAR, este martes 16 de junio de 2026, se realizó el acto de colocación de la primera piedra para la construcción de las cubiertas del Cuerpo de Bomberos de Paquisha y del barrio rural Los Ángeles, en la parroquia Nuevo Quito.

Durante el evento, el alcalde, Paul Rodríguez, destacó que estas obras representan un esfuerzo conjunto orientado a fortalecer los espacios públicos y comunitarios destinados al encuentro ciudadano, la atención de grupos prioritarios y el desarrollo de actividades institucionales y deportivas.

 La cubierta del Cuerpo de Bomberos de Paquisha contempla una inversión total de USD 70.856,53, de los cuales el GAD Municipal aporta USD 35.392,84 y la Fundación GALMAR contribuye con USD 35.463,69.

 Por su parte, la cubierta del barrio Los Ángeles registra una inversión de USD 88.997,50, financiada de manera compartida entre ambas instituciones, con un aporte municipal de USD 44.454,25 y una contribución de la Fundación GALMAR de USD 44.543,25.

 Junilda Méndez, representante de la Fundación GALMAR, informó que la cubierta del Cuerpo de Bomberos tendrá dimensiones de 20 metros de ancho por 24 metros de largo, con una superficie de implantación de 480 metros cuadrados. Mientras tanto, la cubierta del barrio Los Ángeles contará con 22 metros de ancho por 30 metros de largo, alcanzando una superficie de 660 metros cuadrados.

 El jefe del Cuerpo de Bomberos, René Zhinín, resaltó la importancia de esta infraestructura para la institución. “Está cubierta servirá como albergue temporal en situaciones de emergencia, área de entrenamiento y espacio de protección para los vehículos de respuesta, permitiendo conservar adecuadamente los equipos que garantizan la atención oportuna a la ciudadanía”, expresó.

 Asimismo, el presidente del barrio Los Ángeles, Ángel Guamán, agradeció el inicio de los trabajos y destacó el impacto positivo que tendrá la obra para la comunidad. “A nombre de todos los habitantes de nuestro barrio, agradecemos por esta importante obra. Hoy no solo inicia la construcción de una cubierta; comienza a hacerse realidad un sueño largamente anhelado por nuestra comunidad”, señaló.

 El proyecto integral contempla la construcción de seis cubiertas en sectores urbanos y rurales del cantón, incluyendo los hangares municipales, los barrios San José, Santa Cecilia, el Cuerpo de Bomberos de Paquisha, Ingapirca y Los Ángeles, cuenta con una inversión total de USD 560.932,49, logrando un ahorro institucional de 280.746,71, recursos no reembolsables.

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Alcaldía de El Pangui y prefectura entregan bloque de aulas en San Roque

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Con el firme compromiso de fortalecer la educación como uno de los pilares fundamentales para el desarrollo de las comunidades, la Alcaldía de El Pangui y la Prefectura de Zamora Chinchipe realizaron la entrega oficial de un nuevo bloque de aulas para la Unidad Educativa “Leonidas García”, ubicada en el barrio San Roque de la parroquia Pachicutza.

La obra, que representa una inversión cercana a los USD 90.000, beneficiará de manera directa a cerca de 200 estudiantes de los niveles de inicial, educación general básica y básica superior. La infraestructura comprende un moderno bloque de 230 metros cuadrados, conformado por tres aulas, que permitirá mejorar las condiciones de aprendizaje y ampliar la capacidad de atención de este importante establecimiento educativo.

Durante el acto de entrega, el alcalde de El Pangui, Jairo Herrera, destacó el trabajo articulado entre las instituciones y reafirmó su compromiso de impulsar proyectos que contribuyan al fortalecimiento de la educación en el cantón “es un honor volver a la institución donde me formé en mis primeros años. Felicito a toda la comunidad educativa por las gestiones realizadas para hacer posible esta obra. Reitero nuestro apoyo a la Prefectura para continuar trabajando unidos porque la unión hace la fuerza y nacimos para servir”, expresó la autoridad cantonal.

Por su parte, el director de la institución, Sergio Valverde, resaltó la importancia de esta obra para la comunidad educativa y agradeció el respaldo de las entidades ejecutoras. Asimismo, la presidenta del Consejo Estudiantil de la Unidad Educativa, Gabriela Guayas, agradeció la inversión realizada y destacó el impacto que tendrá la nueva infraestructura.

La prefecta de Zamora Chinchipe, Karla Reátegui, enfatizó que esta obra es el resultado del trabajo coordinado “este proyecto es una muestra de que la unidad y el trabajo conjunto generan resultados concretos. La suma de voluntades entre la Prefectura y el Municipio permitió gestionar los recursos necesarios para financiar este bloque de aulas, que hoy se convierte en una realidad para la comunidad educativa”, afirmó.

El principal objetivo de este proyecto es fortalecer y ampliar la oferta educativa de la institución, permitiendo avanzar hacia la implementación del nivel de bachillerato y garantizando mejores oportunidades de formación para niños y jóvenes de la parroquia Pachicutza y sectores aledaños.

La jornada estuvo marcada por la alegría y el entusiasmo de la comunidad educativa, con presentaciones artísticas y culturales, reconocimientos y momentos emotivos que resaltaron la importancia de esta obra. Con acciones concretas como esta, la Alcaldía de El Pangui y la Prefectura de Zamora Chinchipe reafirman su compromiso con una educación de calidad, impulsando el desarrollo y bienestar de las presentes y futuras generaciones.

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La huella de un Padre: un Legado que trasciende generaciones

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Introducción

La huella de un padre va mucho más allá de su presencia física o del sustento material que pueda brindar. Se refleja en los valores, principios y enseñanzas que transmite a sus hijos, influyendo en su carácter, decisiones y forma de enfrentar la vida. En una sociedad marcada por constantes cambios, la figura paterna sigue siendo fundamental como guía, ejemplo y apoyo emocional.

El verdadero legado de un padre no se mide por las riquezas que deja, sino por la formación que siembra en el corazón de sus hijos. Su amor, sabiduría y ejemplo trascienden generaciones, dejando una marca perdurable que continúa dando fruto a lo largo del tiempo. Este artículo rinde homenaje a aquellos padres que comprenden que la paternidad es una misión de formación, servicio y amor, cuyo impacto permanece mucho más allá de su propia vida. 

Un homenaje al amor que nunca se rinde

Cada tercer domingo de junio, millones de familias alrededor del mundo se reúnen para celebrar el Día del Padre, una fecha dedicada a honrar a quienes, con amor, sacrificio y responsabilidad, han asumido la noble tarea de guiar y proteger a sus hijos.

El verdadero sentido de esta fecha radica en reconocer la importancia del padre como formador de vidas, constructor de valores y referente de carácter. Su labor cotidiana, muchas veces silenciosa y poco visible, deja huellas profundas en el corazón de sus hijos y contribuye significativamente a su desarrollo emocional, moral y espiritual.

Los padres aman de una manera particular. Su afecto no siempre se expresa con palabras abundantes ni gestos grandilocuentes, sino a través de la presencia constante, el trabajo incansable, la disciplina oportuna y la protección silenciosa. Es un amor firme, sereno y perseverante; un amor que mira hacia el futuro mientras cuida el presente, tan seguro y protector como el león que vela por su manada.

Quienes crecimos bajo la guía de generaciones anteriores recordamos a padres forjados en la cultura del esfuerzo, la responsabilidad y el compromiso. Hombres que muchas veces sacrificaron sueños personales para ofrecer mejores oportunidades a sus hijos, enseñando con el ejemplo que la verdadera grandeza no se encuentra en lo que se posee, sino en lo que se entrega.

La finalidad de esta celebración es precisamente reconocer ese esfuerzo diario, ese amor que se manifiesta en la provisión, la enseñanza y el acompañamiento constante. Es valorar la influencia positiva que los padres ejercen en la formación de sus hijos y destacar su papel fundamental en la construcción de familias sólidas y sociedades más humanas.

Hoy celebramos a esos héroes cotidianos que caminan a nuestro lado en cada etapa de la vida. A aquellos que nos enseñaron a levantarnos después de cada caída, que compartieron nuestras alegrías y enfrentaron con valentía nuestras dificultades. Este homenaje está dedicado a su amor silencioso, a su fortaleza inquebrantable y a la huella imborrable que dejan en cada generación. 

La Huella que define una vida

Uno de los errores más frecuentes de nuestra sociedad es afirmar que los niños son el futuro. En realidad, los niños son el presente. El futuro será simplemente el resultado de la atención, el amor, los valores y las oportunidades que reciban hoy. Por eso, la responsabilidad de los padres no puede postergarse ni delegarse; se construye día a día, en cada conversación, en cada enseñanza y en cada momento compartido.

La Biblia destaca la importancia de esta misión cuando declara en Proverbios 22:6: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” Este pasaje nos recuerda que la formación de los hijos comienza desde temprana edad y que las semillas sembradas en la infancia suelen dar fruto durante toda la vida. De igual manera, Efesios 6:4 exhorta a los padres:

“Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” Esta enseñanza bíblica presenta una autoridad basada en el amor, la paciencia y la sabiduría; una autoridad que corrige sin humillar, orienta sin imponer y acompaña sin abandonar.

La paternidad se parece mucho al trabajo de un agricultor. Sembrar una semilla en la tierra no convierte a una persona en un buen cultivador. Para obtener una buena cosecha es necesario preparar el terreno, eliminar la maleza, abonar la tierra y proteger la siembra de todo aquello que pueda dañarla. Del mismo modo, engendrar un hijo no convierte automáticamente a un hombre en padre. La verdadera paternidad exige presencia, dedicación y compromiso constante.

Ser padre significa cuidar, proteger y acompañar a los hijos en cada etapa de su crecimiento. Significa alentarlos a perseguir sus sueños, levantarlos cuando tropiezan y brindarles la seguridad emocional que necesitan para enfrentar la vida. También implica crear un ambiente familiar donde prevalezcan el respeto, la comunicación y la armonía.

Los momentos felices compartidos entre padres e hijos son mucho más que recuerdos agradables. Son experiencias que fortalecen la confianza, afianzan los vínculos afectivos y preparan el corazón para recibir la disciplina y la corrección cuando sean necesarias. El amor y la firmeza no son fuerzas opuestas; cuando se equilibran adecuadamente, se convierten en el fertilizante que permite el crecimiento integral de los hijos.

Por ello, un buen padre no deja cicatrices provocadas por la indiferencia, el abandono o la dureza excesiva. Deja huellas imborrables de amor, ejemplo y dedicación. Huellas que orientan, inspiran y permanecen aun cuando los años pasan. Porque al final, la mejor herencia que un padre puede entregar no se mide en bienes materiales, sino en la calidad humana, moral y espiritual de los hijos que ayudó a formar. 

La disciplina que deja huellas, no heridas 

A lo largo de la historia, educadores, filósofos y padres han coincidido en una verdad fundamental: el carácter no se forma en la ausencia de límites, sino dentro de un ambiente donde el amor y la disciplina caminan de la mano. Los niños necesitan afecto para sentirse valorados, pero también necesitan reglas claras para aprender responsabilidad, respeto y autocontrol.

Una antigua historia cuenta que a un famoso circo llegaron dos leones para ser amaestrados. El primero fue confiado a un entrenador que, desde el inicio, estableció disciplina y reglas justas. Con paciencia, constancia y firmeza, logró ganarse la confianza del animal. Con el tiempo, aquel león aprendió rápidamente, se convirtió en una de las principales atracciones del circo y desarrolló una relación de respeto con su entrenador.

El segundo león fue entregado a un hombre impulsivo e inestable, que actuaba según sus emociones y carecía de criterios consistentes para corregir o enseñar. El resultado fue un animal desconfiado, agresivo e incapaz de controlar sus impulsos. Finalmente, terminó atacando a quienes se acercaban así que tuvo que ser sacrificado.

Más allá de la veracidad de la historia, su enseñanza resulta evidente: cuando no existen límites claros, orientación adecuada ni una autoridad equilibrada, el desarrollo saludable se ve seriamente afectado.

Algo similar ocurre en la crianza de los hijos. Existen padres que, desde los primeros años, establecen una disciplina inteligente basada en normas claras, consecuencias justas y una comunicación respetuosa. En esos hogares, la responsabilidad y el orden no son motivo de discusión permanente, sino valores que se aprenden y se practican. El afecto, el reconocimiento y la motivación impulsan a los hijos a desarrollar sus capacidades, alcanzar sus metas académicas y construir con confianza sus proyectos de vida.

Sin embargo, también existen padres que subestiman el enorme valor de la disciplina y el acompañamiento emocional. En lugar de cultivar un ambiente de respeto y orientación, permiten que el desorden, la indiferencia o el maltrato ocupen su lugar. Cuando esto sucede, muchos niños crecen con inseguridades, frustraciones y dificultades para desarrollar plenamente su potencial.

La verdadera disciplina no consiste en imponer miedo, sino en enseñar autocontrol. No busca quebrantar la voluntad de los hijos, sino fortalecer su carácter. Por ello, los padres sabios comprenden que la formación integral de sus hijos descansa sobre una trilogía indispensable: afecto, disciplina y motivación. Cuando estos tres elementos trabajan juntos, el talento florece, la inteligencia se desarrolla y los sueños encuentran un terreno fértil para crecer.

Pero para que la orientación de los padres produzca frutos, debe existir algo aún más importante: una relación basada en el respeto mutuo. Ningún consejo, por acertado que sea, logra penetrar en un corazón cerrado por el resentimiento. Si los padres no respetan a sus hijos, o si los hijos pierden el respeto hacia sus padres, la comunicación comienza a deteriorarse.

Existe una forma de sordera más perjudicial que la física: la sordera voluntaria, aquella en la que no existe disposición para escuchar. Cuando el vínculo afectivo se debilita, las palabras pierden fuerza y las correcciones dejan de producir cambios. Por el contrario, cuando la relación está fortalecida por el amor, la confianza y el respeto, los consejos encuentran terreno fértil donde echar raíces.

Muchos padres han experimentado la frustración de intentar corregir una conducta y sentirse ignorados por sus hijos. En esos casos, antes de insistir en las normas, conviene revisar la calidad de la relación. A menudo, la restauración del afecto abre caminos que la autoridad por sí sola no puede abrir. Cuando los hijos se sienten amados, escuchados y valorados, suelen mostrarse mucho más receptivos a la orientación de sus padres.

Por ello, quienes desean influir positivamente en la vida de sus hijos deben desterrar para siempre el maltrato, la humillación y las palabras hirientes. La firmeza puede convivir con la ternura, y la corrección puede ejercerse sin perder la dignidad ni el respeto. Al final, los padres que logran dejar una huella profunda no son aquellos que imponen su autoridad por la fuerza, sino aquellos que la ejercen con sabiduría, coherencia y amor. 

Padres: puertos seguros para tiempos de tormenta 

La historia de la crianza familiar refleja, en buena medida, la evolución de la propia sociedad. Durante gran parte del siglo pasado, la autoridad de los padres era prácticamente incuestionable. En hogares marcados por estructuras jerárquicas y valores tradicionales, la obediencia se consideraba una virtud fundamental y la disciplina se imponía con firmeza. Los hijos aprendían desde temprana edad que las normas debían cumplirse y que la palabra de los padres no estaba sujeta a negociación. Quien no obedecía “por las buenas”, terminaba haciéndolo “por las malas”.

Sería injusto idealizar aquel modelo. Muchos padres ejercieron su autoridad con honestidad y sentido del deber, pero también es cierto que en numerosos hogares la comunicación era escasa y la educación descansaba excesivamente en la imposición, el temor y, en ocasiones, el castigo físico. La disciplina garantizaba el orden, pero no siempre favorecía el diálogo ni el desarrollo de vínculos emocionalmente saludables.

Con el paso de las décadas, y como respuesta a esos excesos, surgió una nueva visión de la crianza. Se comenzó a valorar más la escucha, la comprensión emocional y el respeto por la individualidad de los hijos. Sin embargo, en el legítimo intento de corregir los errores del pasado, muchas familias terminaron desplazándose hacia el extremo opuesto. Allí donde antes predominaba el autoritarismo, comenzó a instalarse el permisivismo; donde antes había exceso de control, apareció la ausencia de límites.

Así, paradójicamente, algunas generaciones de padres se convirtieron en las últimas que temieron a sus padres y las primeras que comenzaron a temer a sus hijos. Las últimas que crecieron bajo una autoridad firme y las primeras que, en ocasiones, terminan cediendo ante el chantaje emocional, la manipulación o el temor constante al conflicto. Son también las primeras que, con frecuencia, aceptan formas de irrespeto que generaciones anteriores jamás habrían considerado normales.

La sabiduría popular resume este desafío en una frase sencilla y profundamente vigente: “Ni tanto que queme el santo ni tanto que no lo alumbre”. La crianza saludable exige equilibrio. El autoritarismo aplasta la personalidad y sofoca la confianza; el permisivismo, por el contrario, desorienta, debilita el carácter y priva a los hijos de la seguridad que proporcionan los límites claros. Los niños necesitan amor, pero también dirección; comprensión, pero también corrección; libertad, pero acompañada de responsabilidad.

En una época marcada por la inmediatez, el individualismo y la creciente dificultad para tolerar la frustración, los hijos necesitan con urgencia padres capaces de ejercer una autoridad respetuosa y firme. No se trata de imponer por la fuerza ni de controlar cada aspecto de sus vidas, sino de ofrecer una guía segura que favorezca la convivencia familiar y la formación integral de la persona. Solo así evitaremos que las nuevas generaciones se pierdan en el descontrol, el vacío o la confusión de una sociedad que, con frecuencia, parece navegar sin referentes claros.

Los hijos, como los barcos, están destinados a navegar sus propios mares, enfrentar sus propias tormentas y descubrir sus propios horizontes. Forma parte natural de la vida que busquen su rumbo, que cometan errores, que exploren y aprendan de sus experiencias. Los padres, en cambio, somos como esos puertos seguros que permanecen abiertos aun cuando el viaje los lleve lejos. Somos refugio, orientación y esperanza; un lugar donde siempre encontrarán amor incondicional, escucha sincera y la guía necesaria para volver a empezar. Nuestra misión no es navegar por ellos, sino prepararlos para que puedan hacerlo por sí mismos, con la fortaleza, los valores y la confianza que les permitan construir un futuro mejor desde el presente que hoy estamos llamados a cuidar. 

Conclusión

La verdadera herencia de un padre no se encuentra en los bienes materiales, sino en los valores, principios y enseñanzas que deja en la vida de sus hijos. Su influencia se refleja en el carácter que ayuda a formar, en el amor que transmite y en el ejemplo que ofrece cada día.

Ser padre implica una responsabilidad profunda: guiar, disciplinar, acompañar y amar con sabiduría. Cada palabra y cada acción tienen el poder de impactar no solo a una generación, sino también a las que vendrán después.

En este Día del Padre, reconocemos a esos hombres que, con esfuerzo, dedicación y amor, han dejado una huella imborrable en sus familias. Porque al final, el legado más valioso no es lo que un padre posee, sino las personas que ayuda a formar. Esa huella perdura en el tiempo y se convierte en un legado que trasciende generaciones.

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