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Votos para vivir del Estado: la otra cara del poder

Publicado elamazonico elamazonico 2 min de lectura

La proximidad de los procesos electorales suele revelar una dinámica recurrente y profundamente preocupante en la cultura política local y nacional: la aparición súbita de actores políticos que, fuera del calendario electoral, permanecen ausentes de la vida social, especialmente del mundo rural y comunitario. En campaña, muchos reaparecen recorriendo comunidades, participando en mingas, vistiendo sombrero, botas, lenguaje popular, incluso, no importa si huele a trabajo— como parte de una estrategia cuidadosamente calculada.

Este fenómeno, ampliamente estudiado desde la ciencia política y la sociología electoral, puede definirse como instrumentalización del territorio y de la identidad popular, donde el “ser pueblo” deja de ser una convicción ética y se convierte en un recurso narrativo para captar votos. Resulta evidente la contradicción entre estas conductas coyunturales y las prácticas cotidianas de muchos de estos actores, que ya se ven haciendo lo que nuca hicieron, solo se acuerdan en campaña y contextos urbanos suelen reproducir lógicas de exclusión, elitismo y desprecio hacia los sectores populares, a los que solo reconocen cuando necesitan legitimidad electoral.

Más grave aún es lo que ocurre tras la victoria. Una vez alcanzado el cargo público, estos mismos personajes rompen el vínculo social construido artificialmente, se distancian de la ciudadanía, desconocen a quienes trabajaron en sus campañas y adoptan actitudes de prepotencia, silencio cómplice o comodidad burocrática, convirtiéndose en meros consumidores del Estado, antes que en servidores públicos comprometidos con la defensa de los intereses colectivos.

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En territorios como Zamora Chinchipe, esta práctica no es nueva ni aislada. Ya se ven figuras que han vivido durante años de los recursos públicos, sin generar transformaciones estructurales, tampoco un buen servicio, ni asumir una defensa real de la población frente a las problemáticas actuales, y que hoy buscan perpetuarse en el poder apelando al voto ciudadano. Esta realidad interpela directamente a la conciencia democrática de la sociedad.

En consecuencia, el desafío no recae únicamente en quienes aspiran al poder, sino también en una ciudadanía llamada a ejercer un voto crítico, informado y con memoria histórica, capaz de diferenciar entre la cercanía auténtica y la actuación oportunista. La democracia se debilita cuando se normaliza la simulación política; se fortalece, en cambio, cuando el pueblo exige coherencia, ética pública y presencia permanente, no solo en tiempos de campaña.

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