Por el Lic. Mario Paz. Mgs.
La historia de la crianza de los hijos refleja, en buena medida, la evolución de la sociedad. Durante gran parte del siglo pasado, la autoridad de los padres era prácticamente incuestionable. En hogares marcados por estructuras jerárquicas y valores tradicionales, la obediencia se consideraba una virtud fundamental y la disciplina se imponía con firmeza. Desde temprana edad, los hijos aprendían que las normas debían cumplirse y que la palabra de los padres difícilmente admitía discusión. Quien no obedecía «por las buenas», terminaba haciéndolo «por las malas».
Sería injusto condenar por completo aquel modelo, pues muchos padres ejercieron su autoridad con responsabilidad, amor y un profundo sentido del deber. Sin embargo, también es necesario reconocer que, en numerosos hogares, la crianza estuvo marcada por la escasa comunicación, el miedo y, en ocasiones, el castigo físico. Se conseguía obediencia, pero no siempre se formaban personas capaces de expresar sus emociones, desarrollar un criterio propio o construir relaciones basadas en la confianza y el respeto mutuo.
Con el paso del tiempo, la sociedad comenzó a reconocer la importancia del diálogo, la comprensión emocional y el respeto por la individualidad de los hijos. Este cambio representó un avance significativo, pero, en el intento de superar los excesos del autoritarismo, algunas familias terminaron desplazándose hacia el extremo contrario: el permisivismo. Allí donde antes sobraban las imposiciones, comenzaron a faltar las normas; donde existía un control excesivo, apareció la dificultad para establecer límites y hacerlos respetar.
Así, paradójicamente, algunos padres se convirtieron en las últimas generaciones que temieron a sus padres y en las primeras que comenzaron a temer a sus hijos. Padres que, por evitar discusiones, frustraciones o posibles heridas emocionales, terminan cediendo ante las exigencias, las faltas de respeto o los chantajes emocionales. En ocasiones, el deseo de ser amigos de sus hijos desplaza la responsabilidad de ser sus guías, olvidando que amar no significa complacer en todo, sino también enseñar a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.
La sabiduría popular lo expresa con claridad: «Ni tanto que queme el santo ni tanto que no lo alumbre». La crianza saludable requiere equilibrio, sensatez y coherencia. El autoritarismo impone obediencia mediante el miedo y puede debilitar la confianza; el permisivismo, por su parte, deja a los hijos sin la orientación necesaria para desarrollar autocontrol, responsabilidad y tolerancia a la frustración. Ninguno de estos extremos responde verdaderamente a las necesidades de la infancia.
Los hijos necesitan amor, pero también dirección; comprensión, pero también corrección; libertad, pero acompañada de responsabilidad. Necesitan padres que sepan escuchar sin renunciar a sus principios, que expliquen las razones de las normas y que tengan la firmeza necesaria para mantenerlas. Corregir no significa humillar, así como respetar no significa permitirlo todo. La disciplina debe enseñar, no infundir miedo; las consecuencias deben ser justas y proporcionales, no fruto de la ira; y el diálogo debe abrir caminos para resolver los conflictos, no convertirse en una excusa para evadir las responsabilidades.
Criar también implica enseñar con el ejemplo. De poco sirve exigir respeto si los padres ofenden; reclamar honestidad si mienten; pedir responsabilidad si incumplen sus compromisos. Los hijos aprenden tanto de lo que escuchan como de lo que observan. La manera en que los adultos resuelven sus diferencias, cumplen sus deberes, reconocen sus errores y tratan a los demás constituye una de las lecciones más profundas que reciben durante su formación.
En una sociedad marcada por la inmediatez, el individualismo y la dificultad para tolerar la frustración, educar en valores se vuelve una tarea indispensable. La empatía, la honestidad, la solidaridad, el respeto, la perseverancia y la responsabilidad no surgen espontáneamente: se cultivan día a día en el hogar, mediante el afecto, los límites y la coherencia. Una familia que enseña a sus hijos a reconocer sus errores, respetar los derechos ajenos y asumir las consecuencias de sus decisiones contribuye a formar ciudadanos más conscientes y comprometidos con el bienestar colectivo.
Los hijos, como los barcos, están destinados a navegar sus propios mares, enfrentar sus tormentas y descubrir sus horizontes. Los padres somos esos puertos seguros que ofrecen refugio, orientación y esperanza, incluso cuando el viaje los lleva lejos. Nuestra misión no es navegar por ellos, decidir cada paso ni evitarles todas las dificultades, sino prepararlos para que puedan hacerlo por sí mismos, con valores sólidos, criterio propio y confianza en sus capacidades.
La sociedad que tendremos mañana depende, en gran medida, de la forma en que criemos a nuestros hijos hoy. No podemos aspirar a un mundo de ciudadanos respetuosos si educamos en la humillación, ni esperar personas responsables si les enseñamos que todo está permitido y que nunca deben afrontar las consecuencias de sus actos. La verdadera crianza no consiste en criar hijos sumisos por miedo ni hijos caprichosos por falta de límites, sino personas libres que sepan ejercer su libertad con responsabilidad, defender sus derechos sin atropellar los de los demás y comprender que la convivencia exige respeto, esfuerzo y solidaridad.
El camino correcto no está en imponerlo todo ni en permitirlo todo, sino en amar sin sobreproteger, corregir sin maltratar, escuchar sin renunciar a la autoridad y poner límites sin apagar la libertad. Se trata de ejercer una autoridad serena, firme y afectuosa, que no necesite gritos para hacerse respetar ni renuncie a sus principios para evitar conflictos.
Porque educar no es preparar a los hijos para que hagan siempre lo que quieran, sino ayudarlos a comprender qué deben hacer, por qué deben hacerlo y cómo responder por sus decisiones. No basta con dejarles un mundo mejor; debemos formar personas capaces de mejorarlo. Y esa transformación comienza en casa, cada vez que un padre orienta con paciencia, una madre corrige con amor, una familia practica el respeto y un niño aprende que sus derechos van de la mano de sus deberes.
Criemos con amor para fortalecer el corazón, con autoridad para formar el carácter y con valores para construir conciencia. Porque cuando una familia educa con equilibrio, no solo forma buenos hijos: contribuye a construir una sociedad más humana, justa y responsable.





