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Un sí al Yasuní, es un sí a la vida

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Por: Lic. Alonzo Cueva

DOCENTE

 Consulta Popular, 20 de agosto de 2023 

La pregunta es: ¿Está usted de acuerdo en que el gobierno ecuatoriano mantenga el crudo del ITT, conocido como bloque 43, indefinidamente en el subsuelo? 

Razonamiento 

El Yasuní, es el parque nacional más grande del Ecuador, con una extensión de 9823 Km2.  La zona intangible y el adyacente territorio waorani, fueron declarados Reserva de Biósfera por la UNESCO en el año 1989; se encuentra entre los ríos Napo y Curaray; en su interior están las subcuencas, de los ríos Tiputini, Yasuní, Nashiño, Cononaco, entre otras. Considerado también como la “NUEVA ARCA DE NOÉ”; pues, varios estudios científicos dan cuenta de su inconmensurable biodiversidad. EL Yasuní, alberga a 271 especies de anfibios y reptiles, más de 600 de aves, más de 150 de mamíferos, más de 250 de peces y más de 2000 de árboles y arbustos; pero sobre todo, se constituye en el hogar para los Tagaeri y Taromenane, pueblos ecosistémicos que han optado por vivir en estricta relación con su entorno ecológico, y sin contacto con el resto dela población, cuya decisión, debe respetarse y garantizarse por parte del Estado, para no cometer el delito de etnocidio, como lo estipulan tratados y convenios internacionales de derechos humanos de los que el Ecuador es signatario.

Explotar el petróleo del bloque 43, conocido como ITT (Ishpingo, Tambococha, Tiputini) en el interior del Yasuní, resuelta por el gobierno el año 2012, aparte de ser una decisión tomada de espaldas al pueblo, al que el CNE le negó una consulta popular, constituye un atentado contra los derechos de la naturaleza y un mal negocio para el Estado por las siguientes razones:

Se dijo en ese entonces que se extraería 300 mil barriles diarios, y lo que realmente se extrae en la actualidad es en promedio, 50 mil barriles.

El crudo del ITT, es muy pesado; lo manifestó el mismo ministro de energía y minas, Fernando Santos Alvite, quien lo comparó con la brea; siendo así, no costaría más de 60 dólares el barril, y para ser transportado por el oleoducto, se debe mezclar con petróleo liviano, lo que ocasiona que éste último también sufra un castigo económico.

Los costos de producción del petróleo del ITT, (extracción, transporte, comercialización, otros), bordea los 40 dólares, por lo que a las arcas de Estado ingresan 20 dólares. Entonces, este rubro no alcanzaría ni 400 millones de dólares anuales.

¿Existen alternativas para sustituir estos ingresos?

¡Por supuesto que sí! 

A continuación, constan tres de ellas:

  • Los gobiernos tienen que ser menos “generosos” con los grupos económicos y cobrarles los impuestos. En los tres últimos períodos, (Rafael Correa, año 2015, Lenin Moreno, año 2018 y Guillermo Laso, año 2022), les concedieron subsidios, beneficiando en mayor medida a este sector de la oligarquía, por un monto promedio de 6638 millones de dólares cada año.
  • La evasión tributaria, que es un tema distinto al anotado anteriormente, es de 4400 millones cada año. (El SRI es implacable con los pequeños negocios y permisivo con los grupos de poder).
  • La corrupción en Ecuador, según la CEPAL, se lleva 7000 millones de dólares anualmente. (Es necesario que Contraloría, Fiscalía y Justicia actúen en serio en contra de este mal)
  • La sumatoria de estos rubros, supera los 18 000 000 000 (dieciocho mil millones de dólares) anuales, que el Estado deja de percibir por las razones expuestas. Es decir, 45 veces más de lo que recibe por destruir el Yasuní. (O)

 

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Jóvenes Políticos

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En los últimos años, la participación de jóvenes en la política ha crecido, y eso debería ser una gran noticia. Representa renovación, nuevas ideas y una oportunidad real de hacer las cosas mejor. Sin embargo, también nos plantea un desafío importante: estar a la altura de lo que el país necesita.

Ser joven en la política no es solamente ocupar un espacio, es asumir una responsabilidad. Implica prepararse, entender la realidad, tener criterio y saber que cada palabra y cada acción tienen consecuencias. No basta con tener presencia, hace falta contenido.

Hoy más que nunca, es necesario recordar que la política no es un escenario para improvisar ni un lugar para buscar protagonismo vacío. Es un espacio donde se construyen soluciones, donde se debaten ideas y donde se debe actuar con seriedad.

Como jóvenes, tenemos el deber de demostrar que sí estamos listos. Que podemos aportar con responsabilidad, con propuestas y con una visión clara de futuro. Porque cada paso en falso no solo afecta a quien lo da, sino a toda una generación que intenta abrirse camino con esfuerzo.

No se trata de señalar, se trata de reflexionar. De elevar el nivel. De entender que representar no es un privilegio, es un compromise, ser joven en la politica no es ocupar un lugar es entender que cada decision deja huella

La política no es un show, es una responsabilidad.

Autor: Jeamphier Israel Leon Mendieta
Profesión / Cargo:  Estudiante, Analista
Ciudad / País: Zamora Ecuador
Correo electrónico: jeamphierleon4@gmail.com

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Olguita Paredes: la voz de Guadalupe que floreció con el tiempo

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Hay voces que nacen con el tiempo. No con la prisa de la juventud ni con el impulso de la fama, sino con la paciencia de la vida misma. La de Olguita Paredes es una de ellas.

En Guadalupe, parroquia de silencios verdes y memorias compartidas, su historia se ha tejido entre dificultades, aprendizajes y canciones. De niña, su voz apenas se insinuaba en actos escolares, cuando interpretaba melodías tradicionales sin imaginar que, décadas después, el canto sería su forma de estar en el mundo.

Fue a los 45 años, cuando muchos creen que los sueños ya están definidos, que Olguita decidió comenzar. No había escenario perfecto ni formación académica; solo había decisión. Y eso bastó. Las primeras presentaciones en eventos sociales fueron moldeando una voz que no buscaba perfección, sino verdad.

Canta pasillos como quien recuerda, baladas como quien confiesa, y cumbia como quien celebra la vida. En su repertorio conviven “El Aguacate”, “La Guayabita” y ritmos populares que hacen bailar, pero también sentir. La influencia de artistas como Eva Ayllón se percibe en su interpretación: intensa, sentida, profundamente humana.

Pero quizás lo más importante no está en lo que canta, sino en por qué canta.

La música, para Olguita, ha sido refugio. Un espacio donde las experiencias difíciles encuentran voz, donde el dolor se transforma y donde la emoción se convierte en fuerza. Por eso, cuando sube a un escenario, sea una tarima, una iglesia o un patio familiar— no solo interpreta: comparte.

A sus 58 años, su agenda sigue activa. Cumpleaños, matrimonios, bautizos, celebraciones religiosas. Allí está su voz, acompañando la vida de su comunidad. No como espectáculo, sino como presencia.

Su formación ha sido, en gran medida, autodidacta. Sin embargo, su paso por talleres de canto en Guadalupe, guiados por el profesor Jimmy Rodas, le permitió pulir su técnica, aprender a respirar, a proyectar, a sostener la voz. Porque incluso el talento más genuino necesita cuidado. Y sí, este taller fue gracias al presidente de la junta parroquial, Patricio Montero.

Su historia también está marcada por valores. Una infancia con limitaciones económicas le enseñó disciplina, respeto y responsabilidad. Sus padres, recuerda, fueron la base de todo. Y en la memoria colectiva de su comunidad, figuras como el padre Jorge Nigsch dejaron una huella que aún resuena en su forma de entender la vida y la música, el mejor legado que le dejó el padre de ese entonces, fue la puntualidad, la disciplina y el amor a la gente.

Cuando habla de las nuevas generaciones, su voz cambia. Se vuelve firme. Insiste en la necesidad de rescatar la música tradicional ecuatoriana, de no dejar que se pierda entre modas pasajeras. Porque sabe que en cada canción hay historia e identidad.

Espacios como “Voces de nuestra tierra”, impulsados por Alcíbar Lupercio, han permitido que historias como el de la señora Olguita, salgan a la luz. Y es allí donde se comprende que Olguita Paredes no es solo una artista: es un símbolo de lo que ocurre en silencio en muchas comunidades.

Porque en cada comunidad hay una historia que cantar.
Y en Guadalupe, esa historia tiene nombre y voz propia.

Olguita Paredes.

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ARCOM o la institucionalización de la corrupción minera

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Por: Franco Tamay

En Zamora Chinchipe, al parecer, no solo se extrae oro; también se pagan “vacunas” para evitar sanciones del Estado.

La reciente difusión de un audio que involucraría a un funcionario de la Agencia de Regulación y Control Minero (ARCOM) en presuntos cobros ilegales no es un hecho aislado. Es la evidencia de algo más profundo, que el control estatal podría estar dejando de ser control para convertirse en un negocio.

Porque cuando un funcionario que debería fiscalizar termina cobrando por “dejar trabajar”, la línea entre legalidad e ilegalidad se desvanece. Ya no hay un Estado que controle, sino un Estado que negocia. Ya no existe regulación, sino intermediación. Y eso, en términos simples, tiene un nombre “corrupción institucional”.

Entiéndase bien; durante años se ha señalado a la minería ilegal como el gran enemigo. Y sí, lo es. Pero la minería ilegal no crece sola. Necesita condiciones, necesita tolerancia y, en el peor de los casos, necesita complicidad.

Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿qué ocurre cuando quienes deben sancionar terminan cobrando? O, dicho sin rodeos, cuando terminan “vacunando”. ¿Qué pasa cuando los controles se convierten en tarifas informales? Lo que emerge no es un hecho aislado, sino un sistema.

Desde la política criminal, el enfoque ha sido cómodo: perseguir al eslabón más débil. El minero informal, el operador pequeño, el actor visible. Pero rara vez se mira hacia arriba, hacia las estructuras institucionales donde también se toman decisiones o se venden omisiones que permiten que todo esto funcione.

Porque la verdadera pregunta no es cuántos mineros ilegales existen en Zamora Chinchipe, sino cuántas de esas actividades han sido posibles gracias a funcionarios que, en lugar de impedirlas, habrían aprendido a lucrar de ellas.

La reacción institucional desvincular funcionarios y anunciar investigaciones es necesaria, pero insuficiente. En muchos casos, se trata de respuestas reactivas que no analizan el problema de fondo; la fragilidad de los mecanismos de control y la ausencia de sistemas efectivos de transparencia y rendición de cuentas.

Si no se interviene de manera estructural, el mensaje es peligroso  “la corrupción no se elimina, se administra”.

Y cuando eso ocurre, el Estado deja de ser garante de la legalidad para convertirse en parte del problema.

Zamora Chinchipe hoy no solo enfrenta un desafío ambiental o económico. Enfrenta algo más profundo, una disputa por el sentido mismo de la autoridad. Porque si el ciudadano percibe que la ley tiene precio, entonces la legalidad deja de ser un principio y se convierte en una opción.

Y en ese punto, ya no estamos hablando únicamente de corrupción.

Estamos hablando de un Estado que corre el riesgo de haber sido capturado desde dentro

 

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