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René Cueva Encalada: la voz que permanece en la memoria colectiva

Publicado elamazonico elamazonico 4 min de lectura

El 3 de enero de 2026, en la solemnidad de la Misa de Sepelio, Cariamanga se detuvo. En el silencio contenido del templo y en los rostros marcados por la nostalgia, la familia, los amigos y la comunidad entera rindieron homenaje a la vida y legado de René Cueva Encalada, periodista y comunicador social cuya voz, durante décadas, acompañó la cotidianidad de su pueblo y trascendió el tiempo para convertirse en memoria viva.

Hablar de la vida de un ser querido no consiste únicamente en enumerar fechas ni en ordenar episodios biográficos; implica, sobre todo, rescatar emociones, evocar presencias y reconocer las huellas invisibles que una persona deja en la existencia de los demás. Recordar a René Cueva es, en ese sentido, un acto de gratitud colectiva hacia un hombre cuya vida fue sinónimo de cercanía, compromiso humano y fe profundamente vivida.

René Cueva Encalada nació el 22 de agosto de 1966 en la ciudad de Cariamanga, cantón Calvas, en el seno de una familia que supo sembrar en él valores esenciales: el respeto, el trabajo honesto, la sencillez y la confianza en Dios. Hijo de Abran Cueva Pardo y Carmen Incalada, creció junto a sus hermanos Carmen (†), Abran (†), Estela, Cecilia, Ramiro, Margarita y Luis Ángel, en un entorno donde la unión familiar y la espiritualidad fueron pilares formativos.

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Desde temprana edad, René evidenció una sensibilidad particular hacia las realidades humanas que lo rodeaban. Su carácter noble, su disposición al diálogo y su capacidad para escuchar definieron no solo su personalidad, sino también su vocación. Fue esa sensibilidad la que lo condujo naturalmente al mundo de la comunicación, encontrando en la radio Cariamanga el espacio propicio para ejercer un periodismo profundamente humano.

Para René, la comunicación no fue únicamente una profesión, sino una forma de servicio social. El micrófono se convirtió en un puente entre las personas, en un instrumento para acompañar, orientar y compartir la vida diaria con calidez y empatía. No se limitaba a informar hechos; construía relatos cargados de sentido, cercanos a la gente, donde la palabra era un acto de compañía y solidaridad.

Su trayectoria profesional se extendió también a la provincia de Zamora Chinchipe, territorio donde consolidó vínculos de amistad y respeto, respaldados por su ética, profesionalismo y calidad humana. Allí, como en su tierra natal, su labor periodística fue testimonio de coherencia y responsabilidad social. La comunicación, además, fue un lenguaje compartido en el ámbito familiar, fortaleciendo lazos fraternos y consolidando una identidad construida desde la palabra y el compromiso.

Más allá del periodista, René Cueva fue, ante todo, un padre profundamente presente y amoroso. Su paternidad se expresó en gestos cotidianos, muchas veces silenciosos, cargados de ternura y entrega. Supo desafiar las rigideces del mundo adulto para preservar la cercanía emocional con sus hijos, demostrando que la verdadera autoridad nace del amor, la comprensión y la presencia constante.

En el plano social, su participación en el Club Jerónimo Carrión de Cariamanga marcó otro espacio de encuentro humano. El fútbol, para René, fue más que una práctica deportiva: fue una expresión de hermandad, de amistad sincera y de solidaridad. Conocido cariñosamente como “Checa”, fue reconocido por su buen humor, su espíritu conciliador y su generosidad desinteresada, cualidades que fortalecieron vínculos y dejaron recuerdos imborrables.

La vida también le impuso pruebas de profunda dureza. Durante varios años, René asumió el sacrificio de la migración, alejándose de su tierra, de la radio y de su familia, impulsado por un único propósito: garantizar el bienestar y el futuro de sus hijos. Esa distancia, marcada por la nostalgia y el silencio, fue una expresión de valentía y amor silencioso, cuyo fruto hoy se reconoce en la estabilidad y los valores de quienes crecieron bajo su ejemplo.

Como padre y luego como abuelo, René Cueva se distinguió por una ternura excepcional. Educó desde el ejemplo y la mansedumbre, lejos de la severidad autoritaria. Para él, la disciplina fue siempre un acto de amor paciente. Sus hijos fueron la razón esencial de cada esfuerzo, y sus nietos, los guardianes de su última sonrisa, depositarios de un afecto que trasciende el tiempo.

Hoy, su partida física no convoca únicamente al duelo, sino a una profunda gratitud colectiva. Las ondas radiales del sur del Ecuador parecen conservar el eco de su voz, recordando a un hombre cuya vida fue un mensaje coherente, auténtico y profundamente humano.

René Cueva Encalada deja como herencia una existencia vivida con integridad, una vocación ejercida con responsabilidad social y una familia edificada sobre la fe, la ternura y el sacrificio. Su memoria permanece como una brújula ética y afectiva para quienes continúan el camino inspirados por su ejemplo.

Su vida no fue simplemente una transmisión radial; fue un mensaje permanente de esperanza, cuya luz serena seguirá acompañando a todos aquellos que tuvieron el privilegio de conocerlo y amarlo.

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