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“Correa y la Revolución Ciudadana no son de izquierda,” Alonzo Cueva Rojas

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En respuesta a la convocatoria realizada el miércoles 31 de julio por cincuenta organizaciones sociales y políticas a los movimientos de izquierda para socializar y analizar estrategias de cara a las elecciones de 2025, Alonzo Cueva Roja dio su punto de vista, subrayando la importancia de la unidad y la coherencia en la propuesta de un programa de gobierno que refleje las aspiraciones legítimas de diversos sectores sociales.

Cueva Roja enfatizó la necesidad de una unidad auténtica dentro de la tendencia democrática patriótica de izquierda, capaz de presentar al país un programa de gobierno inclusivo que recoja las demandas de los pueblos, la juventud, los trabajadores y los sectores populares en general. “Creo que eso es saludable, pero es conveniente también advertir que dentro de estos acuerdos debe primar la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace”, afirmó.

Cueva Roja expresó su preocupación sobre la participación de actores que, habiendo gobernado con talante dictatorial en el pasado, ahora buscan reivindicarse como parte de la tendencia democrática de izquierda. “No vemos con muy buen agrado el hecho de que quienes nos gobernaron en el pasado, quieran confundir a la población y a los sectores populares como parte de esa tendencia democrática de izquierda”, señaló.

En referencia a la reunión del pasado 31 de julio, Cueva Roja destacó la participación de líderes y organizaciones que han sido críticos de gobiernos anteriores. “Coincidimos con organizaciones como el sector indígena, la CONAIE, el Partido Socialista Ecuatoriano y diversas organizaciones sociales de trabajadores para presentar una alternativa de cambio que el Ecuador necesita y que es una tarea pendiente para los trabajadores y los pueblos del país”, añadió.

Respecto a los resultados de la reunión, Cueva Roja mostró escepticismo debido a la participación de figuras políticas que han estado en el poder por largos periodos sin resolver los problemas de los trabajadores y los pueblos. “En esa reunión también estuvieron quienes ya gobernaron este país por 17 años y que no fueron capaces de resolver los angustiosos problemas de los trabajadores y los pueblos”, puntualizó.

Al ser consultado sobre su referencia específica, Cueva Roja mencionó a los representantes de la llamada Revolución Ciudadana, recordando el régimen de persecución y arbitrariedades que se vivieron durante su gobierno. “No hay que olvidarnos que en ese régimen se persiguió a los líderes populares, indígenas, ecologistas y periodistas críticos”, manifestó.

Cueva Roja coincidió con el representante de la CONAIE, Leonidas Iza, en que la crisis en Ecuador no es un asunto nuevo, sino una problemática histórica exacerbada por gobiernos que han favorecido a grupos económicos a través de condonaciones de deudas e intereses, en detrimento de los sectores populares. “Durante el gobierno del presidente Correa, se beneficiaron grupos económicos con condonaciones de deudas significativas”, recordó.

Finalmente, Cueva Roja hizo un llamado a la memoria y la coherencia en la política, destacando la necesidad de una verdadera alternativa de izquierda que no haya tenido la oportunidad de gobernar, y que se distinga por su integridad y compromiso con los intereses populares y no con los grupos de poder económico.

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La prensa en el asfalto: El costo familiar de no alinearse al poder

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ARTÍCULO DE OPINIÓN

Por: Alonzo Cueva Rojas

 

El retiro de Gisella Bayona expone la mutación de la censura en Ecuador: cuando el poder no puede destruir los argumentos del periodista, asfixia su entorno más íntimo.

Esta asfixia indirecta no es un hecho aislado, sino la consolidación de un patrón. Meses atrás, el país presenció un escenario idéntico cuando el periodista Hernán Higuera suspendió una investigación por seguridad. La respuesta del poder fue quirúrgica: desvinculación fulminante de su esposa de un cargo público y afectación al internado médico de su hijo. Romper la estabilidad familiar ya no es un daño colateral, sino el método predilecto para forzar el silencio.

El ensañamiento contra Bayona responde a un pecado imperdonable para el relato oficial: darle voz al dolor de las calles. Al visibilizar el desabastecimiento hospitalario y las carencias que sufren miles de madres y pacientes, ejerció el rol fiscalizador innato de su profesión. Responder a la denuncia ciudadana con discursos intimidatorios demuestra una profunda desconexión con las urgencias sociales y una alarmante intolerancia a la crítica.

Este panorama ha provocado una alineación forzada dentro del gremio por temor a represalias, expandiendo la autocensura. Frente a esto, Bayona expresó con dureza su asombro ante la metamorfosis de la prensa, cuestionando cómo comunicadores que antes cumplían su trabajo con rigor hoy han abdicado de su independencia para convertirse en dóciles «alfombras del poder», dedicados a aplaudir al gobierno de turno.

Bajo estas reglas del juego, la existencia de cualquier voz crítica queda en riesgo latente. Espacios informativos frontales como los del periodista Fabricio Vela, quien permanentemente expone la crisis de seguridad nacional y confronta las verdades oficiales, se vuelven vulnerables ante una maquinaria que no tolera los matices. Si la prensa libre que incomoda es arrinconada, el peligro ya no es individual, sino colectivo.

Frente a esta marea de sumisión nacional, es urgente hacer un exhorto firme al periodismo de Zamora Chinchipe. Las voces objetivas de nuestra provincia, aquellas que conocen de cerca la realidad de las comunidades, la gestión de los recursos y las necesidades locales, no pueden claudicar ni dar un paso atrás. Ceder ante el temor o alinearse por conveniencia significa dejar a la ciudadanía en absoluta indefensión informativa. El periodismo amazónico debe sostenerse con valentía como el último contrapeso frente a los discursos oficiales.

Abrazar la dignidad de quienes prefieren retirarse antes que quebrar sus principios es necesario, pero insuficiente. Si la sociedad civil normaliza la persecución familiar y el servilismo mediático, el silencio dejará de ser una elección y se convertirá en complicidad. Hoy, la solidaridad con el periodismo independiente debe transformarse en una resistencia colectiva contra el vaciamiento de la verdad.

 

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Cuando criticar al poder se convierte en un riesgo

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Por: Alcibar Lupercio

La libertad de expresión no es un privilegio de los periodistas ni una concesión de los gobiernos de turno. Es un derecho fundamental y una de las condiciones esenciales para que una democracia funcione. Cuando una sociedad deja de cuestionar al poder, comienza a perder una de sus principales herramientas de control ciudadano.

Ecuador conoce demasiado bien los riesgos de confundir autoridad con silencio. La historia reciente ofrece antecedentes que deberían servirnos como advertencia. Durante el gobierno de Rafael Correa, la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos documentó, entre 2007 y 2017, una política de desacreditación, estigmatización y sanción contra periodistas, medios y otros actores críticos.

Uno de los casos más emblemáticos fue el proceso contra el periodista Emilio Palacio y directivos de El Universo. La CIDH manifestó su preocupación por una sentencia que contemplaba penas de prisión y una millonaria indemnización por un artículo de opinión referido a asuntos de interés público. Posteriormente, la propia Comisión llevó el caso ante la Corte Interamericana.

Aquellos episodios deberían haber dejado una lección permanente: ningún gobierno, independientemente de su ideología, debería sentirse dueño de la verdad ni utilizar el poder estatal para intimidar a quienes lo cuestionan.

Pero el problema no pertenece únicamente al pasado.

Durante el actual Gobierno también se han registrado preocupaciones relacionadas con el ejercicio periodístico. Fundamedios reportó en 2024 un incremento de agresiones contra periodistas y medios, incluyendo obstáculos al acceso a la información y episodios de hostigamiento estatal. En septiembre de ese año señaló además su preocupación por declaraciones que podían interpretarse como una intención de utilizar la publicidad oficial para favorecer o castigar determinadas líneas editoriales.

En 2025, Fundamedios reportó 231 agresiones relacionadas con la libertad de expresión, de las cuales 114 fueron atribuidas a agentes estatales, según su metodología de monitoreo.

A esto se suma una realidad todavía más grave: la violencia del crimen organizado. El Comité para la Protección de los Periodistas ha documentado amenazas, ataques y el éxodo de periodistas ecuatorianos, mientras varios comunicadores han tenido que abandonar sus ciudades o incluso el país para proteger su integridad.

Entonces, ¿qué país queremos construir?

Un país donde un periodista pueda preguntar por qué faltan medicamentos en un hospital. Donde pueda investigar las condiciones de una escuela pública. Donde pueda cuestionar el estado de una carretera. Donde pueda preguntar cuánto se gastó, quién contrató, quién ganó un contrato y si los recursos públicos fueron utilizados correctamente.

Eso no debería considerarse una agresión contra el Gobierno. Eso es periodismo.

El problema aparece cuando la crítica comienza a interpretarse como enemistad política. Y resulta todavía más preocupante si un periodista o propietario de un medio que mantiene relaciones comerciales legítimas con el Estado siente que, por esa razón, debe guardar silencio frente a posibles irregularidades.

Aquí debemos ser particularmente cuidadosos: ser proveedor del Estado no elimina los derechos constitucionales de una persona, pero tampoco convierte al periodista en intocable frente a la ley. La obligación debe ser la misma para todos: contratos transparentes, información verificable, ausencia de conflictos de interés y respeto absoluto a las normas.

Lo peligroso sería que una relación contractual con una institución pública se convierta, de hecho, o por temor, en un mecanismo de autocensura.

Porque si un periodista piensa: “No puedo investigar esto porque tengo un contrato con el Estado”, la sociedad pierde mucho más que una noticia. Pierde una voz.

Y si un funcionario piensa: “Este medio no puede cuestionarme porque trabaja para el Estado”, entonces el problema ya no es solamente periodístico. Es democrático.

También debemos reconocer que la prensa tiene responsabilidades. La libertad de expresión no significa libertad para mentir, difamar o manipular. El periodismo serio debe investigar, contrastar fuentes, separar información de opinión y permitir el derecho a la réplica. Precisamente por eso, la respuesta frente a una publicación periodística debe ser más información, más transparencia y, cuando corresponda, las vías legales; nunca la intimidación.

Ecuador enfrenta problemas demasiado grandes para desperdiciar energía persiguiendo voces críticas. La inseguridad continúa siendo una preocupación central para los ciudadanos; existen cuestionamientos sobre servicios públicos, infraestructura, educación, salud, empleo y economía. Las decisiones gubernamentales sobre combustibles, impuestos y transporte tienen consecuencias directas sobre millones de personas.

En una democracia, esas decisiones deben poder ser discutidas.

El ciudadano tiene derecho a preguntar. El periodista tiene derecho a investigar. El medio tiene derecho a publicar. Y el Gobierno tiene la obligación democrática de responder.

No importa si el Gobierno es de derecha, de izquierda, liberal, conservador o de cualquier otra corriente. Los derechos no cambian dependiendo del nombre del presidente.

Por eso tampoco debemos repetir los errores del pasado. La defensa de la libertad de prensa no puede convertirse en una bandera selectiva: no puede defenderse cuando gobierna alguien que nos agrada y olvidarse cuando gobierna alguien que nos disgusta.

La libertad de expresión debe defenderse incluso cuando la voz que habla no coincide con nuestra propia opinión.

Y aquí existe una responsabilidad particular para las nuevas generaciones. Los jóvenes no tienen que aceptar que cuestionar sea considerado traición, que investigar sea considerado oposición o que exigir transparencia sea considerado un ataque.

Una democracia saludable necesita ciudadanos capaces de preguntar y autoridades capaces de responder.

El silencio impuesto nunca será una política pública.

El Ecuador no necesita menos periodismo. Necesita mejor periodismo, más investigación, más transparencia y mayor protección para quienes ejercen esta profesión.

Y necesita, sobre todo, entender una verdad elemental: un Gobierno fuerte no es aquel que consigue que nadie lo critique; es aquel que puede soportar la crítica, responder con argumentos y rendir cuentas ante sus ciudadanos.

Porque cuando la prensa deja de preguntar por miedo, cuando el periodista comienza a autocensurarse para conservar un contrato y cuando el ciudadano prefiere callar para evitar consecuencias, la democracia empieza a quedarse sin voz.

Y un país sin voces críticas no es un país en paz.

Es un país en silencio.

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Un nuevo año lectivo: una travesía que debemos recorrer juntos

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El tiempo de vacaciones ha llegado a su final y, con él, comienza una nueva travesía para los estudiantes del régimen Sierra-Amazonía. El 1 de septiembre de 2026 no comienza simplemente un nuevo calendario escolar; comienza una nueva oportunidad para aprender, crecer, superar desafíos, construir sueños y convertirlos en realidades.

Pero ningún estudiante debería recorrer este camino solo. El éxito educativo no es responsabilidad exclusiva del estudiante, ni del docente, ni de la familia. La educación es una responsabilidad compartida. Cuando estudiantes, padres de familia, docentes y autoridades institucionales unen sus esfuerzos, se crea el terreno fértil donde pueden florecer los aprendizajes, los valores y los sueños.

Por eso, hoy debemos asumir un compromiso común: construir un excelente clima escolar, familiar y laboral, donde prevalezcan el respeto, la empatía, la solidaridad, la confianza y el diálogo; un ambiente donde podamos expresarnos libremente, escuchar y ser escuchados, comprender nuestras diferencias y aprender unos de otros.

Los estudiantes son los protagonistas de este proceso. Nadie puede aprender por ustedes. Cada clase, cada tarea, cada lectura, cada esfuerzo y cada dificultad superada representa un paso hacia el futuro que desean construir.

Pero el aprendizaje no puede desarrollarse plenamente donde existe el miedo, la burla, la violencia o la indiferencia. Por eso, hagamos de nuestras aulas espacios donde nadie tenga miedo de equivocarse, preguntar o expresar lo que piensa. Respetemos al compañero que aprende más despacio, ayudemos al que tiene dificultades, valoremos nuestras diferencias y rechacemos toda forma de violencia o discriminación.

Detrás de cada estudiante existe una historia, una familia, unos sueños y también dificultades que quizá desconocemos. Construyamos aulas donde exista autoridad, pero también humanidad; disciplina, pero también comprensión; exigencia, pero también motivación. Un estudiante que se siente respetado y valorado tiene mayores posibilidades de comprometerse con su aprendizaje.

Los padres de familia deben comprender una verdad fundamental: la educación es un proceso, no un producto. Ese proceso comienza en septiembre y termina en junio. No basta con matricular a nuestros hijos y esperar que al finalizar el año aparezca una buena libreta de calificaciones. Matricular es sembrar; acompañar es cuidar el crecimiento de la semilla.

Durante los diez meses del año lectivo debemos garantizar la asistencia, interesarnos por el rendimiento académico, el comportamiento y las relaciones de nuestros hijos; asistir a las reuniones de entrega de libretas; dialogar con los docentes y, cuando sea necesario, tomar oportunamente acciones preventivas y correctivas.

No esperemos a que aparezca un problema para acercarnos a la institución. La mejor dificultad es aquella que prevenimos a tiempo. Y no olvidemos que el aprendizaje también se construye en casa. Nuestros hijos necesitan encontrar allí un ambiente de tranquilidad, seguridad y confianza. Existe una regla sencilla que debemos recordar: Cuando aumenta la calma, disminuye el estrés. Cuando aumenta la confianza, disminuye el miedo. Y cuando disminuyen el miedo y la ansiedad, nuestros hijos aprenden mejor.

Nuestros hijos no necesitan padres perfectos; necesitan padres presentes, interesados y comprometidos. Preguntemos cómo les fue, escuchemos sus preocupaciones, reconozcamos sus esfuerzos, pongamos límites cuando sea necesario y, sobre todo, hagámosles sentir que creemos en ellos.

No esperemos al final del año para preocuparnos por su educación. Acompañemos el proceso desde el primer día hasta el último.

Autoridades y docentes: Un plantel donde existe un buen clima laboral es una institución que educa mejor. Por ello, necesitamos autoridades que lideren la comunidad educativa con respeto, comunicación, reconocimiento y trabajo colaborativo. Un docente que se siente valorado y respaldado estará en mejores condiciones para entregar lo mejor de sí a sus estudiantes.

Gestionar un buen clima laboral no significa que nunca existirán desacuerdos. Significa aprender a manejarlos con madurez, respeto, comunicación y sentido institucional. Cuando los adultos trabajamos unidos, nuestros estudiantes reciben un mensaje poderoso: los problemas se pueden resolver dialogando y los grandes objetivos se alcanzan trabajando en equipo.

Una sola comunidad educativa, un solo propósito. Este nuevo año escolar nos presenta una oportunidad para dejar atrás la indiferencia, las culpas y los reproches. Cuando algo no funciona, no preguntémonos primero “¿De quién es la culpa?”, sino: “¿Qué podemos hacer juntos para solucionarlo?” Cuando un estudiante tenga dificultades, familia y escuela deben actuar antes de que el problema crezca. Cuando exista un conflicto, busquemos diálogo antes que confrontación. Cuando un estudiante alcance un logro, celebremos juntos.

Familias, estudiantes, docentes y autoridades somos piezas diferentes de un mismo engranaje.

Si una pieza falla, todo el sistema se resiente. Pero cuando cada uno cumple responsablemente su papel, sucede algo extraordinario: la escuela se transforma en una verdadera comunidad de aprendizaje y convivencia.

Al finalizar este año lectivo, queremos recoger una cosecha abundante. Pero recordemos: Una buena cosecha no aparece por casualidad. Hay que preparar la tierra, sembrar, limpiar, abonar, cuidar y perseverar. De la misma manera, nuestros hijos necesitan que los acompañemos durante todo el proceso educativo.

Hoy, al comenzar este nuevo año lectivo, renovemos nuestro compromiso: Estudiantes: construyan un colegio donde el respeto, la empatía y la solidaridad sean parte de cada día. Padres de familia: construyan hogares donde florezcan la tranquilidad, la confianza, el diálogo y la motivación. Autoridades y docentes: construyamos juntos un lugar de trabajo donde cada uno asuma su parte y aporte lo mejor de sí, para disfrutar de una comunidad educativa unida, capaz de acompañar, inspirar y formar a la sociedad que queremos para el futuro.

Que este sea el año en que aprendamos a escucharnos, a comprendernos y a trabajar unidos. Porque cuando familia, escuela y estudiantes trabajan juntos, los sueños dejan de ser solamente sueños y comienzan a convertirse en realidades.

Hagamos de este año una oportunidad para crecer, para construir puentes y para demostrar que, cuando caminamos en la misma dirección, podemos transformar nuestra comunidad y nuestro futuro. 

¡Sembremos juntos, cuidemos juntos y cosechemos juntos el futuro de nuestros hijos!

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