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“Margarito”: el hombre que enseñó a escuchar a la pelota

Publicado elamazonico elamazonico 3 min de lectura

En las tardes calurosas de Zamora, cuando la gente se reúne alrededor de una cancha y el silencio se rompe con el golpe seco del balón, hay un nombre que todavía se dice en voz baja, Margarito. No hace falta explicar quién es. Basta mencionar el apodo para que aparezcan los recuerdos, los partidos largos y las apuestas pequeñas, pero llenas de orgullo.

Abel Jaramillo nació en Masanamaca, en Loja, pero hace más de veinte años decidió echar raíces en Zamora Chinchipe. Aquí no solo encontró trabajo y familia; encontró también una cancha, una red y un público que aprendió a quererlo. En el ecuavóley, Abel no fue el más fuerte ni el que más gritaba. Su juego era distinto. Él pensaba antes de tocar la pelota.

A sus 50 años, en este 2026, “Margarito” sigue entrando a la cancha con la misma calma de siempre. Mientras otros dependen del remate duro, él espera, observa y coloca la pelota donde más duele. Los viejos jugadores dicen que Abel “leía la mente” del rival. En realidad, leía el juego, el movimiento de los pies, la forma de sacar.

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Así se ganó el respeto enfrentando a grandes nombres del ecuavóley como “El Chino”, “Vinces” o “Pelé”. Fueron partidos largos, duros, de esos que se cuentan una y otra vez en las tiendas y barrios. De allí vinieron los títulos, pero también algo más valioso: el cariño de la gente.

“Margarito” no solo jugó para ganar. Jugó para unir. Su historia conecta a Loja y Zamora, dos provincias que se encuentran en la red y en la pelota. En cada partido había vecinos, jóvenes, adultos mayores, todos alrededor de la cancha, aprendiendo que el deporte también es comunidad.

Con los años, Abel entendió que el juego no debía terminar con él. Por eso abrió el Club Formativo Ecuavóley Margarito, un espacio donde no solo se enseña a jugar, sino a respetar, a escuchar y a tener paciencia.

Hoy, junto a él, entrena su hijo Matías, al que todos llaman “Margarito 2”. Tiene 14 años, pero juega con una tranquilidad que sorprende. No grita, no se apura. Mira a su padre, aprende y repite. Verlos juntos es como ver una historia que se escribe sola, sin necesidad de palabras.

La gente que pasa por la cancha se queda mirando. Algunos sonríen, otros recuerdan. Saben que no es solo un padre enseñando a su hijo. Es una tradición que se niega a desaparecer.

Más que un jugador

Abel Jaramillo no es solo un buen ecuavolista. Es parte de la memoria de su gente. Su historia demuestra que el deporte no siempre necesita estadios ni cámaras. A veces basta una cancha sencilla, una red bien puesta y alguien que sepa escuchar a la pelota.

Mientras “Margarito” siga entrando a la cancha, y “Margarito 2” siga aprendiendo, el ecuavóley seguirá vivo, contando su historia golpe a golpe, en cada rincón del sur del Ecuador.

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