{"id":25959,"date":"2025-08-31T09:54:11","date_gmt":"2025-08-31T14:54:11","guid":{"rendered":"https:\/\/www.elamazonico.com\/portal\/?p=25959"},"modified":"2025-08-31T09:54:11","modified_gmt":"2025-08-31T14:54:11","slug":"este-viaje-empezo-en-la-selva-y-terminara-en-mi-pais-asi-relata-un-ecuatoriano-como-llego-a-estados-unidos-sin-papeles-y-hoy-es-ciudadano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.elamazonico.com\/portal\/este-viaje-empezo-en-la-selva-y-terminara-en-mi-pais-asi-relata-un-ecuatoriano-como-llego-a-estados-unidos-sin-papeles-y-hoy-es-ciudadano\/","title":{"rendered":"&#8216;Este viaje empez\u00f3 en la selva y terminar\u00e1 en mi pa\u00eds&#8217;: As\u00ed relata un ecuatoriano c\u00f3mo lleg\u00f3 a Estados Unidos sin papeles y hoy es ciudadano"},"content":{"rendered":"<p><strong>NUEVA YORK.<\/strong> Eran las 2:15 de la madrugada. Un s\u00e1bado de junio de 2003, cuando Gabriel cerr\u00f3 la puerta de su casa en la Man\u00e1, Provincia de Cotopaxi. Su madre y sus hermanos lo acompa\u00f1aron hasta el aeropuerto. Seis horas en silencio, como si las palabras se hubieran gastado en las semanas previas. En la mochila llevaba varias cartas y fotos, poca ropa, algo de dinero y su pasaporte. \u201cCon eso y fe, dijo, cre\u00ed que alcanzaba\u201d. La salida no fue dram\u00e1tica ni ruidosa: fue un abrazo largo en la acera h\u00fameda y el sonido opaco de sus pasos alej\u00e1ndose.<\/p>\n<p>Desde Quito vol\u00f3 a San Salvador. All\u00ed empezaba de verdad el viaje: un bus lo llev\u00f3 hasta Guatemala y de ah\u00ed a M\u00e9xico, donde el camino se convirti\u00f3 en una cadena de esperas, escondites y caminatas interminables. El grupo lo formaban rostros cansados de Ecuador, Honduras y Nicaragua. Viajaba tambi\u00e9n una mujer con su hijo peque\u00f1o. Gabriel, el m\u00e1s joven y fuerte, se ofreci\u00f3 a ayudar. \u201cNo iba a dejarles solos. Si me alcanzaba el aire, cargaba al ni\u00f1o\u201d.<\/p>\n<p>La selva fue un cuchillo lento: lodo a la cintura, r\u00edos oscuros, lianas que parec\u00edan manos. No fueron d\u00edas heroicos sino d\u00edas h\u00famedos, pegajosos, con la sensaci\u00f3n de que el cuerpo empezaba a oxidarse. A ratos, los coyotes, menos crueles de lo que hab\u00eda escuchado, les dejaban hacer llamadas r\u00e1pidas. \u201cBastaba un \u2018llegu\u00e9 bien\u2019 para que mi mam\u00e1 respirara\u201d, recuerda. Para entonces, Gabriel ya entend\u00eda que el viaje no se contaba en kil\u00f3metros sino en esperas.<\/p>\n<p>A la salida del Dari\u00e9n \u2014para los que viajaron por una ruta m\u00e1s complicada que la de Gabriel\u2014 Centroam\u00e9rica se volvi\u00f3 un corredor de casas de seguridad: piezas compartidas, colchones en el suelo, puertas que se abr\u00edan solo cuando sonaba un tel\u00e9fono. Lo que para otros era una traves\u00eda de semanas, en su caso se transform\u00f3 en seis meses: se deten\u00edan para reagruparse, para juntar dinero, para esquivar controles.<\/p>\n<p>Hoy, esas mismas pausas siguen existiendo, aunque con otras formas: miles de migrantes quedan atrapados durante meses en ciudades fronterizas, a veces a la espera de \u201cuna confirmaci\u00f3n\u201d que nunca llega, empujados a vivir en un limbo que parece no tener final.<\/p>\n<p><strong>La ruta por M\u00e9xico, un embudo y tambi\u00e9n pesadilla<\/strong><br \/>\nM\u00e9xico fue el gran embudo. Tapachula se le qued\u00f3 grabada como una palabra viscosa: filas, calor, papeles que promet\u00edan poco. Pas\u00f3 semanas bajo techo ajeno, \u201cdurmiendo con los zapatos y la peque\u00f1a mochila puestos por si tocaban la puerta, o porque alguien te pod\u00eda robar lo poco que tienes\u201d. O\u00eda hablar del tren, la Bestia, y prefer\u00eda caminar. \u201cLa espera era peor que la selva. Uno no sabe si avanza ma\u00f1ana o en un mes\u201d.<\/p>\n<p>El norte de M\u00e9xico fue un susurro de instrucciones: cambiar de cami\u00f3n al atardecer, no mirar a los ojos, seguir la mochila roja. Cruzaron por Sonora cuando el sol ca\u00eda. \u201cAh\u00ed se aprende a caminar con el agua en la boca\u201d, dice. Fueron dos noches as\u00ed, la arena meti\u00e9ndose en los zapatos y el ni\u00f1o dormido a ratos entre sus brazos. \u201cMe repet\u00eda: ya casi, ya casi. No puedes detenerte aqu\u00ed\u201d.<\/p>\n<p>\u201cEl cruce final no tuvo nada de \u00e9pico: fue una carrera muda bajo el riesgo constante de ser descubiertos por la patrulla fronteriza, guiados a oscuras hasta un punto convenido en la carretera. El faro de un cami\u00f3n se mov\u00eda apenas. \u2018Vi las luces del otro lado y el coraz\u00f3n se me sali\u00f3. Era miedo y esperanza juntos\u2019, recuerda. Cuando por fin pis\u00f3 suelo estadounidense, las piernas no le respondieron. \u2018Ca\u00ed de rodillas y llor\u00e9. No era ese tipo de alegr\u00eda que uno brinca; era m\u00e1s bien el cuerpo diciendo: llegaste\u2019.<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/imagenes.primicias.ec\/files\/content_image_simple_414_238\/uploads\/2025\/08\/29\/68b235ba0ea19.jpeg\" alt=\"thumb\" \/><br \/>\nTestimonios de esa frontera hablan de caminatas de dos y hasta tres noches por el desierto, de cuerpos que avanzan doblados por el cansancio, deshidratados, con los pies llagados. Algunos alcanzan la carretera y suben a un cami\u00f3n que los lleva a casas de seguridad en las afueras de Tucson; otros se quedan en el camino. Gabriel tuvo suerte: lo dejaron en una habitaci\u00f3n con un colch\u00f3n, una ducha y un plato de arroz. Dos d\u00edas despu\u00e9s lo subieron a una camioneta rumbo a Houston y de ah\u00ed a un autob\u00fas interminable hacia la costa este. Nueva Jersey no fue un destino so\u00f1ado: fue la direcci\u00f3n donde un conocido pod\u00eda abrirle la puerta\u201d.<\/p>\n<p><strong>La segunda traves\u00eda: sobrevivir en tierra ajena<\/strong><br \/>\nEl primer trabajo fue en el campo: tomates, pepinos, espalda encorvada y el silbido de los aspersores a las cinco de la ma\u00f1ana. \u201cMe dol\u00eda la cintura, pero estaba agradecido\u201d. Luego vino la construcci\u00f3n: sacos de cemento, paredes rectas, la satisfacci\u00f3n de dejar algo en pie al final del d\u00eda. Con el tiempo, junt\u00f3 lo suficiente para abrir un peque\u00f1o negocio. \u201cNo quer\u00eda que mis hijos digan que su pap\u00e1 solo trabaj\u00f3 para otros\u201d.<\/p>\n<p>Sus hermanos fueron llegando. Primero se sumaron a su emprendimiento; despu\u00e9s, uno abri\u00f3 un restaurante. Al principio, el permiso lo sacaron a nombre de otra persona. \u201cAs\u00ed funcionaba: confianza y necesidad. Sin eso no habr\u00edamos sobrevivido\u201d. Entre todos, levantaron una red que era trabajo, pero tambi\u00e9n refugio.<\/p>\n<p>La vida privada dio un giro cuando conoci\u00f3 a una mujer y se cas\u00f3. \u201cMuchos pensaron que era por papeles, pero yo sab\u00eda que no era tan f\u00e1cil. Igual ten\u00eda que salir y pedir perd\u00f3n en Ecuador\u201d. Todo cambi\u00f3 cuando naci\u00f3 su hijo, diagnosticado con una condici\u00f3n psicol\u00f3gica que requer\u00eda tratamiento constante. \u201cMi hijo fue mi salvaci\u00f3n. Por \u00e9l me dieron la residencia sin que tuviera que salir. Y despu\u00e9s, la ciudadan\u00eda. Esta vez s\u00ed la busqu\u00e9: era la \u00fanica forma de asegurarle un futuro\u201d.<\/p>\n<p>Con el pasaporte estadounidense en mano, el miedo afloj\u00f3. Pudo emprender sin mirar por encima del hombro y traer legalmente a parte de los suyos. \u201cCuando lo tuve en la mano, pens\u00e9: vali\u00f3 la pena cada l\u00e1grima\u201d. Aun as\u00ed, la br\u00fajula interior apuntaba al sur.<\/p>\n<p>Hoy, Gabriel mira la frontera desde la distancia y le parece otra. Las cifras dicen que el Dari\u00e9n se ha vaciado como nunca: 13 cruces en mayo de 2025 y 10 en junio, una ca\u00edda del 99,98% respecto a los picos recientes. \u201cSi lo intentara ahora, no lo lograr\u00eda\u201d, admite. La pol\u00edtica endurecida y el cierre de rutas empujaron a la gente hacia un silencio estad\u00edstico que no necesariamente significa que el problema se haya resuelto.<\/p>\n<p><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/imagenes.primicias.ec\/files\/content_image_simple_414_238\/uploads\/2025\/08\/29\/68b23a5be576b.jpeg\" alt=\"thumb\" \/><br \/>\nEl desierto sigue siendo la trampa mortal de siempre. La frontera entre M\u00e9xico y Estados Unidos es, desde hace a\u00f1os, la ruta terrestre m\u00e1s letal del mundo: la deshidrataci\u00f3n y la desorientaci\u00f3n matan m\u00e1s que los muros. \u201cEl calor no perdona. El agua se acaba y la cabeza empieza a decirte que te sientes un rato. Si te sientas, te quedas\u201d admite.<\/p>\n<p>Gabriel entiende tambi\u00e9n que las esperas hoy se multiplican por sistemas y cierres: filas que duran meses, aplicaciones que desaparecen con un decreto, familias qued\u00e1ndose paradas en una ciudad que no eligieron. A comienzos de 2025, centenares de miles de personas aguardaban citas cuando el gobierno estadounidense cerr\u00f3 la aplicaci\u00f3n que ordenaba parte del flujo; muchos quedaron varados sin un plan B. \u201cYo tuve suerte con el tiempo en que me toc\u00f3\u201d.<\/p>\n<p>Aunque levant\u00f3 su vida en Estados Unidos, Gabriel nunca dej\u00f3 de construir una casa en Ecuador. Uno de sus hermanos ya se regres\u00f3. \u00c9l sue\u00f1a con jubilarse all\u00e1, gastar lo ahorrado en las calles donde aprendi\u00f3 a correr descalzo. \u201cUno no quiere morir en tierra prestada\u201d, repite. Cuando habla del futuro, lo hace como quien reserva un pasaje con fecha abierta.<\/p>\n<p>A veces recuerda al ni\u00f1o que carg\u00f3 en la selva y a la madre que caminaba detr\u00e1s. El suspiro cuando pis\u00f3 tierra americana. Recuerda tambi\u00e9n al coyote que, de tanto contactarlo, llegaron a bromear entre sus hermanos que era coyotero familiar \u201cas\u00ed como hay doctor de cabecera, nosotros ten\u00edamos nuestro tramitador de cabecera\u201d bromea.<\/p>\n<p>El viaje de Gabriel empez\u00f3 con una puerta cerr\u00e1ndose a las 2:15 y una mochila liviana. Termin\u00f3, de alg\u00fan modo, cuando cay\u00f3 de rodillas al otro lado de la frontera. Pero su geograf\u00eda verdadera est\u00e1 al sur. \u201cEste viaje empez\u00f3 en la selva y terminar\u00e1 en mi pa\u00eds. All\u00e1 me esperan mi casa, mi gente, mi vida. Solo me falta volver\u201d\u2026 <strong>Fuente: primicias<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>NUEVA YORK. Eran las 2:15 de la madrugada. Un s\u00e1bado de junio de 2003, cuando Gabriel cerr\u00f3 la puerta de su casa en la Man\u00e1, Provincia de Cotopaxi. Su madre y sus hermanos lo acompa\u00f1aron hasta el aeropuerto. Seis horas en silencio, como si las palabras se hubieran gastado en las semanas previas. En la mochila llevaba varias cartas y fotos, poca ropa, algo de dinero y su pasaporte. \u201cCon eso y fe, dijo, cre\u00ed que alcanzaba\u201d. La salida no fue dram\u00e1tica ni ruidosa: fue un abrazo largo en la acera h\u00fameda y el sonido opaco de sus pasos alej\u00e1ndose. Desde Quito vol\u00f3 a San Salvador. All\u00ed empezaba de verdad el viaje: un bus lo llev\u00f3 hasta Guatemala y de ah\u00ed a M\u00e9xico, donde el camino se convirti\u00f3 en una cadena de esperas, escondites y caminatas interminables. El grupo lo formaban rostros cansados de Ecuador, Honduras y Nicaragua. Viajaba tambi\u00e9n una mujer con su hijo peque\u00f1o. Gabriel, el m\u00e1s joven y fuerte, se ofreci\u00f3 a ayudar. \u201cNo iba a dejarles solos. Si me alcanzaba el aire, cargaba al ni\u00f1o\u201d. La selva fue un cuchillo lento: lodo a la cintura, r\u00edos oscuros, lianas que parec\u00edan manos. No fueron d\u00edas heroicos sino d\u00edas h\u00famedos, pegajosos, con la sensaci\u00f3n de que el cuerpo empezaba a oxidarse. A ratos, los coyotes, menos crueles de lo que hab\u00eda escuchado, les dejaban hacer llamadas r\u00e1pidas. \u201cBastaba un \u2018llegu\u00e9 bien\u2019 para que mi mam\u00e1 respirara\u201d, recuerda. Para entonces, Gabriel ya entend\u00eda que el viaje no se contaba en kil\u00f3metros sino en esperas. A la salida del Dari\u00e9n \u2014para los que viajaron por una ruta m\u00e1s complicada que la de Gabriel\u2014 Centroam\u00e9rica se volvi\u00f3 un corredor de casas de seguridad: piezas compartidas, colchones en el suelo, puertas que se abr\u00edan solo cuando sonaba un tel\u00e9fono. Lo que para otros era una traves\u00eda de semanas, en su caso se transform\u00f3 en seis meses: se deten\u00edan para reagruparse, para juntar dinero, para esquivar controles. Hoy, esas mismas pausas siguen existiendo, aunque con otras formas: miles de migrantes quedan atrapados durante meses en ciudades fronterizas, a veces a la espera de \u201cuna confirmaci\u00f3n\u201d que nunca llega, empujados a vivir en un limbo que parece no tener final. La ruta por M\u00e9xico, un embudo y tambi\u00e9n pesadilla M\u00e9xico fue el gran embudo. Tapachula se le qued\u00f3 grabada como una palabra viscosa: filas, calor, papeles que promet\u00edan poco. Pas\u00f3 semanas bajo techo ajeno, \u201cdurmiendo con los zapatos y la peque\u00f1a mochila puestos por si tocaban la puerta, o porque alguien te pod\u00eda robar lo poco que tienes\u201d. O\u00eda hablar del tren, la Bestia, y prefer\u00eda caminar. \u201cLa espera era peor que la selva. Uno no sabe si avanza ma\u00f1ana o en un mes\u201d. El norte de M\u00e9xico fue un susurro de instrucciones: cambiar de cami\u00f3n al atardecer, no mirar a los ojos, seguir la mochila roja. Cruzaron por Sonora cuando el sol ca\u00eda. \u201cAh\u00ed se aprende a caminar con el agua en la boca\u201d, dice. Fueron dos noches as\u00ed, la arena meti\u00e9ndose en los zapatos y el ni\u00f1o dormido a ratos entre sus brazos. \u201cMe repet\u00eda: ya casi, ya casi. No puedes detenerte aqu\u00ed\u201d. \u201cEl cruce final no tuvo nada de \u00e9pico: fue una carrera muda bajo el riesgo constante de ser descubiertos por la patrulla fronteriza, guiados a oscuras hasta un punto convenido en la carretera. El faro de un cami\u00f3n se mov\u00eda apenas. \u2018Vi las luces del otro lado y el coraz\u00f3n se me sali\u00f3. Era miedo y esperanza juntos\u2019, recuerda. Cuando por fin pis\u00f3 suelo estadounidense, las piernas no le respondieron. \u2018Ca\u00ed de rodillas y llor\u00e9. No era ese tipo de alegr\u00eda que uno brinca; era m\u00e1s bien el cuerpo diciendo: llegaste\u2019. Testimonios de esa frontera hablan de caminatas de dos y hasta tres noches por el desierto, de cuerpos que avanzan doblados por el cansancio, deshidratados, con los pies llagados. Algunos alcanzan la carretera y suben a un cami\u00f3n que los lleva a casas de seguridad en las afueras de Tucson; otros se quedan en el camino. Gabriel tuvo suerte: lo dejaron en una habitaci\u00f3n con un colch\u00f3n, una ducha y un plato de arroz. Dos d\u00edas despu\u00e9s lo subieron a una camioneta rumbo a Houston y de ah\u00ed a un autob\u00fas interminable hacia la costa este. Nueva Jersey no fue un destino so\u00f1ado: fue la direcci\u00f3n donde un conocido pod\u00eda abrirle la puerta\u201d. La segunda traves\u00eda: sobrevivir en tierra ajena El primer trabajo fue en el campo: tomates, pepinos, espalda encorvada y el silbido de los aspersores a las cinco de la ma\u00f1ana. \u201cMe dol\u00eda la cintura, pero estaba agradecido\u201d. Luego vino la construcci\u00f3n: sacos de cemento, paredes rectas, la satisfacci\u00f3n de dejar algo en pie al final del d\u00eda. Con el tiempo, junt\u00f3 lo suficiente para abrir un peque\u00f1o negocio. \u201cNo quer\u00eda que mis hijos digan que su pap\u00e1 solo trabaj\u00f3 para otros\u201d. Sus hermanos fueron llegando. Primero se sumaron a su emprendimiento; despu\u00e9s, uno abri\u00f3 un restaurante. Al principio, el permiso lo sacaron a nombre de otra persona. \u201cAs\u00ed funcionaba: confianza y necesidad. Sin eso no habr\u00edamos sobrevivido\u201d. Entre todos, levantaron una red que era trabajo, pero tambi\u00e9n refugio. La vida privada dio un giro cuando conoci\u00f3 a una mujer y se cas\u00f3. \u201cMuchos pensaron que era por papeles, pero yo sab\u00eda que no era tan f\u00e1cil. Igual ten\u00eda que salir y pedir perd\u00f3n en Ecuador\u201d. Todo cambi\u00f3 cuando naci\u00f3 su hijo, diagnosticado con una condici\u00f3n psicol\u00f3gica que requer\u00eda tratamiento constante. \u201cMi hijo fue mi salvaci\u00f3n. Por \u00e9l me dieron la residencia sin que tuviera que salir. Y despu\u00e9s, la ciudadan\u00eda. Esta vez s\u00ed la busqu\u00e9: era la \u00fanica forma de asegurarle un futuro\u201d. Con el pasaporte estadounidense en mano, el miedo afloj\u00f3. Pudo emprender sin mirar por encima del hombro y traer legalmente a parte de los suyos. \u201cCuando lo tuve en la mano, pens\u00e9: vali\u00f3 la pena cada l\u00e1grima\u201d. Aun as\u00ed, la br\u00fajula interior apuntaba al sur. Hoy, Gabriel mira la frontera desde la distancia y le parece otra. 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