DiarioAvisos Judiciales
ecsa
Noticias Zamora

Jaime Efraín Fárez Reyes: el médico que eligió servir y quedarse

Publicado elamazonico elamazonico 5 min de lectura
Actualizado: 29/01/2026

Por Alcibar Lupercio

En Cumbaratza, parroquia enclavada en la geografía viva de Zamora Chinchipe, el nombre del doctor Jaime Efraín Fárez Reyes no pertenece únicamente a la historia reciente: habita en la memoria colectiva. Se pronuncia con respeto, con gratitud y, muchas veces, con silencio. Porque hay vidas cuya dimensión no se mide en cargos ni en títulos, sino en el servicio constante, silencioso y humano que dejan huella.

Diario El Amazónico conversa con Naimes Hipólito Fárez Reyes, conocido por todos como Polo, hermano del galeno, para reconstruir no solo la trayectoria de un médico, sino la historia de una familia, de una parroquia y de una forma de entender la medicina y la política como vocación de entrega.

lundin gold

Raíces familiares y una infancia marcada por la abundancia solidaria

La familia Fárez Reyes está compuesta por ocho hermanos: Inés, Arturo, Celia (†), Jaime (†), Ligia, Marcelo, Polo y María Ernestina. Hijos de Ernesto Fárez Buele, cuencano, y Filomena Susana Reyes Cárdenas, mujer profundamente creyente y generosa.

“Siempre tuvimos la bendición de Dios”, recuerda Polo. La familia se asentó primero en Zamora y luego en Cumbaratza, donde poseían una casa junto a la iglesia y una extensa finca al otro lado del río. Había animales, jardines floridos, caña de azúcar, trapiche, panela y aguardiente. El motor Volvo que movía la molienda simbolizaba progreso, trabajo y autosuficiencia.

Pero, sobre todo, había una cultura del compartir. “Mi madre decía: cuando no había dinero, pelen dos gallinitas, porque éramos bastantes”. Nadie pasaba hambre, nadie se iba sin ser atendido. Esa ética doméstica marcó profundamente a Jaime.

La ruptura económica y el inicio de una vocación

La muerte de Ernesto Fárez en 1970 cambió el rumbo familiar. Sin el liderazgo del progenitor, llegó la decadencia económica. Acreedores y deudas que hicieron migrar a la familia a Ambato en 1974.

Allí, con esfuerzo colectivo, los hermanos se profesionalizaron. Arturo trabajó en INECEL, Celia fue docente, y Jaime, pese a las dificultades, persistió en su formación médica. Estudió primero en Quito, trabajó en la Policía, y tras un conflicto administrativo derivado de deudas heredadas —de las que él no era responsable— fue separado del cargo.

Lejos de rendirse, se trasladó a Guayaquil, donde se graduó como médico en la Universidad. Allí consolidó su vocación: no como medio de ascenso social, sino como herramienta de servicio.

Pudo irse lejos, pero eligió volver

“Él podía brillar en cualquier parte del país —o del mundo—, pero decidió volver a su tierra”, enfatiza Polo.

Jaime regresó a Zamora, se estableció en Cumbaratza, abrió una farmacia y formó su hogar junto a su esposa María Sacramento Buenaño Fiallos. Allí nacieron y se educaron sus cinco hijos: cuatro médicos y un ingeniero.

Su consultorio no distinguía clases sociales. No había horarios, no había tarifas rígidas. Atendía a todos: pobres y ricos, conocidos y desconocidos. Donaba medicinas, diagnosticaba por teléfono, acudía de madrugada si era necesario. Nunca acumuló riqueza, pero nunca le faltó lo necesario.

El médico de todos, el servidor incansable

Durante la pandemia, enfrentó el virus sin miedo, exponiéndose una y otra vez. “Por cuidar a los demás se descuidó de él”, resume su hermano. Ese fue, quizá, su mayor rasgo: la absoluta postergación de sí mismo.

También su compromiso se extendió a lo público. Como presidente en dos periodos en el GAD Parroquial de Cumbaratza, impulsó caminos, puentes, carreteras y obras comunitarias. Para él, la salud no terminaba en el cuerpo: incluía la infraestructura, la movilidad, el bienestar colectivo.

El final sereno de una vida entregada

En los últimos meses, una enfermedad pulmonar irreversible fue apagando su energía. Requirió oxígeno, asistencia constante. Sus hijos, médicos formados bajo su ejemplo, acompañaron el proceso con profesionalismo y amor.

Se planteó la posibilidad de trasladarlo a la costa para mejorar su oxigenación. Él se negó. “He vivido aquí, aquí quiero quedarme y aquí quiero que me entierren”, dijo con serenidad.

Falleció el 27 de enero de 2026, a las cinco de la mañana. “Parecía dormido”, recuerda Polo. Sin dramatismos, sin reclamos. Como vivió: en calma.

Memoria, ética y aprendizaje

La reflexión final de su hermano es también una lección colectiva. Citando a Confucio y a Albert Einstein, recuerda que la sociedad suele olvidar las noventa y nueve acciones buenas por una sola falla. Jaime Fárez Reyes, en cambio, fue coherencia pura entre palabra y acción.

“Dios nos puso junto a nosotros un galeno a tiempo completo”, dice Polo. Y cuando ya no pudo más, Dios le pidió que entregara sus herramientas y descansara.

Visión de Jaime Fárez Reyes

La visión de Jaime Fárez Reyes para Zamora fue clara y profundamente vigente: desarrollo integral, planificación, ética pública y humanidad. Soñó una ciudad ordenada, con infraestructura digna, servicios modernos, respeto ambiental y oportunidades reales.

Hospital moderno, vialidad planificada, agua potable, saneamiento, deporte, cultura, turismo sostenible y agroecología fueron ejes centrales de su pensamiento. Para él, gobernar era servir, no administrar poder.

Recordar a Jaime Efraín Fárez Reyes no es un acto de nostalgia, sino un ejercicio de memoria ética. En tiempos donde la política y la medicina muchas veces se vacían de contenido humano, su vida demuestra que aún es posible ejercer ambas desde la vocación, la honestidad y el amor por la gente.

Honrar su legado implica algo más que palabras: exige ciudadanos críticos, autoridades íntegras y una sociedad dispuesta a elegir el bien común por encima de la mentira y la improvisación.

Porque hay hombres que no mueren: se quedan caminando en la memoria de su pueblo.

Facebook X WhatsApp Telegram Correo
WhatsAppAtención a clientes