Opinión
El Tricolor que nos une, el juramento que nos compromete
El 26 de septiembre conmemoramos con profundo orgullo y fervor cívico el Día de la Bandera Nacional del Ecuador, una fecha que trasciende el calendario y nos invita a mirar nuestra historia, reconocer nuestras raíces y reflexionar sobre el país que queremos construir para las presentes y futuras generaciones.
Nuestro glorioso tricolor: amarillo, azul y rojo. Tres colores que representan mucho más que un símbolo patrio; son parte de nuestra memoria, nuestra identidad y nuestra unidad como nación. El amarillo evoca la riqueza y generosidad de nuestra tierra; el azul, la inmensidad de nuestro cielo y las aguas del océano Pacífico que bañan nuestras costas; y el rojo nos recuerda la sangre, el valor y el sacrificio de quienes lucharon por nuestra libertad y por la construcción de una nación soberana.
Los verdaderos protagonistas de esta conmemoración son ustedes, queridos estudiantes de tercero de bachillerato, porque al jurar la bandera, asumen mucho más que una tradición cívica: dan un paso significativo hacia una ciudadanía consciente, responsable y comprometida con el destino del Ecuador.
Este juramento representa la decisión de honrar a la Patria no solo con palabras, sino con acciones; de comprender que ser ecuatoriano implica respetar nuestra historia, valorar nuestra diversidad, defender la libertad y la democracia, cumplir nuestros deberes y contribuir, desde cada espacio de la sociedad, a la construcción de un Ecuador más justo, solidario e innovador.
El Ecuador que soñamos mañana comienza con las decisiones, los valores y las acciones que ustedes elijan vivir desde hoy.
¿Qué significa jurar la bandera?
Jurar la bandera no consiste solamente en pronunciar unas palabras, levantar la mano o participar en una ceremonia solemne. Jurar la bandera significa asumir un compromiso con el Ecuador. Significa comprender que la patria no es solamente un territorio, sino las personas que la habitan, su historia, su cultura, sus sueños y también sus necesidades.
Cuando ustedes juran la bandera, se comprometen a respetar la Constitución y las leyes, defender la libertad y la democracia, cuidar la naturaleza y los recursos del país, valorar nuestra diversidad cultural y trabajar por la paz y el bienestar colectivo.
Pero ese compromiso también es personal. Significa comprometerse consigo mismos a vivir con honestidad, disciplina, responsabilidad, esfuerzo y perseverancia; a estudiar con dedicación, prepararse para el futuro y utilizar sus conocimientos no únicamente para alcanzar éxitos personales, sino también para servir a los demás.
Y existe un tercer compromiso: con la sociedad. El Ecuador necesita ciudadanos que no sean indiferentes frente a sus problemas; jóvenes capaces de pensar, cuestionar, proponer soluciones y actuar. Ciudadanos que respeten las diferencias, que sepan trabajar en equipo, que practiquen la solidaridad y que comprendan que el progreso de una nación depende también de las acciones cotidianas de cada uno de sus habitantes.
Por eso, queridos estudiantes, cuando hoy digan “¡Sí, juro!”, que esas palabras no sean pronunciadas solamente con la voz, sino también con la conciencia y el corazón. Que ese “sí” signifique:
Sí, me comprometo a estudiar y prepararme para servir mejor a mi país.
Sí, me comprometo a actuar con honestidad y responsabilidad.
Sí, me comprometo a respetar a los demás y valorar nuestra diversidad.
Sí, me comprometo a defender la democracia, la libertad y la dignidad humana.
Sí, me comprometo a cuidar nuestra naturaleza y nuestro patrimonio.
Sí, me comprometo a ser parte de las soluciones y no permanecer indiferente ante los problemas.
Sí, me comprometo a construir, desde mis posibilidades, un Ecuador más justo, innovador y solidario. Ese es el verdadero significado de honrar la bandera.
El bachiller ecuatoriano está llamado a ser justo, innovador y solidario. Justo, para reconocer los derechos de los demás y cumplir responsablemente sus deberes. Innovador, para no conformarse con repetir lo que ya existe, sino atreverse a crear, investigar, transformar y encontrar soluciones a los desafíos de su tiempo. Y solidario, para comprender que nadie construye una sociedad mejor en soledad y que el bienestar individual alcanza verdadero sentido cuando contribuye al bienestar colectivo.
Queridos jóvenes: a partir de hoy, lleven la bandera no solamente en sus manos, sino en sus acciones. Defiéndanla estudiando, trabajando con honestidad, respetando a los demás, cuidando el Ecuador y actuando siempre con dignidad.
No permitan que este juramento quede encerrado en una ceremonia. Que permanezca vivo cuando tengan que tomar decisiones difíciles, cuando enfrenten obstáculos, cuando deban elegir entre lo correcto y lo conveniente, y cuando tengan la oportunidad de ayudar a alguien que lo necesite.
Porque amar a la patria no significa solamente emocionarse al escuchar su himno o contemplar su bandera ondeando al viento. Amar a la patria significa trabajar cada día para hacerla mejor.
Al jurar la bandera ustedes reciben simbólicamente una responsabilidad que pertenece a todos los ciudadanos: ser constructores del Ecuador que queremos dejar a las próximas generaciones.
Que el amarillo les recuerde la riqueza de nuestra tierra; que el azul les inspire a mirar siempre hacia nuevos horizontes; y que el rojo les recuerde que la libertad y la dignidad tienen una historia de sacrificio que debemos honrar con nuestras propias acciones.
Queridos estudiantes de tercero de bachillerato: en el futuro serán profesionales, líderes, padres y madres de familia, emprendedores, servidores públicos, científicos, artistas y ciudadanos que tendrán en sus manos parte del destino de nuestra nación. Que cuando llegue ese día puedan mirar hacia atrás y decir con orgullo: cumplí mi juramento.
Que sus conocimientos sirvan para transformar. Que sus decisiones estén guiadas por la justicia.
Que sus acciones estén acompañadas de solidaridad. Y que cada logro personal contribuya también a construir un Ecuador más digno, libre, democrático, justo, innovador y solidario.
¡Viva nuestra bandera nacional!
¡Viva el Ecuador!
¡Vivan los estudiantes que hoy asumen este compromiso con la Patria!
Noticias Zamora
OPINIÓN | El silencio del Olimpo militar: La caída del Bi-Tri a Segunda Categoría
Por: Alonzo Cueva Rojas
“Yo no tengo la culpa
de tener la sangre roja
y el corazón a la izquierda”.
Desde Zamora Chinchipe,
con el orgullo intacto
del Bi-Tricampeón.
La consumación del descenso del Club Deportivo El Nacional a la Segunda Categoría no es un simple resultado estadístico; es una puñalada directa a nuestra historia. Ver al único e irrepetible Bi-Tricampeón del país desterrado del fútbol profesional genera un dolor profundo que sacude los cimientos del balompié nacional. Como hincha que, a la distancia, desde Zamora Chinchipe, ha celebrado en las buenas y ha llorado en las malas, siento el colapso de un símbolo de identidad patria.
Para dimensionar este luto, es obligatorio hacer memoria. Esta leyenda nació el 6 de febrero de 1963 como la Selección del Ejército, por iniciativa del Capitán Hugo Enderica Torres. Luego compitió en torneos provinciales bajo el nombre de Club Mariscal Sucre, vistiendo de azul y amarillo, hasta que el 1 de junio de 1964 se refundó oficialmente como Club Deportivo El Nacional. Desde su génesis, adoptó un principio inquebrantable: jugar única y exclusivamente con futbolistas ecuatorianos. Así nació la esencia de los «Puros Criollos», demostrando al continente que la verdadera grandeza no necesitaba mirar fuera de sus fronteras.
Lejos de ser una limitación, esa política fraguó una época dorada. «La Gloria del Fútbol» cosechó 13 Campeonatos Nacionales y 2 Copas Ecuador, siendo el único club del país en lograr dos tricampeonatos consecutivos (1976-1978 y 1982-1984). Además, su cantera alimentó a la Selección con leyendas como Fabián Paz y Miño (goleador histórico), José Villafuerte, Ermen Benítez, Carlos Ron, y astros modernos como Antonio Valencia, Christian «Chucho» Benítez y Segundo Castillo.
Hoy, esos ecos de gloria se ahogan en la impotencia. El gigante tocó fondo, pero El Nacional no murió en la cancha por falta de garra; lo asfixió la desidia dirigencial. Esta catástrofe es el reflejo de años de directivas inoperantes y pésimas administraciones que arrastraron al club a una deuda cercana a los 12 millones de dólares. Las restas de puntos por escritorio y la quiebra económica desmantelaron el alma del equipo, sentenciando este desplome definitivo hacia el amateurismo.
La Segunda Categoría será un purgatorio inhóspito, pero también la oportunidad de una reestructuración total que expulse a quienes nos hicieron daño. El Nacional debe volver, porque un fútbol ecuatoriano sin los «Puros Criollos» en la élite es un fútbol incompleto. La historia no se borra con deudas, y la gloria acumulada en nuestro escudo exige un retorno digno de su estirpe. A pesar de la tormenta, la garganta no se apaga. Hoy más que nunca, sacamos el pecho y gritamos nuestra arenga eterna: ¡Y dale, y dale, y dale el Nacional! El ¡Nacho de mi vida! volverá a rugir con la fuerza de su historia.
Noticias Zamora
La victoria de la dignidad docente: Lecciones de lucha y conciencia de clase
Por: Alonzo Cueva Rojas.
Lic. en Ciencias de la Educación.
Profesor. de Segunda Enseñanza y Profesor.
de Educación Infantil (UTPL)
La reciente Sentencia 120-26-IN/26, emitida por el Pleno de la Corte Constitucional, constituye un hito histórico para los trabajadores de la educación en el Ecuador. Al declarar la inconstitucionalidad de los artículos 1, 2 y 5 del Acuerdo Ministerial MINEDEC-2026-00045-A, el máximo organismo de control ratificó de forma definitiva que los sábados no son días laborables para el magisterio. Más allá de ser un logro técnico, este fallo representa el triunfo de la dignidad frente a la arbitrariedad, y una demostración contundente de la vigencia de la lucha y la conciencia clasista de la Unión Nacional de Educadores (UNE).
Durante meses, el MINEDEC y el Gobierno Central pretendieron normalizar la precarización bajo el pretexto de la recuperación del tiempo o la optimización institucional. La imposición de trabajar los fines de semana no solo vulneró el derecho constitucional al descanso, al desarrollo familiar y a la desconexión digital, sino que desnudó la conducta patronal, autoritaria y deshumanizante de las autoridades de turno. Con este fallido acuerdo, el Estado pretendió modificar la jornada laboral por una vía administrativa ilegal, demostrando que para el poder político el docente es visto como un recurso sobre explotable y no como el pilar fundamental del sistema social.
Sin embargo, la respuesta del magisterio organizado no se hizo esperar. La UNE, manteniéndose fiel a su tradición combativa, demostró que los derechos no se mendigan, sino que se conquistan y se defienden en las calles y en los tribunales. Esta victoria es el resultado directo de una profunda conciencia de clase: los profesores del sector público se reconocieron a sí mismos como trabajadores explotados por un Estado empleador negligente y, mediante la unidad, decidieron frenar el abuso patronal de raíz.
El trasfondo de este atropello devela una realidad alarmante: el Gobierno carece de toda autoridad política y moral para endosar al magisterio las falencias del sistema educativo. Mientras la Constitución ordena taxativamente destinar al menos el 6% del PIB a la educación, el Estado apenas programa presupuestos marginales, generando una brecha ilegal que asfixia a las aulas. Un régimen que incumple su propia Carta Magna no puede exigir «sacrificios» a quienes sostienen la educación pública con sus propios recursos.
La crisis actual de la educación fiscal es el retrato vivo del abandono: un agresivo congelamiento de salarios que pisotea los procesos de escalafón, precarización laboral institucionalizada y una infraestructura en soletas, con escuelas abandonadas y desmanteladas. Esta debacle no es accidental; responde a un colapso planificado por un Gobierno que prefiere priorizar de forma sumisa el recetario de austeridad fiscal del Fondo Monetario Internacional (FMI) en lugar de invertir en el desarrollo y la vida de los hijos del pueblo.
La lección que deja este episodio es clara para todo el movimiento obrero ecuatoriano: la organización colectiva sigue siendo la única herramienta eficaz contra la arremetida neoliberal y flexibilizadora. El magisterio nacional ha vuelto a dar una cátedra de dignidad y firmeza, recordando al país entero que cuando la base se moviliza con conciencia y dirección clara, hasta los decretos más dictatoriales del poder terminan doblegándose ante la fuerza de la justicia laboral.
Noticias Amazonía
Moverse hoy para no pagar mañana las consecuencias de la inactividad: el desafío de un Ecuador saludable
El sobrepeso y la obesidad ya no son solamente un problema de salud individual. Se han convertido en un desafío para toda la sociedad ecuatoriana. Detrás de cada cifra hay una persona, una familia, una historia y, muchas veces, años de sufrimiento que pudieron haberse evitado.
Dos de cada tres ecuatorianos viven con sobrepeso u obesidad (64% de la población). Este problema es mayor entre las mujeres llegando a un 67%, pero también alcanzan a la niñez, 35 de cada 100 personas tienen sobrepeso. Mientras las cifras continúan creciendo, también crece el impacto sobre nuestras finanzas, ya que al país le cuesta más de 2250 millones de dólares al año atender estas enfermedades y se proyecta que para el 2030 el costo para el estado subiría al 3% del PIB, que equivale aproximadamente a 4.146 millones de dólares.
Pero hay algo que debemos comprender con absoluta claridad: prevenir siempre será mejor que lamentar; y promover la actividad física siempre será mejor que pagar las consecuencias de la inactividad.
Millones de dólares que hoy deben destinarse a atender enfermedades relacionadas con el sobrepeso y la obesidad podrían utilizarse para construir escuelas, mejorar hospitales, crear espacios deportivos, fortalecer la educación, atender otras necesidades sociales y ofrecer mejores oportunidades para nuestras familias.
Por eso, hablar de actividad física no es hablar simplemente de hacer ejercicio. Es hablar de vida.
Caminar, correr, bailar, nadar, montar bicicleta, practicar un deporte, jugar con nuestros hijos, salir al parque, participar en actividades recreativas o simplemente dedicar unos minutos cada día a mover nuestro cuerpo son decisiones que pueden cambiar nuestro futuro. Porque cuando una madre sale a caminar, no solamente está cuidando su salud: está enseñando a sus hijos que cuidarse también es una forma de amarse.
Cuando un padre practica deporte con sus hijos, no solamente está haciendo ejercicio: está construyendo recuerdos, fortaleciendo vínculos y sembrando hábitos que pueden acompañarlos durante toda la vida. Cuando nuestros niños juegan, corren y disfrutan de actividades recreativas, no solamente están gastando energía: están creciendo, aprendiendo, socializando y desarrollando una relación saludable con su propio cuerpo.
Y cuando una comunidad abre sus parques, canchas y espacios públicos para que personas de todas las edades puedan realizar actividad física, no solamente está promoviendo deporte: está construyendo una comunidad más saludable, más unida y más feliz. La actividad física también tiene un enorme valor emocional y mental. Nos ayuda a liberar tensiones, combatir el sedentarismo, mejorar nuestro estado de ánimo, fortalecer nuestra autoestima y recuperar algo que muchas veces perdemos en medio de las preocupaciones cotidianas: las ganas de vivir plenamente.
Por eso, este no puede ser un llamado dirigido únicamente a las personas que tienen sobrepeso u obesidad. Es un llamado para todos. Es un llamado a las familias. Es un llamado a las escuelas y universidades. Es un llamado a las empresas públicas y privadas. Es un llamado a los municipios, prefecturas y gobiernos parroquiales. Es un llamado a la Asamblea Nacional y a todas las autoridades responsables de diseñar políticas públicas. Y, sobre todo, es un llamado a cada ciudadano.
Necesitamos pasar de las palabras a la acción. La Asamblea Nacional debe impulsar políticas y leyes que permitan que la prevención y el tratamiento del sobrepeso y la obesidad sean una responsabilidad efectiva de las instituciones del Estado.
Las empresas públicas y privadas deben promover programas que permitan a sus trabajadores incorporar la actividad física a su vida cotidiana.
Los Gobiernos Autónomos Descentralizados deben recuperar y multiplicar los espacios públicos, deportivos y recreativos, y desarrollar programas de masificación deportiva para niños, jóvenes, adultos y adultos mayores.
Pero ninguna política pública tendrá todo su potencial si nosotros, los ciudadanos, no asumimos nuestra propia responsabilidad. No podemos esperar a enfermarnos para comenzar a cuidarnos. No podemos esperar una advertencia médica para empezar a caminar. No podemos esperar que nuestros hijos tengan problemas de salud para enseñarles a jugar y practicar deporte.
Cada día tenemos una oportunidad para decidir. Podemos quedarnos quietos o podemos movernos. Podemos esperar a que aparezca la enfermedad o podemos trabajar desde hoy para prevenirla.
Podemos seguir gastando cada vez más recursos públicos en atender las consecuencias o podemos invertir con inteligencia en prevención, educación, deporte, recreación y estilos de vida saludables. El verdadero ahorro para el Ecuador no está solamente en gastar menos en hospitales. Está en tener menos personas enfermas que necesiten llegar a ellos.
Cada dólar invertido en prevención, actividad física y hábitos saludables puede significar más salud, más bienestar y una mejor calidad de vida para nuestras familias. Pero no olvidemos lo más importante: una vida saludable no se mide en dólares. Se mide en años compartidos con nuestros hijos; en abrazos; en momentos; en sueños cumplidos; en la posibilidad de llegar a la vejez con autonomía y dignidad.
Por eso, hoy necesitamos construir una nueva cultura. Una cultura donde caminar sea parte de nuestra rutina. Donde jugar con nuestros hijos sea una prioridad. Donde el deporte no sea visto únicamente como competencia, sino como una herramienta de salud. Donde los parques estén llenos de personas y no de maleza. Donde nuestras ciudades estén diseñadas para que podamos caminar, correr, pedalear y recrearnos. Y donde el Estado comprenda que promover ciudadanos activos y saludables no es un gasto: es una inversión en el futuro del Ecuador.
El cambio comienza hoy. Con una caminata. Con un partido. Con un baile. Con un paseo en bicicleta. Con una familia que decide salir del sedentarismo. Con una comunidad que se une para hacer ejercicio. Con una empresa que promueve la actividad física. Con una autoridad que entiende que prevenir es gobernar con responsabilidad.
Cada ciudadano que asume esta responsabilidad está ayudando a construir un Ecuador más saludable. Tenemos un cuerpo que cuidar, una mente que fortalecer, una familia que disfrutar y un país que necesita ciudadanos saludables.
Hagamos del movimiento un hábito. Hagamos del deporte una cultura. Hagamos de la recreación un derecho. Hagamos de la prevención una prioridad. Y hagamos de la salud una responsabilidad de todos.
¡Muévete por ti, muévete por tu familia y muévete por el Ecuador
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