Por. Lic. Mario Paz
Imagina por un momento que abordas un avión con tu familia. Ya sentados, el piloto toma el micrófono y dice: “¿Qué les parece si cambiamos la ruta? ¿Dónde les gustaría aterrizar? ¿A qué altura creen que deberíamos volar?”. Probablemente sentirías preocupación e inseguridad. Como pasajero, esperarías que quien está al mando tenga la preparación, la experiencia y la responsabilidad para tomar las decisiones correctas.
Con nuestros hijos ocurre algo parecido. Los niños necesitan sentirse amados, escuchados y respetados, pero también necesitan saber que hay un adulto guiando el camino. Cuando los padres renunciamos a nuestro papel de autoridad y dejamos en manos de nuestros hijos decisiones para las que aún no están preparados, no les estamos dando libertad; les estamos entregando una carga que no les corresponde.
Preguntarles constantemente si quieren estudiar, si quieren dormir, si quieren asearse, si quieren respetar las normas o si quieren cumplir sus responsabilidades puede parecer una muestra de respeto, pero cuando no existen límites claros, reglas justas y una dirección firme, los niños terminan sintiéndose confundidos e inseguros.
La crianza respetuosa no significa criar sin autoridad. No significa rogar, negociar cada norma o tolerar faltas de respeto, chantajes y conductas inapropiadas. Tampoco significa gritar, humillar o castigar con dureza. La verdadera crianza respetuosa combina amor con firmeza, empatía con límites y cercanía con liderazgo.
Nuestros hijos necesitan saber que hay momentos en los que pueden expresar sus opiniones y participar en las decisiones familiares. Sin embargo, también necesitan comprender que existen principios, valores y normas que no son negociables porque están diseñados para protegerlos, formar su carácter y prepararlos para la vida.
Somos nosotros quienes debemos establecer horarios, enseñar disciplina, exigir respeto, promover hábitos saludables y transmitir valores. No porque seamos más importantes que ellos, sino porque somos los adultos responsables de guiarlos. Nuestro liderazgo les brinda algo invaluable: seguridad.
Como padres, no fuimos llamados únicamente a hacer felices a nuestros hijos en el presente. Fuimos llamados a prepararlos para el futuro. Nuestra misión es formar hombres y mujeres capaces de aportar positivamente a la sociedad.
Desde una perspectiva de fe, Dios nos ha confiado la extraordinaria responsabilidad de dirigir nuestro hogar. Un día daremos cuenta de cómo administramos ese regalo. Por eso, no podemos abdicar de nuestro papel intentando convertirnos únicamente en los “mejores amigos” de nuestros hijos. Ellos ya tendrán muchos amigos en la vida. Lo que necesitan desesperadamente son padres que los amen lo suficiente como para corregirlos, orientarlos y enseñarles el camino correcto.
Educar no siempre será cómodo. Habrá momentos en los que decir “no” será más amoroso que decir “sí”. Habrá ocasiones en las que poner límites será más beneficioso que evitar conflictos. Habrá días en los que nuestros hijos no entenderán nuestras decisiones, pero con el tiempo agradecerán haber tenido padres que actuaron con sabiduría y valentía.
Padres, es momento de recuperar el liderazgo de nuestros hogares. No desde el autoritarismo, sino desde el amor firme. No desde el miedo, sino desde la convicción. No para controlar a nuestros hijos, sino para guiarlos.
Porque el mundo no necesita niños que crecieron haciendo siempre lo que quisieron. El mundo necesita adultos de carácter, con valores sólidos, capaces de hacer lo correcto aun cuando sea difícil. Y esa formación comienza en casa.
Nuestros hijos son el futuro, pero nosotros somos los responsables de prepararlos para él.




