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Deja de buscar culpables y empieza a construir soluciones

Publicado elamazonico elamazonico 4 min de lectura

Por Lic. Mario Paz

Hay una pregunta que puede cambiar nuestra manera de enfrentar la vida: ¿Voy a gastar mi energía buscando a quién culpar, o voy a utilizarla para encontrar la manera de reparar lo que salió mal?

 

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Todos, alguna vez, hemos fallado. Hemos tomado decisiones equivocadas, hemos confiado en quien no debíamos, hemos perdido oportunidades, hemos cometido errores o simplemente no hemos alcanzado aquello que nos propusimos. Pero el fracaso, por doloroso que sea, no tiene por qué convertirse en una sentencia. Puede convertirse en una escuela.

 

Lo verdaderamente peligroso no es equivocarnos. Lo peligroso es acostumbrarnos a justificar nuestros errores señalando a los demás.

 

Cuando algo sale mal, resulta fácil decir: “Fue por culpa de mi amigo”, “mis padres no me apoyaron”, “mi jefe no me dio la oportunidad”, “la situación económica no ayudó”, “tuve mala suerte”, “nadie me comprendió”.

 

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha buscado excusas para escapar de su responsabilidad. Adán culpó a Eva; Eva culpó a la serpiente. Y así, generación tras generación, hemos perfeccionado el arte de explicar por qué no pudimos, en lugar de preguntarnos qué podemos hacer ahora para lograrlo.

 

Pero hay una diferencia enorme entre una persona que cuenta sus dolores de parto y una persona que muestra su criatura. Pensemos en una mujer durante el parto. Hay dolor, esfuerzo, cansancio, miedo y momentos en los que parece que ya no puede más. Sin embargo, llega un instante extraordinario: escucha el llanto de su hijo, lo recibe en sus brazos y todo adquiere un nuevo significado. Ella no abraza el dolor; abraza la vida que nació después del dolor.

 

Eso mismo debería ocurrir con nuestros sueños. No podemos vivir eternamente contando los dolores de parto de nuestras derrotas: quién nos hizo daño, quién no nos ayudó, quién nos cerró una puerta, quién nos decepcionó, quién tuvo la culpa, qué circunstancia nos perjudicó.

 

Podemos reconocer esas dificultades, aprender de ellas y seguir adelante. Pero nuestra historia no puede terminar en la explicación del dolor. Tenemos que mostrar la criatura. Mostrar la criatura significa levantarnos después de caer. Significa reconocer: “Aquí me equivoqué. Esto pude hacerlo mejor. Esta decisión fue mía. No puedo cambiar lo que ocurrió, pero sí puedo decidir qué haré a partir de ahora.”

 

Eso no es debilidad. Eso es madurez. Una persona responsable no necesita negar sus errores; necesita aprender de ellos. No busca culpables para sentirse inocente; busca respuestas para volver a intentarlo. No pregunta únicamente “¿por qué me pasó esto?”, sino también: “¿qué puedo aprender de esto y qué voy a hacer diferente?”

Porque mientras buscamos culpables, permanecemos atrapados en el pasado. Pero cuando asumimos responsabilidad, comenzamos a construir el futuro.

 

La mediocridad no consiste en fracasar. Todos podemos fracasar. La verdadera mediocridad consiste en fracasar, poner excusas, culpar a otros y volver a cometer exactamente el mismo error. La grandeza, en cambio, consiste en mirar de frente nuestros errores y decir: “Me equivoqué. Lo reconozco. Aprenderé. Lo corregiré. Y volveré a intentarlo.”

 

No desperdiciemos nuestra vida explicando los dolores de parto de nuestros proyectos, de nuestras relaciones, de nuestros sueños. Que algún día podamos mirar hacia atrás y no ser recordados por la cantidad de excusas que pusimos, sino por las dificultades que fuimos capaces de superar.

 

Porque la vida no premia a quien tiene la mejor explicación para su fracaso. La vida termina reconociendo a quien, a pesar del dolor, tuvo el valor de levantarse, corregir el rumbo y mostrar la criatura. Así que, cuando algo salga mal, antes de señalar a alguien, detente y pregúntate: ¿Qué parte de esto me corresponde? ¿Qué puedo aprender? ¿Qué puedo corregir? ¿Qué puedo hacer hoy para que mañana sea diferente?

 

Y entonces deja de contar los dolores. Trabaja. Aprende. Corrige. Persevera.

Porque los dolores de parto pasan. Y cuando finalmente llega aquello por lo que luchaste, cuando puedes abrazar el fruto de tu esfuerzo, cuando contemplas la obra que nació de tus dificultades, comprenderás que el dolor no era el final de la historia. Era solamente el precio de darle vida a tu sueño.

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