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Cuando la Universidad regala títulos y la justicia paga el precio

Publicado elamazonico elamazonico 3 min de lectura

“Un vaso de agua y un título de derecho no se le niega a nadie” ya no suena a chiste: suena a diagnóstico. En Ecuador, esta frase resume una realidad incómoda sobre la educación superior, especialmente en Derecho. Hoy, el problema no es que más personas estudien, sino que muchas universidades han convertido la formación profesional en un trámite rápido, cómodo y superficial, donde el esfuerzo real del estudiante parece haber desaparecido.

El caso más alarmante es el de los posgrados. Maestrías que se ofrecen en ocho meses, con clases cada quince días, sin exámenes rigurosos, sin investigación seria, sin lectura profunda y sin verdadera exigencia académica. Se promete un “cuarto nivel” como si fuera un producto más del mercado. No se forma al profesional; se le vende un título. Y cuando el título se compra con tiempo y no con mérito, pierde todo su valor.

Las universidades, en muchos casos, han dejado de ser espacios de pensamiento crítico para convertirse en fábricas de certificados. Se prioriza la matrícula sobre la calidad, el número de graduados sobre el nivel de formación. El estudiante ya no suda el conocimiento, no se enfrenta al error, no es desafiado intelectualmente. Todo es cómodo, rápido y liviano. Así, se gradúan abogados que nunca escribieron un verdadero ensayo, que nunca investigaron un problema jurídico en serio y que jamás fueron evaluados con dureza.

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El resultado es evidente: profesionales con títulos, pero sin base sólida. Abogados con maestrías, pero sin criterio. Jueces, fiscales y litigantes que manejan conceptos sin profundidad, que repiten fórmulas sin comprenderlas y que confunden la profesión con un negocio. Por ende, la corrupción no sorprende; florece donde no hay ética, ni rigor, ni vocación.

La justicia ecuatoriana hoy está en crisis, y no solo por la infiltración del crimen organizado, sino por la debilidad estructural de quienes la integran. Si la universidad no forma con exigencia, el sistema judicial recibe operadores frágiles. Y cuando un sistema se construye con personas mal formadas, lo que se obtiene no es justicia, sino simulación de justicia.

No se trata de negar el derecho a superarse. Todo lo contrario. Se trata de recuperar el sentido del esfuerzo, del estudio serio, del mérito real. Una maestría no debería regalarse por asistir cada quince días. Un título no debería entregarse sin haber pasado por un examen riguroso, investigativo y crítico. Mientras las universidades sigan ofreciendo comodidad en lugar de excelencia, la frase seguirá vigente. Y la justicia seguirá pagando el precio.

 

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