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Un sujeto nada tranquilamente dando brazadas en medio de una inundación como si se tratara de un parque acuático. Grupos de jóvenes pasean sobre colchones inflables y flotadores de plástico con las calles totalmente cubiertas de agua. Un surfista improvisado sobre una tabla de madera aprovecha el oleaje producido por buses urbanos y recibe ante ello la ovación del público que lo mira asombrado. Una mascota luce un impermeable mientras es transportado en un recipiente plástico para que no se moje. Familias enteras se fotografían mientras caminan con dificultad debido al metro de altura del granizo acumulado en las aceras de la ciudad. Es el otro lado del fenómeno del Niño que este año ha pegado con mucha fuerza a la costa oeste sudamericana, incluyendo distintas zonas de nuestro país.
Desbordamientos de ríos, inundaciones urbanas, tormentas eléctricas, deslizamientos, marejadas, oleajes, crisis energética, crisis sanitaria, crisis ambiental. Los medios se han encargado de difundir todos estos desastres y en consecuencia la población también ha entrado en crisis.
“Han aumentado los casos de influenza en algunas ciudades” leemos en portadas, “Cuidado y se descontrolan el dengue y la fiebre amarilla” es el encabezado de otra noticia, “Gastroenteritis al alza”, concluye un experto en una entrevista.
Con tal cantidad de calamidades, ¿Es que acaso no podemos estar a salvo?, O al menos, ¿qué hacemos para estar tranquilos?
Según algunos estudiosos existen poblaciones que tienen estilos de vida que les permiten gozar de buena salud y vivir más años, las llamadas “zonas azules”. Estos lugares están distribuidos por los distintos continentes y en ellos habitan culturas bastante distintas unas de otras, pero tienen en común que sus habitantes se mueven constantemente en tareas cotidianas como hacer las compras o las labores domésticas, aunque nunca visiten gimnasios o corran maratones, se proponen planes para su vida, consumen alimentos reales, de acuerdo a lo que ofrezca la tierra, en lugar de comida procesada e industrial, disfrutan de tiempo libre, de descanso y de simplemente “no hacer nada” y finalmente mantienen contacto real con vecinos, amigos y familiares. Un secreto que bien podría haberlo compartido la comunidad de Vilcabamba en el austro ecuatoriano.
Entonces está claro que existe esperanza para salir de ese continuo estado de miedo ante circunstancias que no podemos controlar, como los fenómenos climáticos o los desastres naturales.
Las zonas azules realmente no tienen que ver con los lugares. La zona azul depende de las personas que viven en ellas y de las costumbres que desarrollan. Si usted decide tranquilizarse en estos meses, cuidarse en aquello que resulta razonable, como no exponerse a lugares de riesgo inminente como orillas de ríos, no almacenar agua en la que pueden crecer parásitos o larvas de mosquito, vacunarse oportunamente, aislarse si presenta síntomas respiratorios o digestivos y mantener la higiene de manos, lo verdaderamente importante es que usted tiene la plena capacidad de contrarrestar todos estos riesgos construyendo su propia “zona azul interior”, haga una pausa al ritmo acelerado de lo cotidiano, consuma los productos que naturalmente le brinda su región, no se quede estático durante horas aunque no le apetezca levantar pesas o correr dando vueltas a un parque, interésese genuinamente en sus seres cercanos e intente no solo no caer presa del pánico generalizado sino tomárselo con calma y disfrutar del día a día, incluso en situaciones adversas. Si no cree que esto es posible, vuelva a leer el primer párrafo de esta columna.





