El fenómeno de El Niño vuelve a golpear a Ecuador, pero en el pasado ya dejó una advertencia escrita con cifras históricas.
En los eventos de 1982-1983 y 1997-1998, Guayaquil superó los 4.000 milímetros de lluvia (mm), el equivalente a más de dos veces la precipitación registrada durante un invierno común.
Estos registros históricos permiten dimensionar la cantidad de agua que puede acumularse durante un episodio extraordinario de El Niño.
Un estudio de Inocar sobre el fenómeno de 1982-1983 registra que Guayaquil acumuló 4.269,9 milímetros de lluvia durante ese periodo
La aplicación Amaru, utilizada como referencia para comparar los históricos de precipitación en Guayaquil, registra 4.651 milímetros durante 1997-1998.
Los acumulados de varios meses no son la única medida de la intensidad de las lluvias.
El estudio de Inocar sobre El Niño de 1982-1983 también documenta precipitaciones de hasta 24 horas que provocaron inundaciones y daños.
Entre los registros que recoge el organismo figuran los siguientes:
- Salinas: 700,6 milímetros en 24 horas, en mayo de 1983.
- Esmeraldas: 458,6 milímetros en 24 horas, en febrero de 1983.
- Manta: 428,8 milímetros en 24 horas, en abril de 1983.
- Isla Puná: 210 milímetros en 24 horas, en marzo de 1983.
- San Cristóbal, Galápagos: 207 milímetros en 24 horas, en junio de 1983.
- Guayaquil: 147,9 milímetros en 24 horas, el 24 de marzo de 1983.
En Santa Rosa, provincia de El Oro, las precipitaciones del 7 de noviembre de 1997 desbordaron el río y dejaron la ciudad anegada a la mañana siguiente, de acuerdo con informes de evaluación elaborados por el Ministerio de Salud Pública (MSP) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS/OMS).
En Chone, Manabí, una lluvia de aproximadamente dos horas, registrada el 30 de noviembre de 1997, provocó deslizamientos de tierra.
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¿Por qué Ecuador puede ser más vulnerable que en 1998?
En 2026, la amenaza ha regresado y surge una pregunta: ¿estamos mejor preparados que en años anteriores?
Para el oceanógrafo Franklin Ormaza, docente investigador de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), Ecuador es actualmente más vulnerable que hace casi tres décadas, pese al crecimiento de sus ciudades e infraestructura.
La deforestación, la ocupación de zonas de riesgo y las limitaciones del drenaje pueden agravar los efectos de las precipitaciones, indica.
“La pérdida de cobertura vegetal puede incrementar la escorrentía y favorecer la erosión, especialmente cuando las lluvias son intensas. El agua que deja de infiltrarse o retenerse en el terreno llega con mayor rapidez a los cauces y las zonas bajas”, explica.
Ormaza también advierte que los suelos de la cuenca de Guayaquil se encuentran saturados.
“Cuando el terreno pierde capacidad para absorber más agua, una proporción mayor de la precipitación se desplaza hacia los ríos y canales. Esa condición puede aumentar la presión sobre un sistema de drenaje que ya enfrenta dificultades”, indica.
A ello se suma la expansión del pavimento y el crecimiento urbano, que —asegura— reducen las superficies permeables y, por tanto, limitan la infiltración natural.
Febrero y marzo de 2027, la ventana que preocupa
Según los registros de la aplicación Amaru, los meses de mayor precipitación variaron entre los últimos episodios de El Niño en Guayaquil.
Durante el evento extremo de 1997-1998, diciembre concentró el mayor volumen de lluvia, con 1.068 milímetros.
En cambio, en los episodios de 2015-2016 y 2023-2024, el pico se trasladó a abril, con 541 y 698 milímetros, respectivamente. Como referencia, en un año considerado normal (2013), marzo fue el mes más lluvioso, con 485 milímetros.
Para el fenómeno de El Niño que estamos cursando, Ormaza considera que la energía acumulada en el océano, desde las aguas próximas a Galápagos hasta el Pacífico central y las costas de Perú, puede favorecer precipitaciones importantes. Estimó que Guayaquil podría acumular alrededor de 3.000 milímetros entre enero y abril.
El especialista sitúa su principal ventana de preocupación entre febrero y mediados de marzo de 2027.
“En ese periodo, la zona de convergencia intertropical podría desplazarse hacia el territorio ecuatoriano y favorecer la formación de nubes y lluvias. A esto sumaría un fuerte aguaje”, señala.
Las consecuencias de El Niño también se reflejan en las pérdidas económicas. Según Arturo Vinces, especialista en gestión de riesgos, los daños del fenómeno de 1982-1983 bordearon los $ 600 millones, mientras que los de 1997-1998 ascendieron a $ 2.800 millones.
La segunda cifra equivale a casi 4,5 veces la primera. Vinces revela que el incremento no se debió exclusivamente a la cantidad de lluvia.
“Influyeron una mayor concentración de población y bienes en zonas vulnerables, la extensión territorial afectada y las interrupciones prolongadas de la actividad económica”, explica.
Indica que, según estudios, en ambos eventos se registraron muchos daños indirectos, como la paralización productiva, las dificultades para transportar mercancías, las interrupciones del comercio y los costos derivados de la emergencia.
“Una carretera destruida, por ejemplo, no solo genera un gasto de reparación, sino que también impide que las personas lleguen a sus destinos y que los productores trasladen sus cosechas a los mercados”, añade.
Datos del estudio realizado por el Inocar revelan que en las vías hubo daños por $ 162 millones en 1982-1983. Durante 1997-1998, las pérdidas atribuidas a los sectores de transporte y telecomunicaciones llegaron a $ 786,8 millones. Fuente: El Universo






