Las noches del 3 y la madrugada del 4 de julio de 2026 quedaron marcadas para siempre en la memoria de los habitantes de los barrios Santa Isabel y Kantzama, en la parroquia Guadalupe, cantón Zamora. Un devastador aluvión sorprendió a decenas de familias, arrasando viviendas, infraestructura y cobrando numerosas vidas, además de dejar personas desaparecidas y comunidades sumidas en el dolor.
En medio de aquella tragedia, cuando la fuerza del río arrastraba lodo, árboles y personas, un hombre de 52 años decidió salir de su casa impulsado únicamente por el deseo de salvar vidas. Su nombre es Gerardo Carrión, habitante de la comunidad de San Juan, cuyo testimonio reconstruye uno de los episodios más dramáticos y esperanzadores ocurridos durante el desastre.
Carrión recuerda que, debido al comportamiento inusual del río durante la noche del 3 de julio, permanecía vigilante junto a su vivienda, ubicada a pocos metros del cauce. Observaba cómo el nivel del agua subía y descendía constantemente, situación que llevó a su esposa a convencerlo de trasladarse a la casa de uno de sus hijos, ubicada en una zona más alta. Sin embargo, la preocupación no le permitió descansar y regresó varias veces a inspeccionar el río, sin imaginar que minutos después se desencadenaría una de las peores tragedias registradas en la provincia.
Fue cerca de la 1:45 de la madrugada del 4 de julio cuando el silencio fue interrumpido por desesperados gritos de auxilio que descendían por el río. En un primer momento creyó que podía tratarse de algún familiar. Salió de inmediato y comprendió que las voces pertenecían a personas que eran arrastradas por la corriente sobre enormes troncos y palizadas, mientras con linternas pedían desesperadamente ayuda.
La fuerza del río hacía imposible ingresar al agua. El cauce estaba completamente bloqueado por una gigantesca acumulación de árboles y escombros. Aun así, Gerardo decidió correr río abajo mientras despertaba a los vecinos de San Juan para organizar un rescate. Uno de los primeros en responder fue Jorge Guarderas, quien salió inmediatamente en motocicleta para interceptar a las personas que descendían hacia un remolino conocido por los moradores.
El esfuerzo conjunto permitió salvar la vida de una mujer. Aunque dos personas no pudieron ser alcanzadas a tiempo, una tercera logró llegar hasta la orilla cuando la misma palizada la desvió hacia un costado del río, hecho que Gerardo considera «un milagro de Dios». Vecinos, familiares, primos y sobrinos formaron una cadena humana para sujetarla y ponerla a salvo, arriesgando también sus propias vidas.
Una vez rescatada, la mujer presentaba un severo cuadro de hipotermia y había perdido prácticamente toda su ropa. Los habitantes de la comunidad improvisaron una atención de emergencia: la cubrieron con cobijas, le proporcionaron ropa seca y agua caliente, además de utilizar botellas con agua caliente para ayudarla a recuperar la temperatura corporal mientras llegaban sus familiares. La solidaridad comunitaria fue fundamental durante las primeras horas de la emergencia.
Gerardo reconoce que uno de los momentos más dolorosos fue escuchar los gritos de quienes pedían auxilio sin poder hacer más para rescatarlos. Incluso llegó a pensar que una de esas voces pertenecía a su propio hijo, quien trabajaba en Cantzama. Esa incertidumbre lo llevó a llorar mientras seguía el recorrido de la corriente, convencido de que podía tratarse de un ser querido.
Con las primeras luces del día, los habitantes de San Juan continuaron colaborando en las labores de búsqueda junto a militares y organismos de respuesta. El panorama era desolador: el puente paso a Cantzama y Santa Isabel había sufrido afectación y la magnitud del aluvión evidenciaba la devastación que había dejado a su paso en Santa Isabel y Kantzama.
Durante los días posteriores participaron en la búsqueda de sobrevivientes y víctimas, manteniendo la esperanza de brindar respuestas a las familias afectadas.
A más de dos semanas de la tragedia, Gerardo asegura que cada vez que observa el río crecer revive aquella madrugada. Recuerda a los familiares y vecinos que perdieron la vida y hace un llamado a las autoridades para que las labores de búsqueda continúen hasta localizar a todas las personas desaparecidas.
«Todos somos un solo cuerpo. No hay diferencia entre colonos, indígenas o nativos. Todos somos hijos de Dios y debemos darnos la mano», expresa.
Asimismo, pidió que no cesen las acciones de apoyo para las familias que lo perdieron todo y para los niños que quedaron huérfanos tras el aluvión.
La historia de Gerardo Carrión representa el rostro humano de la tragedia ocurrida durante el aluvión del 3 y 4 de julio en Santa Isabel y Cantzama. Su valentía y la solidaridad demostrada por los habitantes de San Juan permitieron salvar una vida en medio del desastre, convirtiéndose en un acto que refleja el compromiso, la unión comunitaria y la esperanza que surgieron en las horas más difíciles que ha vivido Guadalupe.





