Manifestante y policía con las mismas pérdidas y ganas de seguir sus metas

La Defensoría del Pueblo reporta que once personas perdieron un ojo en las manifestaciones contra las medidas económicas que se registraron en el país del 3 al 13 de octubre pasado.  

La institución los subclasifica dentro de los ciudadanos que registraron lesiones permanentes.

«Eso significa que no le funciona el ojo, en algunos casos hasta han perdido el globo ocular, en otros lo mantienen estéticamente pero tienen cero visibilidad», explica el defensor Freddy Carrión.

Esa cifra corresponde a ciudadanos y para la Defensoría son casos ‘graves’ que reflejan el uso excesivo de la fuerza pública. No se incluye a los policías y militares; esas instituciones no proporcionaron esa información.

«La pérdida de un ojo implica que un objeto contundente fue directamente al glóbulo ocular y lo desprendió, afectó la visión; eso en una protesta social no puede ser atribuido a un riña o pelea entre manifestantes», anota Carrión.

Estas víctimas son parte de las 1340 personas heridas a nivel nacional:  913 en Pichincha, 122 en Azuay y 46 en Guayas.

Diego mantiene su sueño  de  ser un gran bailarín

El lunes 7 de octubre Diego iba a viajar a Pasto, en Colombia,  para participar en un festival internacional. Tiene 22 años,  está en séptimo ciclo de Artes escénicas en la Universidad de Cuenca y es parte de un grupo de baile, su especialidad es el  contemporáneo y folclórico. 

Cuatro días antes estaba en la calle, en las manifestaciones. Una bomba lacrimógena le golpeó el rostro y perdió la visión en el ojo izquierdo. El proceso de recuperación es lento. Lo  que le pasó no le desea a nadie, ni siquiera al policía que le disparó la tarde del 3 de octubre.

Desde su casa, al este de la ciudad, él y su familia  no entienden por qué  las bombas se lanzaron al cuerpo para hacer daño, en lugar de al  aire para dispersar a los  manifestantes.

Aunque está consciente  de que su vida artística tomará un giro radical, insiste en que esto no frenará sus ganas de seguir bailando, pues solo tendrá que acomodarse a la situación.   

Ana, su amiga y compañera en la Facultad de Artes, recuerda ese día porque también fue a protestar contra las reformas económicas. Se encontraron en las calles Presidente Córdova y Padre Aguirre, sector San Francisco, para levantar su voz. En la una esquina estaban desarmados manifestantes y en la otra un piquete policial armado, con escudos, cascos y con una armadura plástica para resguardar su integridad.

 La chica cuenta que al inicio las bombas sí se lanzaron al aire para alejar a la gente, pero después la situación se puso caótica y en medio de una cortina de gas y confusión empezaron a disparar “al cuerpo”.

Recuerda que el momento crítico fue alrededor de las 14:00 cuando botaron “full gas”. Viró la esquina para protegerse y en medio de la asfixia vio que Diego no estaba. A los pocos segundos apareció  un joven que era llevado en brazos por otros, sin pensar que era su amigo. En medio del caos lo reanimaron y llevaron a pie a la Cruz Roja, donde le dieron primeros auxilios, y luego  al hospital regional Vicente Corral Moscoso.

Pero el drama para la familia recién empezaba. Ana, su hermana mayor, recuerda que al llegar al hospital había tanta gente que nadie les prestó atención, un médico residente les dijo que necesitaba una cirugía de urgencia, pero a pesar de sus llamadas no le daban apertura para activar la Red Integral de Salud. Molestos y desesperados lo llevaron a una clínica privada  y el pago de la cuenta lo cubrieron ellos.  

La familia de Diego es de una condición económica modesta y sacar el dinero para pagar todos los gastos de su recuperación no ha sido fácil.  El sábado 12 de octubre sus compañeros del grupo de danza organizaron un bingo artístico para recaudar fondos y en los pasillos de la facultad ya se están vendiendo boletos de una rifa para también darle una mano.

Lo visitaron el rector de la Universidad de Cuenca, Pablo Vanegas, y el decano de la Facultad de Artes, Esteban Torres, quienes además le presentaron  alternativas para que mantenga sus estudios en séptimo ciclo, le ofrecieron un tratamiento psicológico con docentes y guiarlo para hacer efectivo el seguro médico estudiantil. Médicos que son profesores en la Facultad de Ciencias Médicas lo revisarán sin cobrar honorarios.  Del resto, se ratifica, no ha habido acercamientos. No se han acercado de la Gobernación del Azuay, del Ministerio de Gobierno o de la Subsecretaría de Derechos Humanos.

El golpe con la bomba lacrimógena a Diego fue el jueves 3 de octubre y una semana después, el miércoles 10, el gobernador del Azuay, Xavier Martínez, tenía información bastante general y dijo que “esto ha sido producto de una bomba de gas lacrimógeno y habría que revisar que es lo que ha sucedido”.  

Diego muestra un buen semblante para retomar sus actividades y ser un gran bailarín. Siente el apoyo de todos, pero en especial de Teresa, su madre, a quien se le quiebra la voz para decir que por dentro ella también está destrozada, pero la fortaleza le renace cuando ve todo lo que sus amigos y familiares hacen por su hijo. 

Mauro cuenta los días para volver a vestir su uniforme

Hasta el 15 de noviembre que tiene reposo médico Mauro Chicaiza, de 26 años, espera que ya le pongan la prótesis para  regresar con el mismo ánimo a vestir su uniforme de policía. Ahora usa grandes gafas oscuras para ocultar la secuela que dejaron en él las protestas de octubre,  en las que perdió el ojo izquierdo. 

Desde  un sofá de  la casa,  en  el barrio Los Nevados,  cuenta que desde pequeño su sueño fue ser policía porque siempre le sedujeron el valor y la disciplina con que los uniformados realizan su trabajo  enfrentándose principalmente a la delincuencia. Por  eso siguió el curso en la Escuela de Formación en Latacunga  y desde hace tres años y medio forma parte de la Policía,  sabe los riesgos que se corren.

En la Unidad de Mantenimiento y Orden, de la que forma parte,  les enseñan que en ocasiones habrá enfrentamientos (en manifestaciones), pero dice que nunca se previno que alguna vez iba a ser de la magnitud como la que sucedió en la movilización indígena de once días, mientras se encontraba en la calle Olmedo evitando que la turba ingresara hacia el Palacio de Carondelet.

Asegura que no le guarda rencor a ningún manifestante porque lo que le sucedió fue en el cumplimiento de su trabajo, pero les pide  que cuando no estén de acuerdo con algo, el reclamo  se lo haga sin violencia.

“El nivel de resistencia de los manifestantes fue demasiado hostil, demasiado agresivo, tanto que a uno como persona, como ser humano, le afecta psicológicamente por los insultos, el maltrato que en ese momento sentíamos, tanto que a veces se pensaba en salir, dejar el lugar, pero la preparación no permite que hagamos eso”.

Reconoce que en algún momento sintieron el  temor de perder sus vidas porque eran   44 policías que detrás de las vallas evitaban que unas 200 personas –que los atacaban con piedras, palos e incluso bombas molotov– rompieran el cerco.

Dice que al ver el nivel de resistencia y  agresividad hicieron el uso progresivo de la fuerza, del agente químico (bombas lacrimógenas), con el fin de dispersar,  se lograba en ocasiones pero  regresaban más hostiles.

El 9 de octubre fue fatídico para él, ese día estuvieron a las 07:00 en los enfrentamientos que se repetían,  a eso de las 15:00 fueron tantos los objetos con los que eran atacados que por esquivar unos no se percató el momento en que uno de ellos le impactó en el ojo izquierdo, a pesar de que estuvo con todo el equipo de protección, incluido el casco. Se dio cuenta porque se quedó cegado,  dio unos pasos hacia atrás hasta ser auxiliado por  sus compañeros.

En el centro de ayuda inmediata instalado en el centro histórico de Quito supo que debía ser trasladado de urgencia y en un camión blindado lo sacaron hasta el sitio donde lo esperaba una ambulancia que lo llevó al hospital de la Policía, ahí le dieron la noticia: perdió  el ojo.

Le fue duro  porque su sueño es pertenecer al grupo de motorizados en la unidad. Sintió que se le desmoronó todo, pero dice que con la ayuda de su familia, amigos y el mando institucional se está recuperando con resignación, con el tratamiento psicológico, y no pierde la fe de lograr sus metas, aunque sabe que ya no podrá laborar en zonas de riesgo o en acciones de peligro.

Su mamá, Carmen Claudio (50), dejó por ahora su trabajo como comerciante para cuidarlo. También para ella fue un duro golpe,  pero pone el mejor ánimo para darle fortaleza. A él  lo ve más tranquilo,  eso la pone alegre porque sabe que pondrá todo de sí para seguir  con su tarea de servir a la ciudadanía como policía, mientras ella no deja de orar a Dios Todopoderoso de la Divina Misericordia y a la Virgen de El Cisne para que lo protejan. (I)

Fuente: El Universo

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